Capítulo 2
Gabriela caminó lentamente por su apartamento, cada paso resonando en su mente con un eco de vacío. El sonido de la puerta cerrándose a sus espaldas era lo único que lograba distraerla por un momento, pero aún sentía como si todo el mundo se hubiera desvanecido, como si ella misma estuviera flotando fuera de su cuerpo. ¿Cómo podía ser tan fácil para Sergio? ¿Cómo podía irse de su vida de esa manera tan fría y decidida?
Su teléfono vibró sobre la mesa del salón, y al ver el nombre de Mateo en la pantalla, sintió una extraña mezcla de alivio y tristeza. Mateo, su mejor amigo, siempre había estado allí para ella, en todas las circunstancias. Desde que se conocieron cuando apenas tenían cinco años, él había sido su refugio, su cómplice, el hermano que nunca tuvo. Pero en ese momento, Gabriela no estaba segura de si estaba lista para enfrentar su mirada preocupada. Después de todo, Mateo siempre sabía cuándo algo no iba bien.
Respiró hondo y contestó.
-¿Gabriela? -La voz de Mateo sonó al instante, como si hubiera estado esperando la llamada. Gabriela podía escuchar la preocupación en su tono. Sabía que él había percibido algo en su voz cuando la llamó hacía unos minutos, algo que no había podido ocultar.
-Sí, soy yo. -Dijo con voz quebrada, intentando no llorar otra vez. No podía dejar que la tristeza dominara por completo, no delante de él. No todavía.
-He estado pensando en ti todo el día -dijo Mateo, casi como si estuviera hablando consigo mismo-. ¿Estás en casa? Quiero ir a verte.
Gabriela dudó por un momento. ¿Estaba lista para enfrentar la compasión de su mejor amigo? Había pasado toda la tarde tratando de calmarse, pero cada vez que pensaba en lo que había sucedido con Sergio, la tristeza volvía a su piel, llenándola de un dolor punzante. Sin embargo, no podía rechazar a Mateo. Él había sido su roca en tantas ocasiones, y sabía que él sería capaz de darle la tranquilidad que tanto necesitaba. Aunque temía cómo podría reaccionar él, sabía que su apoyo era lo único que la mantenía a flote.
-Está bien, ven -respondió finalmente, con la voz aún vacía. Sabía que él no le preguntaría más, que entendería.
Mateo llegó apenas unos minutos después, como siempre, sin llamar antes ni hacer preguntas innecesarias. Era como si supiera que no había que pedir permiso para estar allí, que su presencia era lo único que Gabriela necesitaba.
Cuando abrió la puerta, lo vio de pie en el umbral, con una expresión de preocupación en su rostro que hizo que el nudo en su estómago se hiciera más fuerte. Mateo siempre había sido el más atento de los dos, el que le ofrecía una sonrisa en medio de las peores tormentas. Hoy no había sonrisas, solo un abrazo silencioso que fue más que suficiente.
Gabriela sintió cómo las lágrimas volvieron a subir por su garganta, pero las contuvo. No quería parecer débil frente a él, aunque lo único que quería era llorar sin parar.
-Gracias por venir -susurró, sin poder encontrar más palabras. Su voz sonaba rasposa, como si llevara días sin hablar.
Mateo la miró a los ojos, no como un amigo que simplemente ofrecía su hombro, sino como alguien que entendía lo que significaba estar rota por dentro. No hizo preguntas, no la presionó para que hablara. Simplemente la guió hacia el sofá y se sentó a su lado, colocando su brazo alrededor de sus hombros de manera protectora, como si intentara envolverla en su calma.
-¿Qué pasó, Gabriela? -preguntó, finalmente, con suavidad. Sabía que no era el momento para decirle "te lo dije" o intentar hacerla sentir peor. No, Mateo sabía que la mejor manera de acercarse a ella era dejarla hablar cuando estuviera lista.
Gabriela se tensó un poco al escuchar su voz. Aunque su presencia era lo único que la calmaba, el recuerdo de lo que había sucedido esa tarde seguía ahí, nublando sus pensamientos.
-Sergio... me dejó. -Dijo, casi en un susurro, mirando al frente, como si no pudiera mirar a Mateo directamente a los ojos. -Me dejó por otra. Y lo peor de todo es que... no lo vi venir. No lo vi.
La confesión le salió a borbotones, como si hubiera estado atrapada dentro de ella durante semanas. El dolor volvió a desbordarse, y Gabriela sintió cómo las lágrimas comenzaban a brotar sin poder detenerlas. Mateo no la interrumpió, solo la abrazó más fuerte, ofreciéndole su silencio y su apoyo. Él sabía que no era momento para palabras.
-¿Por qué? ¿Por qué lo hizo? -Preguntó, sin mirar a Mateo, sabiendo que él también sentía una mezcla de impotencia y furia al escucharla.
-No lo sé... -respondió Gabriela, sollozando. -Me dijo que ya no me amaba. Que conoció a otra persona, más joven... más libre. Y que ya no sentía lo mismo por mí.
Mateo apretó los dientes, pero se mantuvo en silencio. Sabía que Gabriela necesitaba procesar todo esto a su propio ritmo, y que no había respuestas que pudieran aliviar su dolor de inmediato.
-Yo no entiendo cómo pudo ser tan frío. ¿Cómo pudo irse tan fácil? Después de todo lo que compartimos... -Gabriela sollozó otra vez, dejando escapar todo el dolor contenido durante tanto tiempo. -No sé si lo que más me duele es lo que hizo... o el hecho de que no lo vi.
Mateo suspiró profundamente, sintiendo cómo el dolor de Gabriela lo alcanzaba también. Era injusto, sabía que lo era. Sergio había sido un idiota, y ahora Gabriela se estaba desmoronando. La quería más que a nadie, pero también sabía que no podía decir nada para hacer que el dolor se fuera, al menos no de inmediato.
-No hay nada que puedas hacer para cambiar lo que pasó -dijo Mateo con calma, sin apresurarse a dar consejos. -Lo que hizo, lo hizo. Y el hecho de que no lo hayas visto venir no significa que no fueras suficiente, Gabriela. No es tu culpa.
Gabriela levantó la vista hacia él, como si intentara entender sus palabras. Sabía que él tenía razón. No era su culpa, pero eso no lo hacía más fácil. A veces las personas hacen daño sin pensar, sin medir las consecuencias. Y ahora, ella estaba enfrentando las consecuencias de un amor que ya no existía.
-Lo sé, pero duele. Duele tanto que siento que no voy a poder levantarme de esto. -Dijo, entre sollozos, apretando sus manos contra su rostro. -Quiero olvidarlo, quiero que todo esto se termine, pero... no sé cómo.
Mateo se inclinó hacia ella, acariciando su cabello con una ternura que solo él podía transmitir.
-No tienes que hacerlo sola -dijo, con voz firme. -Lo que te está pasando no tiene que ser algo que enfrentes sin ayuda. Yo estoy aquí, ¿recuerdas? Y siempre lo estaré.
Gabriela lo miró entonces, sus ojos llenos de gratitud y dolor a la vez. El simple hecho de que Mateo estuviera allí, sin pedirle nada, sin exigirle que se recuperara en un plazo determinado, le dio algo que no había encontrado en todo el día: consuelo.
-Gracias... no sé qué haría sin ti -respondió, con una sonrisa tímida, a pesar de las lágrimas que seguían corriendo por su rostro.
-No tienes que saberlo -respondió Mateo, secando una lágrima que caía por su mejilla. -Solo tienes que dejarme estar a tu lado.
El silencio entre los dos se alargó, pero no fue incómodo. Mateo sabía que el dolor de Gabriela no se curaría con palabras. Lo único que podía ofrecerle era su presencia, su apoyo incondicional. Y lo haría, siempre lo haría.
-Vamos a salir de aquí, ¿te parece? -sugirió Mateo después de un rato, dándole un pequeño apretón en el brazo. -A donde sea, solo para despejarte un poco. No tienes que pensar en nada por un rato.
Gabriela asintió lentamente, sintiendo que por primera vez en horas, su mente comenzaba a calmarse un poco. Salir, aunque solo fuera por un momento, era lo que más necesitaba. El futuro parecía incierto, pero al menos en ese momento, con Mateo a su lado, podía respirar.
-Vamos. -Respondió, con una pequeña sonrisa que, por primera vez en mucho tiempo, parecía genuina.
Capítulo 3
La mañana siguiente, Gabriela despertó en el sofá de su apartamento. Había quedado allí durante la noche, sin darse cuenta de que el cansancio la había vencido mientras aún conversaba con Mateo. Él había insistido en que durmiera, que no estaba sola, que tenía tiempo para recuperarse, que no necesitaba tomar decisiones precipitadas. Y aunque, en el fondo, Gabriela sabía que era lo mejor, no podía evitar sentirse como si todo fuera parte de una pesadilla de la que no podía despertar.
El sol entraba por las cortinas medio cerradas, bañando la habitación con una luz tenue, como si el mundo exterior intentara ofrecerle algo de consuelo. Pero dentro de ella todo seguía oscuro. El recuerdo de Sergio la golpeaba una vez más, como una ola que la empujaba hacia atrás. Lo que había hecho, la forma en que la había dejado... No podía dejar de pensar en ello. El dolor seguía fresquito, pero también empezaba a quedar claro que Gabriela no podría seguir lamentándose por siempre. No podía detener su vida en ese punto. Algo tenía que cambiar.
A medida que se levantaba del sofá, mirando alrededor de su pequeño departamento vacío, sintió la necesidad de salir, de tomar un respiro. Decidió que lo primero que tenía que hacer era salir a caminar para despejarse. Necesitaba pensar, de alguna manera.
Cuando se estaba levantando, escuchó un suave golpe en la puerta. Era Mateo, como había prometido. Gabriela le había pedido que volviera por la mañana para acompañarla. No le sorprendió que él fuera puntual, como siempre. Mateo era el tipo de persona que cumplía lo que prometía.
-Buenos días -dijo él, con una leve sonrisa al verla abrir la puerta. Llevaba una mochila sobre el hombro, pero en su rostro se reflejaba más preocupación que alegría.
-¿Qué haces aquí tan temprano? -preguntó Gabriela, forzando una sonrisa para disimular la pesadez que sentía.
-Te dije que vendría. ¿No lo recuerdas? -respondió Mateo, sin perder la sonrisa, aunque en sus ojos había una inquietud palpable. Se notaba que había pasado la noche preocupado, pendiente de ella.
Gabriela se apartó de la puerta para que él entrara, pero no dijo nada. En su interior, aún sentía ese nudo de incomodidad. Era raro. Después de todo, Mateo era su mejor amigo. Pero algo había cambiado en ella en los últimos días, algo que no lograba entender. El dolor la mantenía atrapada, pero también había algo más, algo indefinido, que la hacía sentir vulnerable y a la vez extraña.
-¿Te sientes mejor? -preguntó Mateo, mirando a su alrededor, como si estuviera buscando alguna señal de que Gabriela ya no se sentía tan perdida.
Gabriela no estaba segura de si se sentía mejor, pero al menos ahora podía hablar sin que las palabras se atascaran en su garganta.
-Sí... un poco. Gracias por estar aquí, Mateo. -Lo miró con gratitud, pero también con una sensación de duda. Había algo en su mirada que la hacía sentirse como si estuviera por dar un paso hacia un lugar que no reconocía.
Mateo asintió, pero el silencio entre ellos se hizo denso. Ambos sabían que, aunque ella había empezado a respirar un poco más tranquilo, el dolor seguía ahí, como un peso constante. La tensión no desaparecía.
De repente, sin previo aviso, Mateo rompió el silencio.
-Gabriela, quiero proponerte algo. Algo que tal vez te parezca loco, pero sé que es lo que más te beneficiaría ahora. -Su tono había cambiado, se había vuelto más serio, como si estuviera tratando de reunir valor para decir lo que estaba pensando.
Gabriela frunció el ceño, sin comprender del todo lo que Mateo estaba diciendo.
-¿Qué quieres decir? -preguntó, en voz baja, aún no sabiendo qué pensar de esa repentina seriedad en él.
Mateo dio un paso hacia ella, su mirada fija en la suya, sin parpadear. En sus ojos había una mezcla de sinceridad y decisión. Sabía que lo que estaba a punto de decir podría cambiarlo todo, pero también sabía que no había vuelta atrás.
-Sé que estás pasando por un momento difícil. Lo que Sergio hizo fue cruel y doloroso. Pero sé que no quieres quedarte atrapada en el dolor, no por mucho tiempo. Y no quiero que te sientas sola, Gabriela. No te lo mereces. Así que... quiero ofrecerte una solución. Algo que podría ayudarte a sanar.
Gabriela lo miró en silencio, sin saber qué responder. Su mente seguía un ritmo agitado, atrapada entre la incredulidad y el deseo de escuchar lo que Mateo tenía que decir.
-No sé si esto será lo que necesitas, pero... te propongo que nos casemos. -La palabra "casarnos" flotó en el aire como una bomba silenciosa. Gabriela parpadeó varias veces, como si no pudiera comprender lo que acababa de escuchar.
-¿Qué? -dijo, atónita. No podía creer que estuviera escuchando bien. -¿Casarnos? ¿Pero qué estás diciendo?
Mateo no se dejó intimidar por su sorpresa. Sabía que lo que proponía sonaba completamente loco, pero estaba convencido de que, para Gabriela, sería una salida.
-Sí, casarnos. Pero no como lo haría cualquier otra pareja. No por amor ni por compromiso emocional. Sino por conveniencia. Un matrimonio para ayudarte a dejar atrás lo que has perdido. Un matrimonio que te dé estabilidad mientras sanas. Algo que te permita empezar de nuevo sin tener que enfrentar todo ese dolor a solas.
Gabriela lo miró, incapaz de procesar completamente lo que acababa de escuchar. La propuesta era tan extraña, tan ajena a todo lo que había imaginado, que su mente se rebelaba contra la idea. ¿Casarse? ¿Con Mateo? No podía ser posible.
-¿Estás... loco? -dijo, entre risas nerviosas, pero en su tono había una mezcla de incredulidad y fascinación.
Mateo suspiró, como si supiera que su propuesta sonaría como una locura, pero que, en el fondo, podría ser lo que Gabriela necesitaba.
-Lo sé, suena raro. Pero piensa en ello, por favor. Sé que no tienes fuerzas para salir y empezar de cero ahora mismo. Sé lo que sientes. Y si te casas conmigo, no tendrías que enfrentarlo sola. Podríamos vivir juntos, pero no de la forma convencional. Viviríamos como una pareja, pero sin la carga emocional. Solo estaríamos ahí para ayudarnos mutuamente. Yo te daría el espacio para sanar sin que tengas que seguir aferrándote al pasado.
Gabriela se quedó en silencio, procesando sus palabras. Lo miró detenidamente, como si intentara encontrar una respuesta clara en sus ojos. La idea, aunque absurda a primera vista, parecía ofrecerle un tipo de refugio. Mateo era su mejor amigo, el único que conocía cada rincón de su alma. Y aunque el concepto de un matrimonio sin amor le parecía completamente extraño, algo dentro de ella comenzó a sentir que, tal vez, podría ser lo que necesitaba.
-No sé qué pensar... -murmuró, recorriendo la habitación con la mirada, como si estuviera buscando alguna señal en el aire.
-No tienes que decidir ahora mismo -dijo Mateo, con un tono tranquilo-. Solo quiero que lo pienses. Si alguna vez hay un momento para hacer algo como esto, es ahora. Sé que lo que has perdido es mucho. Y sé que necesitarás tiempo para sanar. Si me aceptas, puedo estar a tu lado, sin presiones. Y te prometo que te daré el espacio que necesites.
Gabriela siguió mirándolo, luchando entre lo que sentía y lo que sabía que era la realidad. Casarse con Mateo. ¿Podría ser tan sencillo? O, más bien, ¿podría funcionar? Sabía que no era una solución normal, ni tradicional, pero algo en su interior le decía que esta locura de matrimonio de conveniencia podría ser, de alguna manera, la forma de seguir adelante. No como una solución definitiva, sino como un refugio temporal.
-No lo sé, Mateo... -repitió, pero en su voz había un leve tono de curiosidad, algo que indicaba que la idea comenzaba a calar en ella.
Mateo sonrió, un poco aliviado de ver que Gabriela no había rechazado la propuesta de inmediato. Sabía que había dado un paso arriesgado, pero al menos, ahora, ella estaba considerando la idea.
-Piénsalo. No tienes que decidir ahora. Solo quiero que sepas que siempre estaré aquí para ti, de la forma que necesites.
Gabriela asintió lentamente, perdida en sus propios pensamientos. La idea de casarse con Mateo, aunque completamente insólita, comenzaba a parecerle... menos absurda.