Capítulo 1

De camino a ver a mi novio, que seguía haciendo horas extras, sufrí un fuerte accidente de tránsito.

Lo llamé decenas de veces, pidiéndole ayuda, pero no respondió ni una sola vez. A lo lejos, el edificio de su empresa seguía iluminado, con las luces encendidas, como si nada hubiera pasado, y la desesperación terminó por devorarme.

Cuando desperté en el hospital, vi una publicación de una subordinada suya: “¿Qué hacer cuando tu jefe te regaña en plena madrugada?”

La imagen mostraba el reflejo de ambos en el vidrio de una puerta. La cercanía entre ellos era tan evidente que claramente había cruzado los límites de una relación laboral normal.

Sin darme por vencida, volví a llamar a Alfonso González. Esta vez, por fin contestó.

Con la voz quebrada, apenas logré decir:

—Alfonso, tuve un accidente de auto.

—Paula, ando ocupado —respondió con frialdad—. Haré que mi asistente se encargue, ¿de acuerdo? Sé buena, ¿sí? Cuando termine este viaje de trabajo, regresaré para acompañarte.

Intenté seguir hablando, pero su grito interrumpió todo:

—¡Bárbara! ¿Te vas con una sola maleta? ¿Y entonces por qué traes tres? ¿Piensas irte de vacaciones o qué?

Bárbara Garza era la nueva pasante que Alfonso acababa de contratar.

Miré el teléfono. La llamada ya se había cortado, y las lágrimas ya estaban secas en el rostro.

Luego marqué otro número:

—Acepto el matrimonio arreglado.

Alfonso puso todo su tiempo y su energía en Bárbara, hasta el punto de que, incluso cuando yo casi pierdo la vida en un accidente de tránsito, él pasó la noche entera poniéndola al día con el trabajo y luego se la llevó consigo a un viaje de negocios.

Pero cuando le entregué el último regalo de cumpleaños, ya no pudo seguir fingiendo que nada le importaba.

***

Cuando mis padres supieron que había aceptado el matrimonio arreglado, sonrieron de oreja a oreja y, sin perder el tiempo, transfirieron doscientos mil dólares a mi cuenta para mis gastos.

—Paula, por fin entraste en razón —dijo mi madre—. Ese Alfonso no tiene futuro; lleva cinco años emprendiendo y su empresa ni siquiera ha salido a bolsa. No puede ofrecerte estabilidad. Daniel Fernández es mucho mejor partido y te garantizamos que no te arrepentirás.

Como mis padres nunca aprobaron mi relación con Alfonso y yo siempre estuve completamente centrada en él, la relación con ellos llevaba años siendo tensa, así que hacía muchísimo tiempo que no los veía tan felices.

Con el celular aún en la mano, se me mezclaron las emociones; no sabía si debía sentir alegría o tristeza.

Después de colgar, vi que Bárbara había vuelto a publicar: “¿Qué se siente viajar por trabajo con un jefe exigente pero con una presencia arrolladora?”

La foto mostraba la espalda de Alfonso arrastrando tres maletas, y de su maletín colgaba un muñeco adorable, a todas luces parte de un par a juego que Bárbara había compartido antes.

Hubo una época en la que me obsesioné con los artículos de pareja: cepillos de dientes, pantuflas, llaveros, incluso ropa, todo lo compraba a juego.

Sin embargo, por más que insistiera, Alfonso nunca aceptó usarlos conmigo.

—Paula, soy el CEO, no puedo andar con esas cosas encima —decía—. Mi amor por ti lo guardo en el corazón.

Todavía recuerdo cómo, tras decir eso, arrojó el llavero a la basura.

Siempre fue meticuloso y profesional, cuidando con esmero su imagen de CEO.

Yo misma me convencía de que cada persona tiene sus hábitos y de que no podía obligarlo a cambiar solo por un capricho mío, hasta que lo vi con el muñequito a juego de Bárbara colgando de su maletín, aunque no combinara en absoluto con su maletín ni encajara con su imagen profesional.

Entonces lo entendí: el problema nunca fueron esos objetos adorables, sino la persona, y esa persona era yo.

Cuando Bárbara apenas entró a la empresa, Alfonso solía quejarse conmigo, diciendo que había llegado una pasante torpe que solo le causaba problemas y lo hacía perder tiempo.

Siempre la mencionaba, hablando de los errores que cometía, de las tonterías que hacía y de los desastres que él tenía que arreglar… y yo, tan ingenua, nunca noté la leve sonrisa que se dibujaba en sus labios cuando hablaba de ella.

De verdad creí que se estaba quejando y, en mi ingenuidad, hice todo lo posible por animarlo, sin imaginar que en realidad estaba disfrutando el proceso de ir solucionándole los desastres que ella dejaba atrás.

Por suerte, ahora lo entendía, y no era demasiado tarde.

Lloré un día y una noche enteros, y si alguien preguntaba, solo decía que el dolor de la fractura era insoportable.

Me dije a mí misma que lloraría solo esa vez y que, después de hacerlo, sacaría a Alfonso por completo de mi corazón.

Durante las tres semanas de hospitalización rechacé todas sus llamadas, hasta el día en que me dieron de alta. Ese día me llamó desde un número nuevo.

—Paula, ¿por qué no contestas? Estoy muy preocupado por ti. Cuando termine con este proyecto, iré a buscarte y para mi cumpleaños te voy a hacer una boda por todo lo alto.

Solté una risa fría, colgué la llamada y guardé el celular en el bolso. Se escuchó un golpe seco: había chocado contra algo duro.

Era el reloj que había mandado a hacer especialmente para él, con una esmeralda en el centro y una corona de pequeños diamantes que brillaban con un fuego deslumbrante.

Hecho a mano, de valor incalculable y único en el mundo, pensaba regalárselo cuando su empresa saliera a bolsa, ya que él siempre decía que quería guardar el recuerdo más valioso de ese día.

Ahora, claramente, ya no era necesario.

Parpadeé para aliviar el ardor en mis ojos y, sin pensarlo demasiado, le entregué el reloj al primer desconocido que pasó.

—Toma, que te vaya bonito.

En cuanto a la boda a lo grande de la que hablaba Alfonso, nunca me pidió matrimonio. ¿Cómo podía estar tan seguro de que yo aceptaría casarme con él, de que jamás lo rechazaría y de que nunca me iría?

“No, Alfonso. No quiero ni voy a casarme contigo. ¿Una boda por todo lo alto? Perfecto: mi ‘regalo’ será casarme, con toda dignidad, con otro hombre”, pensé.

Capítulo 2

Regresé al departamento que compartía con Alfonso.

Apenas dejé el bolso y estiré la mano para encender la luz, una silueta apareció de la nada y se lanzó sobre mi espalda.

—¡Alfonso, ya volviste!

Acababa de salir del hospital y no pude sostenerme en pie; las piernas me cedieron y caí al suelo de golpe.

El dolor me hizo apretar los dientes y, con esfuerzo, empujé a la persona que tenía encima.

—¿Quién eres tú?

Bárbara se incorporó, encendió la luz y se tapó la boca con cara de asombro.

—Perdón, de verdad, pensé que eras Alfonso.

Luego vaciló un segundo antes de preguntar:

—¿Eres Paula? Él dijo que no ibas a volver.

La estatura de Alfonso y la mía eran completamente distintas; cualquiera lo habría notado.

Con el dolor clavado en la cintura, me puse de pie como pude, apoyándome, y por fin la miré bien.

—¿Qué haces aquí? —pregunté, sin ocultar el enojo.

Todavía tenía el cabello húmedo y solo traía puesta una camisa blanca ancha, tan larga que apenas le cubría la parte superior de los muslos. Se le veían las piernas largas y lisas, llamativas, casi provocadoras.

Reconocí esa camisa de inmediato: era un regalo que le había hecho a Alfonso cuando apenas empezábamos a salir. Los gemelos hechos a medida aún llevaban grabadas las iniciales de nuestros nombres.

Se le enrojecieron los ojos al instante. Se rascó la palma, nerviosa, y, de pronto, me agarró la mano y se dio una bofetada con ella.

Me quedé paralizada, sin reaccionar, hasta que la puerta se abrió de golpe y Alfonso me apartó de un empujón.

Se colocó delante de Bárbara, protegiéndola, y me lanzó una mirada furiosa.

—Paula, ¿con qué derecho le pegas a alguien? Bárbara solo se confundió de persona, ¿era para tanto?

Se giró para acariciar con cuidado la marca roja en su mejilla. Le reprochó, con voz suave, no haber sabido esquivar el golpe.

La palma de mi mano seguía entumecida, el dolor en la cintura aumentaba y me ardía la nariz; en ese instante, me sentí como una extraña en mi propio departamento.

—Alfonso, ¿no vas a explicarme algo? ¿Por qué ella está aquí?

Ese departamento lo compré yo misma y se lo regalé para que pudiera emprender tranquilo, y ahora había traído a otra mujer a vivir allí.

Por un instante, una sombra de culpa cruzó su rostro, pero enseguida fue reemplazada por la impaciencia.

—A Bárbara la estafó su casero y, cuando volvió de un viaje de trabajo, no tenía dónde quedarse. Solo la dejé quedarse esta noche; después de todo, soy su jefe. Amor, el departamento es grande, no es para tanto.

Di un paso al frente para encararlo, pero Bárbara retrocedió asustada, alzando las manos como si temiera que la golpeara de nuevo.

—Alfonso, me iré ahora mismo. Paula, no te enojes, dormiré bajo un puente si hace falta, no tienes que preocuparte por mí.

Alfonso la protegió con un brazo, y su voz se volvió fría y furiosa.

—El que se equivoca debe pagar las consecuencias. ¡Pídele disculpas a Bárbara! Paula, no todos nacimos en familias ricas como tú. Tú nunca has vivido como vive la gente pobre. Nosotros podemos ser pobres, pero no carecemos de dignidad, y no permitiremos que nos pisotees a tu antojo.

Dicho eso, la rodeó con un brazo y la llevó a la sala para curarle la mejilla.

Qué hábil era para provocar una confrontación entre ricos y pobres. Y pensar que, de principio a fin, yo solo había preguntado por qué ella estaba en mi casa.

Pero ya no importaba, ni ese departamento ni su supuesto dueño volverían a tener nada que ver conmigo.

La cintura me dolía como si estuviera rota. Me apoyé en el zapatero, respirando con dificultad, y mi mirada se posó en las bolsas que Alfonso acababa de traer.

Era comida de Nor 777, mi restaurante favorito. Así que dejó a Bárbara en el departamento y salió él mismo a comprarla.

Recordé que, cada vez que yo quería comer de allí, él pedía a domicilio o mandaba a su asistente. Con Bárbara, en cambio, parecía esmerarse de más.

Si yo no hubiera vuelto, sin duda habría sido una noche agradable y romántica para los dos.

En ese momento sonó mi celular; era mi mamá.

Me dijo que la familia Fernández estaba encantada al saber que yo había aceptado de golpe casarme; incluso proponían celebrar la boda el próximo mes. Además, ya habían recibido mi regalo.

No entendí a qué regalo se refería, pero cuando mi mamá me pidió opinión, no me detuve a pensarlo demasiado.

Levanté la cabeza y acepté sin dudar. Me pareció perfecto. Cuanto antes fuera la boda, mejor.

Capítulo 3

—¿Quieres que comamos algo juntos?

Alfonso se acercó para agarrar las bolsas de comida y, de paso, rozó mi mejilla con los dedos.

—Paula, no me tengas rencor. Frente a los subordinados tengo que imponer autoridad; eso me lo enseñaste tú.

Giré la cara para esquivarlo. En sus dedos se mezclaba el olor del ungüento con el perfume de otra mujer, y no respondí.

—¿No me digas que estás celosa? Entre Bárbara y yo no hay nada, tú lo sabes bien; lo que más detesto es a la gente que siempre mete la pata. Mira, es que he estado viajando demasiado y no te he cuidado como debía. Te lo prometo: cuando termine esta etapa tan ocupada, organizamos la boda.

Tal vez él no lo notaba, pero cada vez que mencionaba a Bárbara, se le asomaba una sonrisa en los ojos.

—Alfonso, tengo muchísima hambre, me ruge el estómago —dijo ella con voz dulce y fingidamente alegre.

Al oírla, Alfonso se llevó de inmediato la comida hacia la sala.

Rechacé su invitación a cenar juntos con la excusa de que necesitaba descansar y subí sola a recoger mis cosas.

La ropa y las joyas se podían volver a comprar, pero había cosas que debía llevarme sin falta.

Alfonso siempre decía que yo nací en una familia rica, ajena a las dificultades del mundo, que solo sabía arreglarlo todo con dinero. Cada vez fingía no darle importancia, pero esas palabras se me habían clavado en el corazón hacía tiempo.

Quería cambiar la forma en que me veía, así que desde hacía medio año había empezado a aprender manualidades.

Primero fabriqué una delicada caja de madera, luego un álbum artesanal bien grueso, lleno de mecanismos ingeniosos: compartimentos ocultos, un pequeño zorro asomándose, incluso un espacio para cenizas.

Lo más importante era que ese álbum guardaba cada recuerdo de nuestros cinco años juntos. En las últimas páginas, había un apartado dedicado al futuro, pensado para que lo escribiéramos los dos.

Ese era el regalo sorpresa en el que había puesto todo mi empeño para el cumpleaños de Alfonso este año. Pero él había pisoteado una y otra vez el corazón que yo le ofrecía, así que no se lo merecía.

Acaricié las pequeñas cicatrices que el cuchillo de tallar había dejado en mis manos, mientras las lágrimas caían y se extendían sobre el papel. Entonces tomé la pluma y escribí: Alfonso y yo no tenemos futuro.

No lloraba por él. Lloraba para despedirme de esos cinco años de amor profundo que terminaron sin siquiera un final digno.

Toc, toc.

Bárbara estaba en la puerta del estudio.

—Paula, perdona la molestia, ¿me prestas una pijama?

Mientras bajaba la cabeza para secarme las lágrimas, ella ya se había acercado a mi lado.

—¿Estás muy triste?

Su tono era arrogante y provocador. Me quedé helada; no tenía nada que ver con la chica dócil de antes.

Aunque, pensándolo bien, no era tan extraño. Al fin y al cabo, era alguien capaz de abofetearse a sí misma.

No respondí, solo presioné el botón negro del escritorio y activé en silencio la grabación de la cámara.

Bárbara cruzó los brazos y me miró desde arriba.

—Paula, hazte a un lado. No puedes competir conmigo. No eres más joven ni más bonita que yo, tampoco más lista ni más linda, y mucho menos entiendes a los hombres como yo. ¿De verdad creíste que dándolo todo, ayudándolo a ascender, podrías amarrarlo a tu lado? Te lo digo claro: las mujeres demasiado fuertes nunca acaban bien.

—Solo yo puedo hacer que Alfonso se sienta un hombre de verdad. Solo yo puedo satisfacer todas sus necesidades.

—¿No me crees? Entonces deja que te lo demuestre ya mismo. Te lo garantizo.

Tras decir eso, soltó un grito y me agarró del cuello de la blusa, empujándome contra la ventana.

En el instante en que Alfonso corrió al oír el ruido, ella intercambió lugares conmigo. A los ojos de cualquiera, parecía que yo la estaba amenazando.

Alfonso me apartó con brusquedad para comprobar cómo estaba Bárbara.

Yo perdí el equilibrio y me golpeé contra la estantería. Por instinto, Alfonso intentó sostenerme, pero ella lo agarró del brazo de inmediato.

—Tengo mucho miedo. De verdad fue culpa mía. Todo esto es por haberles traído problemas. No debería haber venido a trabajar a la empresa.

Alfonso le tapó la boca con la mano.

—¡No digas tonterías! No tengas miedo, ya estoy aquí. Nadie puede hacerte daño.

Luego me miró con furia.

—Paula, ya te lo expliqué todo. ¿Por qué sigues sin creerme? ¿Acaso querías matarla?

Accidente y Boda Exprés con el CEO

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