Capítulo 2
Me ardía el cuerpo, pero el terror me hizo reaccionar y recuperé algo de cordura.
Mauro era compañero de equipo de Iván. Si terminaba acostándome con él, ¿cómo iba a respetarme Iván?
Conteniendo como pude el deseo, con una mano golpeé a Mauro y con la otra me subí la tanga.
Después le mordí el brazo con todas mis fuerzas. Mauro me soltó por el dolor y aproveché para salir corriendo. Apenas salí del baño, solté el aire.
Con la cara ardiéndome, miré a Mauro con furia.
—Eres el mejor amigo de Iván y aun así me haces esto. Yo… yo voy a contárselo a Iván.
Mauro no se asustó para nada; al contrario, me miró con desprecio y deseo, y hasta volvió a acercarse.
Salí corriendo de los vestidores del equipo y, aunque no quería, recordé el cuerpo fornido de Mauro. Hacía un momento había sentido aquel bulto; era enorme.
Si tan solo pudiera hacerlo con él… Sacudí la cabeza para hacer desaparecer esa idea. ¿En qué estaba pensando? Cuando me calmé un poco, empecé a dudar. ¿Por qué se había metido Mauro en el baño?
Recordé que Iván me había dicho que tenía una sorpresa para mí. ¿Y si Iván lo había mandado? Fui a buscarlo furiosa. No esperaba encontrarme a Iván de frente.
Al verme, respiró con alivio y me abrazó fuerte. Enseguida le pregunté:
—Iván Linares, ¿qué fue todo eso? Dijiste que tenías una sorpresa para mí. ¿Qué hacía Mauro ahí…?
Iván suspiró.
—Sí, era la sorpresa. Nena, tu adicción es demasiado fuerte, pero ya me dejaste seco y me daba miedo que me engañaras con otro, por eso lo mandé… No te lo tomes a mal, nena, solo quería ponerte a prueba.
Resultaba que Iván temía que la adicción se me saliera de control y que yo no pudiera controlarme; por eso buscó a un hombre para ponerme a prueba.
Por suerte, la poca cordura que me quedaba impidió que cruzara la línea.
Aun así, algo me preocupaba. Esta vez me salvé de milagro, pero si Iván repetía la prueba unas cuantas veces más, quizá no podría contenerme.
—Nena, ahora estoy seguro de que de verdad me amas. Vamos a que te revise. Escuché que llegó un médico nuevo al campus; dicen que tiene métodos muy buenos, y voy a curarte cueste lo que cueste.
Si hace un rato Mauro me hubiera hecho suya, seguro Iván no estaría actuando así. Como no crucé la línea, decidió curarme sin importarle cuánto costara. Iván me llevó con el médico.
Me llevaba de la mano y, de lo caliente que estaba, hasta me sudaban las palmas. Volvió la comezón. Las piernas me temblaron un poco.
Por si fuera poco, después de lo que Mauro acababa de provocarme, me moría por hacerlo con Iván varias veces ahí mismo.
Iván debió notar cómo estaba, porque me jaló y caminó más rápido.
Había llegado un médico joven a la enfermería del campus, talentoso y guapísimo. Era tan atractivo que muchas alumnas se inventaban cualquier malestar solo para ir a verlo.
Yo nunca lo había visto, pero ya había oído hablar de él. Cuando Iván y yo llegamos a la puerta de la enfermería, vi al médico hablando con unas alumnas. Las muchachas lo miraban embobadas, pero él seguía indiferente.
Al ver su perfil, me estremecí. El médico del campus era guapísimo, casi como un actor de cine. Con razón atraía a tantas admiradoras.
Iván me dio un empujoncito.
—Ahí está el doctor Zavala. Ve con él, yo te espero en la puerta. Esta vez seguro te va a curar.
Quizá escuchó el movimiento, porque el médico volteó hacia nosotros. De frente, se veía guapísimo. Sobre todo, aquella bata blanca ceñida dejaba ver sus músculos marcados. ¡Qué cuerpo!
Alguien así seguro era buenísimo en la cama. Con tantas fantasías, la comezón empeoró y no pude evitar apretar las piernas.
Capítulo 3
—Tengo cosas que hacer, pueden irse por ahora.
Varias chicas se alejaron a regañadientes y, antes de irse, no dejaban de voltear a ver al médico del campus. Cuando esas chicas se fueron, Iván me llevó con el médico.
—Doctor Zavala, le dejo el caso de mi novia en sus manos.
El médico me miró de arriba a abajo y asintió.
—No hay problema. Ven conmigo; primero voy a revisarte.
Seguro Iván ya le había explicado de qué se trataba todo. Me ardió la cara de vergüenza; esta enfermedad era de lo más humillante, y se lo contó a un médico tan guapo. Me dieron ganas de dar media vuelta e irme.
Pero fue como si algo me empujara a seguirlo hasta el cuarto. Cuando me senté, el doctor Zavala cerró la puerta y se acercó poco a poco hasta quedar frente a mí. No me atrevía a levantar la cabeza; bajé la mirada y me quedé ida.
Hasta en reposo, ese pantalón de vestir del doctor Zavala dejaba ver un bultote. Tal como sospechaba, un hombre así tenía que ser imponente y bien dotado. Sin querer me puse a fantasear; apreté tanto las piernas que habría podido aplastar una mosca entre ellas.
Se detuvo frente a mí.
—Tienes la cara muy roja… ¿te arde todo el cuerpo de la comezón? ¿Te mueres de ganas de que un hombre te lo haga?
Lo dijo con tanta franqueza que me dejó atontada, y asentí sin darme cuenta.
—Sí, tiene razón, desde hace rato quería hacerlo con mi novio…
A media frase reaccioné y me puse roja de vergüenza. ¿Cómo podía preguntarme algo así el doctor Zavala? No esperaba que siguiera hablando.
—Todo esto es normal, no te preocupes. Bien, ahora ponte de pie.
Obedecí y me levanté, pero no podía dejar de mirar su pantalón.
—¿Qué… qué va a hacer?
—Bájate los calzones.
No pude evitar levantar la cabeza para mirarlo.
—¿Aquí… aquí mismo?
El doctor Zavala miró mi entrepierna como por accidente.
—Lo tuyo es una adicción muy particular; en términos médicos, es una adicción al sexo, también conocida como ninfomanía. Para resolverlo, primero hay que tratarte la sensibilidad. En cuanto dejes de esperar algo de esto, tu adicción se curará sola. Ahora bájate la tanguita; voy a medir tu nivel de sensibilidad con un instrumento para ver cómo conviene bajarla.
Iván estaba al otro lado de la puerta y, de solo pensar en el doctor Zavala usando en mí esos aparatos, entre la vergüenza y la adicción sentía que iba a estallar.
Ya llevaba todo el día aguantándome y, con solo imaginar al doctor Zavala encima de mí, sin poder evitarlo me subí un poco la minifalda.
Se acercó un poco más y se quedó mirando mi tanguita.
—Vaya, vaya, tienes los calzones empapados; eso demuestra que llevas rato sin aguantar. ¿Y todavía te haces la digna? Ahora vas a hacer lo que yo te diga, obedece, que soy médico.
Sacó un juguete enorme del cajón de al lado. Cuando quise ver bien qué era, el doctor Zavala ya estaba de vuelta frente a mí y, ¡plas!, me dio una nalgada. No pude evitar gemir; se me aflojó tanto el cuerpo que casi no me sostenía.
El doctor Zavala me sujetó por la cintura y, con la mano en la que llevaba el juguete, me bajó la tanguita y me lo metió.
—Tu nivel de sensibilidad es altísimo; hasta un modelo común te excita así. Mira el nivel de humedad que detecta. Ya llegó al tope. Habrá que usar un instrumento especial.
Lo sacó y vi que la pantallita marcaba cien por ciento. Por dentro me moría de vergüenza, pero mi cuerpo lo disfrutaba como nunca. Ojalá lo hubiera dejado un rato más.
Todavía con esa sensación de vacío, vi que el doctor Zavala se quitaba la bata blanca. Debajo llevaba una camiseta ceñida que le marcaba los músculos macizos. Eso me calentó al instante.
Entonces noté que se estaba quitando el pantalón. Aquel bulto imponente me dejó con la boca abierta y la respiración entrecortada.
—Doctor Zavala, usted… usted…
Se acercó a mí.
—Hace falta un modelo extra grande como el mío para medir hasta dónde puedes llegar. Así, con unas cuantas sesiones más de tratamiento, vas a quedar satisfecha y dejarás de pensar en hombres.
Un cosquilleo me subió hasta la coronilla; oleadas de calor empezaron a recorrerme. Me empujó contra la silla.
—Sé buena y ponte en cuatro. La terapia de apoyo ya no es suficiente; tengo que ayudarte yo mismo.
Algo duro y caliente se pegó a mí por detrás…