Capítulo 3

Cuando Diana recibió los recibos, le mandó un montón de notas de voz. Si él las hubiera escuchado, habría sabido la noticia del incendio, pero no lo hizo.

Porque todo lo que tuviera que ver conmigo —personas, cosas, cualquier detalle— siempre le daba una flojera horrible.

Pasó media hora. Yo seguía sin responder. Y él, sin pensarlo, llamó al asilo.

—Soy Adrián Lobera. Quiero que cancelen de inmediato todos los cobros de la madre de Claudia y que la den de alta y la saquen de ahí.

La enfermera se quedó en silencio un segundo. Revisó el registro, dudando.

—¿Se refiere a la mamá de Claudia Mirón?

—Sí.

—Pero la madre de Claudia falleció hace un mes, en un accidente de tránsito.

A Adrián se le cortó la respiración. Los ojos se le abrieron un poco y al instante se convenció de que era imposible.

—¿Claudia les enseñó a contestar eso, verdad? ¿Qué clase de carro atropella a alguien dentro de un asilo? Si van a mentir, al menos háganlo creíble. Sáquenla de ahí ya. No me lo hagan repetir.

La llamada se cortó. La enfermera se quedó mirando el teléfono, sin entender nada. Alcanzó a murmurarle al auricular, ya con la línea muerta:

—Es que fue a la boda de su hija, y luego la atropellaron frente a la estación de bomberos.

Pero esa frase él ya no la escuchó, estaba ocupado preparando la boda con Roxana.

Porque le había prometido al padre de ella que la haría a ella la mujer más feliz del mundo. Y el deseo de cumpleaños de Roxana era casarse con Adrián.

Él le acarició la mejilla, con una ternura que dolía ver.

—No puedo casarme legalmente contigo ni ser esposos "de verdad", pero voy a darte la boda más romántica.

Roxana clavó las uñas en la palma de la mano. Sin poder tragarse el rencor, preguntó:

—¿Por qué? ¿Y si Claudia acepta el divorcio?

—No lo va a hacer.

Adrián respondió sin titubear.

—Y yo tampoco lo haría. Esto del divorcio solo es para que regrese y te dé el injerto. Llevo ocho años con ella, todavía hay sentimientos. Ella se ha partido el lomo por esta casa; aunque no tenga grandes méritos, por lo menos me lo ha aguantado todo.

Yo me quedé helada, jamás imaginé que Adrián fuera a decir que todavía sentía algo por mí.

¿Qué "sentimientos"? ¿La costumbre de que yo apareciera cuando me llamaba y desapareciera cuando me echaba? ¿O esa seguridad de que yo siempre iba a estar ahí, de que total no podía alejarme de él?

Su "amor" era carísimo: se pagaba con la vida. Yo ya no lo podía aceptar.

Roxana se mordió el labio con fuerza. Le tomó un buen rato tragarse la envidia que le subía como una marea. Al final, apenas pudo asentir.

Adrián notó su decepción y estuvo por consolarla, pero entonces le llegó un mensaje del registro civil:

"Debido a que usted es el primer caso en solicitar el divorcio con la división de bienes al 50/50, la resolución será pública. ¿Está de acuerdo?"

Adrián ni lo pensó. Le dio a "Confirmar".

Porque en su cabeza lo tenía clarísimo: la que le debía más era yo.

Mi alma flotaba en el aire, con una amargura que me quemaba por dentro. Quise detenerlo y no pude.

No imaginé que, incluso muerta, me tocaría ser exhibida. Al fin y al cabo, estos años no tuve ingresos. Solo viví para la casa, para la limpieza, para la cocina.

Pero unos minutos después vi que Diana le mandó otro mensaje a Adrián.

Ahí también venía una lista.

Lavar la ropa, cocinar, cuidar a los mayores… todo podía convertirse en "pago".

¿Cómo era posible? No alcancé a ver el contenido completo. Me giré para buscar a Adrián y justo entonces Roxana lo besó, cerrándole el mundo con un solo beso. Él no tuvo tiempo de mirar el mensaje.

Quiso apartarla, pero ella se aferró más.

—Nada más una vez. Solo quiero tenerte una vez.

Adrián vaciló, con el rostro tenso.

Pero al final, el puño apretado se le fue soltando y terminó abrazándola, dejándose caer con ella sobre la cama.

Al rato, la cama empezó a moverse sin parar.

Yo miré la escena de frente y se me escaparon lágrimas, tan amargas que parecía que la tristeza se burlaba de mí a través de mis ojos.

Ya entendí. Así es como tratas ocho años de "sentimientos".

Con una traición.

Capítulo 4

Cuando terminaron de hacerlo, Roxana quedó tan agotada que se quedó dormida.

No sé por qué, pero de pronto Adrián se acordó de mí.

Tomó el celular con cuidado. En WhatsApp, se puso a deslizar la pantalla hasta encontrar por fin nuestro chat. Me escribió:

"Ya deja de hacer berrinche. No te voy a hacer pagar de verdad; con que le dones piel para el injerto a Roxana, basta. Ella es joven, ¿cómo se va a casar si le queda una cicatriz? Vuelve ya. Te espero en el hospital."

Pero mi respuesta nunca llegó.

Como para desahogarse, le plantó un beso a Roxana en la mejilla.

Yo apenas esbocé una mueca. Me dio pena y, al mismo tiempo, alivio. Pena, porque la de antes, la tonta de antes, de verdad habría contestado emocionada, sin imaginar jamás que esa "ternura" ocasional solo le salía por culpa, después de haberme sido infiel.

Y alivio, porque al tocarme el vientre plano sonreí apenas: "Mi bebé, menos mal que no naciste en esta familia."

Los días siguientes, Adrián se la pasó acompañando a Roxana a elegir el vestido y el anillo. Pero cuando llegó el momento de pagar el anticipo, se dio cuenta de que le habían congelado las cuentas.

—¿Cómo es posible? ¿Qué diablos hizo Claudia con la tarjeta que le di?

Al ver su furia, a mí solo me invadió el cansancio.

Desde que nos casamos, jamás me dio su contraseña del celular, ni la del banco, ni siquiera la del club de puntos del súper. Yo no tenía manera de gastar ni un centavo de más: más allá de los doscientos dólares que me daba, no podía disponer de nada. Y, aun así, ahora me culpaba.

—Tengo que volver a buscarla. Tú vuelve al hospital y espérame ahí.

—Sí, ve rápido.

Él salió a toda prisa. Y Roxana también se levantó enseguida, revisando el bolso como si buscara algo.

Cuando Adrián llegó a casa, se quedó helado. El cuartito que antes era cálido y luminoso ya no era más que un cascarón: vacío, cubierto de hollín.

Yo miré el suelo ennegrecido y sentí que me volvían a prender fuego. Me encogí temblando.

Ese recuerdo, tan nítido, de cómo se me carbonizaba el cuerpo—ese dolor, esa desesperación—me hizo tiritar de miedo.

—¿Qué demonios pasó aquí?

Por primera vez, vi pánico en los ojos de Adrián. Y justo entonces le llegó un mensaje del registro civil:

"El divorcio se llevará a cabo a las 16:00. Preséntese puntualmente."

En su mirada se le encendió de nuevo una chispa de esperanza. En el camino al registro civil, llamó a la estación de bomberos.

—Averigua una cosa. El día de la premiación, ¿Claudia reportó el incendio o no?

Del otro lado soltaron una carcajada de desprecio.

—¿Que si reportó el incendio? ¿Roxana no te lo contó?

A Adrián se le apagó la mirada. El gesto se le volvió oscuro, peligroso.

Era el subjefe Guadalupe Rasgado. Siempre se llevaron mal y justo hoy era él quien estaba de turno.

—Menos charla. ¡Dímelo!

—¿No pediste el divorcio con la división de bienes al 50/50? Ve y listo. Ahí la vas a ver.

El auto derrapó de golpe. Adrián corrigió a manotazos el volante hasta enderezarlo.

—¿Cómo lo sabes?

—No solo yo. El mundo entero lo sabe.

Le colgaron.

Adrián pisó el acelerador y llegó como loco al lugar de la "audiencia" del divorcio. Afuera ya había un montón de gente.

Yo flotaba por encima, viendo cómo señalaban mi foto y cuchicheaban.

—Esta mujer sí que no tiene corazón. Adrián se juega la vida y la mantiene, y aun así ella quiere divorciarse.

—Exacto. Yo quiero ver cuánto le va a tocar pagar.

Me estrujé los dedos, inquieta, y entonces vi a Diana entre la multitud, con la cabeza en alto.

Adrián también la vio. Iba a llamarla, pero el funcionario del registro civil lo hizo subir al estrado.

Enseguida apareció el resultado de "lo que él aportó" a la familia: sobre su cabeza brillaban, enormes, doscientos mil dólares.

Abajo estallaron exclamaciones:

—¡Adrián no solo es responsable en el trabajo, también lo da todo en casa!

—Su esposa es una parásita, seguro.

Cuando llegó mi turno, Adrián miró alrededor, desesperado, pero no me encontró.

En cambio, Roxana—que se suponía estaba en el hospital—apareció abajo, con una sonrisa orgullosa.

—Yo digo que sabe que no va a poder pagar y por eso no vino. Lástima, porque esto ya no se puede cancelar: una vez que empieza, se paga y se firma el divorcio.

Yo miré a Diana, con el estómago hecho un nudo.

La casa y el auto los compró Adrián. Yo no tenía trabajo. ¿Cómo iba a poder "ganarle" en esto?

Justo cuando todos estaban convencidos de que yo no me atrevería a aparecer, Diana respiró hondo. El pecho se le agitó con fuerza y, con lágrimas en los ojos, subió de prisa al estrado.

Sobre su cabeza, apareció un número en negativo.

El lugar explotó en carcajadas crueles.

Pero apenas unos segundos después, Adrián levantó la vista, incrédulo…

Y estuvo a nada de volverse loco.

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El Fuego que Quemó Nuestro Amor

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