Capítulo 2
Durante diez años todo fue igual, actuaban solo por compromiso, incluso la cantidad de dinero que me daban era la misma en cada año.
Arrugué el billete con mis manos y lo tiré a la basura. Después de la discusión de anoche, ya ni siquiera se molestaban en fingir.
Escuché a mi madre hablando por teléfono en su habitación, con la voz llena de emoción:
—El lugar ya está decorado, ¡parece un auténtico mundo de cuento de hadas!
Mi padre, mientras tanto, daba instrucciones desde el balcón:
—Lleven también la botella de Lafite del 82, ese famoso vino francés. Hoy tenemos que asegurarnos de que Gabriel lo pase en grande.
Y yo… vagaba por mi propia casa como un fantasma invisible.
Lucía salió temprano. Antes de irse, me miró una vez, pero su expresión era extraña.
—Adri… pase lo que pase, sin importar lo que veas, confía en mí.
¿Que confíe en ella? ¿Confiar en que también forma parte de toda esta mentira?
Solté una risa irónica y no respondí.
Al mediodía, un camión de entregas se detuvo frente a la casa. Dos trabajadores bajaron una enorme caja de regalo, adornada con un exagerado lazo azul. Desde la ventana estaba mirando. Al final, para ellos, yo valía menos que cualquier regalo.
Mi madre bajó casi corriendo a recibirlo, sonriendo de oreja a oreja mientras firmaba la entrega. Supervisaba cada movimiento con cuidado, temerosa de que algo pudiera golpearse.
Inmediatamente reconocí el logo, era un piano de edición limitada que había sido lanzado el mes pasado, su precio superaba los cien mil.
El mío, en cambio, ya llevaba diez años conmigo. Hasta las teclas estaban amarilleaban y ya se estaba empezando a desafinar. Alguna vez insinué cambiarlo, pero mi madre siempre decía:
—Mientras todavía funcione, úsalo. Ya tenemos muchos gastos en casa.
Ahora entendía que no era cuestión de dinero. Simplemente, que yo no lo merecía. La última chispa de esperanza que quedaba en mi corazón se apagó por completo.
Por la tarde me puse un traje negro y me maquillé con cuidado, intentaba ocultar el cansancio reflejado en las ojeras. No iba a permitir que vieran lo mal que me sentía. Esa noche, iba a trazar una línea definitiva entre ellos y yo, con la cabeza en alto.
La dirección de la fiesta la había escuchado anoche durante una llamada de mi madre. Habían reservado por completo el salón de banquetes más exclusivo de la ciudad.
Tomé un taxi. Durante el trayecto, el conductor no dejaba de comentar:
—Joven, ¿qué se celebra hoy? Cerraron toda la avenida. Dicen que unos ricos están organizando el cumpleaños de su hijo… vaya lujo que tienen.
Esbocé una sonrisa apenas perceptible y guardé silencio.
Si, que lujo tan exagerado. Tanto que está construido sobre mis diez años de sufrimiento.
Una larga alfombra roja se extendía frente al salón, rodeada de ramos de rosas azules. En el cartel de bienvenida, escrito con elegante caligrafía, se leía:
“Feliz cumpleaños a nuestro querido tesoro.” Al final, firma: ‘Con todo nuestro amor, papá y mamá .’
Esas palabras me duelen solo de mirarlas. Saqué mi teléfono y le envié un mensaje a Lucía:
“Vine a comprobar tu sorpresa.”
Respiré hondo y, con el sonido firme de mis zapatos sobre el suelo, entré paso a paso.
Dentro del salón, las copas chocaban y las conversaciones llenaban el aire. Mis padres estaban en el centro de la multitud, recibiendo a los invitados con sonrisas radiantes. Y a su lado… un joven vestido con un elegante traje azul.
Gabriel Mendoza.
Como un pavo real orgulloso, disfrutaba de todas las miradas y felicitaciones. Mi madre le coloca personalmente una delicada corona de diamantes hecha a medida para su cumpleaños, y con voz suave dijo:
—Nuestro Gabriel, hoy es el rey de la fiesta.
Mi padre le entregó una caja de terciopelo con un reloj de diamantes deslumbrante.
—¿Te gusta? Lo mandé hacer especialmente para ti.
Gabriel sonrió muy dulce. —Gracias, tío y tía. Son demasiado buenos conmigo.
En ese momento los invitados exclamaron llenos de admiración.
—¡Señor Suárez, ese ahijado tuyo está más mimado que tu propio hijo!
—¡Sí! Con semejante regalo, cualquiera se queda corto.
—Si tratas así a tu ahijado, cuando celebres el cumpleaños de tu hijo biológico tendrás que bajar las estrellas del cielo.
Mis padres reían encantados, repitiendo una y otra vez:
—Que va, que va… es lo menos que podíamos hacer.
Pero nadie notó mi presencia en el rincón del salón. En ese momento levanté el teléfono y grabé toda la escena con claridad. Luego acomodé mi traje, tomé una copa de champán y avancé lentamente hacia ellos.
A medida que caminaba hacia ellos el bullicio a mi alrededor parecía desvanecerse. En mis ojos solo existía aquella armoniosa “familia de tres”. Mi madre levantó la copa y anunció en voz alta a los invitados:
—Gracias a todos por venir hoy al cumpleaños de nuestro querido hijo…
—¿Nuestro hijo?
Capítulo 3
Lo repetí con frialdad. En ese momento la sonrisa en los rostros de mis padres se congelaron al instante.
Mi madre reaccionó primero. Dio un paso apresurado hacia mí, intentando tomarme de la mano, pero me aparté girando el cuerpo para esquivarla.
—Adrián, ¿cómo has llegado? —Su voz temblaba.— Ven, rápido, voy a presentarte. Este es…
—El señor Gabriel, su tesoro, ¿verdad?
La interrumpí, clavándole la mirada a ese chico vestido con un traje de príncipe.
La sonrisa en el rostro de Gabriel también desapareció. Me miró confundido; en sus ojos pasó un destello de incomodidad… incluso de compasión. Luego buscó ayuda con la mirada hacia mis padres.
—¿Quién es él? —preguntó un invitado, desconcertado.
El rostro de mi padre parecía incómodo, se notaba que estaba molesto. Conteniendo la voz, me reprendió:
—¡Adrián! ¡Deja de armar un escándalo y vuelve a casa ahora mismo!
—¿Un escándalo?
Solté una risa burlona.
—Mamá, ¿olvidaste qué día es hoy?
Hablé despacio, marcando claramente palabra por palabra:
—Hoy… también es el cumpleaños de tu propio hijo. Mi cumpleaños.
El salón entero estalló en murmullos. Todas las miradas iban y venían entre mis padres y yo, cargadas de curiosidad chismosa.
—Entonces… ¿él es el verdadero hijo?
—Vaya situación… ¿ignoran el cumpleaños de su propio hijo para organizarle una fiesta así a un extraño?
—¿Qué está haciendo el señor Suárez? De verdad que no se entiende…
Los comentarios llegaron claramente a los oídos de mis padres, y sus expresiones se volvieron cada vez más tensas. Los labios de mi madre temblaban y, la mirada de mi padre pasó del desconcierto a una furia absoluta.
—¡Basta!
Golpeó la mesa con fuerza.
—¿Tenías que venir justo hoy a arruinarlo todo?
—¿Arruinarlo?
Levanté el teléfono y abrí el video.
—Mamá, ¿quién está arruinando las cosas realmente? ¿Quién prepara una sorpresa para mí mientras al mismo tiempo le pone una corona y le regala un reloj a otro?
En la pantalla apareció con claridad la imagen de mi madre colocando con ternura una corona sobre la cabeza de Gabriel.
—Nuestro Gabriel… hoy es el joven más apuesto.
La frase resonó desde el altavoz del teléfono en aquel silencioso salón. El rostro de mi madre palideció.
—Y esto también.
Cambié a la foto grupal.
—El supuesto hijo de un cliente importante… ¿cómo terminó convirtiéndose en “su tesoro”?
Giré el teléfono hacia los invitados para que todos pudieran ver la imagen y los comentarios debajo de la misma.
Los presentes empezaron a mostrar en sus rostro una ligera tensión e incomodidad. Mi padre temblaba de tanta rabia. Me señaló, intentó hablarme pero era incapaz de pronunciar una sola frase completa.
—Adrián, tú… tú…
—¿Yo qué?
Sostuve su mirada. Mis ojos ardían, pero mi voz seguía igual de fría e indiferente.
—Solo quiero preguntarles algo cara a cara, ¿criar a un hijo nuevo se siente mejor que criar al viejo? ¡Solo quiero saber qué hice mal para que me pisotearan y me abandonaran de esta manera!
Mi voz fue elevándose, sacando aquellos diez años de injusticia y resentimiento, e iba resonando por todo el salón. El rostro de Gabriel estaba pálido, mientras tiraba suavemente de la manga de mi madre.
—Tía, esto…
Ella apartó su mano de un tirón y, me miró con los ojos llenos de arrepentimiento.
—Adri, no es lo que piensas. Las cosas no son así.
—¿Entonces cómo son? —La presioné.— ¡Dilo!
En ese momento, las puertas del salón se abrieron de golpe. Mi hermana entró corriendo. Al ver la escena tensa frente a ella, su rostro se volvió completamente pálido.
Corrió hacia mí y me sujetó el brazo con fuerza, mientras su voz temblaba al hablarme.
—¡Hermano, déjame explicarte!
—¡Basta! ¡No quiero escuchar ninguna explicación más!
Intenté zafarme.
Mi objetivo ya estaba cumplido. Quería que todos vieran el verdadero rostro de mis supuestos padres ejemplares. Quería que la imagen perfecta que habían construido con tanto cuidado se hiciera añicos… hoy mismo.
Levanté el teléfono en alto, dispuesto a proyectar en la pantalla gigante las capturas del chat grupal.
—Mamá, papá… este teatro ya llegó a su final.
Justo cuando estaba a punto de presionar el botón de proyección, Lucía me arrebató el teléfono de repente y lo protegió contra su pecho.
—¡Hermano! ¡Te lo suplico! ¡Espera cinco minutos! ¡Solo cinco minutos!
Sus ojos estaban rojos mientras me suplicaba.