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Dí que eres mía
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Dí que eres mía

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En la novela de romance "Dí que eres mía", Mila libera su espíritu aventurero en un hotel de lujo. Una decisión imprudente desata sucesos inevitables que transforman su realidad en una emocionante historia de aventuras. Descubre el poder del destino en este relato para leer online.
Capítulo 1 de Dí que eres mía

Mila Becker estaba segura de que su familia era grande e impactante para todo aquel que no estuviera acostumbrado a las multitudes. Era común que todas las personas que los conocían por primera vez se sorprendieran al conocer la magnitud de personas que formaban parte de ese cúmulo familiar que no era extraño para ella. Habían crecido juntos y resultaban ser bastante intimidante, pero también podía ser un apoyo incalculable. Era de esa forma que ella prefería verlo, porque de lo contrario nunca regresaría a su casa porque en ocasiones las razones no eran suficientes.

Era fin de semana, por lo que aunque cualquier otra persona estaría haciendo planes para salir con amigos, mientras que ese sábado ella tenía que asistir una fiesta de cumpleaños para una de sus primas, era una de sus favoritas por lo que no consideró escapar. Se levantó de la cama, el lugar donde había pasado todo el día descansando y se metió a la ducha sin pensarlo demasiado, usó el champú en su pelo con fuerza para luego salir del cubículo que se había llenado de vapor con el agua caliente. En un suspiro se vistió con algo sencillo, se colocó algo de maquillaje y tomando su bolso salió del departamento.

-¿Noche de chicas?- Le preguntó una voz masculina mientras caminaba por el pasillo al ascensor.

-Como si fuera a decirte a donde voy, Nate- replicó ella con fastidio -cometí ese error una vez, no se repetirá.

-Oh, vamos Mila- siguió el con una risa falsa -sabes que estaba borracho ese día.

-Incluso aunque estuvieras borracho- dijo ella luego de presionar el botón del ascensor -tú y yo es algo que se da una vez en la vida, un error común. No va a volver a pasar, deberías entenderlo y dejarlo ir. No seas un acosador.

-No soy un acosador- negó él por enésima vez -me dijiste a donde ibas esa noche y yo me lo tomé como una invitación, es todo. Además, aceptaste los tragos que te invité así como muchas otras cosas que sucedieron entre nosotros, que fueron consensuadas.

-Y desde ese día no dejas de molestar- afirmó ella subiendo al ascensor por fin -no creo que sea una coincidencia que cada vez que abro la puerta de mi departamento estés aquí. Eres un acosador, tienes suerte de que no llame a la policía.

Las puertas metálicas por fin se cerraron y ella suspiró, su vecino era una espina es su costado desde esa primera noche en la que habían hablado. Ella había sido inocente al comentarle lo que haría creyendo que se trataba de una conversación común, esa idea se había terminado en el momento en que su mirada se había conectado con la de él unas horas más tarde en el bar donde acostumbraba a tomar con sus amigas. Se había dejado llevar por sus palabras pensando que era un encuentro inocente hasta que comprendió que él la había seguido.

Luego de eso nunca más le había hablado de sus planes, incluso aunque él insistía, tenía suerte de que lo considerara inofensivo porque de lo contrario habría llamado a la policía hace mucho tiempo, todavía le daba algo de miedo lo que había sucedido entre ellos. Bajó hasta el estacionamiento y se subió a su auto, condujo por las calles mirando la actividad de la noche hasta que se detuvo frente a la casa de sus padres. Muchos de los autos allí los reconocía como familiares, ella tomó aire unos minutos antes de bajarse. Amaba a su familia, pero muchas veces podían ser demasiado.

Se dirigió entonces a la entrada de la casa, que por ser una de las más grandes en la familia, era donde se hacían las reuniones. No entendía como su madre siempre estaba dispuesta a recibir a un montón de personas en su hogar, pero la hacía feliz por lo que no decía una sola palabra. Entró en el lugar que había sido su hogar por muchos años y comenzó el recorrido de saludos que normalmente era demasiado largo para terminar.

-Mi cielo, ya llegaste- dijo su madre con una sonrisa al entrar en la cocina -¿crees que puedas ayudarnos un rato?

Ella saludó a sus tías allí y luego asintió. Era común que le pidieran ayuda al llegar, no todo el mundo ayudaba a hacer las cosas.

-Toma esto y repártelo- dijo una de sus tías entregándole una bandeja con galletas y salsas.

Sin decir una palabra ella solo sonrió y salió a la parte de atrás de la casa. Allí había mesas, bebidas, entre muchas otras cosas junto a los invitados. Aprovechó de saludar mientras repartía las cosas que llevaba hasta que llegó al lugar donde la cumpleañera se sentaba.

-Feliz cumpleaños, Lula- ofreció ella con una sonrisa usando el sobrenombre de su prima.

-Gracias, Mili- dijo su prima devolviendo la sonrisa -cuando termines allí, escápate un rato y quédate aquí.

-Lo haré- afirmó Mila, riendo.

Dio todo el recorrido necesario entregando las galletas mientras saludaba hasta que regresó a la cocina con la bandeja casi vacía. No dijo nada mientras intentaba pasar desapercibida en el mar de tías que había allí reunido, se dio media vuelta hasta que salió por la puerta con éxito. Tomó algo de beber antes de caminar al lugar donde estaban sus primas. Lula fue la primera a la que vio, pero también estaban Ale, Gabi, Mary y Ari, todas nombradas por sus diminutivos.

-El escape fue todo un éxito- anunció ella con una sonrisa.

-Bienvenida- soltó Lula con una sonrisa.

Ella se sentó en el círculo familiar y dejó que la charla sencilla se la llevara como la marea, a veces era mejor que pelear. Seguía la corriente hasta que nadie la miraba demasiado, sabía que de todas sus primas ella era la más aburrida, o esa pensaban, su vida se basaba en su trabajo y no había mucho más que eso.

-Ayer salí a un club y el hombre que se fue conmigo a casa se puso extraño en medio de la noche- decía Ari con algo de censura.

-¿Cómo así?- Preguntó Ale preocupada -¿sucedió algo malo?

-Siempre les digo que no se vayan con extraños- se quejó Gabi y ella sonrió.

-Nada de lo que creen- siguió Ari -pero cuando estábamos desnudos en la cama agarró su corbata y quiso amarrarme las manos, muy al estilo cincuenta sombras. Nunca en mi vida un hombre había intentado algo parecido, fue un poco extraño, pero muy vergonzoso para ambos.

-Supongo que te negaste- siguió Gabi unos minutos más tarde.

Los rostros de sus primas estaban algo impactados con las noticias y por una vez ella no se sintió como la aburrida.

-Sí, obviamente- afirmó Ari -como si no pensara ya que llevar a un desconocido a mi casa es una situación de peligro, no voy a dejarlo amarrarme. Escucho a Gabi, aunque no lo crean. Y como dije, fue vergonzoso porque la situación no tuvo nada de excitante, no me sentí ni un poco cómoda por lo que me negué inmediatamente.

Todas sus primas asintieron de acuerdo.

-El bondage puede ser divertido si lo haces con cuidado- soltó ella sorprendiéndose incluso a sí misma.

Todos los ojos se posaron sobre tan rápido que estuvo punto de reírse.

-¿Bondage?- Preguntó Ari.

-¿Divertido?- Dijo Ale al mismo tiempo.

-Miren quien nos salió atrevida- comentó Lula, riendo.

-Solo lo hice una vez- admitió ella tomando de su trago -no es algo que puedas hacer con un desconocido o una persona que no sepa del asunto, pero sí, puede ser divertido. Es excitante al menos.

Su corazón se aceleró con el recuerdo, había sido un momento muy bueno.

-Si no era un desconocido, entonces ¿quién era?- Preguntó Gabi perspicaz como siempre -no has traído a nadie a casa desde hace mucho tiempo.

-Alguien a quien le gustan ese tipo de prácticas y que conoce del tema- dijo ella con simpleza -no necesita ser mi novio o nada parecido.

-Me sigue pareciendo arriesgado- afirmó Gabi sin emociones.

El silencio cayó en el grupo que todavía la miraba asombrada y Lula sonrió.

-Tal vez haya que escuchar la historia completa…- comentó Lula con bastante interés.

-No creo que sea lo mío- negó Ari con una mueca luego de unos segundos interrumpiendo cualquier cosa que se dijera.

La conversación siguió como si sus palabras no pesaran demasiado y ella simplemente la siguió. Comprendía que a pesar de todo lo que decían probablemente sus primas fueran tan aburridas como pensaban que ella era, así que se quedó callada. Unas horas más tarde estaba realmente aburrida de aquella fiesta, por lo que decidió escaparse de todos, se levantó con la excusa de ir al baño y al pasar por la puerta de la cocina tomó su bolso para salir corriendo de la casa.

-¿Ya te vas, mi niña?- Una voz la detuvo al abrir su auto.

-Papá, no te había visto- dijo ella abrazándolo con una sonrisa.

El gesto duró unos segundos, su padre era una persona cariñosa y a ver que ella no decía nada, en lugar de hacer un millón de preguntas como lo haría su madre, simplemente la dejó ir. Se subió a su auto luego de ver como su padre entraba a la casa junto a uno de sus tíos y pensó en las palabras que había escuchado esa noche. Todo el mundo pensaba que ella era aburrida porque se dedicaba a su trabajo, pero tal vez estaban muy equivocados.

La verdad era que ella siempre estaba en el trabajo porque los pagos eran demasiado buenos para dejarlos pasar, sobre todo en las temporadas vacacionales cuando nadie quería quedarse. Así que en lugar de tomar sus días libres, ella aceptaba los grandes bonos que le daban, no encontraba razones reales para irse. A su familia la veía siempre, no tenía un romance o un amor que la hiciera querer días libres y le gustaba su trabajo.

Así que ese año, sería como todos los anteriores. Se quedaría en su oficina, ocupándose de lo que sea que su jefa le asignara y disfrutaría de los espacios vacíos, las vías sin tráfico y el cálido sol del verano. Por un segundo la necesidad de una aventura se avivó en su pecho, pensó en las posibilidades para luego dejarlo ir, sin saber que esas ideas no se irían del todo.

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