Capítulo 1

Mi prometido era el neurocientífico más brillante del país. Pero su amiga de la infancia, enferma de cáncer terminal y solo tenía un mes de vida, por lo que, para acompañarla en ese último tramo del camino, él me obligó a tomar una dosis experimental de un fármaco que borra la memoria, una creación suya, aún secreta.

Durante ese mes en que yo lo olvidé todo, él organizó una boda con su amiga, la llevó de luna de miel, y juntos, prometieron reencontrarse en otra vida, en medio de un campo lleno de flores.

Un mes después, bajo una lluvia que calaba hasta los huesos, él cayó de rodillas frente a mí, con los ojos llenos de desesperación y la voz hecha trizas:

—La droga solo duraba un mes... ¿Por qué me olvidaste para siempre?

Cuando volvió Jimena Torres, el primer amor de Santiago Herrera, él me ofreció un vaso de agua, con una calma que parecía estudiada.

—Jimena está en fase terminal de cáncer. Le queda solo un mes… quiere que la acompañe hasta el final. —Su voz era tranquila, sin el menor temblor.

Lo miré, frunciendo el ceño.

—¿Y no sería más lógico que estuviera con su familia? ¿Qué tiene que ver contigo?

Jimena había sido su amiga de la infancia. Santiago solía decir que, aunque ya no estuvieran juntos, siempre serían como hermanos. Pero yo, Renata Morales, he sentido celos de ella más veces de las que quiero admitir.

Y ahora… estábamos a días de casarnos.

Santiago desvió la mirada.

—Sus padres murieron hace poco. Un accidente en carretera. Está completamente sola.

—La compadeces —dije, captando de inmediato ese matiz en su tono.

—Solo siento tristeza… —repuso, encogiéndose de hombros y me acarició la nariz con ternura, como para cambiar de tema—. ¿Estás nerviosa? Ya casi eres mi esposa.

—Ay, no exageres —resoplé—. Todavía no lo soy.

—Pero pronto lo serás —replicó, con una sonrisa, y luego, con un tono más serio, añadió—: Eres la única mujer con la que quiero estar. Te amo, para siempre.

Santiago nunca fue de los que dicen cosas cursis. Cuando me confesó su amor, ni siquiera usó palabras: armó un electroencefalograma en forma de corazón para demostrarlo.

Nunca decía «te amo» en voz alta, pero ahora me lo prometía con todas sus letras.

Me acurruqué en su pecho y lo invité a ayudarme a elegir la foto de bienvenida para la boda.

Él solo me rodeó con más fuerza.

—Elígela tú. Ya casi es el día… tengo que pasar por el laboratorio a entregar unos informes.

Dicho esto, fue a cambiarse de ropa.

Santiago siempre había cuidado su imagen: camisas bien planchadas, peinado perfecto. Yo nunca pude resistirme a su estilo impecable.

Pero hoy, al salir, llevaba la camisa mal metida en los pantalones. Y los calcetines… ni siquiera eran del mismo color.

Fruncí los labios, pero no dije nada, sino que bajé, pedí un taxi, y lo seguí de lejos.

Vi cómo pasó de largo frente al laboratorio… y fue directo al hospital.

No lo seguí más.

Seguro fue a ver a su querida Jimena.

Capítulo 2

Eran casi las tres de la madrugada cuando Santiago finalmente regresó.

No encendí la luz, sino que me quedé hundida en el sofá, observándolo en silencio.

Pero él sí la encendió. Al verme ahí sentada, esperándolo, se quedó inmóvil un segundo. Luego, caminó lentamente hacia mí.

—Ya lo sabes —dijo, tragando saliva, con una tensión apenas disimulada.

Asentí con la cabeza.

Después de cinco años juntos, nos conocíamos demasiado bien. Promesas inesperadas. Camisa arrugada. Calcetines distintos. Todo gritaba lo mismo: culpa. Nervios. Miedo.

Y yo… yo jamás era así. Nunca estaba tan callada, tan quieta en medio de la oscuridad.

Él también lo sabía. Eso no era normal.

Se sentó junto a mí con lentitud y colocó un pequeño tubo de ensayo frente a mí. Un líquido transparente se movía en su interior.

—Jimena está muy mal —dijo con voz neutra—. Fui a verla... estaba conectada a mil tubos. No podía moverse. Le prometí a su padre que la cuidaría.

Sentí que mi pecho se helaba, y apenas podía respirar.

—¿Y vas a acompañarla el último mes de su vida?

—Sí.

Silencio.

Pasaron unos segundos, antes de que él extendiera la mano hacia el tubo. Dudó un momento.

—¿Qué es eso? —pregunté, sin apartar la mirada de sus ojos. Mi voz era apenas un susurro áspero.

—Renata, sé que no aceptarías esto... —dijo, desviando la mirada—. Pero Jimena necesita que esté con ella. Completamente. Y yo... yo necesito asegurarme de que cuando todo termine, tú sigas aquí, esperándome.

—¿Entonces tu solución es que yo olvide ese mes? —Una carcajada seca se me escapó—. Claro, qué brillante idea. ¿Un mes sin ti, borrado por completo de mi cabeza, y luego vuelves como si nada para casarte conmigo?

—Solo un mes, Renata. No es para siempre —dijo con una dulzura que me hizo temblar—. Cuando regrese, seguiremos con nuestros planes. Seremos felices.

Lo entendí todo. Era su nueva fórmula. Su maldito fármaco de supresión de memoria.

Me quedé en shock.

—¿Y si no funciona? ¿Y si me olvido para siempre? ¿Y si me hace daño?

Santiago titubeó apenas un instante mientras destapaba el tubo. Un «pop» suave sonó al quitar el tapón.

—No va a pasar nada. Soy el mejor neurocientífico del país. Confía en mí —dijo, acercando el tubo a mis labios—. En un mes, volveré a ti. Seremos felices, Renata.

Giré la cabeza con fuerza.

—¿Y por qué debería? ¿Quién te crees que eres? ¿Crees que esto es un basurero al que puedes volver cuando te canses de la otra?

—¡No es eso! ¡No la llames así! Ella… está muriendo —espetó con los ojos encendidos.

El hombre al que había amado durante cinco años… ahora defendía a otra mujer con intensidad.

Santiago respiró hondo y alzó el tubo.

—Todo estará bien en un mes, Renata…

De pronto, se abalanzó sobre mí y me sujetó con fuerza contra el sofá. Sus dedos me apretaron las mejillas con fuerza, haciéndome doler.

El vidrio frío del tubo se incrustó en mis labios, y el líquido amargo bajó por mi garganta, quemándome por dentro.

Tosí violentamente cuando una parte se fue por el lugar equivocado, y el ardor me invadió.

Pero él no paró, sino que me sujetó con más fuerza.

Con desesperación, levanté la pierna y lo golpeé en el estómago.

Él soltó un quejido, aflojó apenas su agarre y yo aproveché para intentar girar la cabeza y escupir… Pero me sujetó del cabello con brutalidad, forzándome a tragar lo que quedaba.

El tubo me raspó la lengua. El sabor amargo se volvió metálico. Sangre.

Me ardía. Me ardía tanto…

Las lágrimas brotaron sin control. Ya ni siquiera podía ver bien su rostro.

Cuando el tubo quedó vacío, me soltó por fin.

Me llevé los dedos a la garganta, intentando vomitar. Pero solo sentí náuseas. El estómago me dolía. No podía respirar.

El dolor me golpeó como un martillo. Mi cabeza iba a estallar.

El mundo se volvió borroso, y las piernas no me respondían.

Caí al suelo, incapaz de moverme. Solo escuchaba su voz, cada vez más lejana.

—Renata, te amo. De verdad. Pero Jimena… Jimena está muriendo. Tengo que estar con ella. Por favor, olvídame. Olvida… Santiago…

Su voz se desvanecía. Se alejaba como un sueño que uno ya no puede alcanzar.

Mi cuerpo se desplomó sobre el sofá y en mi mente… solo giraban tres sílabas.

San-tia-go.

«¿Quién… es Santiago?»

Capítulo 3

«¡Rin, rin, rin, rin…!»

—¿Aló? —respondí a tientas, con los ojos pegados por el sueño y la cabeza como si me hubiera pasado un camión por encima.

—¡Renata Morales! ¿Qué demonios estás haciendo?

Era Valeria Campos, mi mejor amiga.

—¡He volado siete horas solo para ser tu dama de honor! ¡Y ni siquiera pude entrar al hotel! ¡Y encima me entero de que la novia es... Jimena Torres! ¿¡Quién carajos es esa!? ¿Ustedes dos me están tomando el pelo?

De pronto se me borró el sueño de un golpe.

—¿Qué? ¿Quién se casa?

—¿Cómo que quién? —preguntó Valeria, quien parecía más confundida que yo—. ¡Hoy no era tu boda con Santiago?

Un escalofrío me recorrió la espalda.

—¿Santiago? Yo no tengo idea de quién estás hablando… tú sabes perfectamente que yo siempre he estado soltera.

—¡¿Estás loca o qué?! ¡Llevan cinco años juntos! ¡Las fotos de la boda están colgadas en la sala de tu casa!

Me levanté de un salto y miré a mi alrededor. No había nada. Ningún rastro de un hombre. El departamento estaba impecable. Neutral. Frío.

—Valeria… lo único que hay en mi pared es un retrato artístico mío. Y mi cama es individual. ¿Tú crees que cabe un hombre aquí?

—¡No puede ser! —replicó ella—. Quédate ahí. Voy para allá ya mismo.

Colgó sin dejarme responder.

Apenas entró al departamento, empezó a gritarme como una loca:

—¿¡Estás bromeando!? ¿¡Estás fingiendo amnesia o qué!?

Pero cuando miró bien la decoración del lugar, se quedó sin palabras, mientras repetía, una y otra vez:

—No puede ser. No puede ser…

Luego de un momento, me miró y exclamó:

—¡Te voy a demostrar que no estás loca!

Buscó en su celular unas fotos que había subido a su Facebook el día que nos acompañó a la sesión de fotos de la boda.

Y ahí estaban.

Yo, vestida de blanco, sonriendo con una felicidad que dolía. Y a mi lado… un hombre de traje negro, delgado, con gafas de marco dorado y rostro sereno.

Un hombre que no reconocía.

Me quedé paralizada.

No lo conocía. No sentía nada por él.

Y, sin embargo… las lágrimas comenzaron a resbalar por mis mejillas sin permiso.

Me limpié la cara con la manga y, de pronto, una idea absurda cruzó mi mente.

—¡Valeria! ¿Y si tengo una hermana gemela perdida desde pequeñas? ¿Y si la boda era de ella?

Valeria me miró con cara de «no te creo nada».

—¿Qué? ¿Pelearon y estás inventando esto?

—¡Te juro que no lo conozco! ¡No estoy mintiendo! —dije, casi suplicando.

Valeria se quedó en silencio, escaneándome como si fuera un extraño.

—¿No te diste un golpe en la cabeza o algo así? —murmuró con el ceño fruncido.

Agarró mi celular y empezó a buscar el número de Santiago.

Pero no había ningún «Santiago Herrera» en mis contactos. Ni mensajes. Ni fotos.

Resopló con fastidio y marcó desde el suyo. Al tercer timbrazo, una voz cálida y baja contestó:

—¿Hola?

—¡Santiago! ¿Qué está pasando? ¡Renata dice que no te conoce! ¡¿Y encima estás casándote con otra mujer?!

Hubo dos segundos de silencio mortal. Y luego, la voz del otro lado dijo, con torpeza:

—Perdón… ¿quién habla?

—¡Santiago, no te hagas el tonto! ¿Tan buen actor eres que ni reconoces mi voz?

—Número equivocado…

Pero, antes de que Valeria pudiera decir algo más, otra voz, femenina y débil, apareció en el fondo:

—¿Quién es, Santiago...? —preguntó, antes de sufrir un ataque de tos que me erizó la piel.

Santiago se apresuró a contestar:

—Nadie… solo una llamada equivocada.

Dicho esto, colgó.

El pitido del teléfono fue como una bofetada.

Valeria se quedó mirando la pantalla, furiosa.

—Esto no tiene ningún maldito sentido. —Se levantó como una tromba—. ¡Tú quédate aquí! Voy a averiguar qué está pasando.

Tras decir esto, salió disparada, mientras yo me quedaba inmóvil, en silencio.

No sé por qué… pero no sentía ni curiosidad.

A mí, los desconocidos nunca me importaron en lo más mínimo.

El Elixir que Robó Mi Amor

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