Capítulo 2
No me imaginaba que esta muchachita fuera tan curvilínea y que su cuerpo fuera además tan suavecito. Con sus dos piernas apretadas alrededor de mí, sentía todo el cuerpo ardiendo.
Nuestra postura llamaba demasiado la atención; ya había varias miradas clavadas en nosotros alrededor.
—Cami, te llevo a la arboleda; aquí hay mucha gente y muchos mirones.
Sin importarme las miradas, cargué a Cami y me dirigí hacia la arboleda dentro del parque. Por el camino, Cami no dejaba de retorcer el cuerpo.
Ya antes, con ella aferrada a mí, ardía; ahora, con Cami moviéndose de un lado al otro, yo también me apretaba contra ella sin parar. El pantalón se me deformó sin que pudiera evitarlo, de una manera vergonzosa. Cami seguro lo sintió: se le encendieron las orejas.
—Padrino, no... no me empujes así, mientras más me empujas más me da comezón, ya no aguanto.
Le puse cara seria a Cami.
—Muchachita, ¿qué cosas dices? No lo hago a propósito, si te estoy moviendo así es porque tú dijiste que tenías comezón. Bueno, bueno, ahorita te quito la comezón.
Yo también ya casi no aguantaba.
Sabía que Cami estaba así por la pulga que tenía bajo la falda, pero la curiosidad y el aroma fresco de jovencita que despedía no dejaban de provocarme; mis instintos estallaban.
Por fin llegué a la arboleda, y enseguida senté a Cami en una banca larga. Después amarré a Teddy a un costado de la banca. Luego, con rapidez, le levanté las dos piernas a Cami.
Apenas le abrí las piernas, Cami soltó un “¡ay!” y fue cuando descubrí que la muchachita traía un cinturón de castidad.
Aquel cinturón de castidad incluso traía un candado; lo que había tocado hacía un rato seguro era eso.
—Con razón te da tanta comezón y no te la puedes calmar tú sola, todo era por culpa de esto. Pero, muchachita, este cinturón de castidad tiene candado, ¿cómo le voy a hacer para calmarte la comezón?
Con esa cerradura cerrándome el paso, se me cayó el alma a los pies.
—Padrino, mi mamá es muy estricta y la llave del cinturón de castidad la tiene en la casa. Ya no aguanto la comezón, mejor ráscame un poco con la mano, como puedas.
Cami seguía retorciendo el cuerpo. Entre la fragancia de jovencita y aquel movimiento tan tentador suyo, me daban unas ganas tremendas de hacer otra cosa.
Lástima que, por más que quisiera, no podía hacer nada.
Viendo lo mal que la pasaba Cami con la comezón, no podía dejar de ayudarla; lo único que me quedaba era esforzarme con la mano para auxiliarla. Cami, muy obediente, alzó las dos piernas y se puso frente a mí en una postura vergonzosa.
Lástima que me quedaba con las ganas, sin poder tocar.
Así, rascando por encima de la ropa, mi mano cada tanto rozaba la carne suave de las piernas de Cami, y mi cuerpo ardía cada vez más.
Mientras mi mano se movía de un lado al otro, Cami empezó a temblar de pies a cabeza sin parar.
—Padrino, ¿cómo... cómo es que cada vez me da más comezón?
Mi mano no paraba de tantear adentro, y la cara de Cami se iba poniendo más y más roja.
—No puedo más, padrino, en serio ya no aguanto, vamos a la casa a buscar la llave.
Al escuchar eso, con el cuerpo ardiendo, le dije que sí. Y así, cargué a Cami y nos fuimos del parque. Supongo que por ese rato que me pasé tratando de calmarle la comezón, la muchachita quedó empapada en sudor perfumado.
El sudor le bajaba por las mejillas hasta el cuello y le empapaba la blusa delgada. La ropa se le pegaba al cuerpo como si no llevara nada puesto. Al bajar la mirada, le veía con claridad la figura cada vez más imponente.
Y lo peor era que, durante todo el camino, ella seguía inquieta y de vez en cuando me pedía que le rascara un par de veces con la mano. El cuerpo no le paraba de moverse en mis brazos.
Yo iba notando sus pechos firmes rozándome de un lado al otro, y sentía que iba a estallar.
Capítulo 3
Cami debió notar el cambio en mí, porque bajó la cabeza y, con timidez, dijo en voz baja:
—Padrino, no vayas a malpensar. Solo te pedí ayuda porque me entró una pulga y ahí me da comezón.
Negué con la cabeza.
—Tranquila, no lo estoy malpensando. Esta es la reacción natural de un hombre, no es algo que no pueda controlar a voluntad.
Para distraerme, empecé a preguntarle a Cami si ya había hecho ese asunto entre hombres y mujeres con su novio, y de paso le pregunté algunas otras cosas.
Por la actitud de Cami, varias personas en la calle nos clavaban miradas raras, ambiguas. Por fin llegamos a la casa. Empujé la puerta y, de un vistazo, vi a Lucía, la mamá de Cami y mi hermanita con la que crecí, tendiendo ropa en el balcón.
Aprovechando que no veía hacia la entrada, me apresuré a cargar a Cami, que ya tenía las dos piernas flojas, sin fuerza, hasta la recámara. Después me dirigí hacia la recámara de Lucía.
Para no levantar sospechas en Lucía, hice ruido a propósito para que me viera y le dirigí la palabra con normalidad.
—Hermanita, ¿no me dijiste el otro día que el cuadro de tu recámara estaba flojo? Voy a ayudarte a clavarlo.
Inventé el primer pretexto que se me ocurrió. Mientras hablaba, sin darme cuenta, le eché un vistazo a Lucía. De tal madre, tal hija: Lucía traía un vestido entallado largo y, sacando el trasero, ese durazno enorme y redondo, estaba tendiendo la ropa.
Aquella silueta de mujer madura, con el trasero jugoso, me prendió todavía más. Lucía escuchó mis palabras y volteó a verme. Sonrió con coquetería.
—Claro que sí, Iván. Muchas gracias.
Aprovechando que ella seguía con la ropa, entré rápido a la recámara y busqué hasta que por fin tuve la llave del cinturón de castidad en la mano. Le dije que iba al cuarto por unas herramientas y, al mismo tiempo, me metí a toda prisa en la recámara de Cami.
En ese momento, mi ahijada Cami, la más guapa de la universidad, esa de apariencia tan inocente, ya no aguantaba. Tenía las dos piernas levantadas en alto y se había bajado un pedazo de las pantimedias blancas.
Al verme entrar, su cara enrojeció con una actitud de no poder soportarlo más.
—Padrino, ¿encontraste la llave del cinturón? Siento que la pulga ya se metió adentro del cinturón, me muero de la comezón. Ábreme el cinturón, rápido, calma mi comezón.
Con las pantimedias abajo, sus dos largas piernas blancas quedaron a la vista. Hasta la carne suave de la parte respingona se asomó frente a mis ojos. Levantó las piernas, dejando ver el cinturón de castidad, y no paraba de menear las nalguitas.
¿Cómo iba a aguantar con una jovencita así?
Tomé la llave y me acerqué de prisa.
—Tranquila, Cami, te voy a quitar el cinturón de castidad y te voy a aliviar esa comezón.
Dicho esto, con las manos temblorosas, metí la llave y, con un clac, abrí el cinturón de castidad. Apenas se abrió el cinturón, las piernas de la jovencita se montaron en mis hombros.
—Padrino, no aguanto la comezón, ¡rápido!
La cabeza me daba vueltas y la sangre se me concentró en un solo punto. Las ganas de echarme encima de Cami eran enormes. La poca razón que me quedaba me dijo que no podía hacer eso: Lucía estaba afuera, Cami era mi ahijada, no podía hacer una cosa de animales.
Estiré mi mano grande y le rasqué un poco ahí donde le picaba.
—Qué rico... padrino, también del lado...
Siguiendo las indicaciones de Cami, le rasqué con fuerza unas cuantas veces más. Cami tenía la cara roja como una manzana madura, y su cuerpo se estremecía con más intensidad.
—Padrino, yo... siento que adentro me da más comezón...
Al escuchar sus palabras, el cuerpo se me puso a punto de estallar de calor. ¿Esta muchachita me estaba insinuando algo?
En medio de mi titubeo, Cami me echó los brazos al cuello de pronto.
—Quítame la falda, padrino. Quiero aliviar otra comezón.
Antes de que mi boca alcanzara a decir nada, mi mano grande, con toda honestidad, ya la había tumbado en la cama y le tiraba de la ropa interior morada.