Capítulo 2

El auto avanzó por calles oscuras y desiertas. Victoria, atrapada entre los dos hombres de Santino, apenas podía mover los brazos. Su respiración era entrecortada, y el sonido de las llantas sobre el pavimento le retumbaba en los oídos como un tambor cargado de sentencia. El silencio del trayecto la estaba matando por dentro.

Finalmente, tras varios giros, el coche se detuvo frente a un viejo almacén de metal oxidado en las afueras de la ciudad. El chirrido de la puerta al abrirse la hizo estremecer. El aire olía a humedad, hierro y polvo acumulado.

Los hombres la obligaron a bajar. Sus pies descalzos tocaron el suelo frío y rugoso del lugar. Las luces fluorescentes parpadeaban, lanzando destellos mortecinos que apenas iluminaban el interior.

Y allí, en una silla metálica, con las manos atadas a la espalda y el rostro ensangrentado, estaba su hermano.

-¡Damián! -el grito salió de su garganta con fuerza.

El hombre levantó la cabeza con dificultad, un ojo hinchado y los labios partidos. Cuando la reconoció, intentó enderezarse, pero la cuerda le apretaba con violencia.

-¡Victoria! -su voz era ronca, gastada, pero viva.

Ella corrió hacia él, pero uno de los guardias la sujetó de los brazos, obligándola a detenerse. Su desesperación era un nudo que la asfixiaba.

-¡Suéltenla! -gimió Damián, forcejeando inútilmente contra las ataduras.

Santino entró detrás de ellos, su silueta imponente dominando todo el espacio. Caminó despacio hasta quedar frente a los dos hermanos. Su mirada se paseó por Damián como si se tratara de un animal herido sin remedio.

-Aquí está tu hermana -dijo con calma-. Tan valiente, tan dispuesta... a pagar por ti.

Victoria giró la cabeza hacia él, con lágrimas deslizándose por sus mejillas.

-Se lo prometí. Yo pagaré cada peso. No le haga daño, se lo suplico.

Santino soltó una risa seca, sin humor.

-¿Lo escuchas, Damián? -se inclinó hacia el hombre atado-. Tu querida hermana se ofrece a cargar con tu deuda. Una deuda que por cierto, era dinero destinado a tu madre enferma... y que tú apostaste como el imbécil que eres.

El rostro de Damián se contrajo en vergüenza y rabia.

-¡No la meta a ella en esto! ¡Yo asumí el riesgo, yo acepto las consecuencias!

Santino lo observó con frialdad, y luego miró a Victoria, que temblaba bajo la presión de su imponente mirada.

-¿Y crees que me importa lo que aceptes o no? -su voz resonó como un trueno-. Aquí mando yo. Y aquí, la deuda la paga quien pueda... o quien esté dispuesto a dar la cara.

Victoria dio un paso hacia adelante, liberándose del guardia con un tirón desesperado.

-Entonces míreme a mí. No a él. Yo lo haré.

Santino se acercó a ella, tan cerca que el humo de su aliento le rozó la piel.

-¿Tienes idea de lo que estás diciendo? -su tono era bajo, casi un susurro, pero cargado de amenaza.

Victoria asintió con los ojos enrojecidos.

-No me importa cuanto tarde, no me importa lo que tenga que hacer... pero pagaré hasta el último peso.

Damián gritó, completamente desesperado.

-¡No, Victoria! ¡No lo hagas! ¡No sabes con quién tratas!

Santino lo calló con una mirada. Luego tomó a Victoria del mentón, obligándola a levantar el rostro.

-Muy bien -murmuró-. Te daré la oportunidad. Pero recuerda algo: en mi mundo... las promesas se cumplen o se pagan con sangre.

Ella cerró los ojos un segundo, tragando el miedo, y luego asintió.

-Lo entiendo.

Santino sonrió apenas, un gesto que más que alivio era una confirmación de poder.

-Entonces... bienvenida a tu deuda.

Santino chasqueó los dedos y sin apartar la vista de Victoria ordenó con voz seca.

-Manténganlo.

Los dos hombres se acercaron de inmediato a Damián, sosteniéndolo por los hombros y forzándolo a inclinar la cabeza hacia adelante. Victoria gritó, su voz desgarrada resonando en el almacén.

-¡No! ¡No lo toquen! ¿Por qué va a matarlo si yo le dije que pagaré la deuda? ¡No tiene sentido!

Damián forcejeó contra las sogas, la desesperación pintada en su rostro ensangrentado.

-¡Victoria, vete de aquí! ¡No caigas en su juego, no le debes nada, yo soy el culpable!

Santino soltó una carcajada baja, acercándose lentamente.

-Eso es lo más gracioso -dijo-. Los culpables siempre hablan, siempre suplican... pero al final lo único que importa es quién tiene el poder. Y ahora, muchacha, ese poder lo tengo yo.

De un tirón brusco, Santino sujetó a Victoria del brazo, atrayéndola hacia él hasta dejarla frente a su pecho, inmóvil bajo su fuerza. Su voz descendió a un murmullo cargado de veneno.

-Acabas de hacer un trato con el diablo. Creíste que con tus lágrimas podías cambiar las reglas, pero aquí todo se paga. ¿De verdad entiendes lo que significa pertenecerme hasta que saldes cada moneda?

El cuerpo de Victoria temblaba bajo su agarre, el eco de sus palabras tatuándose en su piel como una marca invisible. En ese instante supo que había cruzado un límite del que jamás podría regresar.

Capítulo 3

Santino se detuvo un segundo antes de irse, se giró con calma, esa calma fría que resultaba más aterradora que cualquier arrebato de ira. Su mirada se posó sobre Victoria, que aún se aferraba al cuerpo malherido de su hermano como si sus brazos fueran la única barrera contra la condena que se venía sobre ambos.

Con un ademán apenas perceptible de su mano, Santino dio la orden. 

-Átenla -ordenó, su voz profunda y cortante, como un cuchillo que no admite réplica.

Los hombres se movieron al instante. Uno de ellos avanzó con una cuerda áspera, mientras otro sujetaba a Victoria por los hombros.

 Ella forcejeó, pataleó con desesperación, sus gritos desgarraron el lugar. 

-¡No! ¡Suéltenme! ¡Por favor, señor, no! -imploró, su voz cargada de un pánico que helaba la sangre.

Santino no se inmutó. Su expresión permanecía impasible, una máscara de hielo. Mientras sus hombres inmovilizaban a Victoria, él chasqueó los dedos. 

-Y denle su merecido al idiota de su hermano.

Damián, débil, apenas logró alzar la cabeza antes de que dos golpes secos lo devolvieran al suelo. Los hombres lo patearon sin piedad, arrancándole gruñidos ahogados. Victoria gritó con más fuerza, desgarrando su garganta. 

-¡Basta! ¡Por favor, no lo hagan! ¡Yo pagaré! ¡Déjenlo!

Pero su súplica era solo música para Santino, una melodía que confirmaba su poder. Se inclinó apenas hacia ella, observándola con una serenidad macabra.

 -Es lo que pasa cuando uno juega con el dinero de la familia equivocada -susurró, antes de enderezarse con elegancia.

Sin volverse más, se ajustó el saco y avanzó hacia la salida. Afuera lo esperaba la caravana: camionetas negras, motores encendidos y cristales oscuros.

-Tenemos una cita -murmuró Santino para sí mismo, acomodando la pistola bajo su chaqueta antes de subir al vehículo principal.

El convoy arrancó, las llantas levantaron polvo en el camino de tierra que conducía hacia la carretera. Los faros iluminaban el horizonte mientras los hombres de Santino mantenían la mirada fija, armas listas. Dentro de la camioneta, el silencio era pesado, roto solo por el ronroneo del motor.

De pronto, el celular de Santino vibró. Él lo tomó con calma, pero al ver el nombre en la pantalla, sus ojos se entornaron. Contestó con un movimiento brusco.

-Marcello.

La risa que llegó desde el otro lado de la línea fue seca, burlona.

 -Hola, Santino. Dime, ¿de verdad creíste que yo iba a caer en tu falsa tregua? ¿En tus palabras vacías de paz?

La mandíbula de Santino se tensó, los músculos de su rostro se marcaron como piedra.

 -Escúchame bien, bastardo. Si piensas que puedes desafiarme y salir con vida, estás más perdido de lo que imaginaba.

Marcello guardó silencio un segundo, como saboreando el momento. Luego, su voz sonó como un veneno suave. 

-Ya no eres nada, Santino. Te aferraste al poder demasiado, y ahora es momento de que un verdadero hombre ocupe el lugar que merezco. Yo seré el nuevo patriarca. Yo gobernaré lo que tú ya no puedes controlar. Y dudo mucho que los socios te apoyen.

Santino apretó el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. 

-Si te atreves a...

-Nos vemos en el infierno, viejo amigo -interrumpió Marcello, su tono cargado de odio.

La línea se cortó. El silencio posterior fue tan denso que parecía ahogar.

-¡Frena! -rugió de pronto Santino, aunque el conductor ya había reaccionado.

Las llantas chirriaron contra el asfalto, dejando marcas negras mientras la camioneta se detenía en seco. El convoy entero se alineó tras ellos, creando una cadena de luces rojas en medio de la oscuridad.

Al frente, como una aparición siniestra, se desplegaban al menos veinte hombres, todos armados hasta los dientes. Sus rifles brillaban bajo la tenue luz de la luna, listos para escupir fuego. Y al centro, erguido con una calma burlona, estaba Marcello.

Vestía de traje oscuro, impecable, como si la guerra no lo manchara. Sus labios se curvaron en una sonrisa de triunfo, y en un gesto cargado de insolencia, guiñó un ojo hacia Santino.

-Maldición -masculló Santino entre dientes, sacando su arma con un movimiento veloz.

El silencio duró apenas un segundo. Luego, el infierno estalló.

Los disparos retumbaron en la noche, un coro ensordecedor de metralla que iluminaba el campo con destellos rojos y amarillos. Las ventanas de las camionetas se astillaron bajo el impacto de las balas, los hombres de Santino respondieron al fuego, sus armas rugiendo con furia.

Santino, con el arma en mano, disparaba con precisión mortal desde su asiento, mientras maldecía en italiano. Cada bala que salía de su pistola era una promesa de venganza.

El aire se llenó de humo, gritos y el zumbido de proyectiles. Los cuerpos caían a uno y otro lado, el suelo se teñía de sangre. Pero en medio de ese caos, nadie vio venir lo peor.

Un silbido cortó el aire. Y entonces... la explosión.

Un estallido brutal sacudió todo el terreno. El fuego devoró el costado del convoy y la camioneta donde estaba Santino fue levantada del suelo como si fuera un simple juguete. El metal se retorció, el vidrio voló en miles de fragmentos afilados, y los cuerpos fueron lanzados en todas direcciones.

El rugido de la detonación apagó por un instante todos los demás sonidos, dejando solo el eco de la destrucción y el olor penetrante de la pólvora y el hierro ardiente.

La camioneta de Santino giró en el aire antes de caer de lado con un estruendo metálico, arrastrándose unos metros antes de detenerse. El silencio que siguió fue sepulcral, como si el mundo mismo contuviera la respiración, esperando a ver quién había sobrevivido al infierno.

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Condenada a Santino

Capítulo 2
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