Capítulo 2

Capítulo SEMANA 2

Catherine

Centré la vista en las grietas presentes en el techo, a unos metros de mí. Había despertado hacía quince minutos, indiferente a los mundanales problemas. Conforme me espabilaba, también lo hacían los planes que me había impuesto para el día.

Si iba a continuar con el embarazo, no lo haría sola o, al menos, no lo haría sin la compañía del otro responsable. Eché un rápido vistazo al reloj situado a la izquierda de la cama y distinguí un nueve seguido de un veintidós. Hinqué los codos en el colchón para incorporarme algunos centímetros y descubrí que la cama de Alexia estaba vacía, aunque deshecha. Si no había ordenado su lado de la habitación se debía a que, de hacerlo, llegaría tarde a clases, porque de lo contrario hubiese aplanado hasta la más minúscula arruga. Yo tenía el día libre gracias a que mi profesor debía asistir a una reunión de departamento. Nos había comunicado la noche anterior que se cancelaban las clases y, en ese instante, me decidí por buscar a Dimitri en su facultad.

Me quité las sábanas de encima y me encerré en el cuarto de baño, llevé conmigo las prendas más cálidas que tenía en el armario. Es cierto que la complexión de mi cuerpo continuaba intacta y sin alteraciones, sin embargo, tras desnudarme y examinar mi reflejo en el espejo, mi mente me recordó que pronto mi vientre se curvaría hasta convertirme en una ballena con piernas. Traté de alejar esas ideas, porque ni siquiera estaba segura de si continuaría y protegería al feto, y me duché con prisa.

Veinte minutos más tarde, caminaba en dirección al exterior con una barrita de proteínas en el bolsillo trasero de mi pantalón. Tenía el estómago cerrado por culpa de los nervios, así que intentaría desayunar tras hablar con el protagonista de mis pesadillas. Subí la cremallera de mi chaqueta de cuero hasta que el frío metal rozó mi barbilla y empujé las puertas de cristal que permanecían entreabiertas la mayor parte del día. Los estudiantes abandonaban la residencia continuamente, muchos se saltaban algunas clases ya que preferían estar con sus ligues en la comodidad de sus habitaciones o aprovechaban la luz solar para adelantar trabajos en la biblioteca. Dimitri impartía clases de finanzas y economía en la facultad de Números, la cual se ubicaba a cinco minutos de mi posición. No tendría problemas para dar con él. Además de empresario y de hombre supuestamente comprometido con el amor, empleaba parte de su tiempo en enseñar. Y, por más que me esforzara en odiarlo, hacerlo me resulta una tarea bastante complicada. Ascendí los escalones de mármol que dirigían a esa facultad y caminé hacia el mostrador donde se encontraba la señora Bernard, una mujer de cincuenta y un años y cabello teñido de castaño que se encargaba del papeleo.

—Buenos días, Catherine —dijo al reconocerme. Reubicó sus gafas, las cuales resbalaban por el puente de su nariz, y mostró una encantadora sonrisa de dentadura inmaculada—. ¿Qué te trae por esta facultad? Rara vez te veo pasar por la zona.

Yo cursaba Historia en el extremo sur del campus.

—Estoy buscando al profesor Ivanov. ¿Continúa aquí?

—Sí, en el aula 305. ¿Ha ocurrido algo? Me encogí de hombros.

—No, tan solo olvidé entregarle el regalo por su boda. Ya me conoce, no puedo evitar adelantarme a los acontecimientos. —Una risotada histérica escapó de mi garganta. Por fortuna no levanté sus sospechas.

La señora Bernard regresó a sus quehaceres mientras yo me adentraba en los enrevesados pasillos. Desde la entrada y hacia las distintas escaleras encontrabas tantas bifurcaciones que resultaba imposible volver a un mismo punto en dos ocasiones diferentes. Empleé el ascensor para subir a la planta número tres y miré las placas doradas en las que figuraba el número que distinguía las clases, hasta localizar la número 305. A través del pequeño ventanal que adornaba la puerta de madera pude verlo: sentado sobre una esquina del escritorio, en el centro exacto de la plataforma de madera, con una corbata azulada y chaqueta, Dimitri explicaba lo que se reflejaba en el panel electrónico a sus espaldas. Creo que se trataba de la célebre Pirámide de Maslow y de algunos números raros.

Por algunos instantes, en vez de centrarme en mi importante misión, me debatí entre dos tonterías: no supe si Dimitri era más irresistible con ese uniforme o sin ropa. Tomé una profunda bocanada de aire, abrí y cerré los dedos para espantar al entumecimiento causado por mi leve ansiedad y me preparé mentalmente para lo que estaba a punto de suceder.

—¿Profesor? —pregunté tras golpear la puerta—. ¿Puede salir un momento, por favor?

Las miradas de los estudiantes se posaron en mí.

Dimitri agrupó los folios que tenía entre manos, palideció como si acabase de atisbar a un fantasma. Divisé cómo su rostro se crispaba el tiempo suficiente para reconocer que no se esperaba mi visita; al menos, no después de lo ocurrido. Los alumnos cuchichearon, arrimándose unos a otros para constatar si alguno me conocía. Dimitri se excusó para salir y evitó rozarme cuando pasó por mi lado y cerró la puerta.

—¿Qué haces aquí? —murmuró con voz alterada.

—¿Creías que iba a volatilizarme en el aire?

No logré distinguir si estaba asustado por reencontrarse con una de sus amantes —yo no me consideraba así de todas formas — o porque se arrepentía de haber engañado a su prometida. Una vertiginosa sensación ascendió por mi columna cuando estudié el problema desde mi perspectiva: Svetlana era su futura esposa, sí, pero también era mi amiga. Aunque desconocía si todavía entrábamos en ese término.

—Lo cierto es que yo también deseaba hablar contigo sobre eso. Ya sabes a qué me refiero. Dios, ni siquiera puedo pronunciarlo en voz alta. No existen palabras para describir lo mal que me siento —admitió.

Aquello se asemejó a una patada en el estómago.

—No te preocupes por Svetlana, no le contaré nada —añadió—. Lo que pasó será un secreto entre nosotros, ¿de acuerdo? Maldita sea, de verdad que lo siento. Había bebido mucho, no me molesté en pensar dos veces antes de abalanzarme sobre ti.

—Vaya, esto no está siendo nada incómodo —ironicé.

—Debes perdonarme, Catherine, pero tengo que continuar con mis clases o ellos incitarán los nuevos rumores. Sé que esto sonará egoísta, pero si apreciamos a Svetlana, será mejor que no te presentes en la boda. Invéntate algo lo suficientemente grave que justifique tu ausencia. Yo… lo siento… —Hizo un alto para apoyar una mano en el picaporte, sujetándolo hasta que sus nudillos se tornaron blancos—. Adiós.

Quise protestar. La sangre me hervía en las venas, los colores ascendieron a mis pómulos hasta tal extremo en el que mi visión se nubló. Clavé las uñas en las palmas de mis manos para no arañarle el rostro a Dimitri, reprimí mis impulsos. No era justo. Él había sido quien me besó en primer lugar y, sí, sabía que yo no lo había querido detenerlo. Sin embargo, eso no respaldaba su comportamiento conmigo. Quedaba vetada de una boda, de la que llevaba deseando participar desde que anunciaron su compromiso, porque Dimitri no se consideraba lo suficientemente osado para compartir un espacio de cientos de metros conmigo.

A pesar de mis deseos, mantuve la boca cerrada y asentí una sola vez.

Si antes no había hallado razones para detestarlo, en esos momentos contaba con tantas que podría haber escrito un libro con ellas. Él me miró de nuevo, mostrándome unos ojos anegados en ese molesto líquido transparente que también amenazaba con abordarme. No suscitó ninguna emoción agradable en mí, sino todo lo opuesto: hubiera pateado su entrepierna para ocasionarle más dolor, de ser posible.

—Ha sido muy amable conocer tu opinión —murmuré en cuanto cerró la puerta.

Abandoné el edificio con rapidez y me estremecí cuando una suave brisa de aire removió mi cabello. No saludé a la señora Bernard a mi paso; no me detuve a pronunciar un simple «adiós» por la inquietud de estallar en llanto. Si abría la boca, aunque fuese para respirar, el campus entero me escucharía.

Tomé asiento en uno de los bancos y me hundí en la chaqueta.

—Estamos solos, pequeño —apoyé una mano sobre mi estómago. Sentí envidia de los estudiantes que recorrían el césped con escasas preocupaciones. Algunos, cabizbajos y somnolientos, trataban de coordinar el movimiento de sus pies para no tropezarse con el bordillo de la acera; otros, espabilados y felices para tratarse de un lunes por la mañana, tecleaban en las pantallas de sus teléfonos con bobas sonrisas dibujadas en sus caras. Dos semanas atrás, yo había

sido como ellos.

Me abrumaba lo rápido e inesperado que había sido el cambio producido desde la fiesta de despedida de soltero hasta ese día de mierda.

Reconocí a Alexia en la distancia. Había recogido su cabello dorado en una coleta holgada, algunos mechones rebeldes cubrían su frente y sus ojos. En sus brazos cargaba una pila de libros en los que identifiqué títulos de novelas clásicas como El retrato de Dorian Gray o Cien años de soledad. Cuando ella miró en mi dirección, alcé la mano y la sacudí en el aire. Precisaba de su ayuda después del balde de decepción que había caído sobre mis hombros. Al igual que miles de individuos en esa ciudad y en el resto del planeta, yo detestaba llorar en presencia de otros. Pero me encontraba tan angustiada y tan nerviosa que no me importaba revelar esa faceta ante Alexia.

Ella tomó asiento a mi derecha y se despidió de sus compañeros, que se apresuraban a distanciarse de la facultad de Letras. Mi mejor amiga cursaba Filología Inglesa, los únicos trabajos que sus profesores exigían eran la lectura de los libros que descansaban sobre el banco y que formaban una pequeña barrera entre nuestros cuerpos.

—¿Qué tal ha ido con Mr. Cañón? —Movió las cejas.

—¿De verdad te apetece saberlo?

—Por supuesto —aseguró ella.

—No le he dicho nada porque se ha negado a escucharme. Aparté la mirada y anudé las manos sobre mi regazo.

—Dimitri es un estúpido —sentenció. La escuché removerse, y sentí que apoyaba las manos sobre mis hombros, pellizcándolos para llamar mi atención—. Los hombres en general son unos idiotas después de mantener relaciones. ¿Por qué crees que ha actuado de esa manera? ¿Piensas que se percató de que el condón se rompió y por eso procura evitarte?

—No lo sé. Pero, teniendo en cuenta mi actual situación, y tras los nueve meses de embarazo, no tendré más opciones que dar al bebé en adopción. La otra alternativa es abortar, aunque… —Miré al cielo y parpadeé para alejar las inoportunas lágrimas—, no me atrevo a pasar por ese proceso. No tengo un hogar propio. Soy menor de edad y trabajo en mis horas libres para poder pagar mis estudios. Traer un bebé al mundo y cuidar de él, sin un padre que lo guíe ni una… no puedo hacerlo.

—No permitiré que cometas semejante estupidez. —Alexia me obligó a girarme, y ambas quedamos cara a cara—. Catherine, te conozco lo suficiente para saber que no volverás a conciliar el sueño si das a ese bebé en adopción. Ahora mismo estás ofuscada en la parte negativa, pero ¿qué hay de tus familiares? Cuando se lo cuentes, sin lugar a dudas te apoyarán. Te dije que también me tienes a mí. Trabajaré horas extras si es necesario, pero no perderás a ese bebé porque un imbécil te haya ignorado.

—Estoy muy agobiada —sollocé.

Oculté la cara contra su pecho, aplastándome contra ella. Noté caricias en mi cabello y en el centro de mi espalda. Alexia buscaba calmarme usando trucos que aprendió en las primeras clases de yoga a las que asistió. Extrañamente, ese pensamiento me hizo querer reír. Sequé las lágrimas con la manga de mi chaqueta y enderecé la espalda poco después. No deseaba convertirme en el centro de atención.

—Oh. Ahí está —murmuró a la vez que señalaba a los aparcamientos.

Dimitri acababa de salir de la facultad.

—Tengo que irme. —Me levanté apresuradamente.

—No puedes huir de aquí en adelante, Catherine. —Alexia se cruzó de brazos y dio golpecitos contra el suelo—. En algún momento, y más vale pronto que tarde, tendrás que confesar la verdad, aunque él se niegue a aceptarla.

—Hablamos luego —sentencié.

Procuré evadir la visión del Mercedes rojo y de su conductor. Abandoné el complejo de la universidad por las calles menos concurridas, sorteando a los transeúntes que caminaban en dirección contraria a la mía. Llegué a la estación del subterráneo en pocos minutos y esperé a que el transporte correspondiente arribase para subirme a él. Mis padres vivían en West End Avenue, en un bloque de fachada de ladrillos pardos de varios pisos de altura. Hacía varios días que no hablaba con ellos, necesitaba comunicarles que iban a ser abuelos.

La palabra sonó igual o incluso más extraña que si la hubiera pronunciado en voz alta.

Para matar el tiempo en el transporte, eché mi cabello por encima del hombro derecho y comencé a trenzarlo. Hubiera ido a pie, pero el cielo se estaba encapotando de nubarrones, lo cual significaba que, tarde o temprano, comenzaría a diluviar o a nevar. Esperaba que no fuera ni lo primero ni lo segundo, pues el transporte público estaba siempre mucho más concurrido cuando hay mal clima.

Transcurridos alrededor de quince minutos bajo tierra, volví a las bonitas calles. El edificio en el que pasé mi infancia y gran parte de mi adolescencia se alzó ante mis ojos y los retortijones se acentuaron en la boca de mi estómago. Si lo que Alexia había comentado se hacía realidad, dentro de unos meses podría traer a este bebé a mi hogar, donde crecería tal y como lo hice yo.

—¿Hola? —dije en cuanto abrí la puerta—. ¿Mamá? ¿Papá?

Me faltaba el aliento. A pesar de que mi casa estaba en la segunda planta, las escaleras en forma de caracol parecían ser infinitas. Oí voces provenientes de la cocina y, acto seguido, mi madre cruzó el pasillo con ambos brazos abiertos. Mis ansias por estallar en llanto regresaron al notar el cariño de su abrazo, pero me vi en la obligación de contenerlas. Esbocé una tímida sonrisa al distanciarnos y permití que ella me arrastrase hacia el salón, el cual estaba unido a la cocina.

Mis padres, Sylvia y Dante, tenían la misma edad. Se habían conocido hacía casi tres décadas durante un viaje de estudios a Honolulu, y desde ese entonces no habían podido dejar de pensar el uno en el otro. Es una bonita y verdadera historia de amor.

No soy hija única; Patrick tenía en ese entonces alrededor de veintisiete años y había compartido promoción con Dimitri. De hecho, fueron grandes amigos durante su adolescencia, pero el lazo se arruinó tras la marcha de mi hermano a California y por los compromisos de Dimitri hacia la empresa de su padre.

—Deberías visitarnos más a menudo. —Mi padre dobló el periódico sobre la mesa y prestó atención a la manera en la que yo paseaba en torno a esta mientras observaba la deliciosa comida—. Te damos el permiso para independizarte y te olvidas de que tus padres continúan viviendo al final de la avenida.

—Exagerado —me burlé.

—Vamos, desembucha: ¿qué te trae por aquí? —contestó él—. No digas que te has gastado la paga mensual porque creo recordar las normas...

—No, papá. No es nada de eso. —Jugueteé con un terrón de azúcar que se había caído del bol en el que mamá los conservaba. Estaba cubierto de migajas del pan que papá acababa de cortar—. Tengo que hablar con vosotros. Es un asunto de extrema importancia.

Intercambiaron una mirada preocupada y pronto se acomodaron en el sillón de la sala. Papá borró todo atisbo de diversión y mamá dejó caer el paño húmedo con el que limpiaba. La siguiente escena se asemejó a la de una película que había visto algunos meses atrás. La única diferencia era que esto sucedía de verdad y no frente a una cámara en donde los actores interpretaban sus papeles.

Mis latidos se dispararon de nuevo, tuve que aferrar el bordillo de mi camiseta para controlar la ansiedad y el pánico. Temblaba tanto que mis rodillas no soportaban el peso de mi cuerpo. Resignada, me vi en la obligación de sentarme frente a ellos, en la silla que mi padre había ocupado hacía un minuto.

«Dios mío, voy a desmayarme».

—¿Ocurre algo? —Mi madre clavó la vista en mí.

—Sí. —Humedecí mis labios—, y como no quiero alargar la espera, iré directo al grano. —Tomé una profunda bocanada de aire y dije—: Estoy embarazada de alrededor de dos semanas.

De acuerdo. Ya había liberado al monstruo.

Cerré los ojos y me preparé para los gritos e insultos procedentes de ambos en partes iguales. En mi época de instituto no experimenté ningún caso de embarazo indeseado con mi grupo de amigas o compañeras de clase, aunque sí eran evidentes las intensas campañas emprendidas por los directores y psicólogos relacionados con anticonceptivos. Supuse que mis padres reaccionarían de la peor forma posible porque creían haberme educado lo suficientemente bien como para protegerme en ese aspecto. Sin embargo, ocurrió lo que jamás habría imaginado: estallaron en carcajadas.

Parpadeé otra vez y los fulminé con la mirada, incrédula.

—¿Qué demonios os pasa? —bramé.

—Ha sido una broma muy bien elaborada, cariño. —Mi padre cambió de postura para extraer un pañuelo de su bolsillo. Enjuagó las lágrimas generadas por la intensidad de la risa y descansó una mano en la rodilla de mamá—. Somos conscientes de las novatadas que se realizan en la universidad. Patrick nos puso a prueba en su época, fingiendo que había… que había prendido fuego la casa. No ha colado, Catherine.

—¿Pensáis que estoy bromeando? —Mis ojos se abrieron como platos.

Froté mi cara en un intento desesperado por no gritar.

—Nunca me mofaría de algo tan serio como un embarazo. ¿Cómo podéis pensar eso de mí? Hablo en serio. He pasado unas semanas horrorosas en las que me debatí entre ir directo a una clínica de maternidad para abortar o confesarlo como estoy haciendo ahora. Lo último que necesito es que os riais de mí. Ya he tenido suficiente tortura con mis propios pensamientos —admití.

La faceta gélida que adoptaron mis padres se convertiría, con toda seguridad, en una imagen que ocuparía tanto mis recuerdos más importantes como mis pesadillas. Tenían una extraña mezcla de decepción, tristeza, ira y miedo hacia lo desconocido que se hizo palpable en sus facciones, que se contrajeron al igual que las de un boxeador tras recibir un fuerte impacto. Me lamenté al instante de haberlo confesado.

—Explícate ahora mismo. —La voz autoritaria y gélida de mamá me erizó los vellos de la nuca y de mis extremidades—. ¿Cómo ha sido posible? ¿En qué estabas pensando para tener relaciones sin protección, Catherine Marie Miller?

—Asumo la culpabilidad de los hechos, mamá, pero en mi defensa diré que sí me cuidé. De una forma u otra, el anticonceptivo no funcionó como debería. Se rompió, se cayó o… no lo sé. Tampoco recuerdo la noche con demasiada claridad. Había bebido bastante y… me dejé llevar, no pensé en las consecuencias.

—¡Por el amor de Dios! —Mi padre golpeó con el puño la mesita de café. Las diminutas figuras de porcelana que mamá colocaba junto con las tazas se tambalearon, algunas cayeron hasta fragmentarse—. ¿Dónde está el bastardo que se aprovechó de tu estado? Porque pienso rebanarlo en pedazos.

—Nadie tomó ventaja de mi condición. Yo decidí hacerlo —detallé.

Él hizo el amago de reprochar, pero me adelanté.

—Averigüé mi estado hace casi dos semanas. Según el test, así de avanzada está mi gestación. Estoy muy asustada porque os prometo que esto no entraba en mis planes universitarios. Esta misma mañana he intentado hablar con… el padre, pero no ha querido… escucharme.

—¡Y el muy hijo de puta te abandona! —chilló él.

Jamás había presenciado a mi padre tan molesto e irritado como en ese preciso instante.

La tez de su rostro pasó por diferentes colores, de rojo a morado y de violeta a azul. Mi madre tuvo que sostenerle por las manos, tan tensadas que los nudillos se tornaron blanquecinos.

Yo me limité a hundirme en la silla y a desear pulverizarme.

—En teoría, no me puede abandonar porque no sabe nada. Todavía. Pero tengo intenciones de desvelárselo —balbuceé.

—¿Cómo se llama? ¿Quién es? —Mamá apretó el puente de su nariz.

—Dimitri. Es… es el prometido de Svetlana.

Sus expresiones horrorizadas no precisaron de más explicaciones. No podía sentirme más abochornada.

—¿Lo sabe ella? —Mamá me miró de nuevo, al cabo de unos segundos.

—No.

—¿Se lo dirás?

—No —repetí—. De momento, el secreto se mantiene entre Alexia y vosotros dos. No pienso abandonar los estudios, si es lo que más os preocupa. Trabajaré donde sea para conseguir el dinero necesario. Y os doy mi palabra de que no os molestaré. Me arrepiento de lo que hice por muchos motivos, pero ha llegado la hora de hacerme cargo de mis actos. No puedo ni quiero depender de vuestro sustento para siempre.

Si he sido lo suficientemente adulta para mantener relaciones sin pensar en las consecuencias, entonces, también tenía que ser madura para responsabilizarme del bebé. Me hubiera gustado expresar aquella reflexión, pero me vi incapaz porque mi madre se levantó y se encerró en el cuarto de baño. La incomodidad que predominaba al inicio de la charla comenzaba a disiparse y, por fortuna, papá no acentuó la discusión. Nos quedamos silenciosos, incluso si nuestros pensamientos nos suplicaban que manifestásemos algo, lo que fuera.

Permanecí en casa hasta después de la comida. La barrita ya estaba chafada en el bolsillo, el chocolate se había derretido porque lo había aplastado accidentalmente con mi trasero. Mamá tampoco comió en exceso; masticó con suma lentitud y con la mirada perdida en algún punto de la mesa. Me sorprendió cómo se habían intercambiado los papeles: siempre imaginé que sería Sylvia la que me comprendería ante estos problemas mientras Dan intentaría echarme a patadas de casa.

Como temía, la tempestad se desató en el exterior antes de marcharme. No llevaba el paraguas, supuse que cogería un resfriado por el tiempo que estaría bajo la lluvia hasta alcanzar el metro. Entonces, para mi sorpresa, mamá tomó las llaves del coche y se ofreció llevarme a la universidad. No se lo impedí.

—Buscaba la oportunidad para hablar contigo a solas —dijo mientras conducía. Me enderecé en el asiento y asentí—. Una parte de mí se niega a aceptar que mi niña vaya a convertirse en madre en esta edad tan temprana. Pero nunca has sido una chica irresponsable o problemática, por lo que te creo cuando has mencionado que usasteis protección. —Giró el volante—. Sin embargo, y aunque me cueste decirlo, no puedo aceptar este embarazo sin una reprimenda. Tu padre y yo te apoyaremos en todo lo que podamos. Olvídate de buscar una profesión, al menos durante los primeros meses. Es en ese periodo de tiempo cuando el bebé te necesitará más.

—Mamá...

—He conocido a madres adolescentes que han terminado sus estudios, sí, pero comprende que estás obligada a retrasarlos tanto tiempo como la criatura lo necesite. Tener un hijo no es una tarea sencilla, como se dibujan en esas novelas rosas que tanto te gustan. —Hizo una pausa, se concentró en atravesar el cruce de calles repleto de semáforos en rojo y añadió—: Demuéstrame que eres capaz de hacerle frente. Yo sé que podrás, pero primero has de convencerte a ti misma.

Detuvo el coche con los intermitentes encendidos frente a la residencia. No pudo aparcar porque no había sitio. Aparentemente, gran parte de los estudiantes se habían puesto de acuerdo para no salir mientras llovía. Me giré hacia ella antes de abandonar el vehículo y la abracé con ímpetu. Mamá correspondió al gesto con la misma intensidad y frotó mi espalda, como Alexia había hecho en la mañana. Supe que la conversación no estaba finalizada, pero me sentí muchísimo más aliviada al oír sus palabras. No me impuso ningún castigo porque las renuncias a la libertad, a los estudios, a los amigos y a las fiestas —a todo lo que me gusta hacer— eran condena suficiente.

Me despedí de ella en la distancia y me refugié en mi dormitorio cuando el coche desapareció en otra de las esquinas. Alexia no había regresado, por lo que disponía de largas horas para aburrirme o para adelantar tareas.

—Año nuevo. Vida nueva —comenté mientras arrancaba el viejo calendario del 2018 que todavía pendía de la puerta del baño—. Yo lo he tomado literalmente.

Me senté sobre la cama y emití un suspiro. Lo único en lo que pude concentrarme en lo que restó de la tarde fue en los sonidos que las gotas de lluvia generaban al golpear la ventana, recordándome a unos nudillos que pretendían entrar a la habitación y arrebatarme el resquicio tan mínimo de paz que conservaba.

Capítulo 3

Capítulo SEMANA 3

Catherine

¡Mierda! Iba a llegar tarde, muy tarde.

Cepillé mis dientes con una mano mientras preparaba la carpeta con los documentos y bolígrafos con la otra. Introduje los libros de esquinas arrugadas en mi mochila y entré en el cuarto de baño para enjuagar mi boca. Me calcé los zapatos de charol que conjuntaban con la falda —en lo que llevamos de año, era la primera vez que me la ponía— y deslicé los brazos por la chaqueta oscura. Eran las nueve de un miércoles que comenzaba bastante mal. Debido a las primeras náuseas —que decidían manifestarse antes de dormir o al levantarme—, y por trasnochar con Alexia, había dormido más de la cuenta. El despertador sonó, por supuesto que lo hizo, pero me hallaba tan sumida en mi sueño que no lo escuché.

—Por fin aparece, señorita Miller —dijo el profesor en cuanto abrí la puerta del aula—. ¿No le parece suficientemente motivadora mi clase?

—Lo siento, anoche dormí mal —mentí en parte—. No volverá a pasar.

—Continuemos con la lectura de la página 230 —añadió.

Tomé asiento detrás de una chica cuyo cabello parecía rosáceo y abrí el libro por la página indicada. Mi estómago rugió al igual que un león, recordándome la ausencia de desayuno. Durante los últimos días Alexia se había comportado como mi niñera: me traía comida en los momentos más inesperados y evitaba que llenase el dormitorio de vómito. No había visto a Dimitri desde el lunes de la anterior semana, cuando lo visité en su facultad, y dentro de medio mes se celebraría su boda. Tenía los días contados para confesarle mi estado.

La clase se terminó más rápido de lo esperado, así que me deslicé entre el tumulto de gente que se apresuraba a abandonar el aula. Mi horario era holgado ese día, solo tuve que guardar mis materiales en la taquilla e intercambiarlos por los de la próxima clase. Estaba hambrienta, famélica, pero sabía que si comía algo terminaría echándolo horas o minutos más tarde.

Al final, opté por sacar de la máquina expendedora una chocolatina con trozos de almendra que devoré sin masticarla bien. Limpié las comisuras de mis labios, arrojé esos envoltorios pringosos a la basura y asistí a la próxima hora: Arqueología.

¿Dónde estás? Me aburro mortalmente.

El mensaje de Alexia iluminó la pantalla de mi móvil, el cual escondí en mi regazo para que el profesor no se percatase de que lo estaba usando. Tecleé tan rápido como mis dedos me permitían, sacrificando ciertas letras por el camino para no demorarme. De seguro ella estaba de regreso en la residencia y olvidó que nuestros horarios eran diferentes casi todos los días de la semana.

Mi móvil falleció poco después, aunque no pude decir lo mismo de mis mareos.

Las paredes de la clase daban vueltas a mi alrededor y la voz del profesor parecía distorsionada. Me percaté de que sudaba; mi espalda estaba impregnada de una capa húmeda que incrementaba con cada nueva náusea. Un eructo casi escapó de mi boca, señal de que no podría retener el vómito por más tiempo. Recogí mis pertenencias y, haciendo caso omiso a la expresión del profesor, abandoné la clase.

Fijé la mirada en el suelo y no me di cuenta contra quién impactó mi brazo mientras caminaba hacia los baños de mujeres. Conseguí llegar tras un costoso recorrido y me encerré en uno de los aseos vacíos.

Me arrodillé frente a él y expulsé lo poco que contenía mi estómago.

—Deja descansar a tu madre —susurré para mi vientre—. Por favor. Tiré de la cadena y regresé al área de lavabos.

Ahogué una exclamación y tropecé con mis propios zapatos cuando vi quién estaba frente a mí. Tuve que aferrarme a la puerta del baño contiguo para no terminar tendida sobre un suelo húmedo de procedencia desconocida.

—¿Te encuentras bien? —Dimitri tensó la mandíbula.

—Sí. Perfectamente. Gracias por mostrar preocupación por mí. Lo aparté de mi camino y abrí el grifo. Llené mi boca con agua y eliminé el asqueroso sabor adherido a mi paladar y lengua; luego, formé una copa con las palmas de mis manos para refrescar mi rostro.

Al terminar, me encontré con su apagada mirada a través del espejo. En esos instantes tenía la oportunidad para confesarle la verdad, sin embargo, no consideraba buena idea contarle que sería padre en los cuartos de baño de una universidad, donde cualquiera podría entrar sin previo aviso.

Me sentí tan mareada que prácticamente tomé asiento sobre el mármol que conformaba el lavabo, atrayendo del todo su atención.

—Me gustaría que te marchases. Estás en el baño de mujeres —exigí.

—Estás disgustada, lo entiendo. —Frotó la barba sin afeitar desde hacía días—. Te buscaba. Venía a disculparme por mi estúpido comportamiento, pero he comprobado que has adoptado la misma actitud que yo.

—¿Pensabas que estaría llorando desconsoladamente en mi dormitorio porque un tío me desvirgó y luego intentó fingir que no existo? —Arqueé una ceja, imitando el egocentrismo suyo—. Pues creo que se confunde de persona, profesor Ivanov.

—Tú invitación a la boda sigue en pie. No hablaba en serio

—prosiguió pese a mi tono hosco e irónico—. Lo siento, de verdad.

Fui un imbécil contigo. Entré en pánico cuando te vi aparecer en la puerta de clase.

—Disculpas insuficientes aceptadas. ¿Podrías marcharte ahora?

Me sostuvo la mirada durante algunos instantes. Estaba segura de que, en este preciso momento, Dimitri analizaba mis facciones cansadas. Las ojeras habían crecido como manchas púrpuras bajo mis párpados, mi piel palidecía con cada náusea que sacudía mi cuerpo. Me encontraba demasiado débil como para iniciar una nueva polémica. Lo único que requería era de una cama blanda y algo frío que aliviase mi malestar corporal.

Olvidándome de mis problemas, decidí estudiar su rostro: él también se mostraba cansado, no pude evitar cuestionarme la causa.

Dimitri Ivanov tenía la vida perfecta: un padre adinerado que le proporcionaba aquello que él deseaba; organizaba celebraciones en lugares tan costosos que, para acceder a ellos, yo debería vender un riñón. Además, estaba a punto de casarse con una chica que lo complacería en todos los sentidos. Aun así, a pesar de los pensamientos negativos que se filtraban en mi mente, mi corazón se revolucionó ante su presencia, pues recordaba la calidez de sus manos rozando mi piel mientras me quitaba la ropa y sus labios buscando los míos para asfixiar los gemidos que nos delatarían.

Tensé la mandíbula y apoyé ambos pies en el suelo. Esperé a que él saliera del baño de una maldita vez. Revivir la escena de sexo desenfrenado era tortura suficiente, no necesitaba añadir más recuerdos para aumentar la culpabilidad.

Al fin y al cabo, me había acostado con el prometido de mi amiga.

—Deberías ir a un médico —comentó al fin—. Lo digo en serio, tienes un aspecto horrible. ¿Ha pasado algo? Solo intento ser amable. Si te molesto, te dejaré a solas, me marcharé en este mismo instante.

¿Por qué hacía eso? ¿Quería volverme loca? Moví el cuello hacia los lados cuando una nueva oleada de náuseas me inundó y no tuve más remedio que adoptar una pose fría y arisca. Pensaba, más bien ansiaba, confesárselo en ese mismo instante, compartir la latosa carga que soportaba. Pero al ver el arrepentimiento en su mirada, y al oír las voces femeninas que resonaban en el pasillo, me acobardé.

—Es un resfriado. —Me encogí de hombros—. Y sí, por favor. Vete.

Él asintió y se ausentó con la misma presteza con la que había aparecido. La impotencia llegó a mí tras unos instantes, me aferré al bordillo del lavabo para no echarme a llorar como una niña de cuatro años. Asumiría mi responsabilidad y la culpa de los hechos. Le confesaría mi estado. Lo haría.

Tarde o temprano tendría que hacerlo.

Traté de convencerme de esa idea antes de abandonar la universidad. La mochila pesaba tanto que la transporté en mis brazos en lugar de cargarla en mi espalda, como de costumbre, y me apresuré a adentrarme en la residencia.

Una vez más me topé con la soledad del dormitorio. Alexia brillaba por su ausencia. Me hubiera gustado encontrarla en su cama, con la música retumbando en las ventanas y cantando como si estuviese convencida de que ganaría un concurso musical. Arrojé mis pertenencias sobre el escritorio que compartíamos, distinguiendo folios repletos de garabatos sobre bandas de música o uniformes de las últimas pasarelas de modelos. Mientras recogía el pijama y el desorden que había creado al levantarme, me percaté de lo que había entre la almohada que empleaba para dormir.

Fruncí el ceño y regresé sobre mis pasos.

Había cerrado el dormitorio con llave al salir. Nunca lo olvidaba puesto que a algunos compañeros les parecía placentero invadir las habitaciones de los demás para ensuciarlas o desvalijarlas. Entonces, ¿cómo habían depositado esa tarjeta sobre mi cama? Me apresuré a tomar el sobre de color beige y textura arrugada. Rasqué con las uñas la pegatina dorada que lo mantenía cerrado y la abrí para descubrir una nota cuya caligrafía reconocí de inmediato:

Querida Catherine.

Con motivo de la celebración de mi compromiso, me complace invitarte a mi fiesta de despedida de soltera. Tendrá lugar el próximo sábado por la noche, en la dirección que especifico al terminar la redacción de esta carta. He preparado un pase similar a este para Alexia. ¡Házselo llegar, por favor! Espero que ambas podáis asistir, pues no me imagino esa noche sin la compañía de mis dos mejores amigas. ¡No lleguéis tarde!

Con todo su cariño,

Svetlana

Deslicé la carta de nuevo en su interior. Mis movimientos se asemejaron a los de un robot oxidado: pequeños y torpes. Tomé asiento en la silla del escritorio y moví las uñas sobre la madera de roble, reflexionando en el significado de sus palabras y en las mentiras que emanarían de mi boca esa noche. Necesitaba una excusa para ausentarme. Una buena excusa.

Rememoré la dirección y caí en la cuenta de que se trataba de la casa de Dimitri en las afueras de Manhattan. Probablemente Svetlana nos invitaría a tomar un baño en la piscina olímpica que pronto sería de su propiedad o nos ofrecería bebidas cargadas de alcohol que yo rechazaría. ¿Qué haría si Dimitri se encontraba en la casa? Pese a ser una fiesta para chicas, nada le impedía al dueño de la mansión estar presente en un despacho. Él no era tonto: me había visto vomitar y casi desfallecer después de nuestro encuentro. Lo averiguaría e iría en mi búsqueda.

Aunque, pensándolo bien…

Recuperé el control del repentino ataque de ansiedad y preparé los mensajes de texto. Uno lo envié a Svetlana para confirmar mi asistencia. Si no era erróneo, me encontraba en la tercera semana de mi embarazo, es decir, que estaba a punto de superar el primer mes de gestación. Mi complexión delgada no sufría de alteraciones todavía y los bañadores no mostrarían más que unos pocos pliegues naturales, esos que todas las mujeres y hombres poseen. Redacté el segundo texto, aunque no llegué a enviarlo. La cabeza rubia de Alexandrina se adentró al dormitorio con varias bolsas de plástico en sus antebrazos. No necesité echarles un vistazo para saber que se trataba de comida.

—Iremos a la fiesta —afirmó con la boca llena de comida.

—¿Qué otra opción nos queda? —Apoyé la planta de los pies en la silla. Usé el impulso del escritorio para aproximarme a su cama y abracé las piernas contra mi pecho—. Si me quedo encerrada, sospechará algo. Dimitri también sospechará. No puedo arriesgarme a que Svetlana averigüe lo que su prometido y quien se supone que era su amiga llevaron a cabo a causa de unas copas.

—Un momento, ¿estás asustada de contárselo a él o es Svetlana la que más temor despierta en ti? Porque sus personalidades son dispares.

«Ambos me aterran», quise responder.

Sin embargo, fingí desconocer la respuesta. La ira de Svetlana se desataría sobre mí al igual que un huracán y, si eso no era demasiado destructivo, podría sobrevivir al mismo. Pero Dimitri era una historia diferente y enrevesada. Sus lazos en Manhattan se limitaban a Svetlana y a la empresa familiar, o de eso tenía constancia. En cuanto uno de ellos llegase a su fin, dispondría de libertad para marcharse a donde quisiera. Y eso incluía la alternativa de abandonarme si rechazaba al bebé.

Me trasladé a la cama de mi mejor amiga y cubrí mi cabeza con la manta que desprendía olor a frambuesas.

Quise avisarle de que tomaría una siesta para sentirme más descansada, pero me quedé dormida de inmediato, con la petición atrapada en mi garganta y con un remolino de pensamientos que protagonizarían mis próximas pesadillas.

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Cuarenta semanas

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