Capítulo 1
Después de renacer, tomé la firme decisión de dejar de obsesionarme con mi amigo de la infancia, Federico Torres.
En su fiesta de cumpleaños colgó un cartel que decía: «Prohibido perros y Clementina». Sin titubear, me largué a Hawái y puse océanos de por medio.
Cuando comentó que el simple olor de mi perfume le revolvía el estómago, obedecí y me mudé sin chistar.
Al graduarnos anunció que no pensaba respirar el mismo aire que yo en ninguna ciudad; hice mis maletas —rápido— y desaparecí para siempre.
Por último, aseguró que mi mera existencia podía malinterpretarse ante su amor imposible.
Asentí y, muy pronto, presenté en redes a otro chico como mi novio.
Una y otra vez elegí lo contrario a lo que hice en mi vida pasada.
Porque, en aquella otra vida, cuando por fin me casé con él, su amor ideal se arrojó desde un acantilado.
Él me llamó asesina, me torturó, me quebró… y acabé devorada por los peces.
Esta vez, lo único que quiero es vivir de verdad.
Así que tomé de la mano a mi nuevo novio.
Pero Federico se plantó en medio de la calle, con los ojos encendidos de rabia.
—Clementina, ven conmigo ahora y olvidaré esta broma.
Al ver ese letrero tan familiar a la puerta, rompí en lágrimas… de alegría.
Clementina es mi nombre y, en este instante, está escrito junto a la palabra perros como si fuera una ofensa.
Pero nadie imagina lo feliz que estoy: he vuelto a vivir.
Regresé al día del cumpleaños de mi prometido, Federico.
Para todos, yo no estoy a su altura.
Ni mi cuna ni mi cara se acercan a las suyas.
Él es heredero del poderoso clan Torres de Ciudad J; yo, una huérfana sin padre ni madre.
Un chiste infantil nos ató durante más de veinte años.
Todo el mundo siente lástima por Federico.
Incluso él mismo.
Por eso mandó colocar el letrero y me dejó fuera, aunque venía arreglada de pies a cabeza.
—Clementina, no es que no queramos dejarte pasar, esto lo mandó Federico.
—Sé razonable, no nos pongas en aprietos; también vas a quedar mal.
El mensajero es uno de los mejores amigos de Federico; su rostro es puro hielo.
A ambos lados, guardias de seguridad empuñan porras eléctricas.
Toda esa escenografía militar… solo para detenerme a mí.
Todo el mundo sabe que Federico me detesta con el alma.
En mi vida anterior tampoco crucé la puerta.
Como un perro, esperé de día y de noche pegada al umbral.
Al final, el frío me tumbó con fiebre alta.
Cuando los padres de Federico se enteraron, lo regañaron y aceleraron el compromiso.
El día de la boda, su “gran amor”, Rosalind Sánchez, se arrojó por un acantilado.
Para Federico y su pandilla, yo fui la asesina.
Federico juró vengarla.
Años de silencio cruel, maltratos y tortura llovieron sobre mí.
Pedí el divorcio mil veces; siempre me dijo que no.
Federico juró que, si era necesario, me arrastraría hasta la tumba.
Ser ignorada, invisible, tratada como un objeto inexistente…
Lo soporté veinte años.
Al borde de la locura, me lancé al mar y me devoraron los peces.
Lo irónico es que, en mi último aliento…
vi a Rosalind regresar triunfal al país y abrazar a Federico.
No estaba muerta: vivía, radiante, convertida en una diseñadora de fama mundial.
Su amor tardío, apasionado y trágico recibió la bendición de todo el mundo.
Y yo fui la gran tonta desde el principio hasta el fin.
Ahora tengo otra oportunidad.
Quiero vivir de verdad… lejos de Federico.
Capítulo 2
Me di la vuelta bajo miles de miradas atónitas y me fui sin el menor apego.
Ya en la mansión de los Torres, me quité el vestido aparatoso que me pesaba como una losa.
Soy la arrastrada de Federico; lo sabe hasta el portero.
Cualquier cosa que tuviera que ver con él, yo la planeaba veinte pasos por delante.
Después le dejaba todo perfectamente organizado.
Más de una vez se quejó de que el trabajo lo agotaba y necesitaba relajarse.
Así que adapté su agenda y le armé un viaje a Hawái.
Decía que extrañaba aquellas playas y ese mar.
Pero en mi vida anterior Federico nunca aceptó ir.
Prefirió irse de campamento a la montaña con Rosalind.
A mí me ordenó que los acompañara.
En medio de un diluvio, me mandó a buscar la pulsera de Rosalind.
Terminé rodando por un barranco y me fracturé la pierna.
Pasé dos meses enteros postrada en el hospital.
Esa sensación de caer al abismo no la quiero repetir jamás.
Alejarme de Federico es el primer paso.
Empaqué rápido, tomé mis documentos y bajé las escaleras.
Justo entraba Federico, impecable con su traje.
Al verme, soltó una carcajada helada, me arrebató la maleta y la lanzó al suelo.
Fruncí el ceño: —¿¡Qué te pasa!?
—¡Clementina, la pregunta te la hago yo!
—¿Cuántos años tienes para seguir con la pataleta de escaparte de casa?
—¿Qué sigue? ¿Dejar otra nota de suicidio?
Federico resoplaba, mirándome con asco mientras disparaba sus reproches.
—¿No te parece infantil? ¿Otra vez vas a chantajearme con quitarte la vida?
Sacudí el polvo de la maleta y le respondí, palabra por palabra:
—¿Quién te dijo que pienso suicidarme?
Si monstruos como tú y Rosalind —uno con corazón de pierda y la otra sin entrañas— siguen vividos y coleando…
¿por qué demonios me quitaría yo la vida ahora que he renacido?
Federico soltó una risita helada; sus ojos destilaban desprecio.
Tras él apareció Rosalind y habló con voz melosa:
—Clementina, si querías venir a la fiesta solo tenías que decirle a Federico. Se criaron juntos, casi como hermanos. ¿Cómo iba a negarte la entrada?
—Eso de amenazar con suicidarte funciona una vez; la segunda es ... como el pasor mentiroso, nadie te va a creer.
La indirecta quedó flotando.
La repulsión en los ojos de Federico creció.
Los recuerdos me golpearon en desorden.
Entonces recordé algo.
En la preparatoria, cuando Federico empezó a salir con Rosalind,
su trato hacia mí cambió de la noche a la mañana.
En mi rabia dejé un mensaje diciendo que me tiraría al río.
Sus padres se asustaron.
Le ordenaron a Federico terminar con Rosalind.
Desde entonces Federico me detestó, me ignoró, se negó a hablarme.
El grupito de Rosalind me aisló, me acosó, y él hizo la vista gorda.
Lo miré directo: —Te equivocas. No pienso suicidarme. Empaqué porque tengo que tomar un vuelo a Hawái.
Federico bufó, convencido de que era una excusa barata para salvar mi orgullo.
Rosalind le tiró de la manga.
—Cariño, ¿por qué no dejas que Clementina venga con nosotros? Da penita verla así.
Federico frunció el ceño, a punto de ceder.
Volví a negarme: —No hace falta. Me voy a Hawái.
El gesto elegante de Federico se tensó: —¿Oyeron? ¡La señorita se va a Hawái!
—Clementina, no hagas berrinche en un momento así.
Rosalind suspiró y me tomó del brazo.
Sus uñas afiladas se clavaron en mi carne donde nadie podía ver.
El dolor me hizo empujarla.
Rosalind cayó al suelo, se cubrió la mano con gesto frágil y me miró temblando, incrédula.
—¡Clementina…!
Capítulo 3
—¡Clementina, ¿quieres morir?!
Federico reaccionó con furia y me empujó con más fuerza.
Mi nuca chocó contra los escalones; un latigazo de dolor me dejó viendo luces.
Oía cómo Federico bramaba:
—¡Clementina, ¿te volviste adicta a maltratar a la gente?!
—¡Compartir techo con una ingrata como tú contamina el aire de esta casa; me dan náuseas!
Aguanté el dolor y le corté el discurso antes de que empeorara.
—Me mudaré. Tranquilo.
—Será mejor que lo cumplas.
Toda su rabia se le atascó en la garganta.
Me fulminó con la mirada, luego alzó a Rosalind Sánchez en brazos y se marchó.
Con la mano en la nuca, noté la sangre pegajosa y, sin querer, recordé algo.
A los quince, nuestra relación no era tan tensa.
Sabíamos que, tarde o temprano, nos casaríamos y seríamos familia.
Por eso yo me le pegaba como chicle.
Él andaba en plan rebelde: se escapaba a un cibercafé clandestino a jugar videojuegos en línea y yo lo seguía.
Una vez discutió con otro jugador…
Intenté separarlos y, por accidente, me corté un dedo.
En ese instante, Federico se volvió una fiera:
dejó al tipo—mucho más grande que él—suplicando de rodillas.
Aquel chico que se asustaba si yo me raspaba…
hoy me lastima por defender a otra y me grita que busco la muerte.
Pero ya no importa.
Cuando el señor Torres y la señora Torres regresen, por fin cancelaré el compromiso.
Miré a los sirvientes e intenté sonreír.
—¿Podrían llevarme al hospital? Les pagaré.
La criada nueva dio un paso, pero la anciana la jaló de un brazo.
Susurros, apenas audibles, llegaron igual a mis oídos:
—¿Quieres perder el puesto?
—¿No sabes que el señor Torres detesta a la señorita Jiménez?
—Si él te ve ayudándola, te despide.
La muchacha se asustó, me lanzó una mirada y salió corriendo.
Negué con amargura y recogí mi celular, hecho trizas.
Los padres de Federico casi siempre están de viaje.
Sólo pasan tres o cuatro días al mes en casa.
Federico es el único amo; ha repetido mil veces:
“Tú no eres de la Familia Torres; arréglatelas sola.”
Así que nadie se me acerca.
Cada vez que vuelvo, tiran las sobras a la basura y dejan los platos vacíos.
Por suerte, ya me acostumbré.
Con esfuerzo llegué al hospital.
Diagnóstico: conmoción cerebral; dos días en observación.
Al alta, regresé a la mansión a empacar.
Los empleados me miraban con frialdad mientras vaciaba mi cuarto.
Esa misma tarde llevé mis cosas a un departamento que alquilé de prisa.
Será mi refugio temporal.
En cuanto reciba el título, firme la oferta de trabajo y rompa el compromiso,
me largaré de todo esto.
Al tercer día fuera de la Familia Torres,
Federico llamó; sonaba ebrio.
—¿Dónde estás? Sala privada A 12. Ven.
Estaba puliendo mi currículum y me molestó la interrupción.
—¿Qué necesitas, Federico?
Al otro lado hubo un silencio abrupto; incluso el bullicio se apagó.
Repetí —¿hola?—; nadie contestó, quise colgar.
Entonces habló:
—Clementina, ¿dónde te metiste?
Seguí tecleando, puse el móvil en altavoz y solté:
—Dijiste que el aire te sabía a vómito si compartíamos casa, así que me largué.
—Tranquilo, no volveré.
Su respiración se hizo áspera y soltó una risa helada.
—¿Desde cuándo obedeces tan fácil?
—¿No eras tú la que se me pegaba como chicle?
—Si te ordeno dejar la ciudad y desaparecer de mi vista, ¿también obedeces?
—Escucha, Clementina: si sigues molestando a Rosalind, te vas a arrepentir.
El mouse se me resbalaba de la mano; tardé en procesar sus palabras.
Su burla volvió al auricular:
—¿Qué, te quedaste sin argumento?
—¿No te cansas de estos jueguitos?
—Pídele perdón a Rosalind y, tal vez, te permita volver.
Contesté despacio:
—Está bien, Federico. Me iré.
Colgué sin esperar su respuesta.