Capítulo 3

El silencio en el Lexus negro se había vuelto denso, más parecido a una armadura que a una simple ausencia de ruido. Ricardo, el conductor, manejaba con su habitual precisión, pero incluso él parecía notar la inusual carga eléctrica entre los dos asientos traseros. Clara Montero, con su elegante traje gris, miraba por la ventanilla, ya no absorta en el paisaje de la ciudad que pasaba, sino en los cálculos mentales que le aseguraban que, a pesar de la extraña negociación, ella mantenía el control.

Héctor Alarcón no estaba dibujando. Sostenía el cuaderno cerrado sobre sus rodillas, sus manos grandes y firmes descansando sobre la tapa. Sus ojos grises, agudos y un tanto distantes, observaban a Clara. Era un estudio en la anticipación. Sabía que en menos de veinte minutos, la frágil realidad que Clara había construido sobre él se iba a desmoronar.

-Espero que su casa no esté muy lejos, Héctor- dijo Clara, rompiendo el silencio con una nota de impaciencia. -Necesitamos que Ricardo regrese a la oficina antes de las tres. El tráfico es horrible a esta hora.

-No se preocupe por el tiempo de Ricardo -respondió Héctor. Su voz era tranquila, casi perezosa. -Le pagará las horas extra, ¿no es así? Es solo justo, dada la urgencia de su situación.

Clara frunció el ceño. -Por supuesto que le pagaré. Es que... no me gusta la ineficiencia. Y asumo que no tendrá muchas pertenencias. Unos caballetes, una caja de pinceles, quizás dos maletas de ropa. ¿Me equivoco?

Héctor giró la cabeza para mirar a Clara, dejando que su sonrisa se desplegara lentamente. Era una sonrisa que ella no sabía interpretar: no era de burla, sino de absoluta, tranquila certeza.

-Usted asume demasiado, Clara. Pero no se preocupe por la logística. Yo me encargo de mi inventario. Simplemente dele a Ricardo la dirección.

Clara, sintiéndose nuevamente frustrada por la calma impenetrable de él, tomó su teléfono y envió la ubicación al conductor. El nombre del barrio, Cumbres del Océano, resonó en la cabina. Era una de las zonas residenciales más exclusivas y privadas de la costa, un lugar donde las propiedades se vendían en el rango de ocho cifras y la seguridad era tan estricta que la privacidad era, de hecho, un bien inestimable.

Clara no conectó los puntos. Su mente estaba tan programada para pensar en Héctor como un viudo modesto que asumió que él vivía en alguna villa alquilada o en un apartamento bien ubicado, pero no en el tipo de lugar que su nombre implicaba.

El Lexus abandonó las calles congestionadas de la ciudad y tomó la autopista costera. La arquitectura empezó a cambiar. Las estructuras comerciales fueron reemplazadas por muros de piedra y grandes setos verdes que prometían secretos y aislamiento.

-¿Vive muy cerca de la costa, Héctor?- preguntó Clara, intentando sonar casual, pero la duda comenzaba a corroer sus nervios.

-Lo suficiente para escuchar las olas cuando pinto por las mañanas. La luz en esa zona es excepcional -respondió Héctor.

-Ya veo. Pues, con esa luz, quizás sus cuadros...- Clara se detuvo, midiendo sus palabras con precaución. -Quizás sus cuadros empiecen a venderse mejor pronto. Podría dejar de necesitar el... salario.

Héctor no respondió. Simplemente se dedicó a observar la tensión en su perfil. Clara había tropezado intencionalmente en la palabra "salario", un arma que ella usaba para recordarle su posición subordinada. La condescendencia era tan evidente que Héctor tuvo que esforzarse para no reír.

Diez minutos más tarde, Ricardo tomó una salida privada, pasando junto a una caseta de guardia de seguridad que parecía una fortaleza en miniatura.

-Señorita Montero, ¿está segura de esta dirección?- preguntó Ricardo, un hombre de pocas palabras que ahora se sentía obligado a intervenir. -Esta es la calle de acceso a la Finca Lira. Solo residentes.

Clara se enderezó. El nombre de la finca era familiar. Sabía que era una propiedad legendaria, construida por un magnate tecnológico a principios de los 2000. -¿Sí, Ricardo, estoy segura. Es una calle privada. Solo conduzca.

El coche avanzó lentamente. Los muros de las propiedades eran altos, pero incluso a través de los setos, se vislumbraban techos de teja españoles y jardines inmensos. Clara sacó su teléfono, buscando el nombre "Héctor Alarcón" en el motor de búsqueda, añadiendo las palabras "Finca Lira". No encontró nada que vinculara al pintor viudo con la propiedad.

Finalmente, llegaron a una reja monumental de hierro forjado, flanqueada por pilares de piedra de seis metros de altura. Un intercomunicador dorado brillaba bajo el sol. No era una "casa" de pintor, era una residencia.

-Aquí es, Señor Alarcón -dijo Ricardo, ahora con una nota de alarma mal disimulada.

Clara miró a Héctor. -Héctor, supongo que su casa está detrás de... otra casa. Esta es la entrada a un complejo, ¿verdad?

Héctor extendió el brazo y presionó un botón en el intercomunicador. El sonido de su voz era tranquilo, habitual.

-Soy Héctor. Que abran las puertas.

Una voz de seguridad, inmediata y respetuosa, respondió: -Señor Alarcón. Bienvenido de vuelta. Abriendo las puertas, señor.

Las puertas de hierro se abrieron lentamente, revelando un camino de entrada empedrado que se perdía entre palmeras perfectamente podadas. Era un camino de al menos trescientos metros.

Clara Montero sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. La palidez invadió su rostro. El control que había mantenido durante todo el día se hizo añicos.

-Héctor, ¿quién vive aquí?- preguntó Clara, la voz apenas un susurro.

-Yo vivo aquí, Clara- respondió él, sin rastro de arrogancia, solo un hecho simple. -Bienvenida a mi casa. O, como usted lo llamó, el lugar donde guardo mis caballetes.

Ricardo, el conductor, detuvo el Lexus frente a la casa. No era una casa. Era una mansión de estilo mediterráneo, con una piscina infinita que se fusionaba con el océano en el horizonte. Un edificio que destilaba una riqueza tan incalculable que hacía que la propia casa de Clara pareciera un bungalow.

Clara se quedó sin habla. El hombre que ella creía que estaba en apuros financieros, al que le pagaba cuatro mil dólares al mes como una limosna, era el dueño de esa propiedad.

Héctor abrió su puerta y salió. Un hombre uniformado, con la eficiencia de un mayordomo europeo, se acercó al coche.

-Señor Alarcón, es un placer tenerlo de vuelta. ¿Desea que preparemos algo en la biblioteca?

-Gracias, James. Solo necesitamos que Ricardo y mi... esposa -Héctor pausó un instante, saboreando la palabra- me esperen. Necesito empacar solo lo esencial.

El mayordomo, James, se dirigió a Clara con una cortesía impecable, pero sus ojos tenían la familiaridad que da la servidumbre de toda la vida. -Señora Montero, por favor, salgan del vehículo. Pueden tomar asiento en la terraza. ¿Desean algo? ¿Un té helado?

Clara apenas pudo asentir. Salió del coche, sintiéndose pequeña y ridícula en su traje de diseño. El aire en ese lugar era más fresco, más limpio, y el sonido del mar era un recordatorio constante de la magnitud de la propiedad.

-Héctor- siseó Clara, obligándolo a detenerse antes de entrar por las puertas dobles de caoba. -Usted... ¿cuánto cuesta esta casa?

-No lo sé con exactitud -dijo él, despreocupado. -Nunca la he puesto en el mercado. Pero es grande. ¿Ves el ala oeste? Eso es solo mi estudio de pintura, mi galería y un pequeño gimnasio.

-Pero, ¿por qué? ¿Por qué aceptó mi... mi salario?

-Ya se lo dije, Clara. Por el juego- Héctor le dirigió una mirada penetrante. -Usted me llamó "Roberto", un viudo humilde que necesitaba el dinero, y yo decidí aceptar ese papel. Era su precio por tenerme en su vida. No me inmiscuiré en su vida, pero le aseguro que mi vida tampoco es el asunto de nadie.

Héctor entró en la casa. Clara se quedó en la terraza, mirando al océano, sintiendo el peso de la mentira que ahora pendía sobre ella. Ricardo, el chofer, se acercó a ella.

-Señorita Montero, he trabajado para usted tres años. Nunca supe que el señor Alarcón fuera el dueño de... esto.

-Yo tampoco, Ricardo. Yo tampoco- murmuró Clara, su voz apenas audible. Había contratado a un viudo a sueldo para evitar un desastre familiar, y ahora, había desatado una crisis de identidad monumental.

Quince minutos más tarde, Héctor regresó. No llevaba ni maletas ni grandes cajas. Solo un estuche de cuero de viaje que parecía de una marca de lujo discreta, y dos lienzos pequeños, uno de ellos era el boceto de Clara que había hecho en el restaurante.

-Todo listo, Clara- dijo Héctor, volviendo a su tono tranquilo. -Le dije que solo serían unos cuantos caballetes y cajas de pinturas. Estoy listo para la suite de invitados en su bungalow.

La burla sutil no le pasó inadvertida. Clara tragó saliva, dándose cuenta de que el juego había cambiado. Ella era la que estaba en desventaja, y su marido de contrato, el hombre al que le pagaba un salario, era el que tenía todo el poder. Había creído contratar a un peón, y en su lugar, había invitado a un rey a su tablero.

-Vamos -dijo Clara, su voz ahora tensa por el reconocimiento. El viaje de vuelta prometía ser mucho más incómodo que el de ida. El precio del lienzo, o más bien, el precio de la mentira, acababa de ser cotizado en el mercado de bienes raíces de lujo.

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El matrimonio a Salario

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