Capítulo 1
—Sigue, no pares. Hazla gritar, quiero escucharla.
Esa noche, ya tarde, en la recámara, le hice trizas el fino y delicado camisón de seda a la esposa del jefe.
No llevaba nada debajo. Ese cuerpazo de metro setenta se estremecía bajo mis manos, y sus piernas blancas y esbeltas se me enroscaban a la cintura con fuerza, casi sin querer, mientras seguía con el celular en la mano y la llamada del jefe en altavoz.
Atrapada entre la vergüenza y un placer arrollador, se aferraba a las sábanas, indefensa, mientras gemía mi nombre sin darse cuenta.
Justo cuando, con mi miembro tan duro que me dolía en la mano, lo alineaba con su sexo empapado, a punto de embestirla con fuerza, alguien abrió la puerta de la recámara.
El jefe me dijo que me pagaría quinientos mil dólares por dejar embarazada a su esposa. Mientras hablaba, no apartaba la mirada de su esposa, Ema Cano, que revisaba unos papeles cabizbaja.
Ese día llevaba un vestido blanco entallado, con un escote perfecto, que dejaba al descubierto un poco de piel blanquísima y sus delicadas clavículas. La falda se le ajustaba al trasero carnoso y le marcaba unas curvas de infarto.
Tragué saliva sin darme cuenta y noté que, ahí abajo, ya estaba reaccionando sin remedio. Aarón Gallegos, mi jefe, notó mi reacción y se rio con sarcasmo.
—Sospecho que mi esposa no puede tener hijos. Así que, Dylan, tú que eres joven, acuéstate con ella a ver si logra quedar embarazada.
Dio unos golpecitos en el documento que yo tenía en la mano para indicarme que lo usara como pretexto para verla esa noche.
—Cuando esté hecho, te transfiero el dinero.
Por eso, a las ocho en punto de la noche, me presenté en la puerta de la casa del jefe. Me latía el corazón descontrolado. Respiré hondo y toqué el timbre.
Fue Ema quien abrió.
Se había cambiado el traje ejecutivo por un camisón negro de seda con tirantes y un escote en V tan pronunciado que dejaba adivinar sus pechos generosos. No parecía llevar nada debajo. El aire frío de la noche le rozaba el pecho y, apenas visibles, los pezones se le erguían bajo la tela negra. Era imposible apartar la vista.
El cabello largo le caía suelto sobre los hombros y unos mechones mojados se le pegaban al cuello pálido; estaba claro que acababa de ducharse.
Olía a jabón y a su esencia; con solo respirarlo se me secó la boca. Pareció darse cuenta de que la observaba y me miró con frialdad.
—Dile a Aarón que no me interesa tener hijos y que tampoco creo tener ningún problema. Vete.
Ella ya había descubierto mis intenciones y titubeé un instante; por suerte, enseguida se me ocurrió una excusa.
—Directora Cano, el señor Gallegos me mandó entregarle un documento urgente. —Alcé el sobre que llevaba en la mano y me esforcé por sonar tranquilo.
Le echó un vistazo al sobre, luego a mí, y se le notó más el fastidio.
—Déjalo en la puerta. Ya puedes irte. —Hizo ademán de cerrar.
Desesperado, frené la puerta con la mano.
—El señor Gallegos dijo que debo entregarle este documento directamente en la mano y quedarme hasta que termine de revisarlo.
Esa era la excusa que Aarón me había enseñado. A Ema se le endureció el gesto; me midió de arriba a abajo con una mirada cortante.
—Lárgate.
Su forma de mirarme me hizo hervir de furia; ese fuego maldito me subió desde el bajo vientre hasta la cabeza.
Mierda, ¿por qué te haces la digna? Si no fuera por el dinero de tu marido, ni siquiera te miraría. No te des tanta importancia.
Me armé de valor y, aprovechando que le sacaba una cabeza, me metí a la fuerza, cerré la puerta tras de mí y eché el seguro.
—¡Tú...!
Ema perdió la compostura, retrocedió un paso y me miró, alerta.
—¿Qué pretendes? ¡Voy a llamar a la policía ya mismo!
—¿La policía? —Me reí con desprecio y la fui arrinconando paso a paso—. ¿Usted cree que, cuando llegue, le van a creer a usted, la esposa de un director general que le abre la puerta a un subordinado a altas horas de la noche, en una pijama provocadora, o a mí, un empleado honesto que vino a entregarle documentos por órdenes de sus superiores?
Capítulo 2
Recalqué a propósito las palabras “pijama provocadora”. Su camisón era muy sensual; de seda fina y ligera, se le pegaba al cuerpo, y a la altura del pecho se le marcaban claramente los dos botones carmín. Al acercarme, notaba que, por los nervios, el pecho le subía y bajaba apenas; sus senos, blancos y abultados, se mecían hasta marearme.
Ema se puso roja; no supe si de rabia o de vergüenza. La tenía acorralada en un rincón de la sala, sin espacio para retroceder.
—Así que era cierto… ¿te mandó Aarón? —preguntó entre dientes; le temblaba la voz.
—¿No era obvio? —dije, deteniéndome frente a ella.
La distancia entre nosotros no llegaba a diez centímetros; me llegaba el aroma embriagador de su piel y sentía el calor de su aliento.
Recorrí su cuerpo con la mirada, sin el menor pudor; de sus clavículas delicadas pasé a los pechos generosos, luego al vientre plano y a esas piernas largas y esbeltas que se adivinaban bajo el camisón.
Sus piernas eran preciosas, blancas, rectas y sin un gramo de grasa. Podía imaginarme con toda claridad esas piernas enredadas en mi cintura. Mi cuerpo respondía cada vez con más fuerza; el bulto en el pantalón ya era evidente.
Adelanté la cadera para que sintiera lo duro que estaba.
—Ah…
Ema lanzó un grito breve y se quedó rígida. Estaba claro que también sentía esa tensión. Se le encendió la cara como si fuera a sangrar; me miró con odio, vergüenza y espanto.
—¡Eres un degenerado!
Levantó la mano para golpearme. La agarré por la muñeca, le sujeté las dos manos contra la pared y me eché encima de ella, hasta dejarla atrapada entre la pared y yo.
—Ya vio lo que tengo… ¿qué le parece?
Incliné la cabeza hasta rozarle casi la oreja con los labios y le dije en voz baja, insinuante:
—Se nota que está más que satisfecha.
—¡Mentira! —Ema se debatió, pero contra mí no tenía más fuerza que una gatita.
Al forcejear, lo único que consiguió fue que nuestros cuerpos quedaran más pegados. A través de la tela delgada sentía sus curvas y cada estremecimiento.
Le aplastaba los pechos contra mi torso hasta deformarlos, y aquel roce suave estuvo a punto de hacerme perder el control.
—Mienta yo o no, su cuerpo lo sabe mejor que nadie.
Le deslicé la mano por el brazo hasta acariciarle la cintura. Su cintura era tan suave y delgada que parecía caberme en una mano. Sentí cómo, apenas le puse la mano en la cintura, se tensó y hasta se le cortó la respiración.
—Suel… suéltame… —La voz se le quebró en un sollozo indefenso.
Pero en el temblor de su cuerpo percibí un cambio extraño. Era un deseo reprimido desde hacía mucho tiempo; mis provocaciones lo despertaban poco a poco.
Capítulo 3
Me volví más atrevido. Ya no me bastó con dejar la mano en su cintura; empecé a subirla despacio. Era como si tuviera la mano electrizada; por donde pasaba, Ema se estremecía.
Cuando le cubrí la curva plena del pecho, Ema se estremeció entera y dejó escapar un gemido.
—Mmm…
Aquel sonido era tenue, casi inaudible, pero me encendió el cuerpo entero como el afrodisíaco más potente.
¡Qué pechos tan grandes y tan suaves! A través de la seda fina, les sentía la firmeza y el calor.
No pude evitar apretarle el pecho.
—No… no quiero…
Ema se aflojó y apenas siguió forcejeando; en su voz se mezclaban la súplica y… el deseo. Cuando una mujer dice que no, es que sí. Eso me excitó más.
Tampoco dejé quieta la otra mano; la metí por debajo del camisón. Su piel se sentía suave y tersa. ¡No llevaba ropa interior!
El descubrimiento me estalló. Mis dedos encontraron una entrada húmeda y caliente que se contraía apenas, como si me diera la bienvenida. Así que el témpano llevaba rato derretido.
—Está toda mojada… ¿y dice que no? —Saqué los dedos, empapados de sus jugos, se los puse delante de la cara y sonreí de lado.
Ema vio el brillo transparente que me cubría los dedos y cerró los ojos, avergonzada; le temblaron las pestañas y una lágrima se le escapó.
Verla así, atrapada entre la vergüenza y la rabia, ya sin fuerzas para resistirse, me hacía imposible detenerme. Bajé la cabeza y le atrapé el lóbulo de la oreja entre los labios. Esa era su zona más sensible; Aarón me lo había dicho.
—¡Ah!
Tal como esperaba, se sacudió como si recibiera una descarga; le temblaron las piernas y terminó colgada de mí.
—Sí que es sensible.
Mientras le lamía la oreja, pequeña y delicada, con los dedos le trazaba círculos en la entrada de su sexo, húmeda y resbaladiza.
—Una señora tan sensible que nunca pudo tener hijos… Seguro que el problema es del jefe. Con lo hermosa que es usted.
—Nnnnno… te lo ruego… no…
Su voz salía entrecortada, ronca de deseo. Pero el cuerpo la delataba; empezó a retorcerse y a buscar mis dedos por su cuenta. Sentía que el deseo que yo le había encendido por dentro la empujaba a pedir más con desesperación.
Cuando me disponía a dar el siguiente paso y penetrarla con mi miembro, ya duro hasta doler, sonó el celular. Era Aarón. Me molestó la llamada, pero contesté y puse el altavoz.
—Dylan, ¿cómo va el encargo? —preguntó Aarón por el altavoz.
Miré a Ema, perdida de deseo en mis brazos. Ella también escuchó la voz de Aarón; se le tensó el cuerpo y recuperó un poco de lucidez.
Me miró alterada, con lágrimas en los ojos, sin poder creerlo.