Capítulo 3

Pasan dos días.

Dos días en los que finjo normalidad.

Sonrío. Hablo. Como. Pero por dentro, estoy muerta.

Javier me dice que tiene un viaje de negocios. Un fin de semana.

"Una reunión con un cliente importante en el Parador de Segovia", dice, mientras hace la maleta.

"Qué pena, te echaré de menos", le digo. Mi voz suena convincente. He aprendido a mentir.

Lo veo irse. Y espero una hora.

Luego, cojo mi coche y conduzco hacia Segovia.

El Parador es precioso, un antiguo castillo con vistas a la ciudad.

No entro. Me quedo en el aparcamiento, oculta.

Espero.

La noche cae. Las luces del patio del Parador se encienden.

Y los veo.

En una mesa apartada, iluminada por velas.

Javier. Isabela. Y Mateo.

No son colegas de negocios.

Son una familia cenando.

Ríen. Comparten comida.

Javier le cuenta un chiste a Mateo, y el niño ríe a carcajadas.

Isabela le pone una mano en el brazo a Javier, un gesto íntimo, familiar.

Luego, Javier se inclina y le da un beso en la frente a Isabela.

Un beso tierno. Lleno de afecto.

Esa imagen.

Ese simple beso.

Destruye todo.

Los diez años de matrimonio, los recuerdos, las esperanzas. Todo se convierte en cenizas.

Siento un dolor físico en el pecho. Agudo. Insoportable.

Me falta el aire.

Las náuseas vuelven.

Salgo del coche y me apoyo en la puerta, intentando no caerme.

Ellos siguen riendo.

Planifican su futuro. Un futuro del que yo no formo parte.

Soy una extraña. Una pieza de su elaborada farsa.

Conduzco de vuelta a Madrid. No recuerdo el camino. Mi mente está en blanco.

Llego a casa. El apartamento se siente vacío, frío.

Las fotos de nuestra boda en la pared parecen una burla.

Nuestras sonrisas felices. Una mentira.

Mi amor por él era un vino de reserva, madurado con el tiempo.

Su amor por mí era el humo de un cigarrillo. Efímero. Falso.

Cojo el teléfono. No llamo a mi padre. No quiero preocuparlo todavía.

Llamo a mi primo, Alejandro.

"Alejandro, soy Sofía."

"Sofía, ¿qué pasa? Tu voz..."

"Necesito un abogado. El mejor."

Le cuento todo. El niño. Isabela. Las pruebas. El viaje a Segovia.

Alejandro no dice nada durante un largo rato. Solo oigo su respiración furiosa al otro lado de la línea.

"Sabía que no era de fiar", dice finalmente. "Lo supe desde el día que lo conocí."

"Papá insistió en el acuerdo prenupcial", le recuerdo.

"Gracias a Dios por eso", responde. "Lo dejaremos sin nada. Te lo prometo."

Al día siguiente, me reúno con el abogado. Preparamos los papeles del divorcio.

Invocamos la cláusula de infidelidad. Es férrea. Javier lo perderá todo. Su firma, el ático, el dinero. Todo lo que consiguió gracias a mi familia.

El domingo por la noche, Javier vuelve a casa.

Entra sonriendo, con una pequeña caja en la mano.

"Te he traído un regalo", dice.

No respondo.

Estoy sentada en el sofá, con los papeles del divorcio sobre la mesa de café.

Él ve mi expresión. Su sonrisa se desvanece.

"Sofía, ¿qué ocurre?"

Se acerca, pero yo levanto una mano para detenerlo.

"No te acerques."

Mi voz es hielo.

Le empujo los papeles sobre la mesa.

"¿Qué es esto?", pregunta, confundido.

Abre la carpeta. Lee la primera página.

"Solicitud de divorcio."

Levanta la vista. Sus ojos están llenos de incredulidad.

"¿Es una broma?"

"¿Te parece que estoy bromeando, Javier?"

"Sofía, no puedes hacerme esto. Te quiero."

"No, no me quieres. Quieres mi apellido. Quieres el dinero de mi familia. Quieres el estatus que te doy."

Él niega con la cabeza. "No es verdad."

"Te vi en Segovia", digo, y su cara se descompone. "Con tu familia."

La máscara se cae.

El pánico lo consume.

Se arrodilla frente a mí. Llora. Suplica.

"Fue un error. Un estúpido error. Te amo a ti, Sofía. Solo a ti."

"No te creo."

"Por favor, dame otra oportunidad. Haré lo que sea."

"Quiero que te vayas. Ahora."

Me levanto para ir a mi habitación.

Pero él se levanta de un salto. Su desesperación se convierte en algo oscuro. Violento.

Me agarra del brazo. Su fuerza me asusta.

"No te vas a ninguna parte."

"Suéltame, Javier. Me estás haciendo daño."

"¿Haciéndote daño?", grita. "¡Tú me estás destruyendo!"

Me arrastra por el pasillo. Intento luchar, pero es demasiado fuerte.

"¡Tú y yo somos un matrimonio!", ruge. "¡No me vas a dejar!"

Me empuja dentro de nuestra habitación y cierra la puerta con llave.

Coge mi bolso, saca mi móvil y mi pasaporte. Los guarda en su bolsillo.

"Estás encerrada aquí. Conmigo."

Me mira con una expresión que nunca he visto antes. Una mezcla de locura y posesión.

Se acerca a mí, me acorrala contra la pared.

"Si un hijo es lo que falta para tener una familia de verdad...", susurra en mi oído, su aliento es fétido por el miedo y la rabia.

"Entonces te daré un hijo."

El terror me paraliza.

"No te atrevas, Javier."

"Te ataré a mí para siempre, Sofía. Nunca te librarás de mí."

Me fuerza sobre la cama.

Sus manos son brutales. Sus besos son castigos.

Lucho. Grito. Pero nadie me oye.

En el ático de lujo que él construyó para nosotros, mi vida se convierte en una pesadilla.

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La Doble Vida de Mi Marido

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