Capítulo 6

Al instante, María sintió que algo no estaba bien. Gritó desesperada, moviendo las manos. Pero Robert ni siquiera la miró, sino que lo observó por un largo rato, antes de tirarlo al suelo, riéndose.

—¿Así que has estado pidiéndole dinero a Nahia a mis espaldas? Y eso que apenas la conoces… Eres una sinvergüenza. Sabía que había algo raro en ti, pero veo que tu amor al dinero es peor de lo que pensaba.

Se acercó lentamente, su sombra cubrió por completo a María, mientras en sus ojos, amenazantes, comenzaba a crearse una tormenta.

María sabía que Robert estaba furioso, ya había sentido su ira antes. Y esa rabia era algo que no podía soportar.

Sentada en la cama, María retrocedió, con mucho miedo, sacudiendo la cabeza de un lado a otro y suplicándole. Sin embargo, él no era demasiado comprensivo, por lo que la levantó de la cama y la arrojó al suelo con violencia.

El sentimiento de vergüenza por estar desnuda fue un golpe duro, y, rápidamente, se acurrucó, intentando conservar algo de dignidad.

Robert se rio en su cara.

—¿Qué tanto te estás cubriendo? ¿En serio crees que me importa? No te miraría jamás, ni aunque fueras una mujer decente.

María cerró los ojos, avergonzada, y sus lágrimas empezaron a caer.

Sabía que Robert no sentía ningún interés por ella, una mujer con discapacidad. Cada vez que tenían relaciones, él la presionaba contra la almohada, tratándola como si fuera Nahia.

En los ojos de Robert, ella no era más que una simple sustituta, una herramienta para satisfacer sus deseos.

María apretó los dientes, tragándose su sufrimiento. Extendió la mano para recoger el cheque. Ese dinero era muy importante para ella. Se quedaría con él, aunque tuviera que perder su dignidad.

Sin embargo, al ver su desesperación, Robert se enfureció aún más. Con una expresión que daba miedo, levantó el pie y le pisó la mano con fuerza.

María sintió un dolor punzante y se puso pálida. No pudo gritar, solo temblaba mientras él la miraba, antes de levantar el cheque y rasgarlo, destruyéndolo por completo.

Los pedazos del cheque cayeron sobre María, quien los iba agarrando con las manos, sintiendo cómo las lágrimas de frustración no dejaban de caer.

Al ver su ansiedad por el dinero, Robert no pudo ocultar su desprecio.

—Los pobres siempre tienen hambre de dinero. Si realmente lo necesitas, ven y pídemelo, tal vez te dé un par de dólares, pero ni se te ocurra andar pidiéndole a Nahia. No me saques de mis casillas.

Dicho esto, se inclinó y agarró la cara de María, obligándola a mirarlo.

Su rostro, cubierto de lágrimas, parecía frágil y triste, y algo en él tocó el corazón de Robert, quien, sin darse cuenta, comenzó a frotar bruscamente sus labios con el pulgar.

María giró la cabeza con dolor, pero eso solo pareció molestar más a Robert, quien, con la mirada sombría, la levantó y la arrojó sobre la cama, antes de acercarse a ella en dos zancadas.

María sabía lo que iba a suceder y, aterrada de que pudiera dañar al bebé, comenzó a luchar con todas sus fuerzas, logrando que, por accidente, la palma de su mano rozara la mejilla de Robert.

La situación se puso tensa, y María lo miró aterrada mientras él giraba lentamente la cabeza hacia ella, con ojos que se parecían a los de una bestia.

María trató de disculparse con señas, pero Robert la atrapó rápidamente por ambas muñecas, las levantó por encima de su cabeza y susurró con voz grave:

—María, ¿cómo diablos se te ocurre golpearme? ¿Quieres que te mate o qué?

María estaba aterrada. Comenzó a llorar, con un sonido suave como el de un gatito, lo que, como siempre, no hizo más que avivar la ira de Robert.

Sin piedad, la volteó de nuevo, obligándola a poner la cara contra la almohada, y comenzó a presionarla contra él, sin importar sus intentos de resistirse.

En ese momento, su teléfono sonó, interrumpiendo el caos.

Robert respondió de inmediato, con su voz llena de irritación:

—¿Qué carajos pasa?

Hubo un breve silencio al otro lado, antes de que Nahia hablara en un tono débil:

—Robert, ¿no ibas a recoger tus cosas? ¿Por qué aún no has vuelto? Estoy sola en el hospital y me siento muy sola.

Robert miró el teléfono y se dio cuenta de que había sido demasiado brusco, así que suavizó su tono:

—Tengo que resolver un problemita primero, pero pronto estaré allí.

Del otro lado, Nahia murmuró un simple «está bien» antes de colgar.

Al final de la llamada, Nahia arrojó el teléfono al suelo con furia, con los ojos brillando de rabia. Estaba furiosa.

No era ninguna boba. Solo con escuchar la voz áspera y llena de deseo de Robert, y los sollozos apagados de María en el fondo, sabía perfectamente lo que estaba sucediendo entre ellos.

Cuanto más pensaba en ello, más furiosa se ponía.

—Maldita sea, acaba de aceptar mi dinero y ahora se atreve a seducir a mi hombre… esa maldita zorra. ¡Me las va a pagar!

Nahia recogió su teléfono y envió un mensaje rápido.

Cuando recibió la respuesta, un brillo despiadado apareció en sus ojos, mientras esbozaba una sonrisa malvada.

Capítulo 7

En la mansión Bonnet, Robert finalmente ya no pudo seguir. María llevaba un buen rato llorando sin parar, y, entre lágrimas, terminó vomitando, haciendo que todo el interés que él podía tener desapareciera de inmediato.

Desde el baño, escuchó el sonido de María al vomitar, y Robert, alzando la voz, dijo:

—No me digas que estás enferma con algo raro. Si estás tan mal, mejor ve al médico y no vengas a pegarme nada.

María salió del baño, envuelta en una bata, moviendo la cabeza con incomodidad. No podía dejar que Robert supiera que lo que tenía eran náuseas por el embarazo, así que escribió en su teléfono:

«Comí algo pasado.»

Robert miró la pantalla de su teléfono sin prestarle mucha atención, antes de decir:

—No olvides lo que te pedí. Nahia quiere algo ligero hoy. Ve a prepararlo ahora mismo. Yo me voy a bañar y luego iré al hospital.

María sintió alivio al escuchar que Robert se iría, y salió corriendo sin pensarlo. Al verla irse tan decidida, Robert se puso algo molesto.

Cuando terminó de bañarse y se cambió, Robert bajó de nuevo, encontrándose con que María ya había preparado la comida. Echó un vistazo rápido y notó que solo había preparado una porción.

—¿Y esta miseria?

María no entendió, hizo un gesto con las manos, preguntando si no era para Nahia. Había pensado que a Robert ni siquiera le importaba la comida que ella preparaba. Durante un tiempo, había intentado cocinar con mucho cuidado para él, pero Robert nunca había probado nada y todo terminaba en la basura.

Robert la miró con desprecio, pero no dijo nada más. Le lanzó una tarjeta bancaria y le pidió que fuera al supermercado a comprar más cosas para preparar algo más interesante para Nahia. Luego tomó la comida y salió de la casa.

Cuando él se fue, María suspiró con melancolía. Miró la parte de su mano que se había quemado mientras cocinaba, sintiendo cómo le ardía.

Aun así, no pensaba contárselo a Robert, al fin y al cabo sabía bien que lo tomaría a burla. Así que, sin más, sacó una crema para quemaduras y se la aplicó con cuidado.

De hecho, ya estaba acostumbrada a cuidarse sola.

La hermana de María había estado enferma durante años y era su único pariente vivo. Si no tuviera a su hermana, no habría nadie que la ayudara, si algo le pasara.

Mientras cerraba el bote de crema, recibió un mensaje de Jeison Bonnet, el cual, al leerlo, hizo que se le llenaran los ojos de lágrimas.

Jeison le decía que se arrepentía muchísimo de haberle presentado a Robert y que estaba dispuesto a ayudarla a salir de allí y mudarse a otro país. Además, su hermana también sería trasladada a un hospital en el extranjero. Pero, lo más importante, era que él se comprometía a cubrir todos los gastos médicos.

María respiró aliviada, y rápidamente respondió el mensaje con gratitud, pensando que, finalmente, no tendría que preocuparse más y podría irse de ese infierno.

Secándose las lágrimas, recogió la tarjeta que Robert le había dejado, considerando que, dado que se iría pronto, podría hacer una última cosa por él. Compraría más comida y le llenaría la despensa.

Al salir del supermercado, María se dio cuenta de que no había llegado a tiempo para tomar el autobús. Por lo que, pensando que la mansión no quedaba demasiado lejos, decidió regresar a pie.

No obstante, mientras caminaba, comenzó a sentirse repentinamente incómoda.

Era de noche, había poca gente en la calle, y todo estaba tranquilo, prácticamente en silencio, que solo era interrumpido por el viento que soplaba de vez en cuando.

Sin embargo, María empezó a escuchar pasos detrás de ella.

La oscuridad la envolvía, y el viento hacía que las hojas de los árboles crujieran de forma extraña. El miedo de pronto la invadió, por lo que no pudo hacer más que acelerar el paso. Pero, apenas había avanzado menos de un metro, cuando un grupo de hombres la rodeó.

María se detuvo y dio unos pasos hacia atrás.

El líder, un hombre rubio, frotándose las manos, sonrió de manera lasciva:

—Oye, mi amor, ¿te gustaría dar una vuelta con nosotros?

Una alarma se disparó en la cabeza de María. Dejó caer la bolsa y, en un impulso, comenzó a correr.

Sin embargo, al segundo siguiente, la atraparon, sujetándola con fuerza. Un trapo mojado le cubrió la boca y la nariz, y, en menos de un par de segundos, perdió el conocimiento.

Cuando María despertó, su cabeza parecía a punto de estallar de dolor.

Rápidamente recordó lo que había sucedido antes de perder el conocimiento.

Intentó moverse, notando que no estaba atada, así que sacó su teléfono y envió un mensaje de emergencia a todos sus contactos, esperando que alguien pudiera ayudarla.

Cuando terminó de enviar los mensajes, vio una notificación de un mensaje sin leer.

Era de la médica que atendía a su hermana. María sintió un estremecimiento y un mal presentimiento.

Temblando, abrió el mensaje. Era una frase simple y directa:

«Tu hermana está muy mal, ven al hospital cuanto antes.»

Capítulo 8

María sentía todo su cuerpo helado. Había recibido el mensaje una hora antes, cuando aún estaba inconsciente.

Sin pensar en lo que podría pasar, se levantó y corrió hacia la puerta, pero antes de que pudiera alcanzarla, la puerta se abrió de golpe.

El grupo de matones entró tambaleándose, y entre ellos, estaba Nahia.

María abrió los ojos, sorprendida, no podía creer lo que veía. ¿Por qué Nahia hacía aquello?

¿Era por Robert? Pero, si ya le había prometido irse, ¿por qué Nahia seguía haciéndole tantas maldades?

Nahia tenía una expresión oscura:

—Hazlo. Quiero verlo.

El hombre rubio levantó la mano y, en ese instante, los demás la empujaron hacia una silla. Acto seguido, el líder, con una cámara de video en las manos, se colocó frente a María.

—No nos culpes por hacer nuestro trabajo, coopera y así será más fácil para todos. Por cierto, tienes un rostro muy bonito.

María estaba aterrada. Miró a Nahia, gritando sin emitir sonido, y haciendo gestos con las manos para pedir clemencia. En ese momento, todo lo que quería era ir al hospital a ver a su hermana.

Nahia no entendió sus gestos y tampoco tenía intención de dejarla ir. Solo al eliminar a María, podría estar tranquila junto a Robert, disfrutando de todo lo que significaba ser su esposa.

Los matones comenzaron a rodear a María, tocándola y haciéndole todo tipo de cosas.

La desesperación y el miedo la invadieron por completo. Las lágrimas caían sin cesar mientras luchaba por apartar sus manos, sin embargo, alguien le retorció el brazo con tanta fuerza que le dislocó el hombro.

María lloraba en silencio, y en su mente solo podía pensar en Robert.

Pero ¿cómo podría Robert aparecer en ese momento? Desesperada, comenzó a pensar que morir era mejor que seguir siendo ultrajada y humillada.

Con sus últimas fuerzas, recogió un trozo de metal del suelo y se lo clavó en el estómago.

Todos se quedaron paralizados.

La sangre espesa y roja cayó sobre el suelo, y el hombre rubio, al frente, quedó paralizado:

—¡Maldita sea, no vayas a morir ahora!

Nahia tampoco había anticipado que María se comportaría de esa manera.

En ese momento, el sonido de un motor de automóvil comenzó a oírse, acercándose a toda velocidad.

Nahia abrió la ventana, miró hacia afuera y su rostro palideció al instante.

—¿Por qué rayos Robert está aquí? ¡Todos agarren sus cosas y lárguense por la puerta de atrás! ¡Les pagaré después!

El grupo de matones, repentinamente aterrados, se apresuró a escapar.

María, con la ropa rasgada, se encontraba en el suelo, cubriéndose con una mano la herida que no dejaba de sangrar. La cara de Nahia pasó de pálida a furiosa, pero, en ese momento, la puerta se abrió de la nada y Robert entró con varios de sus guardaespaldas.

Al ver el panorama en la habitación, los ojos de Robert se abrieron de par en par.

—Robert… ¡Al fin llegaste! ¡Me asustaste mucho! —Nahia fue la primera en hablar, llorando y arrojándose sobre Robert—. María me pidió que la buscara. Pero, cuando entré, ella empezó a lastimarse sola, antes de intentar atacarme. ¡No sé qué quería hacer!

Con esas palabras, insinuaba que María había intentado incriminarla sin ningún reparo.

Robert miró la cara pálida de María, y se tensó un poco.

Estaba a punto de decir algo cuando vio que María intentaba levantarse, caía, se levantaba de nuevo, y volvía a caer…, cubriéndose de polvo, mientras la sangre comenzó a brotar a chorros.

Robert no pudo soportarlo más y se acercó para ayudarla, pero, al ver que María, se arrodillaba y abrazaba sus piernas, pidiendo que la llevara al hospital, él no entendió lo que intentaba decir.

María, creyendo que él no quería ayudarla, empezó a golpear su cabeza contra el suelo, llorando a todo pulmón, las lágrimas y la sangre se mezclaban bajo ella, incluso manchando los zapatos de Robert.

De repente, el celular de María sonó, paralizándola. Rápidamente lo sacó, y abrió el último mensaje:

—Señora Valero, lamento informar que su hermana ha fallecido, por favor, venga a hacer los arreglos funerarios lo antes posible.

El brillo en los ojos de María desapareció por completo.

Las imágenes de los últimos diez años, viviendo juntas, siendo uña y mugre, pasaron a toda prisa por su mente. Ella había creído, ingenuamente, que, si trabajaba lo suficiente, su hermana algún día mejoraría. Nunca pensó que perdería a su única familia.

Robert no se dio cuenta de lo que sucedía, y, confundido, la interrogó:

—¿Por qué engañaste a Nahia para traerla a este sitio tan horrible?

María levantó la mirada, su rostro pálido estaba marcado por sangre y las lágrimas. Era como si estuviera muerta por dentro, completamente en silencio.

No tenía explicación alguna, solo pensaba en ir al hospital, aunque fuera para ver a su hermanita una última vez.

Con esfuerzo, se levantó del suelo, se apoyó en la pared, y, cojeando, comenzó a caminar hacia la puerta.

Robert se tensó y trató de detenerla, pero María lo empujó con fuerza, dejándolo paralizado, sorprendido ante su actitud. Siempre lo había obedecido, pero ahora se resistía.

María siguió caminando, sin detenerse.

Llegó a la morgue del hospital y vio el cuerpo de su hermana. Aunque su corazón estaba vacío, ni una lágrima salió de sus ojos.

Luego, se fue al hospital para tratarse su herida, antes de regresar a la mansión de Robert, en busca de la maleta que ya había empacado.

Rechazó la oferta de Jeison de ayudarla a mudarse al extranjero, y decidió irse sola.

Su hermana ya no estaba. ¿Qué sentido tenía?

María ni siquiera quiso mirar atrás. Ya no le importaba lo que pasara en esa mansión ni todo lo que había vivido allí.

Por lo que, con pasos lentos, se perdió en la oscuridad de la noche.

Bajo el Silencio del Dolor

Capítulo 6
Capítulos
Personalizar
Siguiente capítulo