Capítulo 1
—Como no logro curarte desde la mente, voy a tener que iniciar el tratamiento de manera física. Ven aquí.
La despampanante doctora Paulina se quitó la ropa interior y se recostó en la camilla. Abrió las piernas y, con un gesto coqueto, me hizo señas para que me acercara.
—¿Cuándo fue tu primera relación?
Mientras la doctora Paulina me interrogaba, yo no podía dejar de clavar la vista en su escote, tratando de averiguar qué tan profundo llegaba aquel valle entre sus pechos.
Sabía que era una falta de respeto, pero simplemente no podía controlarme.
—Damián, por favor pon atención a lo que digo y mírame aquí, que mis ojos están aquí arriba. Contesta la pregunta: ¿cuándo fue tu primera vez?
Aunque el tono de la doctora sonaba a regaño, se inclinó hacia delante para cooperar, regalándome una vista mucho más amplia de sus encantos.
—A los dieciocho.
—Una edad razonable. ¿Fue con tu novia?
Al escuchar mi respuesta, Paulina entrecerró sus hermosos ojos y estiró los labios en un gesto que parecía enviarme una señal ambigua, difícil de describir.
Eché un vistazo rápido al estrecho espacio entre sus muslos, justo debajo de la minifalda, y respondí con indiferencia:
—No. Fue con la vecina, doña Ceci.
—Ah... ¿y cómo fue que ustedes...?
Al saber que había sido con la vecina, la doctora puso cara de sorpresa y, como quien no quiere la cosa, separó un poco más las piernas.
—Ese día, doña Ceci me pidió que fuera a su casa a revisarle una tubería. Pero acabó jalándome a la cama y... bueno, luego me encargué de atenderla y de solucionar lo que necesitaba...
—Jiji, qué goloso y simpático me saliste.
La doctora se rio con tantas ganas que todo le rebotó; sin darse cuenta, abrió más las piernas. No pude evitar mirar y sentí que la sangre me hervía en la cabeza.
Ella traía lencería casi transparente; al separar las piernas, lo dejaba todo a la vista.
“¿Se supone que esto me cura la adicción o me están incitando a cometer un crimen?”, pensé.
“¿De verdad será de fiar mi tía Marcela? Me juró que su amiga era una eminencia tratando adicciones, pero con esa ropa y esas posturas parece una cualquiera”.
Quizá porque notó la lujuria y la duda en mi mirada, ella cerró las piernas de pronto y su cara recuperó la seriedad.
—Ejem. Y esa tal doña Ceci... ¿cuántos años me dijiste que te lleva? ¿Siguen teniendo... contacto físico?
—Tiene su edad, treinta y seis. Me lleva dieciséis años. Ya no se me acerca; dice que no me aguanta el ritmo.
—Vaya, así que tu vecina tiene mi edad... Te gustan las mujeres maduras, ¿cierto?
Al enterarse de que mi primera pareja tenía su misma edad, Paulina me clavó una mirada ardiente. Pude ver en sus ojos el mismo fuego que veía en los de doña Ceci.
—Entonces, ¿cómo resuelves tus necesidades ahora? ¿Cuántas veces a la semana?
Probablemente se dio cuenta de que su pregunta anterior no tenía nada que ver con la terapia, así que corrigió el rumbo.
—Intenté tener novias, pero ninguna me aguantaba. Después empecé a pagar, pero ya ni así resuelvo el problema, porque tampoco ellas quieren atenderme. Necesito mínimo cuatro veces al día, y cada una dura como una hora...
Al escuchar mi respuesta, se le pusieron los ojos como platos y se humedeció los labios.
Viendo el agitado vaivén de su pecho, me empezaron a temblar las manos; tenía miedo de perder el control y lanzarme sobre ella.
Paulina se ajustó los lentes de armazón dorado, respiró hondo y trató de fingir calma.
—Tu situación sí es algo grave. Acompáñame al consultorio privado; necesito examinarte físicamente para ver si hay algún problema con tu... anatomía.
Capítulo 2
Dicho esto, se paró y caminó hacia el fondo.
Yo la seguí, admirando de cerca ese cuerpo de infarto con curvas peligrosas. La minifalda apenas le cubría lo necesario, dejando la vista totalmente despejada; sus caderas se movían con un ritmo hipnótico y la piel suave se asomaba provocativa a través de la lencería.
Al ver aquello, mi cuerpo reaccionó. En mi cabeza, sin que pudiera evitarlo, ya estaba proyectando la película de cómo la sometía y le daba con todo.
Al entrar en la habitación, se puso unos guantes y señaló mi cintura.
—Bájate el pantalón, voy a revisarte.
Me dio un poco de pena, pero ante su insistencia, terminé bajándome los pantalones, dejando al descubierto mi hombría, que ya estaba firme y orgullosa.
Al ver mi equipo, Paulina se quedó boquiabierta; se llevó las manos al pecho, dándose golpecitos como si le faltara el aire.
Cuando logró calmarse, extendió la mano enguantada e intentó rodearme, pero se dio cuenta de que no le alcanzaban los dedos para abarcarlo todo.
Después de tanto toqueteo, yo sentía que la sangre me hervía. La calentura en el cuerpo y en la entrepierna se había vuelto incontrolable.
—¡Ah, caray! ¡Tienes tres!
Su grito me sacó del trance lujurioso en el que estaba.
—Con razón tienes tanta demanda, ¡resulta que traes tanque extra comparado con los demás! —dijo ella, acariciando mi miembro con una mirada de fascinación.
—Yo... no sé por qué soy así. De niño todos se burlaban y me decían “El Tres Huevos”. En ese entonces no sabía que tener tres sería un martirio; si hubiera sabido, me habría reventado una yo mismo.
Al escuchar mi respuesta, le dio mucha risa.
—No necesariamente es malo, no te traumes. Si sabes usar esa herramienta, vas a hacer milagros... Digo, no te preocupes, tenemos mucha experiencia con estos problemas, te vamos a curar.
Mientras hablaba, noté cómo tragaba saliva repetidamente. Sus ojos estaban clavados en mi entrepierna, como si fuera a comerme vivo en cualquier momento. Al mismo tiempo, sentí que apretaba su agarre cada vez más fuerte.
—Doctora Pau... oiga, más despacio, por favor. No es que me duela, es que si le sigue apretando así no voy a aguantar.
—¿No vas a aguantar? ¿Y entonces qué vas a hacer? ¿Qué quieres hacer?
Me miró con una actitud juguetona mientras sus gemelas no dejaban de rozarme el brazo, poniéndome los nervios de punta.
Viendo aquel escote blanco y profundo, perdí la noción de todo y empecé a estirar la mano derecha lentamente. Cuando estaba a punto de tocar el objetivo, unos golpes violentos en la puerta nos interrumpieron.
—¡Doctora Paulina! ¡Doctora! ¿Está ahí?
Al escuchar los gritos, Paulina recuperó la compostura. Se arregló la ropa y puso cara seria.
—Vamos a dejar la terapia por hoy. Tengo otro paciente, luego agendamos la próxima cita.
Cuando la cosa se iba a poner buena, llegó este imbécil a arruinarlo todo. Me dio un coraje tremendo, pero no podía hacer un escándalo, así que solo asentí con la cabeza.
Al salir, miré a propósito al tipo que había tocado. Era un viejo con cara de rata y de muy mal aspecto.
En cuanto salí, vi que el tipo metió a Paulina en una habitación, parecía que tenían que discutir algo urgente. Aunque me fui con la sangre caliente y frustrado, no me quedó de otra más que largarme.
En el camino, veía a otros chicos de mi edad riendo y bromeando, con esa vibra ligera y cálida. Me dio mucha envidia. Teniendo veintitantos años igual que yo, ellos podían interesarse en mil cosas, mientras que yo vivía obsesionado con lo que pasa en una cama.
Soy joven y tengo el mundo por delante, debería tener opciones, pero me siento esclavo de mi cuerpo.
Cuando mi tía Marcela me mandó con su amiga íntima para tratarme, tenía esperanzas. Creía que esta experta en adicción carnal podría curarme.
Pero nada más ver lo buena que está, en lo único que pensé no fue en la terapia, sino en...
¡Maldita sea!
Después de la sesión, tengo menos fe que nunca en curarme. Paulina no solo no me bajó las ganas, sino que me dejó con más ganas que antes. Lo que más me enfada es que solo calentó el boiler y no se metió a bañar; ahora estoy que vuelo y veo a cualquier mujer en la calle con pensamientos sucios.
Pensando en eso, apuré el paso. Quería llegar rápido a casa de mi tía para no cometer alguna estupidez por culpa de este impulso.
Tras correr un poco, llegué al edificio.
Mi tío se fue a trabajar al extranjero a principios de año y mi primo está en el internado de la prepa, así que mi tía Marcela está sola en la casa.
Llegué rápido a la puerta. Iba a tocar, pero me di cuenta de que no estaba bien cerrada; la empujé despacito y se abrió.
Apenas entré, vi a mi tía empinada, siguiendo un video de yoga en la tele.
Mi tía Marcela, que ya pasa de los treinta, es una mujer madura buenísima, con todo en su lugar. Y con esos pantalones de yoga pegaditos, se veía criminalmente sensual.
Al verle la retaguardia levantada así, sentí que el alma se me caía a los pies.
Apenas vengo de que la desgraciada de la doctora me dejara hirviendo, ¡y llego para encontrarme a mi tía, que está como quiere, enseñando el trasero en plena sesión de yoga! Y para colmo yo, enfermo como estoy.
¡Esto es una tortura, carajo!
Capítulo 3
La tía Marcela llevaba puesto un conjunto de yoga ajustado que no dejaba nada a la imaginación. Cuando me vio entrar, pareció asustarse un momento, pero enseguida recuperó esa compostura habitual.
Sin dejar de hacer un split en el suelo, me preguntó:
—Dami, ¿qué tal te fue en la terapia hoy?
—Pues más o menos. A la mitad de la sesión, vinieron a buscar a la doctora por una urgencia, así que me dijo que agendáramos para la próxima.
Respondí tratando de no clavarle la mirada en la retaguardia, luchando por no perder el control. Tenía miedo de que se me notara demasiado.
—Tía, si no se te ofrece nada más, voy a mi cuarto. Quiero descansar un rato.
Caminé rápido hacia la puerta para huir de esa situación tan incómoda. Apenas llegué al umbral, la voz de mi tía me detuvo en seco.
—Dami, espera. Estoy muerta del cansancio por el yoga, ven a darme un masaje.
Dicho esto, levantó la cadera y se tumbó boca abajo en el suelo, mirándome con una actitud que tenía mucho de provocación.
Yo ya venía alterado, y verla en esa pose terminó de revolverme las ideas.
Ya traía el pantalón a reventar y apenas podía disimularlo apretando las piernas. Pero con ese movimiento suyo, perdí la batalla. Aquello saltó como un resorte y armé una carpa tan evidente que parecía que llevaba un poste ahí abajo.
La tía Marcela notó mi reacción al instante y me guiñó un ojo con picardía:
—¡Ándale, apúrate! Que cuando termines todavía tengo que hacerte la cena.
Estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para contenerme, pero sus prisas acabaron con mi autocontrol. Mandé al diablo la moral y el parentesco. Me agaché y le puse la mano directamente en una de sus nalgas firmes.
—¡Ay! Pero qué bruto me saliste. ¿Quién te dijo que usaras las manos? —exclamó ella—. ¡Soy tu tía, Damián! ¿Cómo se te ocurre manosearme así?
Me lanzó una mirada de regaño fingido y me dio una palmada en la mano.
—Yo... este... tía, pues tú me pediste un masaje, ¿no? ¿Cómo te voy a sobar si no te toco?
La miré haciéndome la víctima, sin saber qué hacer.
—¡Con la pistola de masaje, menso! Ahí la dejé hace rato, ¿a poco no la viste?
Señaló el aparato en el suelo, haciéndose la enojada, pero noté cómo se le escapaba una sonrisita.
—Ah, ya. ¿Y por dónde empiezo? Luego no te quejes si le aprieto donde no es.
Levanté la pistola de masaje y apunté hacia su trasero, dudando por dónde atacar.
—Empieza por la parte de adentro del muslo y ve subiendo, sigue subiendo hasta... ¡Ay, ya muévelas! Que me duele todo el cuerpo.
Me apuraba haciendo pucheros, con ese tono meloso que usaba para conseguir lo que quería.
“Desde adentro del muslo hacia arriba...” ¿Eso no llevaba directo a su tesorito?
Yo ya no aguantaba la presión ahí abajo y me pedía hacer eso. Era pura tortura.
¿Qué le pasaba a mi tía? En cuanto supo de mi problema de adicción, me trajo a su casa supuestamente para curarme, presumiendo que su amiga era una experta en el tema.
Y mira ahora: primero la amiga me deja caliente, y luego ella se me pone en cuatro pidiéndome masaje. ¿Me querían curar o querían que terminara en la cárcel?
—Mmm... ah...
Apenas la máquina tocó la parte interna de su muslo, soltó un gemido que me asustó. Me detuve de golpe, pensando que la había lastimado.
Pero ella volteó a verme, molesta.
—No pares, sigue. Más rápido, dale con fuerza.
Al escuchar esa orden, ataqué con la pistola de masaje, pasándola una y otra vez por sus muslos y rozando peligrosamente la zona prohibida.
—Ah... eso... qué rico...
Esos gemidos me pusieron al límite. Sentía que el pantalón iba a estallar, sudaba frío y temblaba. Sin darme cuenta, mi mano izquierda cobró vida propia y se fue deslizando hacia donde no debía...