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Cerca de tu corazón
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Cerca de tu corazón

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En Cerca de tu corazón, Mason busca estabilidad tras huir de un pasado violento. Esta modern novel de acción muestra cómo nuevos conflictos amenazan su libertad, obligándolo a enfrentar peligros inesperados. Una mystery story donde cada decisión cuenta para sobrevivir al ayer.
Capítulo 1 de Cerca de tu corazón

Desde los primeros días en mi nueva escuela he observado las maniobras que los hermanos Sídorov utilizan para atormentar a los demás estudiantes. A los nuevos, sobre todo, la raza que deben domesticar para que su reinado no se vea amenazado por ningún estúpido de doble moral que desee acabar con el mal en la escuela.

Hice todo lo posible para seguir sus pasos, pero ni siquiera cruzar miradas con ellos. Debía retrasar mi bienvenida aquí. Aunque en eso no tenía elección de todos modos, traté de convencerme a mí mismo de lucir lo bastante débil y estúpido para hacerles ver que tratar conmigo era una pérdida de tiempo, pero el plan se vino abajo cuando no pude dejar de lado mi orgullo y llorar como bebé por cualquier comentario malvado o amenaza.

Los Sídorov querían que suplicara piedad y me retorciera como una babosa rociada con sal. Disfrutaron de treinta minutos dándome golpes inexpertos y bombardeos de cualquier porquería que hallaran en el momento, más las que habían traído para la ocasión. Cualquier cosa apestosa que encontraran era buena para arrojársela a Mason.

Se hizo muy difícil fingir horror o retorcerme por el ardor de la humillación cuando lo único que hicieron fue pegarme como bebés dando manotazos a sus padres y arrojarme cuanta encontraran; tardando demás en la parte de la intimidación, que debe ser sencilla, eficaz, y directa para causar miedo a la víctima.

Lo bueno de todo esto es que al haberlos dejado llenarme de mierda seguro quedaron satisfechos… A menos que quieran averiguar cuánto puedo resistir antes de demostrar que tan estúpido no soy y puedo darles pelea.

Sacudiendo mi cabeza llena de huevos podridos, respiro aire fresco y reviso las heridas que quedaron debajo de mi camiseta. Nada más hay raspones, unas cuantas zonas verdes que pronto cambiarán a morado y restos de comida que cayeron al mover la ropa.

Miro hacia todos lados porque no tengo idea de a dónde fue a parar mi mochila confiscada por esos idiotas.

De pronto, escucho una lista de maldiciones y veo basura siendo arrojada desde una esquina por alguien que parece estar entusiasmado por sacarle el relleno a un cesto de basura.

Me acerco un poco más al sitio donde explotan papeles y envoltorios en todas direcciones. Con la basura metida hasta el codo está un chico tan bañado en mierda podrida como yo. Tal parece que hoy los simios hicieron dos por uno para ahorrarse la molestia.

Advirtiendo mi presencia, el chico se aparta del basurero y mira con la boca abierta lo que hay frente a él.

—Esto es bastante conveniente. —Inclina su cabeza—. Te llamas Mason, ¿verdad?

—Sí, soy Mason. También te dieron una calurosa bienvenida, ¿eh?

El chico está cubierto de pies a cabeza con lo que parece ser cadáveres de comida que mancharon su preciosa ropa de colores pasteles, aparte de endurecer su cabello color trigo. Él revisa su ropa, después toca su cabello y frunce el ceño cuando agarra algo extraño que se enredó en su melena.

—Soy Liam. Esto es por intentar defender a un compañero. —Agita su mano como si los restos de comida estuvieran quemándole la piel—. Correr fue peor. Me derribaron con manzanas podridas.

Contengo la risa mientras él observa el cesto de basura tan alto como una mesa.

—Estoy seguro de que no hay dos Mason Jones. Encontré tu mochila en otro cesto de basura, aunque dudo que haya algo recuperable aquí dentro.

Alcanzo la mochila que va a ser un infierno limpiar. Cómo bien dijo el principito, nada sobrevivió a la estupidez de esos monos. Mi teléfono acabó destrozado y algunos cuadernos con tareas importantes quedaron reducidos a papel picado.

—Tienes suerte, al menos alguien halló tu mochila. —Liam arroja por ahí una lata vacía—. Hace media hora que estoy recorriendo cada rincón cercano al sitio donde me interceptaron para ver si encuentro mi morral.

—Buena suerte.

Con mi mochila en mano, doy unos pasos hacia el camino que necesito tomar.

—¡Ey! Hum, ¿podrías ayudarme a buscar mi morral? Ya que los dos estamos así podríamos ayudarnos mutuamente, ¿no crees?

—Sí, lo que pasa es que…

—Por favor. —Utiliza una dulce voz y un mohín adorable para intentar convencer—. Te prometo que puedo y quiero devolverte el favor.

Iba a pensar en más excusas, pero me distrajo un pedazo de manzana podrida que cayó de su hombro cuando movió sus brazos para juntar las manos como un perrito pidiendo un premio.

—¿Tienes un celular que pueda usar?

—¿Necesitas llamar a tu novia? Si mi morral no está tan destruido como tu mochila, tal vez puedas contactarte con ella.

—Me sorprende la rapidez con la que buscas información. —De repente me dieron ganas de reír—. No hay nadie por quien deba preocuparme, solo necesito hacer una llamada a mi trabajo porque al parecer hoy no podré presentarme.

Liam extiende una sonrisa coqueta, pestañeando un par de veces.

—Está bien, busquemos mi morral y veamos si puedes hacer esa llamada.

***

El camino entre la puerta de salida y el salón donde estuve antes está a reventar de chicos y chicas. Lo que se escucha es lo de siempre, aunque mucho más ridículo porque al no haber exámenes ahogando nuestra juventud, se aferran a la libertad momentánea.

Su entusiasmo crece mientras los chismes sin sentido comienzan a llenar el ambiente con el típico murmullo de una multitud, las risas exageradas de algunos me hacen fruncir el ceño preguntándome cómo un humano puede sacar un sonido tan raro y niego con la cabeza al ver que algunas chicas murmuran cosas cuando paso delante de ellas.

A mitad de camino, levanto la mirada hacia el único reloj que funciona de todos los que hay en las paredes grisáceas. Tengo veinte minutos antes de entrar al trabajo.

Casi llegando a la salida tengo que detener mis pasos porque alguien tira de mi manga. El aroma a bergamota, cardamomo, limón y otras esencias que no puedo distinguir me dan una ligera idea de quién puede haberse tomado tantas libertades conmigo.

—¿Qué quieres?

Volteo hacia Liam.

—Ellos vienen por ti —anuncia como esos mensajeros místicos que salen en las películas de fantasía—. Los escuché hace unos instantes. Esta vez planean dejarte inconsciente y perdido en alguna parte de la ciudad.

Me impresiona el salto que han pegado las travesuras de los simios.

—Está bien.

—No, no lo está. —El principito engancha su brazo con el mío—. Por favor, permíteme ayudarte una vez más.

Me empuja hacia la salida tratando de asegurarse que los intento de bullies no nos vigilan para alcanzarnos y arrastrarnos hacia cualquier cosa que deseen hacer. No creo que sean tan idiotas para hacer eso frente a toda la escuela, pero como nadie los va a detener, es un buen punto para comenzar a sembrar terror de verdad.

—Ya me ayudaste una vez —le recuerdo mientras caminamos a grandes zancadas—, ¿por qué decides ayudarme de nuevo?

No me alejo de él porque cualquier día sin pasar por la locura de esos simios me viene bien; pero como forzosamente he aprendido, todo tiene un precio.

Liam no se detiene ni responde a mi pregunta mantenemos el silencio hasta llegar a su sedán negro que, para ser sincero, no le queda bien conducir. Le vendría mejor un pequeño auto.

Él suelta mi brazo y agita su morral de cuero en busca de las llaves, supongo.

—Por cierto, le dije a Brody que el celular es un préstamo, pero él insiste en que no puedo tener tanta suerte. Vas a tener que hablar con él para que me crea y no mencionar nada de todo lo que está pasando.

—Debo ordenar esta cosa —protesta entre murmullos incoherentes, sacudiendo con más ganas el morral—. Ah, sí, hablaré con… ¿Era tu tutor? No te preocupes. ¡Aquí están!

Al fin saca las llaves y podemos entrar al auto.

—¿Lo ves? —Él lanza nuestras cosas hacia la parte de atrás—. Es bueno tener a alguien vigilando tu espalda.

—Suena a algo que diría un acosador.

—No te preocupes, le daré explicaciones a Brody. —Enciende el GPS plantado en el salpicadero y nos ponemos en marcha—. No usaba ese teléfono, era mejor que alguien más lo tuviera.

—Y se lo diste a un extraño…

Hago de mis manos almohadas para mi cabeza.

Como el angelical acosador no dice nada, me dejo llevar por el pensamiento. Con este ya son dos encuentros. La última vez que me ayudó demostró ser eficiente porque, me llevó a casa en su auto sin importarle que lo ensucie.De hecho, se veía más preocupado que yo cuando le conté que los monos bullies me golpearon un poco.

Cuando le pregunté por qué me ayudó, él afirmó que no le gustaba para nada la forma en la que esos sabuesos manejaban la escuela. Tal vez fue inevitable, a su modo de ver las cosas, que lo hayan baleado con manzanas podridas y comida rancia; pero no por eso debía quedarse con los brazos cruzados cuando alguien más necesitaba ayuda.

—¡Cierto! En la bolsa detrás hay frituras por si gustas.

—Me he estado preguntando. —Me lanzo hacia la comida—. ¿Por qué me ayudaste a mí y no a tu compañero?

Él sigue observando el camino sin mover los labios.

—Supongo que también sabes que, al no hallarme, van a hacerle algo peor a otro —le cuento, tratando de que se entienda a pesar de tener la boca llena de frituras—. No seré ni el primero ni el último en ser molestado en esa escuela, solo lo has hecho más complicado para otro saco de carne que quieran atormentar.

—Sigo recordando la dirección de tu trabajo, no te preocupes, sé hacia dónde voy.

—Cambiar de tema no sirve —le advierto.

—Hace un año que estoy en esta escuela. Sé lo que esos dos son capaces de hacer: obras de arte con los estudiantes, aunque prefieren a los recién llegados. —Me acabo la bolsa pequeña de Cheetos y agarro las papas. —Los dejan casi inconscientes —continúa Liam, tan alterado como al principio—, pero a ti no parece ni siquiera dolerte el cuerpo por los golpes recibidos y lo peor de todo es que tardaron bastante en darte la calamitosa bienvenida.

—Algunos son más fuertes, astutos e inteligentes que otros.

—¿Es que pasaste por algo peor? Mason, deberías tomártelo en serio… Algunos dicen que son capaces de matarte.

—Nunca dudo de ello.

Recibo un puñetazo en mi brazo.

—¡Ey! ¡Ey! ¡Mantén las dos manos en el volante! No quiero que me mates tú. —Masajeo el lugar donde su puño fue a parar—. ¿Y de dónde sacaste tanta fuerza?

—¡No vuelvas a decir algo tan inconsciente!

Tal vez lo admití con demasiada calma, pero es cierto, es pura lógica. Aunque quiero vivir; no puedo hacer nada si ellos un día deciden contratar un sicario para ejecutarme.

Mientras restriego mi brazo, miro al conductor de fuerza bruta. Liam está atento al camino, sus finos labios descansan en un cómodo gesto, y su cabello fino roza su rostro al moverse con el viento que corre a través de la ventanilla. Lo más impresionante son sus ojos. Tienen el color del laurel, un verde apagado tan bonito e intenso como el aroma que deja una pequeña hoja en las salsas caseras.

—No sé por qué te asombras tanto—. Miro los autos que pasan al lado nuestro—. Dijiste que no eres idiota, entonces sabes qué pasa en ese grupo de sabuesos lidereados por... ¿Quién tira de sus correas?

—Yo tampoco tengo idea de quién es su líder supremo —murmura él—. Pero existe, según rumores.

Miro la hora en el celular.

—Apresúrate, me quedan diez minutos para llegar a Kwik Fill.

—Llegaremos a tiempo, no te inquietes —insiste.

Al tratar de no pensar en nada, las imágenes del primer encuentro estropean todo mi esfuerzo.

—¿Me dirás por qué decidiste ayudarme en vez de a tu compañero?

—Will me dijo que su novia estaba en camino para ayudarlo. Supuso que, si ella lo ayudaba y los simios los vieran, no harían nada porque hasta ahora no se han metido con las chicas. —Liam se encoge de hombros—. Algunas veces las molestan, pero no es el mismo trato que les dan a los chicos. En mi caso, como debía hallar mi morral, no podía huir.

—Bien y ¿cómo sabías quién era yo?

—¿No puedes quedarte con un cuarto de la información? —Liam lanza un quejido infantil—. Te ayudé dos veces, podrías obviar los detalles.

Evalúo posibilidades y ordeno las cosas a mi modo.

—¿Qué te parece si a partir de ahora pasas tu tiempo conmigo? —propongo antes de que se acabe el tiempo a solas—. Pegados como siameses, a los simios no les será fácil volcar sus perversiones en cualquiera de los dos. Eso y que ya viste que no terminé tan desarmado como otros chicos.

Él ríe por lo bajo y acomoda su cabello hacia atrás. No parece que desconfíe, más bien cree que esto es excusa para otra cosa que no tiene nada que ver con el tema que estamos tratando.

—Pasar tiempo contigo —susurra—. Debes pensarlo mejor.

—Lo pensé en estos días, pero si no quieres, está bien.

—¡¿Quién dijo que no?! —Carraspea un momento—. Es decir, sí, después de todo no tengo nada interesante qué hacer en esta escuela y aunque parezca que tengo amigos, en realidad son solo compañeros con los que a veces paso el rato.

Después de arreglar aquel trato la conversación fue mucho más ligera y no hubo otra cosa que temas triviales, cómodos temas triviales que me hacían más fácil relajarme antes de llegar al trabajo.

Llegamos a Kwik Fill y antes de que baje, él me pregunta si quiero que me recoja a la salida del trabajo. Rasco mi nuca porque creo que me acabo de meter en algo que no quería, pero ya establecí que me aprovecharía todo lo que pudiera así que estoy de acuerdo con su sugerencia y le digo a qué hora debe llegar. Después de dar las instrucciones, salgo disparado del auto para sacar mi mochila y empezar las pocas horas de trabajo que hoy tengo que cumplir.

Lo único que hago es esperar por clientes, ordenar latas de cerveza, descargar algunas cosas para abastecer la mercadería que hay en los estantes, actualizar la sección de revistas con la posibilidad de llevarme las que quiera, y poder disfrutar de un descuento en frituras y bebidas.

La mayoría del tiempo que me toca estar con Clover escuchamos música y jugamos piedra, papel o tijeras cuando los dos nos sentimos flojos para hacer el trabajo y queremos dejárselo al otro.

***

—¡Chico malo! ¿Cuál es la prisa? —pregunta Clover mientras acomoda el moño alto que lleva hoy.

Hago entrar como sea en mi mochila los libros que estuve leyendo para responder algunas preguntas de la tarea.

—A mi casa. Que tengas buenas noches y vengan pocos freaks desvelados

—Diviértete, niño malo, en lo que sea que estés metido.

Escucho su risa antes de cerrar la puerta.

Todavía no entiendo por qué piensa que soy un chico malo solo por usar ropa de colores aburridos todos los días. No es una cuestión de actitud, más bien es comodidad.

Me detengo a unos metros del surtidor de gasolina, pestañeando un par de veces porque acabo de recordar que no pedí el número de teléfono del principito.

Bueno, acordamos encontrarnos en una hora determinada, no creo que haya problemas.

—¡Mason!

Levanto la mirada del suelo y veo que él llega corriendo desde el frente.

—Hola —saludo cuando estamos cara a cara.

—¡Hola! ¿Listo para ir a casa?

Los dos emprendemos el camino hacia su auto estacionado una calle más abajo.

Al momento en que entramos, el sonido de un estomago gruñendo me sorprende. No es tan fuerte, pero como estamos en un espacio silencioso y un poco pegados uno del otro, se escuchó con claridad. Lo miro con una sonrisa torcida. Él se encoge de hombros mientras muerde sus labios.

—A esta hora suelo cenar.

—Entonces no debiste ofrecerte a buscarme —le digo—. No hace una diferencia que tengas gestos como este.

Liam niega con la cabeza.

—¿A dónde?

Coloco ambos brazos detrás de mi cabeza.

—Sigues por esta calle y luego doblas a la derecha, pasas dos casas y la tercera es mía.

Él guarda silencio, luego gira la cabeza hacia mí. Su cara parece estar pasando por una metamorfosis entre la ira y la risa.

Le sonrío.

Liam me da un puñetazo en el brazo, pero aun así no puede borrar mi sonrisa.

—¡Me perdí la cena!

—¡¿Quién me ofreció sus servicios de chofer?! —exclamo, frotando mi brazo—. ¡Y deja de golpearme por cualquier cosa!

Él se cruza de brazos, apartando la mirada.

—Estas aquí a pesar del hambre, eso me hace pensar que puedo contar contigo en las buenas y en las malas.

—¿Eh? —Sus cejas se disparan hacia arriba—. Bueno, sí, tal vez, pero me tomaste el pelo. Ahora yo puedo desconfiar de ti.

—No, estás conteniendo la risa. —Señalo el leve temblor en sus labios—. Te he pillado.

Él sonríe antes de dejar escapar lo que tanto pretendía esconder.

—¡Con quien vine a juntarme!

Mientras él sigue riendo, pienso en un plan. Fui al supermercado hace poco, también tengo hambre y ya que este chico parece agradable…

—En marcha —ordeno—, tienes que ayudarme a preparar la cena.

El principito deja de reír de repente.

—No más de esto.

—Está bien. —Levanto mis manos como señal de haberme rendido—. Si no quieres que cocine una deliciosa cena para ti…

—Ya mismo nos ponemos en marcha.

En el más corto camino hacia casa que alguna vez alguien hizo en auto, hablo con Liam sobre mi trabajo porque insiste en saber a pesar de que no hay mucho que decir, solo pequeños detalles del día.

—¿Es aquí?

Él frena en frente de una casa blanca de dos pisos, básica, igual a las demás que hay a su alrededor.

—Sí. —Me quito el cinturón de seguridad—. Brody llega a las diez de su trabajo, tenemos tiempo de sobra para pasarla muy bien cocinando.

Al entrar en casa, enciendo las luces de la sala para no chocar con ningún mueble. En la cocina, con Liam a mi izquierda, subo el interruptor de la lámpara colgante sobre la pequeña mesa de madera donde como solo la mayor parte del tiempo.

—Tengo que llamar a casa para avisar que llegaré tarde.

—No te entusiasmes demasiado. —Avanzo hacia la nevera—. Ni siquiera serán las doce de la noche cuando salgas de aquí.

Adoro ver el frigorífico sin un solo espacio vacío. Hay vegetales, salsas especiales que hice hace un par de días, algunos postres probados aquí y allá porque a Brody se le antojó picarlos como pájaro a las migajas.

—Tengo que explicarle a tu tutor que fui yo quien te dio el teléfono, ¿no es así? Sino pensará que estás metido con una banda de chicos terroristas.

—¿Terroristas? —Volteo para mirarlo con una ceja en alto.

—No me estabas prestando atención. Parece que el cadáver que guardas dentro te estaba hablando y era mucho más interesante que yo. —Ríe—. Miras el interior de la nevera más de lo normal.

Extraigo un frasco de salsa de tomate y lo dejo en la mesa.

—Más raro es decir banda de chicos terroristas.

El rugido de la bestia dentro de su estómago vuelve a aparecer.

—No más jueguitos. —Envuelve su abdomen con ambos brazos—. Prepara algo, por favor, muero de hambre.

No sé si debería gastar la primera vez que cocino para alguien que no sea Brody en un chico que acabo de conocer, pero como se ha portado de lo más bien conmigo, no le doy muchas vueltas al asunto.

—Acaba tus trámites y reúnete conmigo.

—¡Vendré en seguida! —Liam saca su teléfono del bolsillo de sus jeans negros y se dirige hacia la sala de estar—. No empieces a divertirte sin mí.

Me quedo unos segundos observando su andar despreocupado hacia un lado de la sala. Dándome cuenta de lo que estoy haciendo, alcanzo el frasco a la mitad de salsa de tomate casera y vuelvo a la nevera para sacar lo demás que hace falta para cocinar una rica cena.

Cuando Liam regresa, le pido que descongele la carne ya preparada mientras me encargo de separar con cuidado los espaguetis que hice anoche.

Agradezco que el principito no hablara más que en una que otra oportunidad para sacarse algunas dudas alrededor de cómo hice para que los fideos me quedaran tan perfectos. Me gusta escuchar el murmullo de lo que hierve en las ollas y relajarme con el aroma que sale de la comida.

En pocos minutos Liam y yo logramos llevar la comida a la mesa sin mayores dificultades que una discusión moderada sobre cuántas bolitas de carne podía comer cada uno.

—¡Oh por Dios! —chilla apenas acaba de tragar un poco de comida —¡Está delicioso!

Lo próximo que dice no logro entenderlo porque Inclina la cabeza hacia atrás mientras sigue masticando.

—No pretendía darte un orgasmo con mi comida.

Despreocupado, sigo devorando lo que queda en mi plato.

Liam abre los ojos de par en par, pero es el sonido de la puerta abriéndose y cerrándose lo que evita que él diga algo. No me muevo de la silla porque sé que es Brody, aunque no esperaba que llegara antes de lo usual.

—Buen provecho, diablillo —saluda—, y, eh, príncipe.

Mi tutor toma asiento en la última silla vacía, mirando con curiosidad al rubio que sigue embobado con la comida.

—Eso es exactamente lo que es—. Me levanto para buscar un plato extra.

—Soy Liam, un compañero de Mason.

De repente escucho la risa de Brody, algo que no sucede muy a menudo.

—Debes ser más que eso para que ese diablillo te invite aquí.

Me apresuro a servir la comida y llevo el plato a la mesa, enredándome en mis pies por la rapidez.

—Ni siquiera has tomado ni una gota de esa mierda que llamas cerveza y ya estás hablando de más.

Deposito una montaña de comida frente a las narices de mi tutor, luego busco una lata de su cerveza favorita y la dejo junto al plato.

—Solo estoy diciendo las cosas como son.

Brody me lanza una mirada astuta antes de concentrarse en su comida.

Tomo asiento para volver a comer los restos que quedan en mi plato. En eso, observo a Liam quien bebe agua como si nada hubiera pasado a pesar de notársele un sutil rubor en sus pómulos.

Decido tirar la primera piedra.

—Somos socios.

Brody levanta las cejas, riendo de nuevo.

—Mientras no sean socios del crimen, por mi está bien. —Destapa su cerveza con satisfacción en el rostro—. Pero, Mason, el día que tengas novio eres libre de traerlo aquí.

Una albóndiga tenía un terrón de sal. Que descuido de mi parte, por suerte vino a mi plato y no al de los demás.

—Mason…

—Sí, sí, lo sé. También colaboro en esta casa, tengo los mismos derechos que tú.

Brody asiente lentamente y le da unos cuantos sorbos a su bebida, después mira a Liam.

—Entonces, Liam, los negocios que te llevaron a unirte con este diablillo, ¿los puedo saber?

El socio y yo dejamos al mismo tiempo los tenedores.

—Es un poco tonto el asunto. Choqué con Mason en el pasillo de la escuela y se le cayó el teléfono por el impacto. Me sentí muy mal por haber hecho eso así que le di un teléfono que no usaba para compensar el desastre.

—Prestaste —corrijo.

Liam llena su vaso de agua y da unos sorbitos.

—No, te lo di.

Brody empina el brazo para que el elixir de los alcohólicos llegue directo al estómago.

—Liam, mientras Mason no te haya arrinconado a una pared exigiendo un teléfono nuevo, por mí está bien.

El principito frunce el ceño.

—¿Por qué él haría eso?

Mi tutor se levanta por otra cerveza tan rápido como se lo permiten sus piernas.

—Se ve como un príncipe, pero en realidad es muy torpe —opino.

Le sonrío al principito que finge ignorarme por estar muy ocupado bebiendo agua. Hace eso para tragar una protesta, aunque está implícita en su mirada dirigida hacia mí.

No hay más preguntas, la cena sigue con uno que otro comentario de mi tutor acerca de lo inestables que son los clientes en el taller, los precios modificados de la gasolina, las autopartes piratas que debe remover casi todo el tiempo. Liam escucha a Brody aun si no entiende nada de lo que dice y rellena los espacios de conversación muy bien.

Cuando acaba la cena, Liam se despide de Brody con la promesa de aparecer cada que se pueda y yo esté de acuerdo. Como buen anfitrión que descubro soy, llevo al principito hasta la salida cuando todo estuvo dicho.

—Eso fue entretenido —confiesa él.

—No pasará todos los días, no te acostumbres.

—Como quieras.

Me apoyo en el pasamanos de madera de las escaleras blancas de la casa.

Liam de pronto mira hacia todos lados, juega con sus llaves en el bolsillo, y balancea su cuerpo adelante y atrás.

—Me tengo que ir así que… hum… si quieres decirme algo, adelante.

Entierro mis manos en los bolsillos delanteros de mis jeans.

—No hay nada que decir.

—Ah. —El principito saca las llaves del auto de su bolsillo y las agita entre sus dedos—. Ahora tienes un socio con auto, úsalo con sabiduría.

—Por supuesto.

Subo un escalón para que tengamos una cabeza de diferencia en vez de unos centímetros.

—Oh, tu núm...

—Lo coloqué en tu teléfono cuando estabas descongelando la carne.

Liam pestañea un momento, luego sonríe.

—Entonces, buenas noches —se despide, agitando una mano.

Sin esperar respuesta, se da vuelta sobre sus talones, alejándose hasta su auto.

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Daniel Torres, heredero de la familia más poderosa, oculta su identidad durante cinco años en la familia Losa para saldar una deuda de gratitud. En secreto, ayuda a su esposa, Nieves Losa, a convertirse en directora ejecutiva. Ella, creyendo que todo es mérito propio, termina abandonándolo por una amiga tóxica y el hijo de un magnate. En el Gran Banquete Torres, ante las élites, será testigo del ascenso de su exmarido a la cima.
Dominada por el Jefe de mi Padre
Dominada por el Jefe de mi Padre
Cuando Jayne Turner le pide a un desconocido en una fiesta bondage que le enseñe a ser una dominatrix, no tiene ni idea de que resultará ser el hombre que supervisa la salida de su padre de la empresa familiar. Lo que iba a ser una noche de educación sobre la dominación y la sumisión se convierte en algo más cuando Jayne le pide a Dom que continúe enseñándole. Debido a una cláusula moral de su contrato, una relación con ella podría suponer su despido si alguien se entera, pero Dom acepta. Deben mantener su relación estrictamente educativa y totalmente encubierta, pero a medida que crece su pasión, también lo hace el riesgo de ser descubiertos. El éxito de Jayne en el set de rodaje se debe a la «instrucción» de Dom, pero cuando empieza a recibir mensajes cada vez más amenazadores que la relacionan con su difunta madre, la famosa actriz Ingrid Hart, depende de Dom proteger lo que le pertenece. Con múltiples enemigos posiblemente detrás de las amenazas, Jayne no está segura de a quién culpar. Resulta ser el gaffer del plató, un hombre que había trabajado con Ingrid y estaba obsesionado con ella. Doug secuestra a Jayne, pero su rapidez mental hace que Dom vaya a rescatarla, lo que revela su relación y desencadena la cláusula de moralidad. Dom hace un trato con el padre de Jayne sin que ella lo sepa. El padre dejará de intentar detener la carrera cinematográfica de Jayne y Dom regresará a Londres para no volver a verla. La noche del estreno de la película de Jayne, papá revela la verdad y Jayne se pone en contacto con el hombre del que se ha enamorado. Tras recibir su mensaje, Dom regresa para pedirle perdón por haberla abandonado. Jayne les perdona y pueden estar juntos abiertamente.
Encuentro equivocado, amor inesperado
Encuentro equivocado, amor inesperado
Cuando los desconsolados viajeros Ailén y León se encuentran en medio de la traición y el rechazo de sus relaciones anteriores, un encuentro fortuito y unas copas de más desembocan en una noche de pasión inesperada. Lo que comienza como un encuentro efímero parece disiparse una vez que concluyen sus viajes. Sin embargo, el destino tiene otros planes: León se convierte en el ángel guardián inesperado de Ailén, apareciendo cada vez que ella enfrenta una crisis. Cuando Ailén descubre que está embarazada de León, ambos deciden darle una oportunidad a su romance. Pero cuando Verónica, la ex de León, reaparece, surge la incertidumbre... ¿Será ella la que destruya su nuevo romance, o el catalizador que les permita descubrir el verdadero amor?
La dama delicada y la maestra marcial
La dama delicada y la maestra marcial
Aurora Sánchez, jefa de la Alianza de las Artes Marciales, vuelve a la capital para reencontrarse con su familia, pero sus padres la traicionan y la obligan a casarse con un tonto. Todos la tienen por una campesina indefensa, sin saber que es una guerrera imparable y además la legítima princesa heredera, ya casada en secreto con el príncipe. Él, de apariencia amable, es en realidad un malvado mordaz. Juntos, uno arrasa con fuerza bruta y el otro remata con astucia, se hacen los inocentes y juegan con los villanos como títeres.