Capítulo 2
Un escalofrío me recorrió de pronto y se me puso la piel de gallina. Sentí que se me detuvo el corazón. Aun así, le recordé con voz suave que tuviera cuidado al manejar. Me quedé ahí acostada, en silencio, viendo cómo terminaba de vestirse y salía de la casa.
Solo cuando se cerró la puerta me levanté; apoyé mi pesada panza y bajé despacio las escaleras para pedir un taxi.
—Al Distrito de Silvercrest, por favor —le dije al conductor.
El taxista aceleró. En cuanto llegamos, vi el auto de mi compañero. Le pedí al chofer que se detuviera detrás de una fila de árboles. Por la ventana, vi a Lena correr hacia él como una mariposa de alas brillantes. Él la atrapó con facilidad. Por instinto, puso una mano sobre el vientre plano de ella. Se veía que la regañaba con ternura, pero todo era por el cachorro que ella esperaba. Incluso levantó la mano y le dio un toquecito en la nariz.
Puse una mano sobre mi vientre tenso y saqué mi celular para grabar. En la pantalla, él se movía con la precisión natural de un Alfa: la ayudó a subir al asiento del pasajero, le acomodó la postura y él mismo le abrochó el cinturón de seguridad. Cuidadoso. Atento. Protector.
Esa clase de atenciones que antes eran mías. Un leve rastro de su presencia de lobo flotaba en el aire, tranquila y dominante, envolviéndola a ella como si fuera un escudo.
Me ardían los ojos.
—Siga a ese auto —dije en voz baja.
Mientras subíamos al paso elevado, las luces de la ciudad se borraron hasta convertirse en largas líneas de colores. En algún punto, bajo todo ese ruido, el territorio de la manada empezó a cambiar; el acero le dio paso a la piedra y las marcas de aroma reemplazaron a las señales de tránsito.
Clavé las uñas en la ventana una y otra vez hasta que se me abrió la piel. El dolor agudo me hizo reaccionar; me llevé el dedo sangrante a los labios y lo mordí.
Bajo las luces cambiantes, me repetí a mí misma:
“Resiste, Sybil. Resiste y el dolor se va a calmar”.
El auto se detuvo frente al centro de curación de la manada. Mientras pagaba la cuenta del banco, el conductor, que no había dicho nada en todo el camino, por fin se dio vuelta para mirarme.
—Señorita —dijo despacio, midiendo sus palabras—, llevo treinta años manejando por los rumbos de la manada. Sé muy bien qué significa que una loba siga a su compañero hasta aquí.
Hizo una pausa.
—No vale la pena hacerse tanto daño por un infiel —añadió sin rodeos—. Y pase lo que pase entre lobos —Miró mi panza—, el cachorro es lo primero.
Yo no le había contado a nadie sobre la traición de mi compañero. Sin embargo, la verdad era obvia hasta para un extraño. Como un veneno, ya me había carcomido por dentro, una y otra vez. Sus palabras fueron como un respiro después de sentir que me ahogaba. Cerré la puerta con cuidado y sonreí.
—Estoy bien —aseguré—. Ya nadie me puede hacer daño. Porque voy a poner la basura en su lugar.
Me escondí detrás de un pilar de piedra. Vi al Alfa que me había acompañado a cada una de mis citas prenatales, sin faltar a ninguna y sin mostrar fastidio jamás, avanzar rápido ahora por los pasillos del centro de curación.
Lo observé moverse por el lugar: haciendo el registro, recogiendo medicinas y protegiendo a Lena con su cuerpo cuando otros lobos pasaban cerca. Era la misma atención. Los mismos pasos cuidadosos y expertos. Solo que ya no eran para mí.
En ese instante, la imagen del compañero perfecto terminó de romperse y entendí algo mucho peor que el abandono. No es que hubiera dejado de amar. Tomó el amor que me tenía y lo puso con cuidado en las manos de otra hembra.
En el pasillo lleno, acercó a Lena hacia él; mantenía la palma de la mano sobre el estómago de ella para protegerla, mientras su presencia de Alfa se extendía a su alrededor de forma inconsciente. Su voz era baja, controlada, enfocada totalmente en el cachorro.
—El sanador dijo que tienes que comer ligero hoy. Camina más. Tu digestión va a estar muy sensible en esta etapa. Vas a seguir las instrucciones, ¿entiendes?
Cada una de esas palabras alguna vez fueron para mí.
—Sí, sí, ya sé. —Se rio ella, moviéndose con aire juguetón—. De todas formas es tu culpa. Trajiste mucha carne asada del mercado del este.
El tono de él se suavizó, aunque su mirada seguía siendo firme.
—Me equivoqué —dijo con calma—. Pensé que tendrías más hambre. La próxima vez tomaré en cuenta al cachorro.
Sonrió, satisfecha. Parecían una pareja formal. Discutiendo. Cercanos. Unidos. Y yo no era más que una observadora silenciosa bajo las luces pálidas del lugar.
Me sostuve el vientre y salí despacio. Había empezado a llover. El viento de otoño perseguía la lluvia, como si quisiera quitarle todo el calor al mundo. A través de la neblina, vi que él se quitaba el saco para cubrir a Lena y la ayudaba a subir al asiento del pasajero. Antes de que el auto arrancara, ella bajó la ventana.
Sus ojos se clavaron en los míos y me dijeron: “Perdiste”.
Sonreí y negué con la cabeza.
“No pasa nada, Sybil. Solo es un lobo”.
Mientras el auto daba la vuelta en la esquina, incluso levanté la mano y me despedí.
“Ya no lo quiero. Quédatelo”.
Parada bajo el pórtico de piedra del centro de curación, con la luz de la luna apenas tocando mis pies, le mandé con toda la calma del mundo cada prueba a mi jefe. Él era un abogado de divorcios muy reconocido, especialista en disoluciones del vínculo autorizadas por el Consejo de Lobos. Y por primera vez desde que empezó la traición, me sentí firme.
Cuando mi compañero y yo completamos nuestro vínculo, él firmó un pacto por escrito. No era una promesa romántica, sino un documento legal. Había sido registrado, sellado y presenciado por el mismo Consejo de Lobos.
La cláusula era clara: si un Alfa rompía el vínculo por una traición emocional o física, la Luna conservaba el derecho sobre sus bienes, territorios e ingresos de la manada.
En aquel entonces me dio risa; nunca me importó el poder ni las propiedades. Creía que el amor valía más que las tierras, más que las piedras lunares o que los títulos grabados en piedra. E incluso ahora, si se tratara solo de mí, me iría sin nada. Porque ninguna riqueza podría reemplazar lo que perdí.
Pero ya no estoy sola. Puse la mano sobre mi panza al sentir que mi cachorro se movía: vivo, confiado, sin saber nada del mundo que lo esperaba afuera. Este cachorro nacerá en una manada que no supo proteger a su Luna. Así que yo misma lo protegeré.
No quiero venganza. No busco arrastrar a mi compañero ante la manada ni exhibirlo para que se avergüence. No me interesa verlo caer. Esto no es por odio.
Se trata de asegurar su bienestar. De asegurar territorio, recursos y seguridad para que mi cachorro nunca tenga que rogar por nada. Para que nunca tenga que agachar la cabeza ni preguntarse si es importante.
Seguiré la ley de los lobos. Entregaré la disolución del vínculo ante el tribunal de la manada y el Consejo de Lobos. No como una loba despechada, sino como una madre. Y solo por esa razón, voy a tomar todo lo que le corresponde a mi cachorro.
Capítulo 3
Para cuando terminé de hacer todo, la lluvia ya había empapado el dobladillo de mi vestido. Al bajar el celular, este comenzó a sonar; era mi mamá.
—Te preparé unas hierbas medicinales y algunas cosas para el recién nacido, y fui a dejártelas —dijo con su voz suave y familiar—. La casa estaba vacía, ¿en dónde están Gavin y tú?
Hubo un silencio y luego dejó escapar un suspiro tranquilo.
—Te falta tan poco para dar a luz. No deberías estar en la calle tan tarde, y menos con esta lluvia. Estás en pleno periodo de anidación. Tu cuerpo necesita calma, no estar de un lado para otro.
Su preocupación era dulce y práctica, de esas que nacen del instinto de la manada y no del pánico. Eso fue lo que terminó por romperme. El sonido de su voz atravesó las barreras que yo misma había levantado para no derrumbarme.
El dolor en mi interior creció, de forma repentina e incontrolable, como si algo vivo intentara desgarrarme el pecho desde adentro. Apreté los labios, obligando a esa emoción a quedarse guardada. Resistirme me dolía tanto que las manos me empezaron a temblar.
—Estoy bien, mamá —dije con un tono ligero, demasiado fingido—. Solo salimos a cenar. Estoy teniendo cuidado, Gavin está conmigo.
La mentira me supo amarga en cuanto salió de mi boca. Sabía que si decía algo más, la voz me iba a traicionar.
—Está lloviendo —añadí rápido—. Maneja despacio, por favor. Avísame cuando llegues a casa.
Corté la llamada antes de que pudiera decir otra cosa. Me quedé ahí un largo rato, respirando apenas, mientras la lluvia me resbalaba por el cabello y los hombros. No solo tenía el corazón destrozado. Estaba atrapada entre dos realidades: el compañero que me había traicionado y la madre que seguía creyendo que yo estaba protegida. Ese contraste dolía más que cualquier otra cosa.
Terminé la llamada a toda prisa y respiré. Intenté mantenerme entera, pero al final, terminé llorando ahí mismo, bajo la lluvia. Me quedé sola en la concurrida plaza del centro de curación, sosteniendo mi panza que se sentía pesada y me tiraba hacia abajo mientras lloraba hasta sentir que se me habían acabado todas las lágrimas que me quedaban por llorar.
Gavin no llegó a la casa esa noche. Solo recibí un mensaje.
“Voy a trabajar hasta tarde hoy. Me voy a quedar en la oficina”.
“Está empezando a refrescar, no te duermas con las ventanas abiertas”.
“Siempre tuyo. Tu esposo”.
Me quedé mirando la pantalla mucho tiempo. Sentí una presión que aumentaba poco a poco, como si algo invisible me estuviera apretando el corazón con fuerza. Me seguía mintiendo, y lo hacía con mucha facilidad, con mucho cuidado. Me pregunté cuánto tiempo llevaría esto, cuántas noches, cuántas excusas, cuántos mensajes exactamente iguales a este me habría enviado.
Me puse la mano en el vientre, respirando despacio, con miedo de que, si lo hacía muy fuerte, algo dentro de mí terminara de romperse. Hubo un tiempo en el que yo habría leído esas palabras con una sonrisa. Hubo un tiempo en el que le habría creído cada letra. Solía pensar que era la loba más afortunada del mundo; no porque fuera especial, sino porque me habían elegido.
Nací sin lobo. Sin sentidos agudizados. Sin un vínculo instintivo. Sin ese momento en el que la Diosa de la Luna te susurra el nombre de tu destino en el alma. En nuestro mundo, eso era lo único que importaba. Siempre creí que valía menos que los demás.
Fue Gavin quien se negó a aceptar esa realidad. Me buscó sin descanso, sin ninguna vergüenza. Me dijo que la primera vez que me vio, algo dentro de él me reconoció.
—No necesito que la Luna me lo diga —me aseguró—. Si el destino existe, entonces tú eres mía.
Decía que yo era su compañera destinada, aunque el resto del mundo no estuviera de acuerdo. Y yo le creí. Creí que el amor podía elegirse, que la devoción era capaz de vencer a los linajes y a los instintos. Ahora, esas palabras se repetían en mi mente como si fueran una broma de mal gusto.
No le contesté el mensaje. No porque no sintiera nada, sino porque era demasiado. Demasiada pena. Demasiada incredulidad. Demasiado amor que ya no tenía a dónde ir. Lo que más me dolía no era que tuviera a otra, sino que seguía fingiendo que era mío.
Poco después, mi asesor me envió el borrador del acuerdo de disolución del vínculo. Lo imprimí y puse mi firma. Mientras empacaba mis cosas para regresarme a vivir con mi mamá, me llamaron de un número desconocido. Era Lena.
Nos vimos en una pequeña sala de estar a las afueras del distrito de la manada, un lugar popular entre los lobos por la tenue luz de sus lámparas lunares y su aire que siempre olía un poco a hierbas y vino. Ya estaba ahí cuando llegué.
Lena estaba sentada con la espalda recta y los hombros relajados, como si el mundo se acomodara a su paso. Junto a su silla había una bolsa de suministros del mercado de la manada: suplementos de carne fresca, frascos de nutrientes y cosas para lobas embarazadas.
No hizo ningún esfuerzo por esconderlo. Apenas tenía tres meses de embarazo y se veía radiante. Sus botas eran de cuero suave, hechas para estar por el territorio más que para estar cómoda, y su postura contagiaba confianza; se veía joven, fértil y victoriosa. Tenía una mano descansando con pereza cerca de su vientre plano, acariciándolo de vez en cuando, como si quisiera recordarle a todos lo que llevaba dentro.
Cuando levantó la mirada hacia mí, sus labios se curvaron, pero no fue una sonrisa, sino más afilado. Reflejaba satisfacción, de esa que sientes cuando sabes que te llevaste algo valioso y crees que ya ganaste.
—No pensé que fueras a venir —dijo—. Nunca contestaste mis mensajes.
Sonreí apenas.
—¿Por qué no vendría? Yo no soy la que está haciendo algo vergonzoso. Soy la compañera de Gavin. Todo lo que tiene que ver conmigo puede estar a la luz del día. Hay algunos que, por más que finjan, solo pueden quedarse en las sombras.
Le cambió la cara.
—Tú...
No esperé a que terminara.
—Vine a decirte una sola cosa. —La miré con calma—. Ya es tuyo.
Eso fue todo. Dejé dinero bajo la taza de café y me levanté despacio, apoyando una mano en mi panza para sostenerme.
—¿Qué quieres decir con eso? —me gritó ella, agarrándome de la muñeca.
—Significa —le dije en voz baja— que ya no lo quiero. Tú lo quieres, quédatelo.
Sus ojos se encendieron de coraje.
—¡Deja de fingir que eres mejor que yo! —Siseó—. ¿En serio crees que rendirte te hace noble? No te engañes. Solo porque llevas a su cachorro no creas que vas a poder mantener el puesto de Luna. Él no te ama. Si te amara, ¿estaría conmigo?
No dije nada. Me solté de su mano con suavidad y me di la vuelta para irme. Fue entonces cuando su control se terminó de romper.
—¡Cobarde! —gritó—. ¡Eres una vergüenza!
Me dio un empujón fuerte. La fuerza hizo que tropezara hacia atrás. Al caer al suelo, un dolor punzante me atravesó el vientre; era fuerte, violento e insoportable. Mi cuerpo se tensó. Sentí un calor que me recorría las piernas. Era demasiado. Sentí miedo y grité.
—Por favor... que alguien me ayude. Salven a mi cachorro.