Capítulo 3

A la mañana siguiente, Isabel entró con una bandeja de desayuno. Su sonrisa era radiante, como si nada hubiera pasado.

"Buenos días, mi amor. Tienes que comer para recuperar fuerzas."

Dejó la bandeja en la mesita. El olor a tostadas me revolvió el estómago.

"El doctor vendrá a verte en un rato. Me ha dicho que eres fuerte, que te recuperarás."

Sus palabras eran huecas, falsas. Ahora que sabía la verdad, cada gesto de cariño era un insulto. Cada palabra de apoyo era una burla.

La miré a los ojos, buscando una grieta en su fachada. No había ninguna. Era una actriz consumada.

"Gracias, tía", dije, mi voz ronca.

Tenía que seguirle el juego. Tenía que entender hasta dónde llegaba su maldad.

Más tarde, el médico de la clínica entró. Era un hombre mayor, con ojos cansados. Revisó mis informes, me examinó los pies con una delicadeza que contrastaba con la brutalidad de lo que me habían hecho.

"Mateo", dijo en voz baja, asegurándose de que estábamos solos. "El daño es severo. Muy severo. Necesitamos operar ya. Cada hora que pasa, las posibilidades de una recuperación funcional disminuyen drásticamente."

"Mi tía dice que va a venir un especialista de Madrid", respondí, repitiendo la mentira.

El médico frunció el ceño.

"Con todo respeto, nuestros cirujanos aquí son excelentes. Esperar es un riesgo enorme. Podrías no volver a caminar correctamente."

No volver a bailar era una sentencia de muerte. No volver a caminar era el infierno.

Cuando el médico se fue, Isabel volvió a entrar.

"¿Qué te ha dicho el doctor?", preguntó, fingiendo indiferencia.

"Que necesito cirugía urgente", respondí, observándola.

Ella suspiró, un suspiro teatral lleno de falsa frustración.

"Estos médicos locales... siempre tan alarmistas. Quieren cobrar la factura y ya está. No, no. Esperaremos al doctor Ramírez. Es el mejor de España. Solo confío en él para tus pies. Son tu futuro."

Dijo la palabra "futuro" con una naturalidad escalofriante. Mi futuro, el que ella misma había quemado.

Asentí en silencio. El horror me estaba dejando entumecido. El dolor físico era una bruma, pero el dolor de su traición era un foco de claridad insoportable. Ella estaba saboteando mi recuperación delante de mis narices, con una sonrisa en los labios.

Javier vino por la tarde. Trajo un portátil.

"La final está a punto de empezar", dijo con entusiasmo. "Pensé que querrías verla."

Abrió el portátil y lo puso sobre mis piernas. En la pantalla, el escenario del teatro brillaba. El presentador anunció al primer finalista.

"Y ahora, con ustedes, una estrella en ascenso, ¡Javier Reyes!"

Mi primo apareció en el escenario. Llevaba un traje negro, impecable. Se movía con una confianza que nunca antes le había visto. Una confianza que me había robado a mí.

Empezó a bailar. Sus movimientos eran técnicos, precisos, pero sin alma. Sin el duende. Aun así, el público aplaudía. Los jueces asentían.

Isabel, a mi lado, me apretó la mano.

"No te preocupes, cariño. Tú eres mucho mejor. Volverás más fuerte que nunca."

La miré. Su rostro reflejaba la pantalla del portátil, sus ojos brillaban de orgullo. Pero no por mí. Por su hijo. Por su plan perfecto.

Sentí una oleada de náuseas. No era por el dolor, ni por los medicamentos. Era asco. Un asco profundo y absoluto por las dos personas que se sentaban a mi lado, pretendiendo cuidarme mientras celebraban mi ruina.

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Venganza Por Salvarme

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