Capítulo 3

La noche siguiente, la duda me carcomía por dentro. No podía comer, no podía dormir. La imagen de Sofía yéndose con Diego se repetía en mi mente una y otra vez. Tenía que saber qué estaba pasando.

Fui a los establos reales, un lugar que conocía bien. Sabía que Sofía amaba a su caballo, un semental blanco llamado Nube. Si había algo que la calmaba, era cepillar su crin.

Y allí estaba ella, en el establo, sola. O eso creí al principio.

Me acerqué en silencio, sin querer asustarla. Desde la sombra de una columna, la observé. Estaba cepillando a Nube, pero sus movimientos eran lentos, distraídos.

Entonces, Diego salió de uno de los compartimentos más oscuros, secándose las manos con un trapo.

"¿Ya casi terminas, prima? Se hace tarde."

Sofía se sobresaltó, como si no supiera que él estaba allí.

"Sí, casi."

Diego se acercó a ella por detrás, poniendo sus manos en sus hombros. Vi a Sofía tensarse por un instante antes de relajarse bajo su tacto.

"No te preocupes por ayer", le dijo Diego en voz baja, pero lo suficientemente alta para que yo la oyera. "Fue lo mejor. Tienes que empezar a poner distancia. Él no te conviene."

Mi sangre hirvió. ¿Poner distancia? ¿De eso se trataba?

Salí de las sombras.

"Sofía."

Ambos se giraron bruscamente. La cara de Sofía palideció al verme. Diego, en cambio, sonrió con suficiencia.

"Miguel Ángel. ¿Qué haces aquí espiando?"

Ignoré a Diego y me concentré en Sofía.

"Ayer era mi cumpleaños. Te esperé todo el día bajo el roble."

Ella no pudo sostenerme la mirada. Se mordió el labio, un gesto que hacía cuando se sentía culpable.

"Lo… lo siento, Miguel Ángel. Se me olvidó por completo. Diego tenía planeado un día de campo y…"

"¿Se te olvidó?", la interrumpí, el dolor agudizando mi voz. "¿Olvidaste nuestro día? Llevamos haciéndolo desde que teníamos diez años."

"¡Ya no somos niños!", espetó ella, a la defensiva. "Las cosas cambian."

"Parece que lo único que ha cambiado es que ahora prefieres la compañía de tu primo", dije, mirando a Diego con desprecio.

Diego dio un paso adelante, interponiéndose entre nosotros.

"Cuidado con tu tono, campesino. Le estás hablando a una princesa."

"Y ella me estaba hablando a mí primero", repliqué, sin retroceder.

"¡Basta los dos!", gritó Sofía, su voz resonando en el silencioso establo. "Miguel Ángel, lo siento. En serio. Fue un error. Te lo compensaré, lo prometo."

Miré sus ojos, buscando la sinceridad que tanto anhelaba ver. Había culpa, sí, pero también había algo más, una agitación, una confusión que no lograba descifrar. Quería creerle. Desesperadamente, quería creerle.

Asentí lentamente. "Está bien, Sofía. Te creo."

Una ola de alivio cruzó su rostro. "Gracias. Mañana, después de mis lecciones, búscame. Hablaremos."

"Perfecto."

Diego resopló a nuestro lado.

"Qué conmovedor. Bueno, prima, yo me voy. Tengo asuntos importantes que atender, no como otros."

Lanzó una mirada cargada de desprecio en mi dirección antes de marcharse.

Una vez que estuvimos solos, intenté tomar la mano de Sofía, pero ella la retiró sutilmente.

"Tengo que terminar aquí", dijo, volviendo a su caballo. "¿Nos vemos mañana?"

Su tono era casi una súplica para que me fuera.

"Sí. Mañana."

Salí del establo con el corazón hecho un lío. Su disculpa me había dado un resquicio de esperanza, pero su frialdad, la forma en que evitó mi contacto, me dejó una sensación amarga en la boca.

Esa noche, la tradición anual de celebrar nuestro cumpleaños juntos, aunque fuera con un día de retraso, se rompió por primera vez. Me fui a mi pequeña habitación en el ala de los sirvientes sintiéndome más solo que nunca.

A la mañana siguiente, encontré un pequeño paquete en mi puerta. Dentro había un libro de tácticas militares, uno muy caro que yo había mencionado que quería leer. Había una nota.

"Perdóname. Con cariño, Sofía."

El gesto me alivió un poco las dudas. Quizás solo estaba estresada. Quizás la presión de la corte la estaba afectando. Decidí aferrarme a esa idea.

Me sumergí en mis estudios para los exámenes de ingreso a la Academia. Era mi única oportunidad de ascender, de demostrarle a todos, y especialmente al Emperador, que era digno de su hija.

Pasaron las semanas, y mis encuentros con Sofía se volvieron cada vez más escasos y breves. Siempre estaba ocupada, siempre tenía una excusa. Y casi siempre, Diego estaba cerca.

Me decía a mí mismo que era por los exámenes, que después de que ingresara a la Academia, todo volvería a la normalidad.

Pero una parte de mí sabía que me estaba engañando.

Los días se convirtieron en semanas. Aprobé los exámenes con la puntuación más alta. Cuando le di la noticia a Sofía, ella sonrió, pero su sonrisa no llegó a sus ojos.

"Felicidades, Miguel Ángel. Sabía que lo lograrías."

"Esto lo cambia todo, ¿verdad? Ahora tu padre tendrá que tomarnos en serio."

Ella desvió la mirada. "Paso a paso, Miguel Ángel. No hay que precipitarse."

La Academia comenzó. Mi vida se convirtió en un ciclo de entrenamiento físico brutal, estudio hasta altas horas de la noche y una competencia feroz con los hijos de los nobles, que no perdían oportunidad para recordarme mi origen humilde.

Casi no veía a Sofía. Ella rara vez visitaba el campo de entrenamiento, y cuando lo hacía, era en compañía de otras damas de la corte o de Diego. Nuestros encuentros se limitaban a breves saludos a distancia.

Los exámenes finales se acercaban. Cuatro años habían pasado volando. Cuatro años de esfuerzo sobrehumano, de soledad, de aferrarme a la imagen de una promesa infantil. Yo era el mejor cadete, el número uno en todas las disciplinas. Estaba a punto de lograrlo.

Solo necesitaba una cosa: hablar con ella a solas, recordarle nuestro sueño, asegurarme de que seguía siendo nuestro.

Pero cada vez que lo intentaba, algo o alguien se interponía. Una recepción, un baile, un viaje inesperado. O, más a menudo, Diego.

La semana antes de la graduación, logré acorralarla en uno de los pasillos menos transitados del palacio.

"Sofía, por favor. Necesitamos hablar."

Ella miró a su alrededor, nerviosa.

"Ahora no es un buen momento, Miguel Ángel."

"Nunca es un buen momento", insistí, mi frustración creciendo. "¿Qué está pasando? ¿Todavía me amas?"

La pregunta quedó suspendida en el aire entre nosotros. Ella abrió la boca para responder, pero la voz de Diego resonó desde el final del pasillo.

"¡Prima! Te estaba buscando. Tu padre quiere verte."

Sofía pareció aliviada. "Tengo que irme", dijo rápidamente y se escabulló, sin haberme respondido.

Me quedé allí, solo en el pasillo, con mi pregunta sin respuesta y una creciente sensación de pavor. La graduación, el día que se suponía que sería el inicio de nuestra vida juntos, se sentía ahora como una cuenta regresiva hacia el desastre.

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Ya Estoy Casado, Princesa.

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