Capítulo 1
—Tío, por favor, te lo suplico… ayúdame a quitarme esta cosa…
En cuanto la mejor amiga de mi hija se levantó el vestido, vi algo que parecía sacado de otra época: un cinturón de castidad con un candado que solo un hombre podría abrir.
Justo cuando la jovencita se lanzó hacia mí con los ojos llorosos, su compañera de departamento de treinta años llegó a la casa y se puso celosa al vernos.
Con unas copas encima, se quitó la chaqueta y también se lanzó hacia mí.
—Hazte a un lado, niña, deja que los adultos… tengan una buena charla...
Una era una jovencita dulce y la otra era una mujer madura con un cuerpo increíble. Ya no pude contenerme…
—Tío, por favor… ayúdame…
La chica que tenía enfrente llevaba un vestidito negro de tirantes muy corto, maquillaje cargado, toda vestida como si tuviera más años de los que realmente tiene.
Lo primero que se veía era piel blanca por todos lados.
Mientras me pedía ayuda, se pegaba a mí y se restregaba sin parar.
Era difícil de creer que una universitaria pudiera verse tan desarrollada, tan mujer. Y todavía conservaba ese aroma dulce de adolescente.
Cada vez que se acercaba más, sus pechos subían y bajaban rozándome el brazo. Yo, un hombre que ya pasó los treinta y tiene una hija, sentí de pronto un calor subiéndome por dentro.
Pero al recordar que era la mejor amiga de Camila, me contuve como pude, carraspeé y cambié de tema rápido.
—¿Qué pasa? Cuéntale al tío, si está en mis manos te ayudo sin problema.
Mariana Rojas es compañera de la universidad de mi hija y son uña y carne. Tuvo un problema fuerte en su casa, habló con Camila y terminó mudándose aquí. Ahora vive en el departamento compartido junto con Leticia Ortiz, una mujer que se acababa de divorciar.
Lo que no esperaba era llegar hoy a la casa y que Mariana me pidiera ayuda de inmediato.
Lo raro fue que, cuando terminé de hablar, la cara de la chica se puso roja como tomate. Dudó un buen rato, mordiéndose el labio, hasta que por fin habló.
—Tío… me enteré de que sabes abrir cerraduras… yo… quería pedirte que me abras… que me abras el candado…
Después de soltar eso, Mariana me soltó la mano, y de pronto se levantó el vestidito.
Me quedé paralizado y con los ojos bien abiertos.
El vestido negro ya era corto de por sí; al levantarlo vi de golpe dos piernas larguísimas y blancas.
Su intimidad estaba cubierta por una tira negra muy angosta.
Y lo más extraño: en esa tira había un pequeño candado metálico.
Me quedé mirando embobado todo lo que la chica dejaba a la vista, como cachorrito indefenso. Tragué saliva sin darme cuenta.
—¿Pero qué es esto, pequeña…? ¿Por qué tiene candado?
Al notar que no podía quitarle los ojos de ahí, ella se sonrojó todavía más, pero en vez de bajarse el vestido, lo subió un poco más, casi enseñándomelo todo.
Tragué saliva otra vez. Y otra.
—Tío… es mi mamá. Ella me puso este cinturón de castidad… dice que no quiere que ningún hombre me toque, pero… a veces no aguanto. Yo… si me toco sola también está bien, ¿no? Pero con esto puesto ni siquiera puedo orinar cómoda…
Escuchar esas palabras tan directas me hizo levantar la vista de golpe.
—¿Tocarte sola…? Mariana, ¿qué estás diciendo?
—¿Qué más voy a decir? Tío, tú eres hombre grande, ya entiendes que las mujeres también tenemos necesidades. Tocarme sola es… bueno, ya sabes. —Se pegó todavía más a mí, el aroma dulce de su piel metiéndose por todos lados—. No importa. Como tú sabes abrir candados, ayúdame, por favor.
Quise negarme por instinto, pero ella seguía pegada, su calor y su olor nublando todo.
—Tío, te lo ruego… solo ábrelo. Quiero… quiero probar cómo es estar con alguien. No pienses que soy descarada. Mira, todo esto es por culpa de mi compañera de cuarto, Lety. Ella me tiene así de alterada. Tú tienes que hacerte responsable… fuiste tú quien la trajo a vivir aquí.
Su voz suave, casi susurrante, junto con ese perfume de adolescente, me dejó la cabeza en blanco.
¿Entonces Leticia la había provocado?
¿Eso significaba que Leticia también…?
Al ver que no contestaba, Mariana soltó el vestido un momento, tomó el celular que estaba en un mueble junto a la puerta y lo encendió.
Capítulo 2
Me giré a ver y resultó que la chiquilla estaba mirando un video.
En el video no era otra persona más que su otra compañera de departamento, la divorciada Leticia Ortiz.
Ella estaba acostada en la cama de su habitación, de espaldas a la cámara del celular, sosteniendo un objeto alargado y con la mirada perdida en una especie de trance.
Tenía las medias negras bajadas hasta la mitad, dejando a la vista la curva redondeada de su trasero.
Aunque la imagen estaba un poco borrosa, se alcanzaba a ver claramente cómo ella empujaba aquello hacia adentro...
Solo con escuchar los sonidos del video ya quedaba clarísimo qué estaba haciendo Leticia.
Sobre todo porque su cuerpo seguía subiendo y bajando sin parar, lo que me confirmó todo.
Nunca me imaginé que Leticia, que siempre parecía tan elegante y con clase, pudiera ser tan desvergonzada.
Al verla moverse de un lado a otro, y con Mariana a mi lado, cuyo vestido ya le llegaba casi al pecho y solo le faltaba descubrir la parte que cubría el cinturón de castidad, el aroma dulce de adolescente que desprendía se me metía directo por la nariz... ¿cómo no iba a reaccionar?
Estaba tan metido en el video que mi cuerpo respondió sin que pudiera evitarlo.
Mariana se molestó un poco.
—Tío, ¿quién es más guapa? ¿Lety o yo?
Escuchando eso de la chiquilla, mirando a las dos mujeres, cada una atractiva a su manera, se me cruzó por la cabeza la idea de poder disfrutarlas a las dos al mismo tiempo...
Me quedé imaginando esa escena y no le contesté.
Al ver que me callaba, Mariana se enojó más. Suspiró y murmuró para sí misma:
—Lety sí puede hacer lo que quiere sola, ¿por qué yo no? Me da igual, tío, tienes que ayudarme. Si no me ayudas...
Mariana puso los ojos en blanco un segundo, se puso toda roja y se lanzó encima de mí.
Sin decir nada más, estiró la mano directo hacia allá abajo.
—No te hagas el que no pasa nada. Hace rato que me pegué a ti y se te notó clarísimo el cambio. Ahora que estás viendo el video de Lety, está mucho peor. Mira, yo estoy aquí a tu lado, ¿no sería mejor conmigo? Si no me ayudas... voy a gritar bien fuerte, voy a arruinar tu reputación y todos van a pensar que eres... que eres... ¡hmmm!
Al escuchar eso de la chiquilla, aparté con pena la mirada del video y levanté las manos en señal de rendición.
—No grites, no grites. Está bien, yo te ayudo, ¿contenta?
Ya que lo había dicho tan claro, no tenía caso hacerme el santo. Extendí la mano grande hacia el candado del cinturón de castidad.
Lo miré con cuidado y vi que no era tan fácil de abrir; iba a tomar algo de tiempo.
Toqué por aquí, probé por allá, lo fui estudiando despacio.
No esperaba que Mariana fuera tan sensible. Cada vez que mi mano rozaba algo, ella se estremecía y hasta se movía sin querer.
Cuando me di cuenta, levanté la vista hacia ella.
Tenía la cara roja hasta las orejas, los ojos como derretidos.
—Tío... ve más despacio, yo...
Y temblaba cada vez más fuerte, con la piel toda sonrojada en grandes manchas.
Verla así, tan tímida y excitada, me dejó la boca seca.
Si seguía así, no sé si iba a poder controlarme.
Me contuve como pude y volví a tocar el pequeño candado.
Mariana se derritió por completo y se quedó tendida encima de mí.
—Tío... ya no me toques más, yo... no aguanto.
—¿Cómo que no? ¿No fuiste tú la que me amenazó con que te ayudara a abrir esto? Solo te estoy ayudando, resiste un poquito.
Tragué saliva, y mi mano volvió a moverse.
Mariana, toda sensible, se quedó quieta encima de mí, dejando que mi mano siguiera en el candado.
Mientras intentaba abrirlo, sin querer mi mano rozó esa parte que ya tenía bien levantada...
Capítulo 3
No pude evitar pensar en el video que Mariana tenía en su celular.
El trasero de esa chiquilla no era tan lleno como el de Leticia, le faltaba un poco de volumen.
Pero era suave, elástico, muy blando.
—Tío, ¿cuánto más vas a tardar en abrirlo? Es que… ahorita me pica demasiado…
Mariana me soplaba el aliento cálido al oído, como si me llegara directo al pecho.
Mi cuerpo reaccionó sin permiso y se me puso duro al instante.
Tuve unas ganas enormes de tirarla al suelo y poseerla sin parar.
—Ya casi lo abro.
Con los nervios a flor de piel saqué un alambre delgado del mueble y lo metí en el candado. Le di un par de vueltas rápidas.
¡Clic!
El candado se abrió.
La chiquilla que tenía en brazos se volvió todavía más blanda, como si se derritiera, y su respiración se aceleró más.
Sentí que toda la fuerza que llevaba dentro estaba a punto de estallar; quería tomarla ahí mismo.
Justo en ese momento se escuchó ruido en la puerta.
Alguien llegaba.
La cargué rápido y me metí al armario grande que estaba al lado, cerrando la puerta lo más silencioso que pude.
Tac, tac, tac…
Con el sonido de tacones vi entrar a la otra inquilina: Leticia, con camisa blanca, pantalón negro de vestir y esos tacones negros.
Apenas cruzó la puerta, llamó varias veces a Mariana.
Se notaba que había tomado de más.
Como nadie contestó, gritó también mi nombre y el de mi hija.
Silencio otra vez. Leticia pareció tranquilizarse un poco y se dejó caer, medio borracha, en el banquito del zapatero.
Luego, para mi sorpresa, sacó de una bolsa un juguete que parecía… bueno, ya saben.
—Solo saben emborracharme porque todos quieren tenerme… ¡pero yo sola termino, a ustedes ni les voy a dar!
Me acordé de lo que Leticia me había contado alguna vez: antes del divorcio, su jefe gordo y baboso la tenía amenazada, queriendo obligarla a hacer cosas fuera de lugar.
Y ahora que estaba separada, el tipo se había puesto peor.
Mientras hablaba, se fue quitando la ropa hasta quedar completamente desnuda y empezó a usar el juguete…
Era casi igualito al video que Mariana había grabado antes.
Desde mi ángulo veía perfectamente su perfil. La camisa blanca tenía varios botones abiertos y dejaba ver un brasier morado pegado al cuerpo.
Bajo esa piel tan clara, sus curvas se marcaban muchísimo, y con cada movimiento parecía que iban a salirse.
Su trasero temblaba con cada empujón, y yo sentía que me hervía la sangre, la cabeza a punto de estallar.
Y lo que dijo después me puso todavía peor; hasta Mariana, que estaba toda floja encima de mí, empezó a ponerse celosa.
—Aunque se la diera a David, a ustedes no les doy nada… David es tan fuerte, tan macho… seguro me dejaría agotada si me tuviera…
Mientras decía eso, como si ya estuviera imaginando la escena, empezó a moverse más rápido, retorciéndose.
Entonces Leticia sí tenía esos pensamientos conmigo… si era en serio, tragué saliva solo de pensarlo. La veía ahí, tan sensual, y me imaginé que estar con ella de verdad debía sentirse increíble.
La chiquilla a mi lado notó que me había puesto más duro y soltó un suspiro molesto.
—Tío, te prohíbo que te guste Lety, te prohíbo que te diviertas con ella. ¡Tú te diviertes conmigo y punto!
Y sin darme tiempo de reaccionar, levantó una pierna, se quitó lo último que le quedaba y se me trepó encima como si fuera una liana, colgándose completamente de mí.
El armario entero se sacudió.
“Esto está mal”, pensé. Leticia estaba justo afuera, seguro había oído el ruido.
Y sí, dejó de moverse, giró la cabeza hacia el armario y abrió la puerta de golpe.
Cuando me vio, sus ojos se llenaron de un brillo extraño, casi hambriento.
Tiró el juguete a un lado, apartó con fuerza a Mariana que seguía pegada a mí y se colgó también, encajándose perfectamente contra mi cuerpo.
—Chiquilla, ¿de verdad aguantas algo tan grande? Hazte a un lado, niña, deja que los adultos… tengan una buena charla…
Mariana no se quedó atrás. Se acercó rápido, me agarró la mano y la llevó directo hacia su centro, que ya estaba completamente mojado…