Capítulo 1

Hace un tiempo, mi cuñadita, que todavía está en la preparatoria, vino a pasar unos días y se quedó en mi casa.

La muchachita, con el cuerpo ya bien desarrollado, estaba todos los días con una blusita de tirantes y shorts cortos, sin siquiera ponerse el brasier.

Ya sea caminando o sentada, los pechos se le marcaban siempre firmes y paraditos, la cinturita fina y ondulada, las nalgas redondas y carnosas siempre respingonas… para cualquier hombre era imposible no tener pensamientos.

Y mucho menos para un cuñado como yo, de alma calenturienta y descaro lujurioso; la palabra “cuñadita”, para mí, era la tentación definitiva…

—Cuñado, es mi primera vez, despacito…

Era de noche. La muchacha, que no llevaba puesto nada más que medias, estaba arrodillada frente a mí, con la cara sonrojada, y levantó la mirada hacia mí con unos ojos empapados.

—Cállate y chúpalo…

Le metí el dedo en la boca, y ella, dócil, lo envolvió y lo lamió. Su lengüita se agitaba con ganas, y un gemido nasal le salía suavecito.

Ese era el sonido más sensual que una muchacha podía hacer…

***

Me llamo Octavio Bravo y soy un hombre recién casado. Hace un tiempo, mi cuñadita, que todavía está en la preparatoria, vino a pasar unos días y se quedó en mi casa.

La muchachita, con el cuerpo ya bien desarrollado, estaba todos los días con una blusita de tirantes y shorts cortos, sin siquiera ponerse el brasier.

Ya sea caminando o sentada, los pechos se le marcaban siempre firmes y paraditos, la cinturita fina y ondulada, las nalgas redondas y carnosas siempre respingonas… para cualquier hombre era imposible no tener pensamientos.

Y mucho menos para un cuñado como yo, de alma calenturienta y descaro lujurioso; la palabra “cuñadita”, para mí, era la tentación definitiva…

A veces la molestaba en broma, claro, para aprovechar y meterle mano: un roce en el busto, una tocadita en las nalgas, un apretón en la cinturita, y por supuesto tampoco dejaba escapar sus largas piernas blancas.

Desde entonces descubrí que mi cuñada tenía una debilidad fatal: aun si uno la fastidiaba, no se atrevía a resistirse, solo aguantaba todo sin quejarse.

Una vez entré al baño listo para ducharme y vi que mi cuñada se había olvidado de recoger los calzones que se había quitado.

Apenas levanté esa tanguita para admirarla, ella me la arrebató y se la abrazó contra el pecho. Yo hice como que iba a quitársela otra vez, pero terminé agarrándole con ganas, firme, un pecho suave y terso.

En casa estaba siempre solo con blusita de tirantes, sin brasier: al tocarla se sentía como si le rozara la piel desnuda.

No quería soltarla, y hasta le di unos cuantos apretones más.

Mi cuñada se quedó paralizada un par de segundos, y cuando vio el tremendo bulto entre mis piernas, gritó un “¡ay!” y se fue corriendo con la cara roja, dándose media vuelta.

Después de ese manoseo, sentí que ya estaba ardiendo en deseo.

Me bañé rapidísimo y, con el miembro duro como piedra, corrí a la recámara. Vi que mi esposa ya estaba dormida de costado y, sin decir ni una palabra, me trepé a la cama.

Le agarré la cintura fina por detrás, la puse en cuatro y le bajé los calzones hasta las rodillas, enrollados en una bola.

—Mmm… mi amor… ¿qué te pasa?… ¿quién te dio un afrodisíaco?

Mi esposa se despertó medio atontada con la sacudida, tardó medio minuto en reaccionar y, sin siquiera voltear, levantó las nalgas hacia atrás.

—Des… despacito… todavía no me mojo…

—Solo quería cogerte, ¿no puedo?

Mi esposa es muy sensible y además sabe gemir muy rico. Normalmente le hacía bien los preliminares antes de pasar al grano.

Pero esa noche, sabiendo que había alguien en la casa, contra toda costumbre se aguantó los gemidos.

Pensando en mi cuñada ahí afuera, quise hacer un escándalo para que escuchara, y a propósito le dije palabras sucias a mi esposa para picarla mientras embestía duro contra sus nalgas suaves y resbaladizas.

—¿Te gusta? ¿Te gusta así, cogiéndote así?

A mi esposa se le escapó, sin poder contenerse, un gemido largo. Alzó las nalgas bien altas y un gemido meloso y nasal se le escapaba uno detrás del otro; la coquetería le salía hasta por los poros.

—Mmm… ah… ¡esto es una violación!… qué rico…

En ese momento me di cuenta de que la puerta de la recámara, no sé desde cuándo, se abrió una rendija, y una sombra se movió.

¿Era mi cuñada espiando?

Con la mirada de reojo alcancé a echar un vistazo disimulado.

En efecto: mi cuñada, en calzoncitos, estaba medio agachada detrás de la puerta, con la boquita entreabierta, el pecho subiendo y bajando con una respiración agitada, y las mejillas sonrojadas, con los ojos clavados en lo que yo hacía.

Capítulo 2

Me sentí mucho más excitado.

Jamás imaginé que mi cuñada, que parecía tan pura, estuviera espiando a su cuñado y a su hermana teniendo sexo.

Para que mi cuñadita viera todo con más claridad, para que su primera clase de educación sexual le quedara bien grabada, ni siquiera me detuve a pensar si mi esposa se había dado cuenta de que su hermana estaba mirando. La jalé, la obligué a levantar el torso con las nalgas en alto, mirando hacia la puerta que daba a la sala.

Le arranqué el camisón, dejando su cuerpo entero al descubierto, y seguí embistiéndola con movimientos brutales, como un toro enloquecido.

—Aah… mi amor… me vas a destrozar…

Los pechos de mi esposa se sacudían, y no lograba contener sus gritos; como yo le sujetaba las manos con firmeza, no podía taparse la boca, quería gritar y no se atrevía.

—Aah… ya no puedo más… ten piedad de mí…

Sus gritos se fueron quebrando en llanto hasta que se desplomó sobre la cama como una muñeca de trapo, y solo quedaron en alto sus nalgas redondas y carnosas, que yo aún sujetaba.

Me puse el bóxer y salí a la sala, fingiendo que iba por agua.

Vi que la puerta de mi cuñada estaba cerrada, pero por la rendija se colaba la luz; en cuanto mis pasos se acercaron, la luz del cuarto se apagó.

A la mañana siguiente, era como si yo despidiera un aura de varios metros a la redonda: a donde yo iba, mi cuñada se apartaba, pegada todo el tiempo a mi esposa.

Parecía un poco asustada. Su hermana y su cuñado eran una pareja que se amaba, pero el cuñado en la cama era así de feroz, y dejaba a la hermana cogida como una perra.

Y la hermana, por su parte, se veía disfrutando, entregándose con gusto a que el cuñado la usara así.

Este mundo de los adultos la dejó perturbada.

En principio, aunque yo tuviera intenciones, si mi cuñada iba a esquivarme de esa manera no iba a tener oportunidad de acostarme con ella.

Pero jamás imaginé que hasta el destino me estaría dando oportunidades.

Esa noche volví a casa de madrugada, después de un compromiso; mi esposa ya estaba dormida, y la luz del baño estaba prendida: debía ser mi cuñada bañándose.

A través del vidrio esmerilado de la puerta del baño se alcanzaba a ver, difusa, la silueta curvilínea de mi cuñada, que al parecer se estaba secando el cuerpo.

Se me movió algo por dentro; fingí creer que quien estaba dentro era mi esposa y giré la manija.

—Amor, voy al baño, ya no aguanto…

En efecto, mi cuñada no puso el seguro por dentro; gritó un “¡ah!” y se escondió detrás de la puerta, empujándola un poco con la mano.

—Cuñado… soy yo…

Para entonces yo ya había metido medio cuerpo; el cuerpo desnudo, aún joven e inmaduro, de esa muchacha quedó completamente expuesto ante mis ojos: blanco con tintes rojizos y cubierto de gotitas de agua, esa piel suave y blanca sin una sola imperfección, junto con esa cara delicada y pura, me provocó una erección casi de inmediato.

Fingiendo sorpresa, dije en voz baja:

—Nati, ¿cómo es que todavía no duermes?

—No podía dormir…

Mi cuñada, desnuda, sostenía una toalla frente al cuerpo, apenas logrando cubrirse los pechos y allá abajo; con la cabeza agachada, no se atrevía a mirarme, y con una voz suavecita, suavecita, dijo:

—Cu… cuñado, no entres todavía… me voy a vestir…

—Ah, sí.

Hice como que caía en la cuenta y salí de mala gana.

—Apúrate, que ya no aguanto…

No tenía ganas de orinar; me quedé esperando afuera solo porque quería ver a mi cuñada apenada. A través del vidrio alcancé a ver que de pronto se quedó quieta, y con voz muy bajita llamó:

—Cu… cuñado…

—¿Ya estás lista? ¿Entonces entro? —Seguí haciéndome el tonto.

—No, no, no… no entres… —Mi cuñada se puso evidentemente nerviosa, tartamudeando—. Se me cayeron los calzones al piso sin querer y se ensuciaron, ¿me podrías pasar unos limpios?

Su voz se fue apagando al final, como zumbido de mosquito:

—Están en el primer cajón del clóset.

Capítulo 3

Fui a la recámara de mi cuñada, abrí el cajón de su clóset y encontré una fila de calzoncitos lindos acomodados. Tomé al azar unos calzoncitos con estampado de fresitas, regresé a la puerta del baño, toqué y le pasé la prenda por la rendija.

Mi cuñada apenas entreabrió la puerta, agarró los calzoncitos a toda prisa y se los puso.

Después, el vapor del baño empezó a salir y mi cuñada apareció frente a mí con la blusita de tirantes y los calzones.

Su piel, recién salida del agua caliente, se veía nítida y traslúcida. Como no traía brasier y la blusita era de algodón delgado, se alcanzaba a ver con toda claridad la forma entera de sus pechos, hasta sus dos pezoncitos.

Los calzoncitos de fresitas parecían quedarle un poco chicos: daban la impresión de que ya no iban a poder con esas nalgas redondas y carnosas, y dejaban ver a la perfección su monte.

Al verme bloqueando la puerta, mi cuñada seguramente sintió vergüenza: su piel blanca se tiñó de un rubor tentador.

—Cu… cuñado, ve al baño tú…

Al oler ese aroma virgen que emanaba de su cuerpo, aguantarme en ese momento habría sido imposible. La abracé y la besé. La punta de mi lengua, por fuera de sus dientes apretados, jugueteaba con suavidad contra sus labios blandos.

—Ah… mmm…

Mi cuñada dejó escapar un gemido desde la garganta, que bajo mi beso se convirtió en una voz nasal coqueta. Su espalda recta se fue ablandando, se curvó, y al final perdió toda la fuerza y quedó derretida entre mis brazos.

Pero pasaron dos o tres minutos enteros y aún no quería abrir la boca. No sabía si era tensión, resistencia, o si estaba tan aturdida que no sabía qué hacer.

Así que decidí echarle una manita. Extendí la mano y la apoyé sobre su pecho.

Seguramente era la primera vez que un hombre le tocaba los pechos desde que se había desarrollado. Levantó el brazo, me agarró la muñeca y tiró para apartarla con fuerza.

Pero ese impulso de querer gritar ya le había abierto los dientes apretados.

La distraje por un lado y recorrí a mis anchas el interior cálido y húmedo de su boca, y atrapé con destreza su lengüita, que ya no tenía a dónde huir.

La saliva pegajosa se mezcló entre los dos.

Un beso húmedo tan profundo y ardiente bastaba para que una jovencita sin experiencia amorosa se rindiera.

Cuando mi mano se metió otra vez bajo la blusita, tanteando para subir, mi cuñada meneó la cintura y volvió a agarrarme la mano, pero esta vez ya no la jaló para apartarla a la fuerza.

Mis dedos abiertos consiguieron así la oportunidad de apretar a gusto esos pechos vírgenes.

Ya que estaba en racha, había que aprovechar: al que le dan, pide más. Ya la había besado y le había tocado los pechos, así que no me quedaba ni un gramo de reparo. Besé un rato más, le solté los labios y la lengua, y pasé al ataque hacia el hueco de su cuello.

—Cu… cuñado… ya no me toques… aahh…

Mi cuñada ya había perdido el control y, con un susurro nervioso, lo dijo atropelladamente.

Pero cuando mis labios se pegaron al costado sensible de su cuello, no pudo evitar soltar un gemido meloso, y su voz se volvió coqueta.

Cuando esos gemidos se hicieron más y más seguidos al ritmo de mi mano apretándole los pechos, mi aguante también llegó al límite. Mientras le lamía la raíz de la oreja, le dije entre jadeos:

—Nati, ¿te gusta que tu cuñado te toque?

—Sí… —respondió casi como un gemido, y luego murmuró bajito—: pero eres mi cuñado…

Me agaché, la cargué sin esfuerzo en brazos, entré a su recámara y la recosté en esa cama suave y perfumada.

—Entonces deja que tu cuñado te estrene, ¿sí? —le dije con voz dulce.

—Es… es que…

Mi cuñada se notaba agitada. Se encogió hacia la esquina de la cama, juntó las piernas sin darse cuenta y su cara se puso tan roja como si tuviera fiebre.

—¿Y si se entera mi hermana?

—Si tú no dices nada y yo no digo nada, ¿cómo se va a enterar?

No lo pensé más. Aprovechando que la jovencita estaba enredada en sus dudas, volví a meter las dos manos bajo su blusita, sin ningún obstáculo, y le sostuve los pechos.

Mi cuñada se estremeció, pero no me apartó las manos. Al contrario, levantó un poco la cabeza y, por iniciativa propia, me besó.

Yo sabía que le gustaba ese beso profundo de lenguas enredadas, así que dejé a un lado por un momento las ganas de explorar otras partes y, mientras la besaba con intensidad, me bajé el pantalón y el bóxer sin hacer ruido.

—Mmm…

Yo le succionaba y le lamía la lengua sin parar, y sus gemidos nasales y blandos sonaban uno tras otro. Quedó hecha bolita sobre la cama y, obediente, levantó los brazos para que le quitara la blusita de tirantes.

Al instante, una jovencita semidesnuda y limpia apareció frente a mis ojos.

Y en la parte baja de esos calzoncitos de fresitas ya asomaba una pequeña mancha húmeda…

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Estrenando Cuñadita

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