Capítulo 1
Después de mi chequeo médico, estoy por salir de la enfermería de la manada, que se encuentra en el territorio de mi primo, cuando una sanadora toda maquillada me sujeta del brazo.
—¡Ni un paso más! ¿En serio crees que puedes romper algo en la enfermería e irte así como si nada? ¡Ni lo pienses!
Miro su cara desconocida y parpadeo, sintiéndome confundida.
—¿Qué fue lo que rompí?
Señaló los frascos de cristal de las repisas y arrugó la nariz con un gesto exagerado de asco.
—¡Apestas! Tu olor contaminó todas las pociones y ahora no sirven para nada. El Alfa Xander las compró carísimas; todo vale quinientos mil. También me tienes que pagar por el daño emocional que me causaste, que son otros doscientos.
—En total son setecientos mil. ¿Vas a pagar en efectivo o con tarjeta?
Mi olor es una mezcla de violetas y ámbar. Es distinguido y elegante, como un atardecer de invierno. Entiendo que no a todos les guste ese aroma, ¿pero cómo puede decir que es contaminación? ¡Por favor!
No entiendo por qué la enfermería en el territorio de Xander funciona como si fuera una red de extorsión.
Me río de puro coraje y le digo:
—Soy la prima del Alfa Xander. Yo no pago ni un centavo en su territorio. Si alguien tiene un problema con eso, que venga él y me lo diga a la cara.
Pero la sanadora solo puso los ojos en blanco.
—Ay, por favor. ¿Crees que con esos trucos tan baratos vas a llamar la atención de mi Alfa? ¡Ya quisieras! Si no pagas ahorita mismo, te voy a desnudar y te voy a aventar a la calle para que todos huelan lo asquerosa que eres.
No tiene idea de a quién está amenazando.
Respiro y me pongo en contacto con mi Beta.
—Dile a Xander que, o destierra a esta sanadora de la manada, o yo lo desterraré a él.
Acababa de ganar una guerra territorial sangrienta. Mi Beta, Braden Jenkins, me suplicó que me hiciera una revisión médica, así que acepté.
La enfermería central de la manada Lighthall, donde mi primo, Xander Smith, era el Alfa, tenía la reputación de ser la mejor de todo el continente; así que vine aquí.
El informe médico indicaba que mi salud era impecable. Solo ocurría que mi loba había agotado demasiada energía y necesitaba descansar en un sueño por un tiempo.
Pero, ¿quién hubiera imaginado que aquí me tratarían como a alguien fácil de pisotear?
—Plebeya asquerosa, ¡ya deja de ladrar! ¡Paga! —La sanadora me bloqueó el paso y me miró como si yo fuera una rata de alcantarilla.
—Son setecientos mil en total. ¡Y te advierto que, si te falta un solo centavo, no vas a salir por las buenas!
Algunos miembros de la manada que pasaban por ahí ya se habían acercado, atraídos por sus gritos. Agudizaron el oído y se quedaron mirando.
Sus alaridos me lastimaban los oídos. En serio no quería perder el tiempo en un asunto tan insignificante, así que marqué el número de Xander. El celular sonó un buen rato, pero nadie contestó. ¿A dónde diablos se metió ese Alfa idiota a plena luz del día?
Guardé mi celular, contuve mi molestia y enfrenté la mirada fría de esa hembra.
—Lo voy a repetir una última vez: soy la prima de Xander. Por alguna razón no entra la llamada a su celular. Si no me crees, puedes usar la computadora que tienes atrás para revisar los archivos de la manada. En su ceremonia de coronación como Alfa de la manada Lighthall, yo misma le puse el escudo de su manada en el pecho frente a medio continente.
Pensé que decir la verdad sería suficiente para que se callara. Pero razonar solo funciona con quienes tienen sentido común.
En lugar de revisar los archivos, ella dejó escapar una carcajada. Me clavó las uñas en el hombro y me jaló hacia ella para susurrarme al oído.
—¿Prima? No me hagas reír. He visto tu foto en el escritorio del Alfa Xander. Incluso tuviste el descaro de querer seducir a mi compañero destinado en su propia oficina. ¿Y ahora te atreves a aparecerte frente a mí buscando una oportunidad para hablar con él? ¡Te voy a hacer pedazos!
¿Qué? ¿Su compañero?
Me quedé helada un momento antes de mirar con atención el gafete en su pecho, que decía “Nina Tucker”.
Me quedé sin palabras por un segundo. Así que la “pareja perfecta”, Nina, a quien Xander había estado escondiendo y se negaba a presentarme, ¿era esta loba tan grosera que tenía enfrente? No podía creer que sus gustos hubieran caído tan bajo.
En ese momento lo comprendí todo: esto no se trataba del dinero. ¡Era una trampa planeada!
Antes de que pudiera reclamarle, escuché a Nina tronar los dedos.
Dos guardias aparecieron de entre las sombras del pasillo; eran corpulentos e inexpresivos.
—¿Ya no tienes nada que decir? Perfecto. Como una plebeya asquerosa como tú no puede pagar por las pociones que echó a perder, lo resolveremos a la antigua —dijo Nina con tono amenazante.
Uno de los guardias levantó unos grilletes de plata, mientras el otro me sujetó la muñeca con brusquedad.
—¿Cómo se atreven?
Mi instinto de supervivencia despertó e intenté liberar mi aura de Alfa hembra por puro reflejo. Pero mi loba seguía sumida en un sueño y no respondió para nada.
Un momento después, ya me tenían amarrada. Me levantaron y me arrastraron a la bodega de desechos, que estaba llena de residuos médicos y restos de pociones. La puerta se cerró de golpe, eliminando cualquier rastro de luz del exterior y dejándome solo con un olor nauseabundo.
Capítulo 2
Bajo las intensas luces blancas, Nina me dio dos bofetadas con fuerza. Sus uñas largas y afiladas me marcaron la cara con surcos sangrientos.
No pude evitar gritar de dolor, pero eso solo sirvió para alimentar su prepotencia.
—¡Maldita! ¿Cómo te atreves a usar tu físico para seducir a mi Alfa? ¿Crees que no me di cuenta de que dejaste tu aroma en mi enfermería a propósito? Además, ¿tienes el descaro de gastarte su dinero de esa forma? —Nina sonaba chillona y su cara, maquillada, estaba deformada por el odio.
Como le dolían las manos de tanto pegarme, se dio la vuelta y les ordenó a los dos guardias:
—¡Desinféctenla bien! ¡Quítenle esa peste de encima! Cuando pague, ustedes también se llevarán una parte.
Al escuchar eso, los dos guardias no perdieron el tiempo y trajeron varias cubetas de desinfectante para vaciarlas sobre mí.
En cuanto el líquido tocó mi piel, se escuchó un siseo y sentí como si me estuviera corroyendo. ¡Definitivamente tenía plata! Un ardor intenso me recorrió todo el cuerpo. Mi piel se puso roja, se inflamó y se llenó de ampollas y erupciones espantosas.
Si mi loba estuviera despierta, me habría curado antes de que saliera la primera ampolla. Pero ella seguía dormida, así que cada gota se sentía como lava ardiente quemándome hasta los huesos.
El olor penetrante de la piel dañada llenó el lugar y el dolor tan fuerte hizo que mi visión se nublara por momentos.
Nina seguía gritando:
—¿Quién te crees que eres para intentar meterte en la cama del Alfa? ¡Tu olor me da asco!
—¡Te dije que soy su prima! Si en serio eres la compañera de Xander, ¡entonces usa el enlace mental con él! —Lo dije con los dientes apretados, pero Nina no me escuchó o no le importó.
Solo cuando empecé a perder el conocimiento, ella levantó la mano para indicarles que se detuvieran. Se agachó, me agarró del cabello y me obligó a levantar la cabeza.
—¿Se siente bien? ¡Esto es lo que te pasa por atreverte a ser la amante! Sé inteligente. Paga y no vuelvas a aparecerte frente a él. Matarte sería tan fácil para mí como aplastar una hormiga. El Alfa solo me felicitaría por defender el honor de la manada.
Apretando los dientes, le dije:
—En serio soy su prima... estás loca...
La expresión de Nina se volvió cortante y me dio una patada.
Los dos guardias entendieron la señal y sus puños empezaron a lloverme encima otra vez sin ninguna piedad.
Era inútil intentar razonar con esa loba loca. Si esto seguía así, podría morir en esta bodega de desechos.
Escupí un poco de sangre y usé lo último que me quedaba de fuerzas para decir:
—Ya basta... Voy a pagar.
Al ver que me rendía, Nina asintió con satisfacción. Les hizo una seña a los guardias para que se alejaran y luego me dio unas palmaditas en mi mejilla hinchada con una mueca de burla.
—¿Viste que no era tan difícil? ¿Por qué te empeñaste en sufrir antes de aprender la lección? Ahora el precio subió. Un millón. Ni un centavo menos.
Me quedé tirada en el suelo, sintiendo que cada centímetro de mi piel ardía como si estuviera en llamas. Ignoré sus burlas y, usando el celular que me pasó, marqué el número de Braden.
—Lleva dos millones a la enfermería central de la manada Lighthall —ordené.
Del otro lado de la línea, Braden guardó silencio un segundo, notando que estaba mal.
—¿Alfa? ¿Por qué su voz se escucha tan débil...?
—No hables. Apúrate —lo interrumpí antes de colgar.
Cuando Nina escuchó “dos millones”, sus ojos brillaron con una ambición desmedida. Estaba convencida de que yo había cedido y que incluso estaba dispuesta a pagar más con tal de salvar mi vida.
Se rio con gusto.
—¡Vaya! Al menos todavía tienes cerebro.
Capítulo 3
Braden llegó rápido y, pocos minutos después, la puerta de hierro de la bodega de desechos fue derribada con una fuerza brutal. Entró corriendo con dos guerreros de élite; sus ojos brillaban con una luz dorada que prometía muerte.
Cuando me vio cubierta de sangre y tirada en el suelo, un gruñido bajo y asesino salió de su garganta. Quería lanzarse sobre Nina y arrancarle el cuello, pero sacudí la cabeza ligeramente para detenerlo.
Prefería cortar el problema de raíz y terminar con todo de un solo golpe. Todavía no era el momento adecuado.
Tomé la tarjeta bancaria que él traía y se la aventé a Nina a los pies.
Nina agarró la tarjeta y revisó el saldo con avaricia. Cuando vio la cifra, asintió satisfecha.
—Mira, al menos eres un poco inteligente —dijo con tono burlón.
Luego, movió la mano como si estuviera espantando a un perro callejero que le molestaba.
—Lárgate de una vez. Si te atreves a intentar algo otra vez, yo misma voy a meterte la cara en ácido sulfúrico.
No respondí. No podía decir ni una palabra, porque cada vez que respiraba sentía que las heridas se me abrían.
Braden me cargó con mucho cuidado, como si yo fuera de cristal, y me sacó de ese infierno. La luz del sol, de la que sentía que me habían privado por una eternidad, me caló en los ojos y me obligó a entornarlos.
Braden examinó mis heridas con atención. Su voz temblaba por la culpa y el remordimiento cuando habló.
—Debí llegar antes. Debí haber... Diosa mía, ¿qué fue lo que te hizo?
—Estas heridas no me van a matar —le dije con voz dura—. Pero vamos a ajustar cuentas por esto, eso te lo aseguro.
—Ese imbécil de Xander... Su manada Lighthall solo sobrevive gracias a la protección de la Manada Frostmoon, ¡y aun así dejó que esa loba te lastimara! —Braden apretó la mandíbula—. Voy a reunir a nuestro ejército para arrasar con este lugar.
—Espera un poco más —solté con una sonrisa burlona—. Se buscó una gran noviecita. Quiero que vea con sus propios ojos cómo lo arruina esa idiota.
Marqué el número del Sanador Jefe de la Manada Lighthall, que era un lobo veterano a quien yo misma había ascendido.
—Tienes diez minutos para sacar a Nina Tucker de la lista de sanadores. —Mi voz era tranquila, pero no aceptaba una negativa.
El Sanador Jefe al otro lado de la línea estaba tan asustado que apenas podía hablar.
Lo interrumpí.
—Si no lo haces, la Manada Frostmoon cortará todo el suministro de recursos para la Manada Lighthall y... yo misma vendré con mi ejército para destruir su territorio.
Al escuchar el enojo en mi tono, aceptó desesperado, sin atreverse a hacer ni una sola pregunta.
Después de colgar, no perdí ni un segundo antes de decir:
—Vamos a la enfermería de la manada de mayor nivel.
En un solo día, pasé por mi segundo examen físico. Mientras leía el reporte que decía: “Quemaduras extensas en grandes áreas del cuerpo y envenenamiento moderado por plata”, la furia en mi pecho ardió con más fuerza.
Xander podía elegir entre rogar por mi perdón o sufrir las consecuencias de sus actos.
Una vez que trataron mis heridas, mi guardia ya se había reunido. Más de una docena de autos blindados negros rugieron en dirección a la mansión de Xander.
Qué ironía. Hasta esa mansión había sido un regalo mío.
En ese momento, desde la mansión se escuchaban risas escandalosas, música y el tintineo de las copas. Con razón no me contestó la llamada antes; estaba muy ocupado en una fiesta.
Antes de entrar, escuché una voz llorosa. Era Nina, que estaba hablando de mí.
—Ella arruinó las pociones que me compraste. Solo le pedí que las pagara, ¡pero me pegó, me insultó y hasta me aventó una tarjeta en la cara para humillarme! La dejé ir para no armar un escándalo, pero seguro tiene algo con el Sanador Jefe de la manada. ¡Hizo que me quitara de la lista de sanadores! Lo hizo sabiendo que soy tu compañera. Se nota que no te respeta...
Dentro de la mansión, los lambiscones de Xander empezaron a hablar al mismo tiempo, ansiosos por castigar a la “tonta presumida” que Nina mencionaba.
Xander besó a Nina con cariño, con adoración.
—No te preocupes. ¡Nadie más que yo puede meterse con lo que pasa en mi manada! Te lo juro, en cuanto encierre a esa loca en una celda de plata y le rompa el orgullo, ¡voy a hacer que venga a pedirte perdón de rodillas!
Los invitados soltaron gritos de entusiasmo.
—¡Genial! ¡Alfa Xander, solo danos la orden y vamos por esa basura!
—¡Así se habla! Que sepa quién manda en este territorio. ¡Le vamos a dar una lección!
En ese instante, una daga de plata entró volando. Se clavó con precisión en el centro de la mesa del comedor, partiendo un plato a la mitad. La música y las risas de la multitud se detuvieron. Todos temblaron mientras miraban hacia la entrada, de donde había venido la daga.
Yo estaba parada ahí, de brazos cruzados. Detrás de mí había una fila de guerreros de élite, y todos emanaban una mirada asesina.
—Aquí estoy. A ver, ¿quién era el que quería darme una lección?