Capítulo 5
María se levantó cojeando, y salió del baño en silencio. Quería recoger su celular, ya que no tenía dinero suficiente para comprarse uno nuevo. Sin embargo, sus movimientos eran torpes, por culpa de la sangre que aún manaba de su frente, nublándole la vista, y estuvo a punto de caer.
Afortunadamente, alguien la sostuvo antes de que tocara el suelo.
Al girarse, vio que Jeison Bonnet, el tío de Robert —quien había acudido al hospital por una revisión—, la con tristeza.
—María, ¿cómo diablos terminaste así?
María no esperaba encontrarse con él de esa manera, por lo que, avergonzada, bajó la cabeza. Sin embargo, cuanto más lo hacía, más le dolía a Jeison, quien enseguida comprendió que aquellas heridas eran obra de Robert.
—¿El desgraciado de mi sobrino... te ha hecho esto?
Pensó que lo que debía ser un feliz matrimonio, en realidad había empujado a María al abismo.
Rápidamente, la llevó a urgencias, encargándose de todo, y antes de marcharse aseguró de manera ambigua:
—Tranquila. Yo me encargaré de todo. Déjalo en mis manos.
María no entendió por completo a qué se refería, y, con el celular roto en las manos, miró un punto indefinido frente a ella.
—¿Así que estabas aquí? Te he buscado por todo el hospital.
Al darse vuelta, Nahia apareció frente a ella, mirándola con una sonrisa arrogante y, claramente, disfrutando a María empapada.
—¿Has visto cuánto se preocupa Robert por mí? Si eres inteligente, deberías irte sin esperar que alguien te eche. De lo contrario, no harás más que pasar vergüenza cuando te saquen a patadas, vas a quedar muy mal.
María apretó los labios. Ella ya había decidido irse, pero escuchar esas palabras de Nahia le resultaba de lo más hiriente.
No obstante, no quería enfrentarse a ella, por lo que guardó su teléfono, y se dio la vuelta para irse.
—¿Qué actitud es esa? ¿Me odias? —la detuvo Nahia, molesta—. Olvídalo, no voy a pelear con una maldita muda. Ya sé que para gente como tú es difícil encontrar trabajo, pero no digas que soy tan mala. Toma este dinero y vete, deja a Robert.
Sin más, Nahia le metió un cheque en las manos. La cantidad no era demasiado grande, solo eran quince mil dólares, pero, eso, para María era una fortuna.
Al ver que María dudaba, Nahia se burló:
—¿Te parece poco? En estos meses en la casa de Robert, seguro que has obtenido lo suficiente. ¡Es mejor que lo tomes y te largues de una buena vez!
María intentó explicar, sintiéndose impotente. Ella nunca le había pedido dinero a Robert, solo aceptaba lo que él le daba para los gastos médicos, lo cual siempre había agradecido.
Nunca se había atrevido a pedir más, por miedo de fastidiarlo.
Aunque quería rechazar el cheque, pensó en las dificultades que tendría después de irse de casa de Robert. Más aún, teniendo en cuenta el bebé que venía en camino. ¡Los gastos serían enormes!
Si Nahia quería pagarle para que se fuera, ¿por qué no aprovechar la oportunidad?
María había sido criada por sus padres para no codiciar lo que no era suyo, pero ahora, contra su propia voluntad, terminó aceptando el cheque, sintiéndose un tanto avergonzada.
Pensó que, algún día, cuando tuviera dinero, le devolvería a Nahia lo que le había dado.
Con cuidado, guardó el cheque en su bolsillo, pensando que Nahia probablemente pasaría más tiempo en el hospital, y que Robert estaría allí para cuidarla. Eso significaba que era el momento perfecto para ir al banco y extraer el dinero.
Con esto en mente, decidió primero ir a la casa de Robert, para cambiarse de ropa. Estaba empapada y no quería enfermarse. No era que le importara demasiado, pero no quería que eso pudiera afectar a su hijo.
La mansión de Robert era grande, con varias habitaciones aparte de la principal.
Y, aunque María era su esposa, solo podía dormir en la habitación de huéspedes. Robert solo la llamaba a la cama principal cuando quería satisfacer sus deseos carnales, tras lo cual, la despachaba sin más.
Una vez en el dormitorio, María se desnudó y se secó con una toalla.
Inconscientemente, puso una mano sobre su vientre. Aunque su cintura era delgada y su abdomen apenas se notaba, podía sentir cómo una nueva vida crecía allí.
Suspiró, esperando la llegada del bebé, pero también dudando si sería capaz de ser una buena madre.
Tomó su ropa y, justo cuando estaba a punto de ponerse la camisa, la puerta de la habitación se abrió de golpe.
Robert no sabía cuándo había regresado, y se quedó en la puerta, viendo a María completamente desnuda. Sus ojos se entrecerraron.
María era delgada, con la piel blanca como la nieve. Sus mejillas se sonrojaron, y, avergonzada, se cubrió con la manta, moviéndose como un pobre niñito asustado.
Por su parte, Robert tragó saliva y se esforzó por ocultar cualquier señal de deseo en su interior, mientras la regañaba:
—La mano de Nahia está bastante mal. Lo justo sería que tengas algo de responsabilidad. No espero que cuides de ella, pero desde hoy en adelante, te quedarás en casa a hacerle la comida. Yo me encargaré de llevarla al hospital. ¿Entendido?
María asintió rápidamente, envolviéndose más en la manta, con el rostro rojo como un tomate.
Robert la observó unos segundos, luego aflojó el cuello de su camisa y, al prepararse para irse, vio un trozo de cheque asomando entre la ropa mojada en el suelo.
Lo levantó, extrañado, y, al leerlo, su expresión cambió, ahora mostrando una expresión amenazante.
—María, ¿no me digas que le has pedido dinero a Nahia?
Capítulo 6
Al instante, María sintió que algo no estaba bien. Gritó desesperada, moviendo las manos. Pero Robert ni siquiera la miró, sino que lo observó por un largo rato, antes de tirarlo al suelo, riéndose.
—¿Así que has estado pidiéndole dinero a Nahia a mis espaldas? Y eso que apenas la conoces… Eres una sinvergüenza. Sabía que había algo raro en ti, pero veo que tu amor al dinero es peor de lo que pensaba.
Se acercó lentamente, su sombra cubrió por completo a María, mientras en sus ojos, amenazantes, comenzaba a crearse una tormenta.
María sabía que Robert estaba furioso, ya había sentido su ira antes. Y esa rabia era algo que no podía soportar.
Sentada en la cama, María retrocedió, con mucho miedo, sacudiendo la cabeza de un lado a otro y suplicándole. Sin embargo, él no era demasiado comprensivo, por lo que la levantó de la cama y la arrojó al suelo con violencia.
El sentimiento de vergüenza por estar desnuda fue un golpe duro, y, rápidamente, se acurrucó, intentando conservar algo de dignidad.
Robert se rio en su cara.
—¿Qué tanto te estás cubriendo? ¿En serio crees que me importa? No te miraría jamás, ni aunque fueras una mujer decente.
María cerró los ojos, avergonzada, y sus lágrimas empezaron a caer.
Sabía que Robert no sentía ningún interés por ella, una mujer con discapacidad. Cada vez que tenían relaciones, él la presionaba contra la almohada, tratándola como si fuera Nahia.
En los ojos de Robert, ella no era más que una simple sustituta, una herramienta para satisfacer sus deseos.
María apretó los dientes, tragándose su sufrimiento. Extendió la mano para recoger el cheque. Ese dinero era muy importante para ella. Se quedaría con él, aunque tuviera que perder su dignidad.
Sin embargo, al ver su desesperación, Robert se enfureció aún más. Con una expresión que daba miedo, levantó el pie y le pisó la mano con fuerza.
María sintió un dolor punzante y se puso pálida. No pudo gritar, solo temblaba mientras él la miraba, antes de levantar el cheque y rasgarlo, destruyéndolo por completo.
Los pedazos del cheque cayeron sobre María, quien los iba agarrando con las manos, sintiendo cómo las lágrimas de frustración no dejaban de caer.
Al ver su ansiedad por el dinero, Robert no pudo ocultar su desprecio.
—Los pobres siempre tienen hambre de dinero. Si realmente lo necesitas, ven y pídemelo, tal vez te dé un par de dólares, pero ni se te ocurra andar pidiéndole a Nahia. No me saques de mis casillas.
Dicho esto, se inclinó y agarró la cara de María, obligándola a mirarlo.
Su rostro, cubierto de lágrimas, parecía frágil y triste, y algo en él tocó el corazón de Robert, quien, sin darse cuenta, comenzó a frotar bruscamente sus labios con el pulgar.
María giró la cabeza con dolor, pero eso solo pareció molestar más a Robert, quien, con la mirada sombría, la levantó y la arrojó sobre la cama, antes de acercarse a ella en dos zancadas.
María sabía lo que iba a suceder y, aterrada de que pudiera dañar al bebé, comenzó a luchar con todas sus fuerzas, logrando que, por accidente, la palma de su mano rozara la mejilla de Robert.
La situación se puso tensa, y María lo miró aterrada mientras él giraba lentamente la cabeza hacia ella, con ojos que se parecían a los de una bestia.
María trató de disculparse con señas, pero Robert la atrapó rápidamente por ambas muñecas, las levantó por encima de su cabeza y susurró con voz grave:
—María, ¿cómo diablos se te ocurre golpearme? ¿Quieres que te mate o qué?
María estaba aterrada. Comenzó a llorar, con un sonido suave como el de un gatito, lo que, como siempre, no hizo más que avivar la ira de Robert.
Sin piedad, la volteó de nuevo, obligándola a poner la cara contra la almohada, y comenzó a presionarla contra él, sin importar sus intentos de resistirse.
En ese momento, su teléfono sonó, interrumpiendo el caos.
Robert respondió de inmediato, con su voz llena de irritación:
—¿Qué carajos pasa?
Hubo un breve silencio al otro lado, antes de que Nahia hablara en un tono débil:
—Robert, ¿no ibas a recoger tus cosas? ¿Por qué aún no has vuelto? Estoy sola en el hospital y me siento muy sola.
Robert miró el teléfono y se dio cuenta de que había sido demasiado brusco, así que suavizó su tono:
—Tengo que resolver un problemita primero, pero pronto estaré allí.
Del otro lado, Nahia murmuró un simple «está bien» antes de colgar.
Al final de la llamada, Nahia arrojó el teléfono al suelo con furia, con los ojos brillando de rabia. Estaba furiosa.
No era ninguna boba. Solo con escuchar la voz áspera y llena de deseo de Robert, y los sollozos apagados de María en el fondo, sabía perfectamente lo que estaba sucediendo entre ellos.
Cuanto más pensaba en ello, más furiosa se ponía.
—Maldita sea, acaba de aceptar mi dinero y ahora se atreve a seducir a mi hombre… esa maldita zorra. ¡Me las va a pagar!
Nahia recogió su teléfono y envió un mensaje rápido.
Cuando recibió la respuesta, un brillo despiadado apareció en sus ojos, mientras esbozaba una sonrisa malvada.
Capítulo 7
En la mansión Bonnet, Robert finalmente ya no pudo seguir. María llevaba un buen rato llorando sin parar, y, entre lágrimas, terminó vomitando, haciendo que todo el interés que él podía tener desapareciera de inmediato.
Desde el baño, escuchó el sonido de María al vomitar, y Robert, alzando la voz, dijo:
—No me digas que estás enferma con algo raro. Si estás tan mal, mejor ve al médico y no vengas a pegarme nada.
María salió del baño, envuelta en una bata, moviendo la cabeza con incomodidad. No podía dejar que Robert supiera que lo que tenía eran náuseas por el embarazo, así que escribió en su teléfono:
«Comí algo pasado.»
Robert miró la pantalla de su teléfono sin prestarle mucha atención, antes de decir:
—No olvides lo que te pedí. Nahia quiere algo ligero hoy. Ve a prepararlo ahora mismo. Yo me voy a bañar y luego iré al hospital.
María sintió alivio al escuchar que Robert se iría, y salió corriendo sin pensarlo. Al verla irse tan decidida, Robert se puso algo molesto.
Cuando terminó de bañarse y se cambió, Robert bajó de nuevo, encontrándose con que María ya había preparado la comida. Echó un vistazo rápido y notó que solo había preparado una porción.
—¿Y esta miseria?
María no entendió, hizo un gesto con las manos, preguntando si no era para Nahia. Había pensado que a Robert ni siquiera le importaba la comida que ella preparaba. Durante un tiempo, había intentado cocinar con mucho cuidado para él, pero Robert nunca había probado nada y todo terminaba en la basura.
Robert la miró con desprecio, pero no dijo nada más. Le lanzó una tarjeta bancaria y le pidió que fuera al supermercado a comprar más cosas para preparar algo más interesante para Nahia. Luego tomó la comida y salió de la casa.
Cuando él se fue, María suspiró con melancolía. Miró la parte de su mano que se había quemado mientras cocinaba, sintiendo cómo le ardía.
Aun así, no pensaba contárselo a Robert, al fin y al cabo sabía bien que lo tomaría a burla. Así que, sin más, sacó una crema para quemaduras y se la aplicó con cuidado.
De hecho, ya estaba acostumbrada a cuidarse sola.
La hermana de María había estado enferma durante años y era su único pariente vivo. Si no tuviera a su hermana, no habría nadie que la ayudara, si algo le pasara.
Mientras cerraba el bote de crema, recibió un mensaje de Jeison Bonnet, el cual, al leerlo, hizo que se le llenaran los ojos de lágrimas.
Jeison le decía que se arrepentía muchísimo de haberle presentado a Robert y que estaba dispuesto a ayudarla a salir de allí y mudarse a otro país. Además, su hermana también sería trasladada a un hospital en el extranjero. Pero, lo más importante, era que él se comprometía a cubrir todos los gastos médicos.
María respiró aliviada, y rápidamente respondió el mensaje con gratitud, pensando que, finalmente, no tendría que preocuparse más y podría irse de ese infierno.
Secándose las lágrimas, recogió la tarjeta que Robert le había dejado, considerando que, dado que se iría pronto, podría hacer una última cosa por él. Compraría más comida y le llenaría la despensa.
Al salir del supermercado, María se dio cuenta de que no había llegado a tiempo para tomar el autobús. Por lo que, pensando que la mansión no quedaba demasiado lejos, decidió regresar a pie.
No obstante, mientras caminaba, comenzó a sentirse repentinamente incómoda.
Era de noche, había poca gente en la calle, y todo estaba tranquilo, prácticamente en silencio, que solo era interrumpido por el viento que soplaba de vez en cuando.
Sin embargo, María empezó a escuchar pasos detrás de ella.
La oscuridad la envolvía, y el viento hacía que las hojas de los árboles crujieran de forma extraña. El miedo de pronto la invadió, por lo que no pudo hacer más que acelerar el paso. Pero, apenas había avanzado menos de un metro, cuando un grupo de hombres la rodeó.
María se detuvo y dio unos pasos hacia atrás.
El líder, un hombre rubio, frotándose las manos, sonrió de manera lasciva:
—Oye, mi amor, ¿te gustaría dar una vuelta con nosotros?
Una alarma se disparó en la cabeza de María. Dejó caer la bolsa y, en un impulso, comenzó a correr.
Sin embargo, al segundo siguiente, la atraparon, sujetándola con fuerza. Un trapo mojado le cubrió la boca y la nariz, y, en menos de un par de segundos, perdió el conocimiento.
Cuando María despertó, su cabeza parecía a punto de estallar de dolor.
Rápidamente recordó lo que había sucedido antes de perder el conocimiento.
Intentó moverse, notando que no estaba atada, así que sacó su teléfono y envió un mensaje de emergencia a todos sus contactos, esperando que alguien pudiera ayudarla.
Cuando terminó de enviar los mensajes, vio una notificación de un mensaje sin leer.
Era de la médica que atendía a su hermana. María sintió un estremecimiento y un mal presentimiento.
Temblando, abrió el mensaje. Era una frase simple y directa:
«Tu hermana está muy mal, ven al hospital cuanto antes.»