Capítulo 1

Mi esposo, Jorge Martínez, y el amor de su vida, Elvia Meza, murieron juntos en un accidente automovilístico, y a mí me dejaron a cargo de dos gemelos ilegítimos.

En un abrir y cerrar de ojos, dieciocho años se esfumaron. Me partí el alma para criarlos, los saqué adelante y hasta logré que los admitieran en la mejor universidad.

Pero justo el día en que llegó la carta de admisión, Jorge y Elvia —muertos desde hacía años— reaparecieron.

Ella se prendió del brazo de mi esposo, sonriendo de oreja a oreja, y me dijo:

—Gracias por criarlos tan bien. Mis dos hijos pudieron ingresar a la universidad más prestigiosa. Sin ti, Jorge y yo no habríamos podido pasar tantos años fuera, viviendo tan a gusto…

Después, Jorge me pidió el divorcio. Me dijo que se casaría con ella, y que, por fin, los cuatro estarían de nuevo "reunidos" como una familia.

Y yo no lloré ni armé un escándalo. Solo sonreí, serena, como si nada, y respondí:

—Está bien.

—¡Mamá! ¡Mamá! ¡Nos aceptaron! —gritaron mis dos hijos a todo pulmón desde el estudio.

Yo estaba preparando la cena cuando los escuché.

—¡Mamá! ¡A Óscar y a mí nos aceptaron en la mejor universidad! —dijo David, sin poder contener la emoción.

Salieron corriendo del estudio y me abrazaron con fuerza, casi levantándome del suelo. Miré conmovida a los dos, que ya me sacaban más de una cabeza.

—Ustedes dos son increíbles, son mi orgullo.

Hacía dieciocho años que Jorge había muerto. Como madre soltera, los crié sola durante dieciocho años. Y ahora, verlos entrar a la mejor universidad, no podía ser más feliz.

Ese año, Jorge y Elvia murieron, y yo me quedé a cargo de estos gemelos. Yo ignoré todas las objeciones, me enfrenté a todo el mundo y decidí hacerme cargo de ellos para criarlos.

En un abrir y cerrar de ojos, pasaron dieciocho años. Los niños crecieron, y con todo el esfuerzo que puse en su educación, lograron entrar en la mejor universidad.

Ahora que por fin los veía hechos y derechos, mi alegría no me cabía en el pecho.

—Mamá, en serio… todos estos años, gracias por haberte desvivido por nosotros.

—Sí, mamá. Sin tu paciencia y tu guía, no seríamos quienes somos hoy.

Mis hijos siempre habían sido muy atentos. Les dolía verme cargar con todo sola, y decían que, cuando se graduaran y encontraran un buen trabajo, me darían una vida tranquila para que por fin pudiera descansar.

Al verlos así, recordé algo: en un par de días sería su cumpleaños. En años anteriores, yo siempre reservaba un salón privado en un hotel. Pero esta vez, mejor lo celebraríamos todo junto: el ingreso a la universidad y el cumpleaños, para festejar por todo lo alto.

Reservé un salón privado en el mejor restaurante de la ciudad.

Al mismo tiempo, les mandé a mis familiares la noticia de que mis hijos habían entrado a la universidad. Me llovieron mensajes:

"¡Te salieron bien aplicados, Óscar y David."

"Si Jorge supiera que sus dos hijos son tan capaces, allá donde esté descansaría en paz."

Les eché un vistazo a esos mensajes y, enseguida, les envié la ubicación del restaurante.

Después de hacer todo eso, cerré la conversación en el celular.

Y me quedé esperando, en silencio, a que llegara el día de la cena de cumpleaños.

Capítulo 2

La cena quedó programada para dos días después, a las ocho de la noche.

Ese día, desde muy temprano llegué al restaurante. Revisé el menú una y otra vez, y también el plan de la celebración, asegurándome de que no hubiera ni el más mínimo error.

La mayoría de los invitados eran familiares de Jorge.

De mi lado, no vino nadie.

En aquel entonces, cuando decidí quedarme con Óscar y David a pesar de la oposición de todos, mis padres casi les da un infarto del coraje al enterarse. Y aunque han pasado tantos años, todavía no entienden por qué, teniendo una vida feliz, insistí en criar hijos de otra persona.

Los padres de Jorge, Javier Martínez y Ana Guillén, entraron al salón acompañados por varios familiares. Fueron directos a la mesa principal y se sentaron en los lugares de adelante.

Jesús Martínez y Aurora Martínez llegaron con sus familias y se acomodaron a los lados.

En la mesa principal había ocho lugares.

Todos se amontonaron alrededor de mis hijos, ocupando cada silla. No quedaba ni un asiento para mí.

—Luisa, ¿y tú qué haces ahí parada? Ve a servirles agua a Javier y a Ana.

Aurora me barrió con la mirada de arriba abajo. Era la hermana menor de Jorge. Se había casado mal: no solo sufría violencia en casa, también la familia de su esposo la despreciaba por no poder darles un hijo varón.

Así que este año, con cuarenta ya encima, se animó a intentarlo por tercera vez y, por fin, tuvo un niño. Desde entonces andaba con la nariz en alto, como si de repente se le hubiera enderezado la espalda.

Mis dos hijos estaban en medio. Intentaron levantarse para ayudar, pero Javier y Ana los detuvieron para que se quedaran sentados.

—Mis niños, vengan, acompáñenme a conversar —dijo Ana, toda cariñosa.

—Miren nada más, qué guapos están estos dos. Se parecen muchísimo a Jorge.

—Yo digo que se parecen más a Elvia —intervino Jesús, el hermano mayor de Jorge.

Javier y Ana le clavaron una mirada fulminante. Él se encogió de inmediato en su silla, sin atreverse a decir otra palabra.

Yo daba vueltas alrededor de la mesa principal: servía agua, luego vino, sin parar.

Mis hijos ya no aguantaron verme así y acercaron una silla entre ellos. Me sentaron a la fuerza.

—Mamá, nuestro cumpleaños… es el día en que tú sufriste para traernos al mundo. Siéntate y descansa.

Apenas escucharon eso, las expresiones en la mesa cambiaron.

Aurora incluso dejó escapar una sonrisa cargada de burla.

—Si Jorge supiera que sus hijos están tan bien educados por Luisa, se moriría de felicidad.

—Ejem… —tosió Javier dos veces, y Aurora cerró la boca.

—Luisa, hoy es un día tan bueno, y justo tengo algo que decirte —Ana me miró de reojo, sonriendo, toda melosa.

—Dígame.

—Mira, Óscar y David ya van a entrar a la universidad. ¿Para qué quieres tú sola un departamento de tres habitaciones, tan vacío? En cuanto entren a clases, Javier y yo nos vamos a ir a vivir ahí. Tú trabajas y yo me encargo de la comida.

Así que esa era la idea de Ana.

El departamento donde vivo lo pagaron mis padres como pago inicial. En un inicio iba a quedar a nombre de Jorge.

Pero a los seis meses de casados, él salió a dar una vuelta en carro con Elvia y tuvieron un accidente. Los dos murieron.

La siguiente vez que lo vi, solo quedaba una urna con cenizas.

Mis padres, viéndome tan sola y sin descanso, me ayudaron todos estos años con la hipoteca, así que la propiedad quedó únicamente a mi nombre.

Ahora que los niños ya crecieron, por fin empezaron a ponerle el ojo a mi casa.

—Ana, no es que no quiera que vivan conmigo, pero Óscar y David en unos años se van a ir al extranjero a estudiar. Por eso ya vendí el departamento. Voy a comprar uno de una sola habitación, y el resto del dinero lo voy a usar para que sigan estudiando.

Javier se puso lívido. De golpe, golpeó la mesa con la palma.

—¡Tú eres de la familia! ¿Cómo haces algo tan grande sin consultarlo con nosotros?

Yo abrí los ojos, como si de verdad me sorprendiera.

—¿Y no lo hice por los hijos de Jorge, acaso?

—¿Y el dinero de la venta? Entrégaselo a Ana para que lo administre. Tú gastas sin medida, y yo no me quedo tranquilo.

Normalmente, con que yo dijera que era por los niños, ya no discutían.

Pero hoy, Javier y Ana estaban extraños. Como si, en cuanto mis hijos entraran a la universidad, yo ya no sirviera para nada.

Pensándolo bien, respondí con calma:

—El dinero ya lo dejé en manos de un abogado. Está en un fondo de inversión de crecimiento. De aquí en adelante, cada mes Óscar y David van a recibir mil dólares, hasta que cumplan cuarenta años.

Al oírme, se le relajó el ceño a Javier.

—Por lo menos tuviste un poco de juicio. Al menos pensaste en ellos. Y ni se te ocurra comprar otro departamento. Alquila uno cualquiera y ya, no desperdicies la plata.

Capítulo 3

Mientras los invitados seguían charlando sin parar, el gerente del restaurante se acercó y me entregó un micrófono.

—Hoy es el cumpleaños de estos dos muchachos, y también estamos celebrando su ingreso a la universidad. Usted es su mamá; díganos unas palabras y comparta un poco de su experiencia criándolos.

Tomé el micrófono.

—Gracias a todos por venir a la cena para celebrar el ingreso a la universidad de mis hijos, David y Óscar. Hoy…

—¡Hoy mis dos hijos entraron a la universidad más prestigiosa! En un día tan bueno, ¿cómo es posible que sus padres biológicos no estén aquí? —me interrumpieron a mitad de frase.

Una pareja entró al salón tomada de la mano: un hombre y una mujer.

Levanté la vista. Aunque habían pasado dieciocho años, los reconocí al instante.

Uno era mi esposo, Jorge, "muerto" desde hacía años. La otra, era Elvia.

El salón estalló al momento. Se armó un murmullo enorme, comentario tras comentario.

Pero Javier y Ana no se emocionaron ni un poco al verlo aparecer con vida. Estaban demasiado tranquilos, de un modo inquietante. Incluso tiraron de Elvia hacia ellos y la sentaron a su lado.

Y Jorge, el que "había muerto" hace dieciocho años, vino directo hacia mí.

—Luisa, como esposa, no vales gran cosa. Pero como madre, eso sí, eres bastante decente.

Fue entonces cuando mis dos hijos, al ver la escena, reaccionaron de verdad.

—¿Qué… qué está pasando?

Jorge señaló a Elvia.

—Ella es su verdadera mamá. Y esa mujer... no es más que una vieja estéril, una gallina que ni un huevo puede poner. ¡Si no fuera porque se negó a divorciarse, amenazándome con quitarse la vida, nuestra familia no habría estado separada dieciocho años!

Yo todavía no había dicho nada cuando, en la mesa principal, los Martínez empezaron a hablar uno tras otro, dirigiéndose a mis hijos:

—Sí, fue Luisa la que se aferró a no divorciarse, por eso ustedes estuvieron lejos de sus padres dieciocho años.

—No se dejen engañar. Aunque los crió bien, en el fondo es mala.

—Pero ya está. Ustedes ya crecieron, entraron a la mejor universidad, y por fin la familia puede reunirse.

Mis hijos no entendían nada. Se quedaron tiesos, sin saber qué hacer.

Elvia, llorando con una actuación perfecta, les tomó las manos y sacó el celular.

—Yo soy su madre de verdad. Cada año les mandaba regalos. A la salida de la escuela, yo también iba a verlos, a escondidas.

Mientras hablaba, giró la cabeza hacia mí.

—Luisa, gracias por criar tan bien a mis dos hijos.

Jorge le rodeó los hombros. Al mirarme, se le asomó una burla en la mirada.

—Ven conmigo a firmar el divorcio. Ya pasaron dieciocho años. Voy a casarme con Elvia; tengo que darle su lugar.

Todos estaban convencidos de que yo me negaría, de que armaría un escándalo.

Pero frente a las miradas curiosas y los cuchicheos de decenas de personas de la familia Martínez, yo solo sonreí, suave, como si nada.

—Está bien. Acepto. Mañana mismo nos divorciamos, y que por fin se reúnan ustedes cuatro como una familia.

Mis palabras dejaron al salón helado. La gente me miró con los ojos abiertos, sin poder creerlo.

¿Después de criar a esos hijos durante dieciocho años, iba a entregarlos así sin más?

Hasta Jorge y Elvia se quedaron boquiabiertos, mirándome como si yo fuera un fantasma.

Ellos pensaban que yo gritaría, que me tiraría al suelo, que lloraría a gritos, pero lo único que no esperaban era que yo aceptara tan rápido.

Jorge me miró, incrédulo, y soltó:

—¿Qué demonios? ¿Se te safó un tornillo?

Al ver la desconfianza en su cara, le respondí sin rodeos:

—¿Qué? ¿Ya no te conviene?

En cuanto me oyó, Elvia le tiró del brazo a Jorge, apurándolo.

Él entendió al instante: sacó de su bolso el convenio de divorcio, rápido, como si temiera que yo me arrepintiera.

—Entonces firma el divorcio. A partir de hoy, esos dos ya no tienen nada que ver contigo. No los vuelvas a buscar.

Yo ni siquiera lo leí. Firmé al pie, sin pestañear.

—¿Mamá? ¿Mamá, ya no nos quieres?

Mis hijos me miraron destrozados. No entendían cómo pude firmar tan fácil.

Elvia guardó el documento y, con voz fingidamente dulce, dijo:

—Luisa, gracias por cumplirnos el sueño. Si no fuera por ti, nosotros dos no habríamos podido vivir tan tranquilos por ahí todos estos años.

Miró a mis hijos —dos chicos de casi un metro ochenta— y sonrió con una satisfacción que no se molestó en ocultar.

—Ya está. Ya no tienes nada que hacer aquí. Vete.

Javier agitó la mano, impaciente, tratando de echarme.

Yo levanté la mirada.

—Un momento. Ya que el acuerdo está firmado, también es hora de que sepan la verdad.

—¿Qué quieres decir? —Elvia frunció el ceño, confundida.

Solté un suspiro largo. Había esperado dieciocho años. Ya era momento de que todo terminara.

Luego, entonces aplaudí y miré hacia la entrada del salón.

—Pasen.

Unos segundos después, dos figuras aparecieron en la puerta…

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Crié Gemelos para la Venganza

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