Capítulo 1

Sufrí un aborto espontáneo cuando protegí a mi compañero Bruno, Alfa de la Manada Tormenta, del ataque de un lobo solitario. Pero, accidentalmente, escuché a Bruno hablando con nuestro sanador de la manada:

—Cuando cures a Luna, aprovecha para sacarle la matriz. Que no pueda tener más hijos nunca.

Entonces una loba llevó a un niño de tres años al cuarto y Bruno alzó al pequeño con orgullo, diciéndole al sanador:

—Prepárale el mejor entrenamiento y comida a mi hijo. Quiero que sea fuerte para que pueda heredar la Manada Tormenta.

Reconocí a la mujer: Carmen, una Omega que se había unido a nuestra manada cuatro años atrás. El niño tenía los ojos de Bruno y la sonrisa de ella. Sin dudas, era su hijo.

Escuché mientras Bruno le seguía diciendo al sanador con firmeza:

—Y usa la mejor medicina que tenemos, la Flor de Luna, para curar a Luna. Que se recupere bien. No importa lo que cueste, yo pago todo.

El sanador miró a Bruno sorprendido. Solo había una hierba Flor de Luna en toda la manada, por lo que costaría por lo menos diez millones de dólares.

Mi corazón se estremeció. Nunca pensé que el hombre que decía amarme más que a su propia vida me traicionaría así.

Pero, cuando rompí nuestro vínculo de compañeros para dejarles el camino libre a su historia de amor, el Alfa se volvió loco.

Mi compañero me había estado engañando en secreto con otra loba y tenía un cachorro ilegítimo de tres años.

Después de que sufrí un aborto espontáneo por protegerlo, el Alfa que me apreciaba como una gema preciosa había ordenado que me extirparan el útero. Sin embargo, él sabía que tener nuestros propios cachorros era lo que más deseaba en este mundo.

Mientras me daba la vuelta y caminaba por el pasillo, pasando por otras salas, la pantalla de televisión seguía mostrando la escena donde Bruno me propuso matrimonio.

—El Alfa es tan bueno con la Luna Ámbar —dijo con envidia una loba en la sala—. Oí que la Luna estaba herida y perdiendo mucha sangre, y el Alfa le dio la mitad de su sangre en una transfusión, aun poniendo en riesgo su propia vida.

—Sí, nunca he visto un Alfa tan amoroso —asintió otra loba—. Y además se gastó diez millones de dólares para comprar la hierba Flor de Luna para que Ámbar se recuperara más rápido.

Antes, esas palabras me habrían hecho sentir como la loba más afortunada del mundo, pero ahora me daban náuseas.

Justo entonces, Bruno salió del consultorio del sanador y sus ojos se iluminaron al verme.

Se dio cuenta de que estaba descalza en mi delgada bata de hospital. Sus ojos se llenaron de preocupación mientras me alzaba en sus brazos.

—Todavía te estás recuperando de heridas graves, Ámbar. ¿Qué estás haciendo caminando descalza? ¿Y si te enfermas?

Me llevó de vuelta a la habitación y me puso calcetines tibios, tal como había hecho incontables veces antes.

Recordé que había sido así durante nuestros cinco años de matrimonio: cómo me cepillaba el cabello todas las noches antes de dormir, cómo preparaba mi té favorito de bayas lunares en las noches de luna llena para aliviar mis dolores de transformación, cómo me cargaba para cruzar charcos en los días lluviosos para que mis pies no se mojaran.

Pero el gesto tierno que antes hacía que mi corazón se acelerara ahora me dejó fría.

Aparté suavemente sus manos.

—Ya me siento mejor.

Él suspiró con alivio, pero pude ver que la preocupación seguía en sus ojos.

¿Cómo podía alguien ser tan considerado y cariñoso conmigo mientras planeaba destruir mi oportunidad de volver a tener hijos? Más importante aún, ¿cómo podía mirarme con ojos tan amorosos cuando tenía un hijo secreto con otra mujer?

Después de regresar a la habitación, Bruno hizo una llamada al sanador de la manada.

—El doctor Natán va a venir pronto para prepararte para la cirugía —dijo Bruno con voz suave—. Dice que tenemos que cuidar bien tus heridas.

Se me heló la sangre. ¿Cirugía? La conversación que había escuchado antes pasó por mi mente como un rayo: Bruno instruyendo al sanador para que me extirpara el útero durante el procedimiento.

—No —dije firmemente—. No necesito cirugía. Ya me siento mucho mejor.

En el pasado, Bruno nunca había rechazado ninguna de mis peticiones, pero esta vez insistió de manera inusual:

—Lobita, el doctor Natán dice que tuviste un aborto y te lastimaste muy mal por dentro con el ataque de esos lobos. Si no te hacemos esta cirugía, te puedes quedar con problemas para siempre.

—Dije que no. —Me incorporé de la cama, haciendo una mueca por el dolor en mi abdomen—. Quiero irme. Ahora.

Bruno me miró fijamente por un largo momento, con la mandíbula apretada. Se pasó una mano por el cabello con frustración.

—Está bien —finalmente cedió—. Pero voy a llamar al doctor Natán para que te examine en casa mañana a primera hora.

El alivio me invadió mientras Bruno me ayudaba a levantarme y me sujetaba, en tanto caminábamos fuera del cuarto de tratamiento.

Apenas habíamos llegado al área de estacionamiento cuando un dolor agudo me atravesó el cuello. Levanté la mano y sentí un pequeño dardo.

—¿Bruno? —Me volví hacia él confundida.

Lo último que vi fue su expresión de dolor mientras me atrapaba antes de que cayera al suelo.

—Lo siento, amor. Es por tu propio bien.

La oscuridad me envolvió.

Cuando desperté de nuevo, la luz del sol se filtraba por las ventanas de nuestro dormitorio. Por un momento, todo se sintió normal, hasta que el dolor sordo en mi abdomen hizo que la realidad regresara de golpe.

Aparté las cobijas y levanté mi camisón para encontrar una cicatriz quirúrgica fresca atravesando mi vientre bajo.

No. ¡No, no, no!

La puerta se abrió y Bruno entró cargando una bandeja de comida.

—Ya despertaste —dijo suavemente, dejando la bandeja y corriendo a mi lado—. ¿Cómo te sientes?

—¿Qué me hiciste? —susurré, con lágrimas corriendo por mi rostro.

Bruno se sentó a mi lado, con expresión grave.

—Te desmayaste en el estacionamiento. Natán dijo que tu hemorragia interna había empeorado. La pared interna de tu útero estaba severamente dañada tanto por el ataque como por el aborto. No tuvimos opción, Ámbar. Si no lo hubiéramos extirpado, podrías haber muerto.

Alcanzó algo en la mesa de noche: reportes médicos con diagramas que mostraban daño extenso en mi sistema reproductivo. Todo se veía muy oficial, muy convincente.

—No podía perderte —continuó Bruno, tomando mi mano—. Sé cuánto querías cachorros, pero tu vida lo es todo para mí. Ahora descansa —añadió, besándome la frente—. Si queremos hijos, siempre podemos adoptar un cachorro de otra manada.

Capítulo 2

Abrí la boca para hablar, pero la puerta se abrió de golpe y entró Carmen, llevando de la mano a un niño pequeño de unos tres años.

—Alfa, como pediste, encontré un huérfano apropiado de la Manada del Risco Norte —anunció.

Carmen era una Omega recién integrada a la Manada de la Tormenta. Era hermosa, con una figura perfecta y una personalidad cautivadora. Durante las reuniones de la manada, siempre lograba captar la atención de todos con sus historias.

El niño detrás de ella tenía cabello oscuro y ojos brillantes. Se veía saludable y fuerte: material perfecto para la futura manada.

La expresión de Bruno cambió cuando vio a Carmen. La saludó con un asentimiento frío antes de volverse hacia mí con ojos tiernos.

—Lobita —dijo suavemente—, este es el cachorro del que te hablé. Como no podemos tener nuestros propios hijos ahora, busqué en las manadas vecinas un huérfano que pudiéramos adoptar.

Le hizo señas al niño. —Ven acá, pequeño. Saluda a tu nueva mamá.

El niño se veía confundido. En lugar de acercarse a mí, abrazó fuertemente las piernas de Carmen.

—Mami —gimoteó, mirándola con los ojos de Bruno—, ¿por qué papá me pide que llame mamá a otra persona?

El cuarto quedó en un silencio mortal.

Bruno palideció y carraspeó.

—Está... está confundido. Lo he estado visitando en el orfanato por semanas. Empezó a decirme papá porque lo he estado cuidando.

—Los niños se apegan fácil —asintió Carmen rápidamente—. Yo también lo he estado cuidando.

Las mentiras eran tan obvias que casi me daba risa. No aguantaba más aquella actuación.

—Estoy cansada —dije con voz plana, dándoles la espalda—. Necesito descansar.

Bruno asintió, con evidente alivio en sus ojos.

—Por supuesto, amor. Necesitas recuperar fuerzas.

Le hizo una seña a uno de los miembros de la manada que hacía guardia afuera.

—Lleva al niño a las habitaciones de huéspedes.

El guardia se llevó al niño confundido, pero Carmen se quedó, dando vueltas cerca de la puerta.

Me acosté dándoles la espalda, fingiendo quedarme dormida.

Detrás de mí, pude escuchar a Carmen acercándose a Bruno. Su aroma, frutos silvestres y algo distintivamente felino, se hizo más fuerte.

—Ella no sospecha nada —susurró Carmen, con voz juguetona.

—¿Estás loca? —le respondió Bruno entre dientes—. Eso fue d imprudente. ¿En qué pensabas cuando lo trajiste?

—Relájate —se burló Carmen, y pude escuchar el susurro de su ropa mientras se acercaba a él—. Ella no tiene ni idea. Además, le eché hierbas para dormir en el agua. Va a quedarse dormida en cualquier momento.

Carmen rozaba deliberadamente su pierna contra la de Bruno en un gesto sutil e íntimo.

Bruno no la rechazó. Dejó que siguiera hasta que se volvió más atrevida, entonces le agarró el muslo para detenerla. Pero Carmen no se desanimó. Se movió detrás de Bruno y lo abrazó, acurrucándose contra él como una loba satisfecha después de una cacería exitosa.

Bruno instintivamente volteó hacia donde yo estaba para confirmar que las hierbas para dormir hubieran hecho efecto.

Al ver mis ojos cerrados y mi respiración constante, inmediatamente se volvió más atrevido. Giró para presionar a Carmen contra la mesa cercana, le agarró la garganta con firmeza mientras sus labios se estrellaban contra los de ella.

Se separó rápidamente, con una mirada fría que le advertía que se comportara. Pero Carmen no mostró miedo. Se envolvió alrededor de él otra vez y lo empujó hacia mi cama, a solo centímetros de donde yo yacía.

No se daban cuenta de que, aunque mi cuerpo no podía moverse, mi mente permanecía perfectamente alerta.

Bruno cambió sus posiciones, inmovilizando a Carmen debajo de él.

—¿Te volviste loco? —gruñó—. Te he advertido que te comportes cerca de Ámbar. Ella es mi única Luna.

Carmen sonrió seductoramente, exponiendo deliberadamente su cuello hacia él a modo de invitación.

—¿No quieres ver cómo se siente? —susurró—. Hacerlo conmigo aquí, en su cama. ¿Te excito más que ella?

Bruno se rio fríamente, con desdén.

—No eres nada comparada con ella.

Pero sus ojos se oscurecieron mientras se fijaban en la piel expuesta de Carmen, su cuerpo traicionando sus palabras.

Carmen se presionó contra él.

—Has estado tan ocupado con ella estos días. Tu hijo y yo te hemos echado de menos.

Bruno finalmente perdió el control. Sus manos exploraron bruscamente el cuerpo de Carmen mientras separaba sus piernas. Los jadeos entrecortados de Carmen llenaron el cuarto.

Mi corazón se desgarró violentamente y el dolor fue insoportable.

El hombre que juró amarme solo a mí para siempre, ahora estaba con otra mujer en mi propia cama, creyendo que yo dormía a su lado.

Capítulo 3

Cuando las hierbas sedantes perdieron efecto y desperté por completo, Bruno ya no estaba. En su lugar, Carmen se encontraba parada al pie de mi cama, con el rostro ensombrecido por el resentimiento.

No había ni una pizca de respeto en su expresión mientras me miraba desde arriba con desprecio.

—Viste todo lo que pasó antes, ¿verdad? —se burló—. Bruno me ama a mí, no a ti. Ya tenemos un hijo de tres años juntos. Le prometió a nuestro niño que sería su heredero.

Cerré los puños, temblando mientras le preguntaba:

—¿Cuánto tiempo llevan juntos ustedes dos?

Carmen levantó cuatro dedos, su cara radiante de arrogante triunfo.

—Cuatro años —presumió—. Me conoció en una reunión de la manada hace cuatro años y se enamoró de mí al instante. La primera noche, no se cansaba de mí. Después se sintió culpable por traicionarte —continuó—, por eso puso todos sus bienes a tu nombre. Esas cosas eran para mí y para nuestro hijo. Te quedaste con los que nos pertenecía.

Me mordí el labio, conteniendo el impulso de atacarla.

Al ver mi contención, Carmen se volvió aún más audaz.

—¿De verdad crees que te ama? —se mofó—. Todas las noches después de que te duermes, viene conmigo. Incluso cuando estaba embarazada, no me dejaba tranquila. Y ahora te cuento la verdad: ese día del ataque de los lobos renegados, él no andaba patrullando la frontera como te dijo. Fue al territorio renegado a rescatarnos a mí y a nuestro hijo. —Esbozó una sonrisa arrogante—. Cuando te capturaron esos renegados, él nos estaba llevando de vuelta a casa. Mientras te golpeaban y perdiste a tu bebé, Bruno estaba conmigo en la cama. Ahora no puede vivir sin mí. Si fueras lista, romperías el vínculo de pareja de una vez.

Sus palabras despertaron los recuerdos de aquel día terrible. Me habían dicho que Bruno había sido capturado por lobos renegados mientras patrullaba la frontera.

Sin dudarlo, corrí hacia allí para protegerlo, pero, cuando llegué, no lo encontré por ningún lado. En cambio, una manada de renegados me rodeó y me hirió gravemente, causando que perdiera a mi bebé y casi muriera.

Mi forma de lobo había entrado en hibernación curativa por las heridas. Desesperada, llamé a Bruno una y otra vez, marcando su teléfono más de una docena de veces sin obtener respuesta, hasta que finalmente se apagó por completo.

Al día siguiente, cuando regresó, se arrodilló junto a mi cama, diciendo que había estado en una negociación de la manada y que se odiaba por no haber estado ahí cuando lo necesité. Incluso, se abofeteó repetidamente como castigo por su falla.

Pero la verdad era que mientras yo agonizaba, casi muriendo, él se estaba divirtiendo con otra mujer.

La última pizca de esperanza se desvaneció en ese momento y mi corazón se convirtió en cenizas.

Al ver mi expresión derrotada, Carmen se puso aún más arrogante. Colocó las manos en las caderas y anunció:

—Mañana es el tercer cumpleaños de mi hijo. Bruno está organizando una gran fiesta para declarar a mi niño como el heredero de la manada. —Se acercó más, bajando la voz a un susurro venenoso—: También me reconocerá como la nueva hembra de rango para tomar tu lugar.

Sus ojos brillaron con crueldad mientras se enderezaba.

—¡Espero verte en la fiesta!

Con eso, salió de la habitación con la barbilla en alto, cada paso irradiando triunfo.

Mientras observaba su partida triunfal, dolores punzantes me apuñalaron el pecho. Al momento siguiente, todo se volvió negro mientras colapsaba.

Cuando desperté, ya era la mañana siguiente.

Lo primero que vi fue a Bruno sentado a mi lado, con los ojos hinchados e inyectados en sangre. Su cabello, usualmente impecable, estaba despeinado, como si hubiera estado pasándose las manos por él toda la noche.

Inmediatamente, me atrajo hacia sus brazos, con su voz quebrándose mientras hablaba:

—Ámbar, por fin despiertas —sollozó, enterrando su cara en mi cabello—. Tu corazón se detuvo dos veces durante la noche. Pensé que te iba a perder.

La imagen de él con Carmen pasó por mi mente, haciéndome sentir enferma, así que lo aparté.

—Estoy bien.

Bruno se congeló, con sus brazos aún extendidos. Un destello de dolor cruzó su cara, seguido de confusión.

—¿Qué pasa? ¿Te duele algo? ¿Llamo a Natán?

Lo miré fijamente, buscando culpa en esos ojos ámbar en los que una vez había confiado completamente. Pero al ver sus lágrimas, le hice la pregunta que no podía callar:

—¿Recuerdas lo que te dije antes de nuestra ceremonia de apareamiento?

Antes de que fuéramos pareja, le había dicho que, si alguna vez se enamoraba de otra persona, debería decírmelo directamente. Yo me haría a un lado por la otra mujer. Pero que, si alguna vez me engañaba, desaparecería de su vida para siempre.

Un destello de pánico cruzó los ojos de Bruno, pero rápidamente se recompuso.

—Solo te amaré a ti en esta vida —declaró firmemente—. Pero ¿por qué preguntas eso? —presionó, estudiando mi rostro—. ¿Alguien te ha llenado la cabeza de mentiras?

Retiré mi mano.

—Solo estoy cansada.

Bruno me miró fijamente por un largo momento antes de levantarse de manera abrupta.

—Vístete. Tengo algo que mostrarte.

Aunque débil, le permití que me ayudara a levantarme. Envolvió una manta gruesa alrededor de mis hombros y me guio por los pasillos del centro de sanación.

Al salir a los terrenos, la vista me dejó sin aliento: un elegante avión privado resplandecía bajo el sol matutino.

Bruno me miró con afecto brillando en sus ojos.

—Siempre has dicho que querías viajar por el mundo, pero yo siempre andaba muy ocupado con los asuntos de la manada. Ya está todo listo. —Bruno me apretó la cintura con su brazo—. En un mes, cuando ya estés bien, dejaré que el consejo se haga cargo de la manada. Por tres meses, iremos a donde quieras. Solo tú y yo. Sin asuntos de la manada. Sin interrupciones. Solo nosotros, arreglando lo nuestro —me susurró al oído.

Para entonces, lobos de toda la manada se habían reunido, atraídos por la conmoción y la vista de su Alfa y su pareja.

—El Alfa Bruno realmente ama a la Luna Ámbar. —susurró alguien con asombro.

—Qué lindo detalle —murmuró otro—. Nunca he visto a un hombre que quiera tanto a su mujer.

Por el rabillo del ojo, divisé a Carmen abriéndose paso entre la multitud. Una vez llegó junto a nosotros, sonrió con serenidad.

—Sí, el Alfa ama más a la Luna —dijo lo suficientemente alto para que todos escucharan—. Luna, no te preocupes. El Alfa solo tiene ojos para ti.

El Alfa se Arrepiente Después de Quitarme el Útero

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