

Bajo el cielo de Ravenshae
Ravenshae no perdonaba a nadie. El cielo gris aplastaba las calles, y el viento helado se colaba en cada rincón de aquel pueblo del norte de Inglaterra, dejando un rastro de humedad y apatía que parecía absorber hasta la alegría más mínima. En ese escenario caminaba Sophie Hayes, diecisiete años, rubia, ojos azul hielo, belleza que todos admiraban y deseaban, pero con una sonrisa construida con capas de agotamiento. Popular, sí, pero no por quién era realmente; por la fachada que había aprendido a sostener.
Sophie conocía bien el precio de esa imagen: fiestas clandestinas, alcohol derramado en vasos de plástico, cigarrillos robados a escondidas, y relaciones con chicos que no significaban nada, excepto llenar un vacío que nadie parecía notar. Su madre estaba ausente, y su padrastro, Lawrence Whitaker, la observaba con paciencia de depredador, esperando un error que confirmara su control. Su mundo era un escenario de máscaras, y Sophie estaba cansada de interpretar.
Ese día, los pasillos de St. Bartholomew's Academy estaban llenos de murmullos y miradas. Sus amigas, Isla Bennett, empática y tranquila, y Clara Whitmore, directa y provocadora, la acompañaban, cada una con su forma de equilibrar la tormenta que era Sophie. La escuela era un campo minado de jerarquías, secretos y deseos, y nadie podía escapar de su influencia.
Entonces llegaron ellos. Julián Fairfax, dieciocho años, afrodescendiente, con un aire de calma desconcertante que desarmaba a quien lo mirara, y su amigo Ethan Clarke, más abierto y sociable, pero igualmente consciente de que algo en Julián lo hacía peligroso. Venían de Manchester, con un pasado que nadie conocía, y con la fuerza suficiente para perturbar el orden que Sophie creía tener bajo control.
No hubo palabras inmediatas, solo miradas. Una tensión silenciosa que recorrió los pasillos y que, sin que Sophie lo supiera aún, estaba destinada a transformar todo: su imagen, sus reglas, su mundo entero. Entre risas fingidas, fiestas que prometían olvidos temporales y la presión de Ravenshae, algo había cambiado. Un juego peligroso acababa de empezar, y ninguno de ellos estaba preparado para lo que venía.
En Ravenshae, las máscaras se rompían con facilidad. Y cuando lo hicieran, nada volvería a ser igual.
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