Capítulo 1
Dos semanas antes de la boda, Nelson decidió posponerla una vez más.
—Ivana inaugura su primera exposición de arte ese día —me dijo—. Estará sola y nerviosa. Tengo que estar ahí para apoyarla. Al final, tú y yo ya estamos juntos, ¿qué más da casarnos un día antes o después?
Pero ya era la tercera vez que aplazaba nuestra boda por aquella mujer.
La primera, Ivana acababa de operarse y sentía nostalgia de la comida de su tierra, por lo que Nelson no dudó en viajar al extranjero y quedarse con ella durante dos meses.
La segunda, Ivana decidió irse al bosque en busca de inspiración para pintar y él, preocupado por su seguridad, fue tras ella.
Esta era la tercera.
Colgué la llamada y miré a César, mi amigo de toda la vida, quien se encontraba sentado frente a mí, relajado, jugando con su bastón de esmeralda, cuyo golpeteo en el piso de mármol rompía el silencio entre nosotros.
—¿Todavía necesitas esposa? —le pregunté, sonriendo con picardía.
El día de mi boda, Ivana sonreía radiante, copa en mano, esperando el brindis del hombre a su lado.
Pero él, con los ojos rojos, observaba en silencio la transmisión en vivo de la boda del heredero del Grupo Santos, el imperio inmobiliario más grande del país.
El sonido del bastón golpeando el suelo se detuvo de golpe. César levantó la mirada y me examinó con sus ojos profundos.
—¿Estás segura?
—Ya le he dado demasiadas oportunidades —respondí, encogiéndome de hombros—. A la tercera va la vencida, ¿no? Si ya ha pospuesto la boda tres veces por la misma mujer, está claro que él y yo no tenemos futuro. ¿Para qué seguir insistiendo?
César sonrió ligeramente y arqueó una ceja.
—Si lo tienes claro, empiezo a organizar todo. Una boda del Grupo Santos va a dar de qué hablar, eso tenlo por seguro. —Hizo una pausa antes de añadir con determinación—:En dos semanas, todo el país sabrá quién es la esposa del heredero del Grupo Santos.
Lo miré, percibiendo la seriedad detrás de sus palabras.
—No te preocupes —respondí firme—. La familia Fonseca va a estar con el Grupo Santos. No vamos a ser una carga para ustedes.
César me miró con una sonrisa pícara.
—No lo hago por el Grupo Santos.
Al llegar a casa, comencé a empacar mis cosas rápidamente. Un momento después, Nelson entró, sorprendido, pero pronto soltó una risa burlona.
—Paula, ¿otra vez con esto? ¿Cuántos años tienes, que sigues con la misma táctica de huir cuando discutimos? ¿Tan desesperada estás por casarte? Ya te dije que solo fue una coincidencia. No significa que no me vaya a casar contigo.
Se le notaba la impaciencia en la voz, pero yo seguí guardando mis cosas, sin mirarlo.
—¿Quién dijo que voy a huir? Solo estoy organizando mis cosas, quiero deshacerme de algunas.
«Y de ti también», pensé.
Nelson, apoyado en la puerta, sacó un cigarro de forma despreocupada.
—Ah, entonces aprovecha y libera el cuarto de huéspedes. Ivana se va a quedar aquí por un tiempo; está cerca de su galería y le queda más cómodo.
Asentí con calma.
—Perfecto, mañana mismo ordeno esa habitación. ¿Hay algo más que necesites?
Nelson se detuvo un momento al encender el cigarro, sorprendido por mi respuesta tan tranquila.
—Amor, sé que últimamente no he estado muy pendiente —dijo, con un tono distinto, más suave—. ¿Te gusta la marca X para el anillo de bodas, no? Te compro otro para que puedas ir alternando. Apenas termine la exposición de Ivana, te lo compensaré.
Sentí un nudo en el estómago, pero traté de mantener la voz calmada.
—No hace falta, estoy bien. Tengo muchas cosas que organizar todavía.
No preguntó cómo podía tener tantas cosas que ordenar, siendo yo tan minimalista, sino que, simplemente, satisfecho con mi respuesta, añadió:
—Por cierto, la sala de estudio sería ideal como taller de pintura. Tiene una luz excelente. Esos documentos tuyos sobre tu investigación no necesitan tanta luz natural. Es mejor que también la liberes para Ivana.
—Tienes razón —respondí sin dejar de empacar—. Si a ella le gusta tanto, que sea exclusivamente su taller.
«Si le gusta tanto quedarse con lo mío, que se quede también con la casa y con el hombre», pensé.
A la mañana siguiente, Nelson se fue, apresurado, al aeropuerto a recibir a Ivana, sin siquiera desayunar.
Su regreso no pasó desapercibido; causó una gran sensación mediática. La famosa pintora volvía al país para su primera exposición, y las redes sociales explotaban con titulares como:
«El genio financiero y la artista romántica: ¿quién no querría escribir la historia de esta pareja?»
«Es difícil no admirar a esta pareja, son perfectos juntos. Se merecen todo lo bueno que les pase.»
Capítulo 2
Estaba sumergida en la lectura cuando una llamada de César me interrumpió de golpe.
Cuando atendí, su voz, grave y magnética, sonó al otro lado del celular:
—Mi equipo de relaciones públicas pregunta si quieres que retiremos esas publicaciones.
Sonreí para mis adentros, y, tranquila, respondí:
—No hace falta. Si tienes dinero extra, mejor inviértelo en nuestra boda. No pienso permitir que lo gastes en otros.
Desde el otro lado, escuché su risa suave:
—Está bien. Hoy iremos a que te pruebes el vestido. También llegaron tres variedades de rosas para la boda; ve a elegir la que más te guste.
«Apenas ayer decidimos casarnos, y ya están aquí esas flores. Qué eficiencia».
Desde que decidimos casarnos, César y su gente se encargaban de todo. Yo, felizmente, no movía ni un dedo. Él nunca me reclamaba nada, solo preparaba cada detalle para que yo decidiera.
Recordé cuando decidimos casarnos, Nelson y yo. En ese entonces, todo era lo contrario. Yo me encargaba de todo, y cada vez que le pedía su opinión, respondía molesto:
—¿Para qué me preguntas esas cosas tan triviales? Decide tú y no me hagas perder el tiempo.
Al ver cómo César organizaba todo, entendí finalmente cómo debía comportarse un verdadero futuro esposo.
Casi cincuenta opciones de vestidos de novia llegaron solo para que pudiera elegir, y, lo más sorprendente, es que todas eran exactamente de mi talla.
La diseñadora, sin cansarse, me animaba a seguir probándome más vestidos:
—Anoche, el señor Santos nos sacó de la cama a mitad de la madrugada. Tuvimos que ajustar varias tallas, y él insistió en que estuviéramos aquí por si hacía falta algún ajuste de última hora.
Me observaba con ternura, admirada por el brillo de mi vestido:
—El señor Santos debe amarla muchísimo.
Sentí cómo el calor me subía a las mejillas. Miré de reojo a César, y él me respondió con una sonrisa misteriosa.
Entre vestidos, joyas y rosas, terminé completamente agotada, por lo que, apenas llegué a casa, me dejé caer en el sofá.
Fue entonces cuando vi varias llamadas perdidas de Nelson. Justo en ese momento, mi teléfono volvió a sonar.
—¿Dónde diablos estás? ¿Cuántas veces debo repetirte que no llegues tarde? ¿O es que te gusta hacerme esperar para sentirte importante?
—¿Tarde a dónde? —le pregunté, confundida.
Nelson soltó una risa cargada de sarcasmo:
—Vaya contigo, Paula. Pensé que realmente habías aceptado a Ivana, pero parece que lo de ayer fue solo actuación. ¿Ahora también ignoras mis mensajes? Te dije claramente que hoy es la fiesta de bienvenida de Ivana. Ella insistió en que vinieras. Te mando la ubicación, apúrate.
Colgó sin esperar respuesta, e, inmediatamente, recibí la ubicación seguida de un mensaje de voz de Ivana:
—Paula, hace tanto que no nos vemos. Ven rápido, por favor. No quiero que haya malos entendidos entre Nelson y yo...
Antes de que terminara de escucharla, llegó otro mensaje de Nelson:
—Si no vienes, olvídate del contacto del editor de la revista que tanto quieres.
Me quedé un momento dudando. Como soy del área de medicina, llevaba tiempo intentando publicar una investigación, pero lo que realmente quería era que fuera en una revista específica.
Ese contacto era clave, y había sido Nelson quien lo había conseguido por pura casualidad y me había prometido que me lo daría. Qué increíble que ahora me estuviera chantajeando con eso.
Me levanté, me acomodé un poco la ropa y salí. Al fin y al cabo, esos dos no podrían fastidiarme por mucho más tiempo.
Al llegar al salón del hotel, vi a Nelson e Ivana sentados en el centro, casi pegados el uno al otro, mostrando una complicidad exagerada.
Apenas entré, Ivana se levantó rápidamente, con una sonrisa enorme:
—¡Paula! Ven, siéntate aquí.
Comenzó a cederme su asiento, pero Nelson la detuvo bruscamente:
—Ivana, tú eres la homenajeada hoy, quédate donde estás. Aquí hay muchos asientos, ella puede sentarse en cualquiera.
Ivana me miró con timidez, mientras su rostro se sonrojaba ligeramente:
—Perdona, Paula, es que Nelson... creo que ha bebido un poco de más.
Sacudí la mano con calma:
—No te preocupes, estoy bien aquí. Nelson tiene razón, hoy la protagonista eres tú.
Los amigos de Nelson empezaron a bromear:
—Ya basta con tanto protocolo por un asiento. Hoy vimos esas fotos de los paparazzi y, en serio, Ivana y tú se ven increíbles juntos. Incluso quienes no los conocen, los ven como pareja.
—Ivana siempre puso su carrera por delante, fue una pena que se separaran. Pero ahora que volvió, podrían intentarlo de nuevo.
Capítulo 3
Nelson ni siquiera me miró y, con total indiferencia, comentó:
—¿De qué hablan? Ivana va camino a convertirse en una gran artista.
No dijo nada sobre los rumores, aunque se suponía que yo iba a casarme con él.
¿Cómo había podido ser tan paciente, soportando a un hombre cuyo corazón siempre había estado ocupado por otra mujer?
Ivana mordió ligeramente su labio, con los ojos brillantes y ligeramente rojos, y, con un aire de falsa ternura, dijo:
—Paula, no les hagas caso, están bromeando. No te lo tomes en serio. Ten —dijo, extendiéndome una caja bellamente envuelta—. Te traje un regalito, Paula. Ábrelo, espero que te guste.
Al abrir la caja, encontré una delicada pulsera de cadena fina, adornada con pequeñas piedras de rubí.
Levanté la vista hacia Ivana y noté que llevaba un impresionante collar de rubíes, lujosamente elaborado y claramente hecho a medida.
Me quedé perpleja un momento. Ese collar... ¿no era el que Nelson había encargado especialmente para mí?
Él me había dicho que quería que lo usara el día de nuestra boda como símbolo de su amor sincero. El diseñador mencionó que, con los sobrantes de la piedra principal, podría hacer piezas adicionales, como una pulsera.
Ahora la joya principal estaba en el cuello de Ivana, mientras yo recibía una pulsera hecha con los restos.
No pude evitar soltar una leve carcajada.
Los amigos de Nelson, al verme reír tan espontáneamente, asumieron que era una tonta, y me miraron con burla. Alguien susurró:
—¿Cómo es que Nelson se fijó en alguien así?
Otro, cautivado por el collar de Ivana, exclamó:
—¡Ivana, qué collar tan espectacular!
Ella, ruborizada, acarició la joya y miró a Nelson con dulzura, diciendo:
—Me lo regaló Nelson para celebrar mi regreso. Dijo que si la exposición salía bien, me regalaría uno aún mejor.
—Vaya, Nelson sí que es generoso —intervine con falsa inocencia—. Esa pieza está hecha con piedras que han estado en su familia desde la época de su madre. El diseño tardó casi medio año y el corte se hizo fuera del país. Según la tradición, esa joya es solo para la esposa del heredero. Debes ser muy especial para que te la haya dado.
Un silencio incómodo llenó el ambiente. El rostro de Nelson se tornó sombrío.
Hasta los más distraídos se dieron cuenta de lo que acababa de pasar: la joya que debía haber sido mía ahora estaba en el cuello de Ivana, quien, nerviosa, se apresuró a ponerse de pie, acariciando el collar, sin saber qué hacer, mientras sus ojos se anegaban en lágrimas.
—Nelson, perdón... No sabía que era de Paula, fui muy tonta, debí haber preguntado antes...
Sus lágrimas comenzaron a caer, dándole un aire de fragilidad. Intentó desesperadamente quitarse el collar, y su cuello pálido se fue enrojeciendo por el esfuerzo.
—Nelson, ayúdame, por favor... quítamelo.
Su voz temblaba y parecía quedarse sin aliento. Nelson, visiblemente angustiado, tomó sus manos para detenerla:
—Ya te dije que es tuyo, no tienes que quitártelo. Déjalo en su lugar, no le prestes atención a esas tonterías.
Dicho esto, se giró hacia mí, mirándome con rabia, y soltó:
—Es solo una piedra, Paula. Y tú eres médica. No puedo creer que estés armando tanto drama por algo tan trivial. Ya casi eres doctora y sigues siendo tan superficial. ¿No te da vergüenza hacer esta escena frente a todos? —Hizo una pausa, antes de continuar con un tono aún más firme—:Y si la joya es para mi futura esposa, soy yo quien decide quién la usa. Si se la regalé a Ivana es porque ella se la merece más que tú. Estamos a punto de casarnos y sigues complicando todo. ¿Qué más quieres de mí?
Ivana, ya sonriendo y recuperada, dijo con dulzura:
—Gracias, Nelson. La verdad es que creo que esta joya queda perfecta con el vestido que usaré en mi exposición. Después de tantos años, sigues siendo el que mejor conoce mis gustos.