Capítulo 3

El concierto estaba brutal. Los Squids habían mejorado sus temas, tanto en la música como en el tono de la voz de Oliver. Sonaban más enérgicos y electrizantes. La gente se volvía cada vez más loca con cada canción.

Lo malo era que se amontonaban frente al escenario. Así me dificultaban el hecho de hacerme visible para Liam.

—¡No lo lograré! —dije desolada. Mi bajo tamaño era mi mayor obstáculo.

—¡Claro que sí, idiota! ¡Solo hay que ponerse agresiva! —porfió Cleo, mientras se abría paso entre la marejada de gente valiéndose de su cuerpo robusto y fuerte.

Rogers nos seguía detrás, muy cerca. Dividía su atención entre no perdernos de vista y disfrutar del espectáculo. Oliver Jones, como era habitual, estaba sin camisa. Animaba a todos a cantar con él las letras de las canciones. Mi amigo participaba de la dinámica sin inconveniente, él no tenía a una muchedumbre sudada, embriagada de emociones y de alcohol a punto de aplastarlo. ¡Maldita sea mi estatura!

Aunque Cleo me hacía avanzar no lograba ver a Liam. Mientras más caminábamos, más cuerpos me tapaban la vista, todos me superaban por veinte centímetros.

—¡No es posible seguir! —dijo frustrada mi amiga. Quedamos compactados a pocos metros del escenario.

—¡Salgamos de aquí! ¡Me desmayaré! —pedí con el corazón roto y sintiendo ansiedad por la falta de oxígeno.

—¡No! ¡Queda una opción! —aseguró Cleo e ignoró mi estado asustado y enfermo para dirigirse a mi amigo—. ¡Rogers, agáchate!

Él estaba ajeno a lo que nosotras conversábamos. Los pectorales y el abdomen definido de Oliver, así como los potentes temas, lo tenían hechizado. Cleo lo tomó por un brazo y lo sacudió con rudeza.

—¡¿Qué pasa?! —consultó él con enfado.

—¡Maddi va a morir asfixiada!

No solo Rogers se olvidó de la música para enfocarse en mí, algunas de las personas que nos rodeaban dejaron de forcejear para así mirar lo que me sucedía. Yo boqueaba como pez fuera del agua y estaba a punto de entrar en pánico por el nulo espacio que tenía para moverme. Sentía que el mundo se me venía encima.

Algunos desviaron sus teléfonos móviles del cuerpo semidesnudo de Oliver para posarlo en mí. Nada mejor que grabar un fallecimiento por asfixia en pleno concierto en el Perla Negra. Eso llenaría de misticismo a la banda y al club.

¿Ayudar al que estaba desvalido? Jamás se les pasaría por la mente.

—¡Maddi, ¿qué hago?! —preguntó angustiado mi amigo.

—¡Agáchate! —ordenó Cleo con firmeza.

—¡¿Para qué?! —quiso saber aunque cumpliendo con su orden.

Cleo me ayudó a sentarme sobre los hombros de Rogers. Al entender su intención, se me pasó un poco la angustia por la falta de oxígeno y por la posibilidad de morir aplastada.

Con dificultad Rogers se levantó, ayudado por Cleo. Mi amigo tenía menos fuerza que un niño de diez años. Cuando él pudo quedar en pie me sentí fantástica.

Rogers era tan alto que me hacía sobresalir de la multitud por varios centímetros. A esa altura la vista era fenomenal, sin ningún tipo de obstáculo, y me hallaba a pocos pasos del escenario, lo que significaba que tenía a los chicos de la banda a escasa distancia.

Oliver iba de un lado a otro mientras un mar de gente saltaba y gritaba los estribillos de las canciones con pasión, y Liam se encontraba frente a mí. Lo tenía tan cerca que se veía irreal. Mi pechó se hinchó de alegría.

Alcé los brazos y grité histérica celebrando mi triunfo, Cleo hizo vítores para apoyarme, y Rogers, aunque no se sentía cómodo por el peso que tenía sobre los hombros, sonrió divertido.

Cada vez que los Squids se presentaban en el bar yo siempre los disfrutaba desde la lejanía, parada en algún sitio alto y protegida del salvajismo del público. Por primera vez los veía a una distancia tan próxima. Mi felicidad era desbordante.

Me costaba creérmelo. Por momentos quedé paralizada. Los detallaba con suma atención comparándolos con la imagen del afiche que tenía en mi dormitorio. Buscaba las diferencias y similitudes.

—¡Háblale a Liam! —me pidió Cleo sacándome con brusquedad de mi idilio.

Empecé a gritar su nombre y a agitar las manos, pero él no me oía. Tenía su rostro cubierto por sus cabellos y estaba centrado solo en su guitarra.

De quien sí pude llamar la atención fue de Oliver, que se ubicó delante de mí y me señaló poniéndome nerviosa. Cantaba con sus ojos voraces puestos en mi cara y seduciéndome. Hacía que el resto del público me odiara.

Yo señalaba hacia Liam. Trataba de decirle con gestos que era a él a quien quería, pero Oliver pensó que entraba en su juego y se puso más sugerente.

Varias chicas comenzaron a imitarme subiéndose a los hombros de sus amigos para obtener también un poco de atención de su ídolo. De nuevo estaba siendo opacada, porque las otras mujeres eran más altas que yo y resaltaban más.

El alzamiento de tantas chicas pareció llamar la atención de Liam, que con curiosidad miró hacia el público para saber lo que ocurría. Me frustré, porque no se detenía en mí. Jamás sabría que existía si no enfocaba su vista en mi figura. Comencé a desesperarme.

Se vino la parte del tema donde solo sonaban la guitarra y la voz de Oliver al unísono, en un canto suave que daba una sensación de soledad, previo al último estribillo.

—¡LIAMMMMMMMMM! —grité con ferocidad, haciéndome notar por encima de la música.

Cuando los ojos del guitarrista se posaron en mí alcé mi blusa por completo, incluyendo a mi sujetador, y le mostré las tetas. Él no pudo apartar su mirada pasmada de mí. Notó mi presencia sin que el resto de la humanidad lo distrajera.

—¡TE AMOOOOOOOO! —vociferé poniendo mi ropa en su lugar.

No sé si logró escuchar mi declaración. Justo en ese instante resonó el grito potente y súper largo de Oliver que reventaba la suave melodía para dar paso al cierre salvaje del tema.

La música se volvió épica, llevando al público a un nivel máximo de excitación. Todos enloquecieron, tanto abajo como encima del escenario. Se sacudían por las intensas melodías.

Sin embargo, Liam ya no se quedaba todo el rato con la cabeza gacha, oculto tras sus cabellos. De vez en cuando alzaba la miraba y me veía. Me sonreía con una timidez que fraccionó aún más a mi atolondrado corazón.

Al terminar la presentación, los organizadores dejaron un descanso de una hora amenizado por un Dj para que los Destroyer se prepararan para su función. A mí no me interesaban ellos, ni siquiera me quedaría a escucharlos. Le había prometido a Rogers que, luego de obligarlo a cargarme sobre sus hombros la media hora final del concierto, nos iríamos a estudiar.

Pero permitió que me acercara unos minutos a la parte trasera del escenario antes de marcharnos, con la esperanza de ver por última vez a mi amor platónico. El problema fue que más de una decena de chicas pensó lo mismo. Todas se unieron hasta convertirse en un muro alto que me impedía la visibilidad.

Algunas se abrazaban entre sí para cantar a todo pulmón los temas de la banda, buscando llamar su atención, otras gritaban sus nombres. El más sonado, por supuesto, era Oliver, y muy seguido resonaba el nombre de Theo, que con su carita dulce, de niño travieso, había conquistado a una gran fanaticada.

William también se llevaba su parte. Él era un tipo alto, de cuerpo atlético, y tenía unos años más que Oliver, Theo y Liam. Daba la sensación de ser su hermano mayor, lo que despertaba el morbo de muchas.

A Walter, en cambio, nadie lo nombraba. Él era un sujeto algo extraño. Superaba los treinta y cinco años y se decía que tenía esposa e hijos. No solía compartir mucho con la banda ni con los fans, solo se le veía cerca de ellos cuando se hallaban sobre el escenario. Para sus seguidores, era un simple colaborador, no parte del grupo.

Me enfadó descubrir a un manojo de mosconas llamando a Liam. Las miré con odio desde la distancia. Se habían ubicado frente a mí y con sus cuerpos de estatura alta me tapaban por completo. Si él salía a saludar y firmar autógrafos, como otras veces lo había hecho, jamás lograría llegar a su lado. No me dejarían.

—¿Por qué no nos vamos ya? —se quejó Rogers cansado de perder el tiempo.

—Solo déjame verlo —pedí con frustración, cruzada de brazos.

—Lo único que querías era que él te dirigiera una mirada y una sonrisa en el escenario, ¡y lo conseguiste! Aunque a un precio muy alto —se quejó mi amigo haciendo sonar las vértebras de su cuello, que las tenía adoloridas—. Ya cumpliste con tu sueño anhelado, ahora, ¡vámonos! —exigió molesto.

—Calma, calma, polluelo. ¿Cuál es el apuro? —agregó Cleo al acercarse a nosotros con una botella de cerveza en la mano—. Ya sabes que hoy es la última oportunidad de esta jovenzuela de disfrutar de su adorado tormento. Él pronto será una superestrella.

Rogers la observó con una mueca de asco.

—¿Ya estás borracha?

—¿Yo? —Cleo soltó un resoplido gracioso que demostraba su incipiente embriaguez—. Para nada, mi organismo tolera muchísimo la cerveza.

Ella se giró para evaluar con interés el cuerpo de una chica que en ese momento pasaba por su lado.

—¡Solo te has bebido tres cervezas y ya estás a punto de ser infiel! —la acusó Rogers.

Cleo ensanchó su boca en una O perfecta.

—¿Infiel? ¡Jamás! Yo a mi Rosita nunca le he jugado sucio —aseguró, aunque volvió su mirada hacia la mujer que antes había evaluado y se fue tras ella.

Vi que Rogers ponía los ojos en blanco y tuvo intención de decirle algo antes de que se perdiera de nuestro lado, pero el alboroto que generaron las chicas al abrirse la puerta de los artistas hizo que cerrara la boca, y a mí reseteó por completo la conciencia, acelerando mi corazón.

Al aparecer Oliver, la mayoría rugió por la alegría y se abalanzaron sobre él. Los guardaespaldas actuaron rápido para controlarlas mientras él reía divertido. Comenzó a firmas autógrafos en afiches y en camisetas. Al salir Theo la locura fue similar y al hacerlo William fue necesario llamar a otros guardias porque la situación estaba a punto de descontrolarse.

Liam no salía y eso me ponía nerviosa. Cuando al fin lo hizo, casi me desmayé de la emoción. Me sostuve de Rogers para no caer manteniendo mis ojos fijos en él.

Un grupo de mosconas se acercó para pedirle autógrafos, que él firmó con rapidez al tiempo que buscaba algo en los alrededores.

—¿No irás a que te firme las tetas? —preguntó mi amigo con tono burlón.

—No me dejarán pasar. Tendré que golpearlas y si hago eso terminaremos todos en prisión, como ha pasado otras veces.

Mis arranques de violencia en varias oportunidades nos habían complicado las salidas. No quería que eso sucediera otra vez, porque además, Liam estaba cerca y no deseaba que se llevara una mala imagen de mí. Debía resignarme y pensar en otra forma de abordarlo antes de que fuera famoso.

La frustración me dominó y empapó mis ojos con lágrimas. En momentos como esos odiaba mi vida y las cualidades que me había regalado, como mi estatura de mierda.

Luego de plasmar un autógrafo en el cuaderno de una fanática, Liam repasó de nuevo los alrededores con impaciencia. La sangre se me congeló cuando él fijó su atención en mí. Por un momento me sentí más pequeña de lo que era, completamente insignificante.

—¡Te está mirando! ¡Te está mirando otra vez! —gritó Rogers saltando de alegría, pero yo no podía ni moverme.

El magnetismo de sus ojos oscuros aniquiló mi autonomía.

Sin apartar la vista de mí, Liam llamó a uno de los guardaespaldas para hablarle en forma confidencial. Me señaló mientras le decía algo al oído.

El sujeto me observó unos segundos antes de asentir.

Los organizadores del concierto aparecieron en ese momento buscando alejar a las chicas de los músicos y a ellos los metieron de nuevo en el área exclusiva de los artistas.

Yo seguía paralizada, aferrada con fuerza al brazo de Rogers como si fuese mi cable a tierra.

Al regresar la calma, en el estómago se me abrió un hueco muy profundo cuando noté que el guardaespalda se aproximaba a mí.

—Señorita.

—¿Sí? —pregunté con voz temblorosa.

—Liam Davis le pide que vaya a su hotel. Se alojan en el Palace. En una hora nos encontraremos en la recepción, yo la subiré a la habitación del joven.

El hombre se marchó dejándonos a Rogers y a mí como estatuas de sal. Un minuto después ambos pudimos reaccionar y nos vimos con sorpresa.

—¿Te pidió? —masculló Rogers impactado—. ¿Liam Davis quiere verte?

Al asimilar sus palabras, estallé por el júbilo. Comencé a gritar y a saltar por el lugar como una loca, sin preocuparme por las miradas extrañadas y de burla que me dirigía la gente ubicada en los alrededores.

—¿Qué mierda te pico? —preguntó Cleo de mala gana al acercarse.

—¡Me pidió! ¡Liam me pidió! —grité eufórica.

Cleo me observó con desconcierto. Rogers se acercó a ella y le contó con rapidez lo sucedido, logrando que se espantara por la noticia. Detuvo mis saltos sosteniéndome por los hombros con firmeza.

—¿Estás loca? No irás.

—¡¿Qué?! ¡¿Por qué?! —quise saber molesta.

—¿No te das cuenta, tonta? Liam cree que eres una grupi. Le enseñaste las tetas en pleno concierto y ahora te pide solo para tener sexo contigo.

Apreté el ceño con extrañeza. Estaba tan feliz que no podía procesar sus palabras.

—¿Y qué? —fue lo único que se me ocurrió responder.

Tanto Cleo como Rogers me vieron con horror.

—¿Cómo qué: y qué? ¿Piensas ir a ese hotel a acostarte con él? —consultó mi amiga casi fuera de sí.

Respiré hondo tratando de calmar a mi alegre corazón y apoyé mis manos en mis caderas.

—Me pidió, así estaré cerca de él y podré darle las gracias por todo lo que su música ha hecho por mí.

Cleo parecía haber entrado en shock. En ese instante Destroyer subía al escenario y el bar se volvía un hervidero de locura.

Di media vuelta para salir de allí, tenía solo una hora para llegar al hotel Palace y encontrarme con mi músico favorito.

—¡¿Te volviste loca?! —gritó mi amiga al ver que me marchaba, pero no le respondí, ni siquiera, le di la cara. Seguí hacia la salida invadida por una emoción tan grande que me hacía sentir enorme.

Esta vez, nadie me opacaría.

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