Capítulo 1

A medida que se acercaba mi fecha de parto, salió a la luz una discrepancia enorme en las cuentas de armas de la familia Galante.

Por esto el mando tomó una decisión rápida: me enviaron a mí, Sophia Vitale, la esposa del Don —esa mujer que todos decían que no tenía nada mejor que hacer—, para inspeccionar de manera personal el arsenal y verificar el inventario.

Yo creí que era una revisión de rutina. Por lo que nunca imaginé que la ahijada de mi esposo, Mónica Leona, lo usaría como tapadera para volar todo el arsenal por los aires.

La explosión fue ensordecedora. El fuego rasgó el cielo y el concreto se desplomó a mi alrededor, aplastándome, mientras un dolor abrasador me desgarraba el estómago.

Sin embargo, contrario a lo esperable, no llamé a mi esposo por su línea privada de máxima prioridad, sino que, en cambio, envié una señal de auxilio a mi padre.

En mi vida anterior, en el instante en que había ocurrido la explosión, yo había usado ese mismo canal prioritario para llamar a mi esposo.

El bebé había sobrevivido y Mónica había muerto en la explosión.

Mi esposo había dicho que no me culpaba, que Mónica era una extraña y que un heredero importaba más. No escatimó en gastos, contrató a especialistas obstétricos de élite para vigilarme día y noche, diciéndome que me mantuviera tranquila y esperara el parto.

Luego, el día en que entré en labor, él mismo nos encerró a mí y al bebé dentro de un almacén abandonado, el cual empapó con gasolina y encendió, quemándonos vivos.

—Si no hubieras retrasado todo a propósito, ella no habría muerto. ¿De verdad creíste que haciéndote la víctima ibas a engañarme? Ni lo sueñes —dijo—. ¿Tanto te gusta jugar con fuego? Bien. Entonces te dejaré vivir su desesperación en carne propia.

Cuando volví a abrir los ojos, estaba de regreso en el arsenal, justo en el instante exacto antes de la explosión.

A medida que se acercaba mi fecha de parto, salió a la luz una discrepancia enorme en las cuentas de armas de la familia Galante.

Por esto el mando tomó una decisión rápida: me enviaron a mí, Sophia Vitale, la esposa del Don —esa mujer que todos decían que no tenía nada mejor que hacer—, para inspeccionar de manera personal el arsenal y verificar el inventario.

Yo creí que era una revisión de rutina. Por lo que nunca imaginé que la ahijada de mi esposo, Mónica Leona, lo usaría como tapadera para volar todo el arsenal por los aires.

La explosión fue ensordecedora. El fuego rasgó el cielo y el concreto se desplomó a mi alrededor, aplastándome, mientras un dolor abrasador me desgarraba el estómago.

Sin embargo, contrario a lo esperable, no llamé a mi esposo por su línea privada de máxima prioridad, sino que, en cambio, envié una señal de auxilio a mi padre.

En mi vida anterior, en el instante en que había ocurrido la explosión, yo había usado ese mismo canal prioritario para llamar a mi esposo.

El bebé había sobrevivido y Mónica había muerto en la explosión.

Mi esposo había dicho que no me culpaba, que Mónica era una extraña y que un heredero importaba más. No escatimó en gastos, contrató a especialistas obstétricos de élite para vigilarme día y noche, diciéndome que me mantuviera tranquila y esperara el parto.

Luego, el día en que entré en labor, él mismo nos encerró a mí y al bebé dentro de un almacén abandonado, el cual empapó con gasolina y lo encendió, quemándonos vivos.

—Si no hubieras retrasado todo a propósito, ella no habría muerto. ¿De verdad creíste que haciéndote la víctima ibas a engañarme? Ni lo sueñes —dijo—. ¿Tanto te gusta jugar con fuego? Bien. Entonces te dejaré vivir su desesperación en carne propia.

Cuando volví a abrir los ojos, estaba de regreso en el arsenal, justo en el instante exacto antes de la explosión.

Un dolor sordo y tirante me retorció el abdomen y me arrancó de los recuerdos, devolviéndome de golpe a la realidad.

No marqué la línea prioritaria que conectaba directo con el teléfono de Enzo Galante, sino que, en su lugar, reuní la poca fuerza que me quedaba y aplasté el chip de comunicaciones de emergencia oculto dentro de mi arete.

La señal se abrió paso a la fuerza y se desvió directo al canal privado de mi padre, Dominic Vitale.

El rescate de Mónica Leone llegó más rápido de lo que esperaba.

A lo lejos, distinguí una figura conocida avanzando con paso firme hacia la zona del estallido, con un grupo de hombres de negro pegados a sus talones. Enzo fijó la vista en la esquina donde Mónica estaba atrapada y se lanzó hacia adelante seguido de sus hombres.

Sin perder tiempo, le colocó un chaleco antibombas, con movimientos cuidadosos y precisos, y luego la sacó desde debajo de la losa, sosteniéndola como si fuera algo frágil e irremplazable.

Solo cuando la vi asegurada en una camilla, me salió una ronca súplica de ayuda. Llamé a los miembros de la familia que todavía estaban retirando escombros cerca, pero nadie respondió.

Las miradas frías me rozaron, cada una afilada con un abierto desprecio.

—¿Y ahora qué papel está actuando la signora? —se burló alguien—. El Don fue a salvar a la señorita Leone. Puedes gritar hasta quedarte sin voz. No va a servir de nada.

—Todos saben que siempre a querido a la señorita Leone. ¿Qué crees que pasó con el arsenal? No estamos ciegos.

—Más te vale rezar para que la señorita Leone esté bien. Si no, el primero en ir por ti será el Don Galante.

El dolor en el abdomen se disparó, más pesado y más punzante que antes. Algo tibio se derramó entre mis muslos y empapó mi falda. Intenté moverme, arrastrarme más lejos de la zona derrumbada, sin embargo, una roca cayó sobre mi vientre abultado, golpeándome con fuerza.

La sangre me estalló en la boca y la vista se me nubló, mientras la oscuridad me invadía desde los bordes.

—Mi bebé… —murmuré en un susurro apenas audible—. Por favor… salven a mi hijo…

El consigliere más cercano por fin se dio cuenta. Miró hacia abajo, pero no me ayudó a incorporarme, sino que me empujó con la punta del zapato.

—Signora, qué bien actúa. Casi te creo. ¿Acaso ha valido la pena lastimarte solo para pelar por el favor del Don.

Aquellos hombres siempre sabían leer el ambiente. Su actitud era el reflejo de la del Don.

Me encogí sobre mí misma mientras la pérdida de sangre y la agonía me iban arrancando la conciencia, capa por capa.

Todos corrieron y se amontonaron alrededor de Mónica. Alguien le pasó medicamentos, otro le atendió las heridas, todos sin siquiera dignarse a dedicarme una mirada.

Entre la neblina, oí a lo lejos voces sobresaltadas.

—¿Por qué hay tanta sangre debajo de la signora Vitale? ¿Pasa algo?

—¿Qué va a pasar? Seguro quiere llamar la atención del Don otra vez.

—Como sea. Ve a avisarle al Don para que deje de montar el show.

Un par de minutos más tarde, el olor familiar de su colonia cortó el humo y una mano me golpeó la mejilla, lo bastante fuerte como para arder.

—Sophia Vitale —oí la voz de Enzo, plana pero con un leve tono de diversión—. Despierta. Ya deja de actuar. Aquí estoy. Bien que fuiste muy capaz cuando volaste el arsenal. ¿Y ahora qué? ¿Haciéndote la pobrecita?

Quise explicar, quise rogarle. En su lugar, se me escapó un sonido roto, como un gorgoteo. El dolor en el abdomen era como si me estuvieran desgarrando por dentro, y, con lo último de mis fuerzas, mis dedos se engancharon al dobladillo de su pantalón de vestir.

Él se detuvo. Su mirada barrió mi rostro blanco como papel. Por un instante, asomó una vacilación… peri enseguida fue aplastada por la irritación. Con una mano me presionó el vientre, comprobando que el bebé siguiera ahí.

—Has mejorado tu actuación —dijo con frialdad—. Lástima que Mónica ya me contó todo. Tú misma prendiste el fuego y luego te escondiste. ¿Para quién estás actuando ahora?

Sin pensarlo, se zafó de mi agarre y caminó de regreso hacia la zona asegurada donde Mónica descansaba.

Detrás de mí, uno de los hombres que ya había visto partos entró en pánico de verdad.

—¡Don! ¡Ha perdido demasiada sangre! ¿Y si le pasa algo al heredero?

Enzo ni siquiera bajó el paso. Su voz casual, aburrida, regresó flotando.

—¿Y qué hay que andar entrando en pánico? Con razón Mónica dijo que faltaba el líquido marcador rojo del combustible. Resulta que Sophia lo robó para fingir sangre. Un embarazo avanzado no se termina así de fácil. Si quiere actuar, que actúe.

El dolor y la desesperación subieron como una marea negra y se tragaron por completo lo último de mi conciencia.

Capítulo 2

Mi conciencia iba y venía, y, de pronto, recordé el día en que lo conocí por primera vez.

Fue en una reunión conjunta entre familias del bajo mundo, celebrada en el nivel inferior de un viejo almacén junto a los muelles. Todas las señales estaban bloqueadas y una gran cantidad de soldados armados vigilaban los alrededores.

Mi padre me llevó para observar. Yo no era nadie: apenas un par de manos extra encargada de tomar notas y pasar documentos. Un asociado, a lo mucho.

Enzo Galante estaba sentado justo en el centro.

Llevaba una camisa negra con el cuello abierto, dos botones desabrochados. Con pereza, giraba una moneda entre sus dedos, con una media sonrisa en los labios, como un niño rico viendo una función.

Cuando la moneda hizo clic contra la mesa, toda la sala se quedó en silencio.

Era el Don recién instalado. Era joven y ya era famoso por bañar a los traidores en sangre.

Durante la reunión, solo habló solo unas cuantas veces. Pero, cuando lo hacía, su tono sonaba casual, casi aburrido, como si estuviera eligiendo a qué casino iría esa noche. Aun así, nadie se atrevía a perderse ni una sola palabra.

Yo sabía que era peligroso. Lo entendí con una claridad absoluta. Y, aun así, en el instante en que la moneda dejó sus dedos, mi corazón se me salió por completo de control.

Después de eso, investigué todo sobre él: su territorio, sus métodos para tratar con traidores y las intrincadas redes de amoríos, tanto reales y fabricados.

En ese entonces, yo no era nada. A sus ojos, seguramente no valía más que un adorno olvidado en un rincón. Por esto, para acercarme, oculté mi identidad y me uní a la familia Galante, obligándome a volverme más fría, aguda, despiadada…

Dominé los arsenales, las rutas del dinero y las redes de poder. Me convertí en alguien que no fuera simplemente útil. Me volví irremplazable.

Mi primer llamado oficial llegó después de que yo sola construí una nueva ruta de contrabando de armas.

Usé esa victoria como excusa para organizar una celebración. Nunca imaginé que él asistiría.

Esa noche, apoyado en la barra, alzó el vaso de whisky que tenía en la mano, hacia mí a través de la multitud. Y en ese instante lo supe: ¡esa era mi oportunidad!

Lo perseguí sin freno. Le regalé un revólver antiguo y raro, con mis iniciales grabadas a lo largo de la empuñadura; le di mancuernillas a medida, con cada gema ocultando un micro rastreador, y me aseguré de aparecer en todos los lugares que él frecuentaba: casinos privados, peleas clandestinas, bares en azoteas solo para miembros, y demás… Cada coincidencia, montada con extremo cuidado, lo hacía alzar una ceja y esbozar una sonrisa que me daba permiso para quedarme.

Por fin, una noche en la que estaba ligeramente ebrio, me deslizó un anillo en el dedo con una facilidad casual.

—¿Tan ansiosa estás por pertenecerme? —dijo—. Bien, si así lo quieres…

En ese momento, creí que había ganado. Ilusamente, creí que había atrapado el corazón de Don Enzo Galante, el hombre más peligroso y deslumbrante del bajo mundo.

Como tonta, creí que la felicidad había empezado. No me di cuenta de que acababa de entrar en mi peor pesadilla.

Abrí los ojos a un techo desconocido, y el penetrante olor a desinfectante me quemó la nariz.

—¿Está despierta, señora? —preguntó mi médico privado, quien se encontraba junto a mi cama—. Gracias a Dios. Pasé por casualidad por el lugar de la explosión.

Intenté mover los dedos y luego, despacio, deslicé la mano hacia mi abdomen, el cual se sentía plano, vacío. Ya no quedaba nada.

El doctor suspiró, con el rostro cargado de pena.

—Lo siento —se disculpó—. No pudimos salvar al niño. Perdió demasiada sangre, y las lesiones internas eran graves. Se hizo todo lo posible, pero…

Forcé una sonrisa y probé la sal de mis lágrimas.

—Lo entiendo —respondí con la voz ronca—. Gracias por salvarme.

Aun así, no podía creer que Enzo hubiera llegado tan lejos.

—¿Qué demonios está pensando Don Galante? —estalló el médico. Claramente, le parecía una injusticia—. Usted es su esposa. Estaba embarazada y sangrando entre los escombros, ¿y ellos aseguraron las armas primero? Si yo no la hubiera traído aquí de inmediato, no solo habría perdido al bebé. Estaría muerta. ¿Dónde está él ahora? ¿De verdad no le importa en lo absoluto?

—Probablemente está con Mónica —respondí en voz baja.

El doctor guardó silencio. En sus ojos había una lástima desnuda. Incluso él entendía la línea que Enzo y Mónica habían cruzado.

Un momento después, pedí que me dejaran sola, y el médico accedió.

Cuando la puerta se cerró tras él y las enfermeras, estiré la mano hacia mi teléfono.

El bajo mundo ya había empezado a agitarse. El título de Don venía empacado con sangre, poder y chismes. Los primeros rumores surgieron en foros de la dark web.

Los videos me mostraban desplomándome en el arsenal, empapada de sangre. Aquellos, clips, tomados desde varios ángulos, se esparcieron por todas partes en un parpadeo.

«¿Entonces el Don valora más su arsenal que a su esposa embarazada?»

«Estaba sangrando justo frente a él, ¿y eligió las armas?»

«¿De verdad la familia Galante se ha vuelto así de fría?»

Los rumores se propagaron como una enfermedad: de susurros entre corredores de información a debates abiertos en las mesas redondas de las familias. Ya nadie cuestionaba el accidente, sino que lo cuestionaban a él: al Don.

«¿De verdad se puede confiar en un aliado que abandona a su esposa embarazada?»

Deslicé el dedo por cada comentario. Cada línea abría otra herida en la reputación de la familia Galante.

Mi mente se sentía extrañamente clara. Solo con ese ruido jamás se iba a tumbar a un Don.

Abrí la ventana de chat para mandarle a Enzo un mensaje pidiéndole el divorcio. Sin embargo, antes de que pudiera escribirlo, apareció una notificación.

Mónica había publicado una actualización. La foto la mostraba en una habitación VIP del hospital. Enzo estaba sentado a su lado, administrándole la medicina con sumo cuidado. Sus movimientos se veían gentiles, y su atención no se apartaba de ella.

El texto era breve:

«Don Galante ha estado conmigo todo este tiempo. Por favor, no se preocupen. Hay mujeres capaces de cualquier cosa por competir por el favor. Incluso intentó usar a un hijo no nacido para controlar al Don. Por suerte, el Don vio a través de sus trucos.»

Antes, eso me habría destrozado. Pero ahora me llevé una mano al pecho y solo sentí entumecimiento.

Cerré la publicación y llamé a Enzo, quien contestó al séptimo intento.

Escuché irritación en su voz, afilada por la contención.

—Sophia, ¿todavía tienes el descaro de llamar? ¿Sabes siquiera qué hora es? Mónica acaba de terminar las curaciones y por fin se quedó dormida. —Hizo una breve pausa—. No me interesan tus excusas por el caos que provocaste. Todo lo que haces avergüenza a la familia. Si todavía te queda, aunque solo sea, un poco de humanidad, ven a pedirle disculpas.

Justo en ese momento, la voz de Mónica se coló de fondo:

—Don, no culpe a la Donna. Es mi culpa. Si ella insiste en que yo detoné el arsenal, solo sígale la corriente. Está embarazada y el estrés emocional no le hace bien al bebé. Mis heridas no significan nada.

El tono de Enzo se suavizó al instante.

—Eres demasiado buena —murmuró—. Por eso ella te ha intimidado tanto tiempo.

Dicho aquello, volvió a enfocarse en mí.

—¿Escuchaste? Ella todavía te está defendiendo. Mi paciencia es limitada, Sophia. Tienes treinta minutos. Ven a disculparte con Mónica, de lo contrario nos divorciaremos.

La forma en que lo dijo me heló la punta de los dedos. Sonaba como si estuviera desechando una molestia.

—Entonces que así sea. Me voy de la familia —dije con calma—. Enzo, divorciémonos.

Capítulo 3

Enzo se quedó helado. Por un segundo, se le olvidó lo que estaba a punto de decir. Era evidente que no esperaba que fuera yo quien propusiera el divorcio.

—Sophia… ¿puedes repetir eso? —dijo, despacio.

No le di tiempo de explotar, sino que me apresuré a cortar la llamada.

Los mensajes no tardaron en llegar, uno tras otro. Mi teléfono se volvió loco.

«De verdad te volviste valiente. ¿Te atreves a sacar el divorcio tú sola? No olvides cuánta intriga te costó ganarte el título de Donna.»

«Esa cosa en tu vientre nunca fue una carta para librarte de la muerte. Cuando estés gritando en la sala de partos y nadie venga, no vuelvas arrastrándote hacia mí como un perro.»

«Y esos reportes en la dark web… Esto fue cosa tuya, ¿no? Bórralos. Hay juegos que están por encima de tu nivel.»

No terminé de leer el resto, sino que, con una frialdad desconocida en mí, bloqueé su número.

Incluso con la lección sangrienta de mi vida anterior grabada en los huesos, que me pisotearan así todavía se sentía como un cuchillo clavándose el corazón.

En ese momento, un par de enfermeras entraron a cambiarme el suero, quienes, sin notar mi expresión, charlaban en voz baja entre ellas.

—Nunca he visto una pareja tan perfecta como la de la sala VIP de abajo. Escuché que el señor Galante y la señorita Leone crecieron juntos. Parece un cuento de hadas.

—Eso ya es viejo. Lo último es que la señorita Leone es alérgica a la luz ultravioleta, así que el señor Galante mandó cambiar todas las ventanas de su habitación por vidrio especial. Le costó una fortuna.

—Anoche, cuando hice ronda, la señorita Leone dijo que no podía dormir y el señor Galante le sostuvo la mano toda la noche. Qué envidia… Ojalá algún día me toque un amor así.

Entumecida, miré las marcas de aguja que me cubrían el dorso de la mano.

Cuando se fueron, por fin solté el aire, pero el pecho seguía aplastado bajo una losa de plomo.

Al atardecer, el médico a cargo llegó con el informe final. El trauma contundente en mi abdomen había causado daños irreparables en mi útero. Un nuevo embarazo natural sería casi imposible.

Extrañamente, mi primera reacción no fue tristeza, sino más bien alivio. Al menos, ya no habría un hijo. Por lo menos, él no tendría que sufrir conmigo.

Muy entrada la noche, volví a revisar la opinión pública. El aire había cambiado por completo.

La explosión del arsenal ahora se estaba pintando como una farsa autoinducida, montada para «llamar la atención del Don».

«Mi esposa, Sophia, actuó de manera irracional debido a inestabilidad emocional producto de su embarazo. Me disculpo sinceramente por las molestias ocasionadas. La disciplinaré con mayor severidad para asegurar que esto no vuelva a ocurrir.»

Enzo había convocado personalmente una reunión de la familia, en donde ´presentó registros de mis «múltiples incidentes relacionados con mi embarazo» como prueba de que todo había sido una jugada calculada para ganar su favor.

En ese momento lo supe: no importaba lo que dijera a partir de ese momento sería descartada como una mentira.

Hasta los soldados asignados para vigilarme en el hospital me miraban con desprecio abierto.

Enzo de verdad era un Don magistral. Con solo unas cuantas frases, en un abrir y cerrar de ojos, me había convertido en el hazmerreír de todo el bajo mundo.

Sin embargo, no me molesté en limpiar mi nombre.

El día que me dieron de alta, le envié un mensaje corto:

«Mañana a las diez de la mañana, te espero en el juzgado. Lleva un abogado. Firmaremos el divorcio.]

Su llamada llegó casi de inmediato.

Su voz destilaba condescendencia.

—¿Ya terminaste de hacerte la muerta? —Su voz destilaba condescendencia—. Te di la oportunidad de bajar esos reportes de la dark web. No la tomaste. ¿Y ahora lo arruinaste y usas del divorcio como amenaza? Si Mónica no hubiera suplicado por ti, ya estarías encerrada en una sala psiquiátrica. Sé que solo quieres verme, así que iré. Pero piensa muy bien cómo te disculparás, si quieres mi perdón.

Sin esperar respuesta, Enzo cortó la llamada.

Se me escapó una risa amarga. Si ganarme su perdón significaba admitir crímenes que nunca había cometido, entonces jamás me lo ganaría.

En silencio, extraje el metraje completo del video de vigilancia del día en que Mónica entró al arsenal y copié todo.

A la mañana siguiente, fui directo al juzgado con las pruebas y los papeles del divorcio.

Enzo no me estaba esperando. En su lugar estaba Mónica, recargada con pereza contra la pared, haciendo girar sin prisa un sello de Donna entre los dedos.

Cuando me vio, una sonrisa victoriosa se dibujó en sus labios.

—¿Por fin llegaste? Te lo dije desde hace mucho: nunca fuiste apta para sentarte en el puesto de Donna de la familia Galante. Puede que lo hayas deslumbrado un rato, pero su atención siempre iba a volver a mí.

Su mirada se deslizó hasta mi vientre plano. Alzó las cejas con fingida sorpresa.

—¿Ah? ¿El bastardito ya no está? Qué tragedia. Quemado vivo por su padre en la otra vida, e indirectamente asesinado por su padre en esta. Con una madre como tú, nunca estuvo destinado a crecer.

En ese instante lo supe. Ella también tenía una nueva vida.

Aun así, alcé la mano y le di una bofetada. Ella chilló y se lanzó hacia atrás con una fuerza teatral.

—¡Mónica!

Enzo pasó a toda prisa junto a mí para sostenerla. Ni siquiera notó cómo su codo se estrelló contra mí.

El golpe no fue fuerte, pero yo ya estaba al borde de las escaleras, drenada por el cuerpo y por la mente. Perdí el equilibrio y el mundo se volteó. Los bordes ásperos de la piedra chocaron contra mí una y otra vez. La sangre me corrió desde la frente, nublándome la vista.

Cuando terminé de rodar, quedé tirada de lado en el suelo helado, y unos pasos se apresuraron hacia mí.

Al segundo siguiente, Enzo me alzó en brazos. Sus ojos se clavaron en mi abdomen plano, y los labios le temblaron.

—¿Dónde está el niño? —le salió la voz ronca, rota. Sophia… ¿dónde está nuestro hijo? —exigió, y por fin el pánico se le quebró por encima.

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El Castigo del Don

Capítulo 1
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