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Embarazada de mi jefe gay
Embarazada de mi jefe gay

Embarazada de mi jefe gay

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Tras una noche impulsiva, Reyyan enfrenta las consecuencias de su encuentro con Alexandros Cavalluci. En esta novela de romance y billionaire romance novels, ella debe lidiar con un embarazo inesperado de su jefe, desafiando el desprecio de un hombre que ocultaba su verdadera naturaleza.

Resumen de Embarazada de mi jefe gay

Tras una descontrolada fiesta de San Valentín, la vida de Reyyan Bennett cambia radicalmente al descubrir su embarazo. El padre es Alexandros Cavalluci, su atractivo pero despótico jefe, un hombre arrogante que supuestamente prefiere a los hombres y jamás se fijaría en ella. En medio de un ambiente laboral opresivo, Reyyan enfrenta la incertidumbre de una verdad inminente. ¿Qué hará este millonario cuando sepa que ese bebé es suyo y recuerde lo ocurrido esa noche?
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Capítulo 1 de Embarazada de mi jefe gay

Reyyan Bennett

Ahogo un grito de frustración y observo el paisaje mientras nos dirigimos a esa aburrida gala cuando recuerdo que es posible que no me dejen entrar a ella y con ese pequeño brillo de esperanza me giro hacia mi jefe.

—Ahora que lo recuerdo para poder ingresar al evento, las personas tenían que confirmar su asistencia y el nombre de su acompañante —musito después de unos minutos de silencio.

—Así es y cómo la conozco lo suficiente, yo mismo solicité un cambio en el nombre de mi acompañante —responde mi jefe con una sonrisa de superioridad.

—¿Y por qué hizo eso? Yo soy su asistente.

—Vaya, hasta que recuerda que es mi asistente y no una periodista de alguna revista de chismes, encargada de indagar sobre mi vida privada.

—Usted es más chismoso que yo. ¿Sabe qué?, no quiero seguir discutiendo con usted, me pone de malas —sentencio con frialdad.

—Eso sí que es una novedad, a usted le gusta discutir hasta por qué pasó una mosca y no se preocupe a mí, también me pone de malas discutir con usted, pero no puedo despedirla a menos que tenga una razón de peso. No soy tan imbécil como para ganarme una demanda por despido injustificado.

—Eso quiere decir que lo tengo agarrado de las nueces…

—¡¡Reyyan!! —chilla Paolo dando un volantazo y provocando que caiga sobre nuestro jefe, por suerte el ente malvado me sostiene de la cintura y me ayuda a regresar a mi lugar.

—Paolo maneja con más cuidado por favor y usted señorita Bennett…

—No me arrepiento de lo que le dije hace un instante —me le adelanto—, sabe que es verdad. Muchas de sus anteriores asistentes renunciaron y a otras si las despidió porque las muy tontas intentaron enredarse con usted. En cambio, yo soy una asistente más que capacitada para el trabajo y lo más importante, nunca intentaré saltar a su cama, no soy tan imbécil como para meterme con mi jefe gay.

—¡¡Señorita Bennett!!

—¡¿Qué?! Es un secreto a voces, ¿no verdad? Todos en la agencia saben de su relación con el señor Marcello, no es que sean muy discretos que digamos.

—Guarde silencio y deje de hablar de cosas que no le conciernen —me amenaza acercando su rostro al mío, y cuando veo un pequeño brillo de malicia en sus ojos azules me alejo de él al instante.

Después de poco más de media hora, por fin llegamos al Hotel Stratford. Paolo se baja y abre la puerta para permitir que descienda mi jefe, y aunque por un instante pensé que no era un caballero, sino un bruto, me tiende la mano y me ayuda a bajar.

—Quiero que se comporte y más le vale que no me haga una escena como la de hace un rato —me amenaza con una pequeña sonrisa y bajando la voz cuando nos acercamos a un grupo de empresarios.

Mi jefe da nuestros nombres y sin perder tiempo nos dejan pasar, le tiendo mi abrigo a uno de los encargados de guardarropa y poco a poco nos abrimos paso entre las personas, mientras mi jefe se detiene unos segundos para cruzar unas cuantas palabras con algunos.

De un momento a otro nos encontramos rodeados por algunos patrocinadores, directivos y empresarios del giro, quienes discuten animadamente sobre los posibles ganadores de los premios que se llevaran a cabo en un par de horas. Les presto atención durante algunos minutos, sin embargo, cuando comienzan a hablar sobre política suprimo un bostezo para no parecer maleducada y en un descuido de mi jefe me escabullo hacia una mesa del fondo donde vi algunos aperitivos.

—¿Reyyan Bennett? —escucho una voz a mi espalda cuando estiro mi mano para tomar un bocadillo. Me doy la vuelta y me encuentro de frente con unos hermosos ojos verdes.

—¿Michael Dubois? —respondo con otra pregunta y sonriendo.

—El mismo. No pensé volver a verte y mucho menos encontrarte aquí —musita acercándose a mí y saludándome con un beso en la mejilla—. ¿Te parece si te invito un trago o viniste con alguien?

Estoy por responder cuando una gélida voz me deja clavada en mi lugar y más porque estoy segura de que esa presencia no augura nada bueno.

—La señorita Bennett no puede y, por si no te lo dijo, es mi acompañante, ¿no es así? —me cuestiona tomándome del brazo y apretándolo ligeramente.

—S-sí, vengo con mi jefe —le aclaro con una pequeña mueca—, t-tal vez otro día podamos tomarnos ese trago…

—Vámonos, necesito hablar con usted de algo importante —me corta mi jefe, alejándome una vez más del hermoso trigueño de ojos verdes.

—¡Hasta luego, Michael! —me despido con tristeza.

Una vez que dejamos atrás a Michael, mi jefe me lleva hasta un lugar apartado y me encara con el ceño fruncido.

—¿Qué le dije? —me increpa en un siseo bajo y amenazante.

—¿Sobre qué? Durante toda la noche se la ha pasado regañándome, así que es evidente que no puedo recordar todo lo que me dijo.

—No se quiera hacer la graciosa conmigo. Le dije que tenía que estar pegada a mí durante toda la maldita velada y, en cuanto tuvo la oportunidad, se fue a coquetear con ese tipo.

—No estaba coqueteando con ningún tipo —argumento, molesta por la forma en que me habla.

—Ahórrese sus excusas y mejor limítese a hacer su trabajo.

—Sí, claro, cuidarle el trasero para que no se lo entregue a nadie. En toda la noche no he visto que alguna mujer se le acerque con la intención de querer llevárselo a la cama, es bien sabido por todos que usted es gay —musito de forma atropellada—. Tal vez los únicos que estén aguardando el momento de que les dé luz verde son aquellos tipos de allá.

—Le dije que no hable sobre lo que no le concierne. La próxima vez que vuelva a insinuar algo de mi relación con Marcello le juro que…

—¿Qué me hará? ¿Despedirme? ¡Hágalo! Créame que me haría un favor, así podría irme con bastante dinero y lo mejor de todo es que ya no tendría que soportarlo.

—Esto lo arreglamos más tarde —me amenaza tomándome del brazo y llevándome lejos cuando unos invitados se aproximan a donde nos encontramos.

Deambulamos un rato por el lugar, hasta que mi jefe se detiene a hablar con algunos directivos de otras agencias de publicidad y, como parece que se tomó muy en serio eso de tenerme a su lado, en ningún momento suelta mi brazo, por lo que me es imposible escabullirme.

Me limito a sonreír cortésmente con todo aquel que se acerca y, por suerte, cuando un hombre como de unos cincuenta años se posa entre los dos, es mi oportunidad de separarme de mi jefe, por lo menos por algunos minutos.

—Te aseguro que si la conoces me darás la razón, Cavalluci —escucho que musita el hombre de hace un instante—. Es una promesa esa mujer.

—¿De quién se trata? —interviene otro de los hombres.

—De Greta Martinelli, es toda una joya. Desde que llegó a nuestro país, todas las marcas importantes se pelean por trabajar con ella —les explica el hombre mayor con una sonrisa.

—¿Q-quién dijiste? —cuestiona mi jefe con un ligero temblor en su voz.

—Greta Martinelli… —poco a poco me alejo de ellos y por fin vuelvo a librarme de mi jefe.

Giro un poco mi rostro y cuando me percato de que mi jefe no ha reparado en mi ausencia, casi me echo a correr al baño, donde me gustaría refrescarme el rostro, pero estoy segura de que si arruino mi maquillaje y Gianluca se da cuenta es capaz de gritarme durante toda la madrugada por haber hecho algo semejante con su obra maestra.

Permanezco por alrededor de diez minutos y cuando creo que ya es hora de regresar, salgo casi arrastrando mis pies. Voy mirando el piso cuando choco con alguien, y justo cuando levanto la mirada me encuentro con los fríos ojos de mi jefe.

—¿Dónde estaba? —sisea mi jefe apartándose de mí.

—En el baño.

—Sí, claro, el baño. ¿No será que se fue a encontrar con el tipo ese?

—No sé de qué tipo me habla y no sabía que hasta para ir al baño tenía de pedirle permiso.

—Le recuerdo que es mi acompañante y debe de estar conmigo todo el tiempo.

—Y yo le recuerdo que no soy su niñera, no es como si el señor Marcello no se esperase alguna infidelidad nueva de su parte esta noche.

—¡Señorita Bennett! —musita furioso, acercando peligrosamente su rostro al mío.

—No me deja ni respirar un segundo, me siento sofocada —chillo igual de molesta que él.

—Vamos a la barra.

—¿Por qué a la barra?

—Porque se lo estoy ordenando. Vamos a beber.

—No voy a beber con usted —lo contradigo con un ligero escalofrío.

—¿Por qué no?

—Podría decirse que estamos en horario laboral —me justifico, aunque en realidad lo que menos deseo es beber con alguien como él.

Me ignora y se acerca a la barra donde le pide al barman que nos sirvan un whisky a cada uno, empuja un vaso hacia mí y me mira con el ceño fruncido al darse cuenta de que no lo tomo.

—¡Beba! —me ordena con un gruñido.

—No voy a beber.

—Si bebe conmigo, le pagaré el doble.

—¿Qué quiere decir con eso? —pregunto mirándolo con desconfianza.

—Que al final del mes tendrá el doble de su sueldo si bebe conmigo.

—¿Quién me asegura que no me está mintiendo?

—Tiene mi palabra —cuando ve que estoy por decirle algo, levanta su mano para obligarme a callar y luego saca su móvil, escribe algo y después lo vuelve a guardar en su bolsillo.

—¿Qué hizo?

—Le escribí a Steve el de finanzas, para decirle que este mes se le pagará el doble.

—¿Se da cuenta de la hora que es y que seguramente ese pobre hombre debe de estar dormido?

—Mejor deje de quejarse y beba conmigo. Le aseguro que le pagaré el doble —me asegura.

—A bueno, así cambia la cosa —me acomodo a su lado y comienzo a beber con Belcebú como si fuésemos amigos y no dos personas que se han declarado la guerra.

Continuamos bebiendo que de un momento a otro pierdo la cuenta de cuantos tragos nos hemos tomado. Comienzo por sentirme un poco mareada y me cuesta trabajo hablar, por lo que considero que ya es momento de regresar.

—C-creo que ya deberíamos de irnos —le comento a mi jefe arrastrando un poco las palabras.

—Tiene razón, ya me siento un poco mareado —me da la razón sacudiendo su cabeza—. Le hablaré a Paolo —saca su móvil y le llama a su chófer.

Aguardo por algunos segundos y decido que es mejor no desperdiciar lo que resta de mi bebida, así que me la bebo de un trago, pero cuando escucho que mi jefe lanza un bufido le prestó atención.

—¿Q-qué sucede?

—Paolo no podrá venir por nosotros.

—¿Cómo que no podrá venir por nosotros? Se supone que está afuera esperándonos.

—Tuvo q-que irse por una emergencia familiar —masculla con una mueca.

—¿Y por qué no le grito?

—¿No escuchó? Tuvo una emergencia familiar, tampoco soy un desgraciado sin sentimientos.

—Conmigo, si lo es —lo contradigo mirándolo con recelo—. ¿A Paolo le da esas concesiones por qué le gusta o es su amante? —inquiero acercando mi rostro al suyo para que solo él pueda escucharme.

—D-deje de decir idioteces —farfulla, molesto—. Paolo dijo que pedirá un taxi para nosotros y q-que el chófer nos vendrá a buscar hasta acá, así que sigamos bebiendo en lo que llega —le hace una seña al barman y este nos sirve otro trago.

Me encojo de hombros y sigo bebiendo con mi jefe. Total nada malo puede suceder en lo que esperamos al chófer o, por lo menos, eso es lo que quise creer esa noche.

[…]

A la mañana siguiente, siento unas tremendas ganas de ir al baño, pero cuando intento abrir los ojos me pesan tanto que prefiero seguir durmiendo; sin embargo, el ronquido de Gianluca me obliga a taparme los oídos y darme la vuelta en la cama.

Odio cuando sus ronquidos se escuchan hasta mi habitación, impidiéndome dormir hasta tarde cuando es fin de semana, sin embargo, cuando siento que hay unas piernas enganchadas a las mías, abro los ojos de golpe encontrándome en un lugar que no reconozco.

Me giro con mucho cuidado en la enorme y blanda cama, y cuando observo al hombre que yace a mi lado, tapo mi boca para no gritar como histérica.

—¡Maldita sea!, ¿ahora qué haré? Abusé de mi jefe. ¡Estoy jodida! —farfullo antes de casi perder la calma.

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