Capítulo 1

El día de mi boda, de repente, mis papás trajeron a mi novio a la casa y dijeron que la boda iba a tener otra novia:

—Tu hermana tiene una enfermedad terminal, su único deseo es casarse con Iván.

—Tú eres su hermana menor, sé buena y ayuda a tu hermana.

—No te apresures —intervino también mi novio—, es nomás una ceremonia. Después de que ella se muera, nosotros todavía podemos casarnos.

Yo no estuve de acuerdo, así que mis papás me amarraron.

—Te soltaremos, después de que se acabe la boda.

Pero, poco después de que se fueron, un ladrón que se metió a la casa me mató de forma brutal.

Cuando por fin se acordaron de mí, solo encontraron mi cuerpo ya en estado de descomposición.

Mi espíritu flotaba, gélido, observando la boda que debió haber sido mía.

En el salón, todas las miradas estaban clavadas en el centro del escenario.

Mi hermana, Siena Quiroz, enfundada en el vestido de novia que me habían robado, pronunciaba sus «supuestamente» conmovedores votos junto a Iván Cerón, mi prometido.

Mientras que, abajo, mis padres, con los ojos llorosos, no dejaban de repetir:

«¡Nuestra Siena por fin es feliz!».

Entre los aplausos y vítores, los recién casados sonreían con dulzura, relatando su «romántica» historia de amor.

¡Qué encuentro tan romántico, qué sentimientos tan profundos! En su versión de la historia, yo simplemente no existía, había sido borrada como si nunca hubiera pisado este mundo.

Ese vestido de novia, que a mí me ajustaba tanto que apenas podía respirar, a Siena le sentaba como un guante, como si siempre hubiera sido para ella.

Mientras flotaba, no podía evitar sentir un frío cada vez más intenso, uno que me calaba hasta el alma.

Resulta que, desde el inicio, la que ese día se casaría con Iván nunca había sido yo.

Con razón, durante los preparativos, Iván siempre andaba en las nubes, pegado a su celular, sonriéndole a la pantalla como un idiota.

Aun así, no podía entender: si tanto la querían, ¿por qué me habían usado a mí como un maldito sacrificio?

No hacía mucho, me habían asesinado en mi propio departamento. Mis propios padres me habían amarrado las manos con fuerza e, inmovilizada, solo pude ver, aterrada, cómo un sujeto enmascarado forzaba la puerta y entraba.

A pesar de que estaba embarazada, me violó y me asesinó con una brutalidad indescriptible.

Mi muerte fue espantosa. El maldito tomó un cuchillo y lentamente me cortó las muñecas. Sentí cómo la vida se me escapaba con cada gota de sangre.

¡Ni siquiera pude gritar antes de morir! Porque mis padres, antes de largarse, para que no pudiera pedir auxilio, me habían amordazado con una toalla.

Desde que éramos niñas, mis padres siempre habían preferido a Siena. Si las dos queríamos el mismo dulce, siempre era para ella. El vestido bonito que yo deseaba, se lo compraban a Siena…

Incluso, cuando crecimos y no había dinero para la universidad de las dos, no lo dudaron un segundo y le dieron el dinero a ella, mientras a mí me decían que, si quería estudiar, me pusiera a trabajar y buscara becas.

Aunque jamás imaginé que, cuando Siena les soltó que tenía cáncer y le quedaba poco tiempo de vida, su favoritismo los llevaría al extremo de pedirme que le cediera a mi prometido.

Pero lo que terminó de romperme fue que Iván, mi novio desde la universidad, también me había traicionado.

Con el alma helada, observé, cómo esa farsa de boda llegaba a su «perfecto» final.

Cuando terminaron de levantar todo y se prepararon para su luna de miel, volví a seguirlos.

En una playa paradisíaca, Iván y Siena paseaban de la mano por la orilla, bajo un atardecer de película. La luz dorada de aquella hora del día los bañaba por completo, mientras la brisa marina les acariciaba los cabellos.

En ese momento, Siena se colgó del cuello de Iván y se fundieron en un beso apasionado.

La gente alrededor los miraba con envidia; algunos incluso aplaudían y vitoreaban. Hasta mis padres, siempre tan correctos, los animaban desde un costado.

En ese instante, ¿quién se acordaría de la que habían dejado olvidada y ahora estaba muerta en aquel departamento?

¿A quién diablos le importaría si lo que hacían conmigo era justo o no?

Capítulo 2

—Iván... mi amor, ¿crees que Fanny no ha llamado porque sigue enojada conmigo? —preguntó Siena, recostada en su pecho, haciéndose la víctima.

—¿Cómo crees, mi vida? Es tu hermana y además estás muy enferma, este era tu único deseo. Fanny no es tonta, seguro entiende. Ya después vemos cómo la compensamos —la tranquilizó Iván con dulzura.

Siena asintió y, con una sonrisa radiante, arrastró a Iván y a mis padres a cenar. Una cena de mariscos que costó un dineral, que a mis padres seguro que les dolió tener que pagar. Sin embargo, para Siena era lo más normal del mundo.

Después de cenar, los seguí de regreso al hotel.

Iván esquivó los coqueteos de Siena en pijama y salió solo al balcón. Encendió un cigarro, y comenzó a fumar, pensativo, perdido en quién sabe qué pensamientos.

Me di la vuelta y floté hasta la habitación de mis padres. Ellos tampoco dormían. Seguramente seguían lamentándose por la cuenta de la cena.

Estaban sentados en la cama, negando con la cabeza y suspirando.

Mi mamá sacó su celular para marcarme, pero mi teléfono estaba apagado, y sus rostros se descompusieron al instante.

En su lógica retorcida, después del golpe venía la manera de contentar. Así resolvían siempre los conflictos. Con el hecho de que ellos tomaran la iniciativa de llamarme, ya me estaban «dando chance» de olvidar, y asunto arreglado. Ese era su modus operandi.

Pero, esta vez, del otro lado de la línea, ya no había nadie para contestar. Nunca más.

—Viejo, esta Siena tira el dinero como si nada, no va a ahorrar ni un peso. Al final, en nuestra vejez, vamos a depender de Fanny. Pero ahora ni nos contesta el teléfono… ¿crees que esté muy resentida con nosotros? —preguntó mi madre, mirando a mi padre con preocupación.

Mi papá le dio una calada a su cigarro, soltó el humo con fastidio y dijo con voz dura:

—Nosotros le dimos la vida, ¡somos sus padres! Además, su hermana está enferma. Era lo mínimo que podía hacer por ella. ¿Con qué derecho se va a enojar?

Me quedé en un rincón, observándolos sin expresión, mientras una burla helada crecía en mi pecho.

En ese instante, una parte de mí casi se alegró de estar muerta.

Quince días después, su empalagosa luna de miel llegó a su fin y regresaron a casa.

Siena, ya enfundada en uno de mis pijamas, se echó con todo el descaro del mundo en la cama matrimonial que había sido mía, pavoneándose como la nueva dueña y señora.

Iván recorrió la habitación con la mirada, como si buscara mi fantasma. Pero, al no encontrarme, sitió con una punzada de… ¿culpa? Que no quedaba ni un solo rastro de mi existencia en toda la casa.

Se detuvo en el umbral del estudio que había sido mío, con la mirada perdida.

—Iván, mi amor, ahora soy tu esposa. No quiero que haya cosas de otra mujer en nuestra casa —dijo Siena con voz melosa, mientras enroscaba sus blancos brazos en torno al pecho de Iván—. Justo compré un montón de ropa nueva, ¿qué tal si hacemos de este estudio un vestidor gigante para mí?

Esa voz, empalagosa y manipuladora, era como un gancho diminuto que, increíblemente, seguía haciéndole mella. Aun así, Iván apartó sus manos con suavidad, manteniendo una mínima distancia, con el rostro tenso.

—Siena, Fanny sigue siendo mi esposa legalmente. Esto… esto solo fue para cumplir tu último deseo. El estudio… ¿no podríamos...?

—¡No! —lo cortó Siena al instante, con los ojos anegados en lágrimas fingidas, haciendo un puchero de niña malcriada, con una terquedad de acero—. ¡Ahora YO soy tu esposa! ¡No tienes por qué seguir pensando en ella!

Al final, como siempre, Iván cedió. Mi estudio se convertiría en el clóset de Siena.

—¡Eso, allá! ¡Eso, a la basura! ¡Eso, también, fuera!

En lo que había sido mi estudio, Siena, como capataz, ordenaba a los trabajadores que sacaran mis cosas, una por una.

Iván, el cobarde, solo observaba en silencio desde un rincón.

Él sabía perfectamente que mi mayor sueño desde niña, algo que le había repetido hasta el cansancio, era tener mi propio estudio.

Capítulo 3

Lo sabía todo: la preferencia descarada de mis padres, las injusticias que había sufrido, cuánto anhelaba que él, por una vez, me eligiera a mí sin dudarlo. Pero no, él prefería jugar al héroe salvador de Siena, borrándome de la ecuación, como si nada.

Ese estudio guardaba mis desvelos, mis sueños… Cada pequeño triunfo seguía vibrando entre esas paredes. Y ahora, lo veía ser devorado, borrado poco a poco.

En un parpadeo, mi estudio ya no existía, y, en su lugar, había aparecido un clóset nuevo y reluciente. Igual que mi vida, había sido invadido y reemplazado por Siena.

En un rincón, olvidada, quedó una pequeña foto mía, de cuando era niña.

Iván se acercó a escondidas, la recogió y la guardó en su cartera con un cuidado que me revolvió el estómago.

De regreso en la oficina, los empleados le soltaron a Iván que yo llevaba días sin aparecer y que, por supuesto, no había entregado ni un solo diseño para el contrato con los nuevos socios.

La cara de Iván se descompuso. Furioso, sacó el celular para llamarme. Pero, obviamente, del otro lado, solo encontró silencio.

Por primera vez, montó una escena frente a los empleados: se levantó de golpe y barrió con furia todos los papeles de su escritorio.

Finalmente, alegando «abandono de trabajo», anunció mi despido. Y el muy cínico propuso que Siena, que no sabía ni dibujar un círculo, ocupara mi puesto.

En esa misma oficina, Iván no tardó en sucumbir a los encantos baratos de Siena. Se abrazaron y se besaron como si no hubiera un mañana. Se restregaron sobre el escritorio, en el sillón del jefe… ¡Patéticos! Tratando de ser amantes apasionados.

Yo los miraba, sintiendo un asco que me revolvía las entrañas.

Instintivamente, mi mano etérea fue a mi vientre, apenas abultado, mientras la rabia y la impotencia me ahogaban.

Tenía un mes de embarazo. Quería darle la sorpresa a Iván… y ahora, mi bebé y yo compartíamos el mismo trágico final: dos almas, una sola tumba.

Los días siguientes, a Iván le entró el remordimiento tardío, o alguna estupidez así, y empezó a bombardearme con mensajes preguntando dónde diablos estaba. Quizás se le había pasado la calentura del momento, y enviaba un mensaje tras otro con un tono patéticamente sumiso, rogándome que volviera.

¿Pero cómo diablos iba a responderle yo?

—Mi amor, ¿en qué tanto piensas? —preguntó Siena, acercándose a Iván por la espalda, y noté que su vientre también mostraba una leve curva.

A las dos semanas de mi muerte, ella también estaba embarazada.

Con esa cara de felicidad y ese brillo saludable, ¿dónde estaba la enferma terminal de la que tanto hablaban?

Pero Iván, ciego como siempre, o haciéndose el idiota, ignoraba por completo ese pequeño «detalle».

Al oírla, Iván, como si lo hubieran atrapado con las manos en la masa, cerró torpemente la ventana del chat por donde me escribía, se giró e hizo ademán de abrazarla, pero, de pronto, sus ojos se clavaron en el collar que Siena llevaba puesto.

—Ese… ¿no es el collar de Fanny? ¿Cómo lo tienes tú?

—¿Hum? ¡Ay, qué casualidad! Lo vi por internet, me encantó y pues, me lo compré.

Iván frunció el ceño, con la duda instalándose en su rostro. Aquel era el collar que me había regalado en la universidad. No era caro, pero yo nunca me lo quitaba.

Un chispazo de pánico brilló en los ojos de Siena, pero lo disimuló al instante, cambiando de tema:

—Mi vida, ¡hay que celebrar mi embarazo! Mis papás ya tienen todo listo en casa para festejar, ¿nos apuramos?

Los vi alejarse y, por instinto, llevé mi mano a mi cuello desnudo.

Después de matarme, el ladrón se había llevado mi collar. Y, ahora, uno idéntico adornaba el cuello de Siena. ¿De verdad esperaban que me tragara el cuento de la «casualidad»?

Entonces… ¿Siena… había tenido algo que ver con mi muerte…?

—¡Ay, Iván! Nuestra Siena está arriesgando su vida para darte un hijo, ¿eh? Más te vale que trates bien a esa criatura.

—¡Tienes que ser digno de ella, muchacho!

En la mesa, mis padres miraban el rostro supuestamente demacrado de Siena y se les volvían a llenar los ojos de lágrimas.

El Día Que Me Robaron El Altar

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