Capítulo 3
La primera vez, intenté ser razonable, le rogué a Javier que hablara con su padre, que el perro era demasiado agresivo para un piso con un bebé.
"Sofía, no exageres," me decía. "Papá sabe de perros, fue Guardia Civil."
Recordaba cada incidente, cada gruñido cuando me acercaba a Mateo, cada vez que Bestia enseñaba los dientes. Ricardo lo llamaba "disciplina", yo lo llamaba una amenaza constante.
Un día, intenté darle a Mateo su biberón y Bestia se abalanzó, no me mordió, pero el mensaje fue claro.
Javier solo dijo: "Ves, es protector, eso es bueno."
El colmo fue cuando instalé una cámara oculta, no por el perro, sino por Ricardo, su forma de mirar a Mateo me helaba la sangre.
Una tarde, revisé la grabación.
No había sonido, solo la imagen. Ricardo, solo en la habitación con Mateo en su corralito, su mano moviéndose de una forma que hizo que mi estómago se revolviera, una caricia que no era de un abuelo.
Era un monstruo. Un pederasta.
Ese día decidí que se tenían que ir, le enseñé el vídeo a Javier, su cara se puso pálida, pero en lugar de ira, vi miedo.
"No podemos, Sofía, el escándalo, mi padre..."
Discutimos, grité, le supliqué. Al final, cedí, con la condición de que nos mudaríamos, de que pondríamos distancia.
Fue un error fatal.
Nos mudamos al apartamento de mi madre, Carmen, que estaba de viaje. Pensé que estaríamos a salvo.
Una semana después, oí los arañazos en la puerta.
No sé cómo nos encontró, cómo supo la dirección.
Cuando abrí, Bestia se abalanzó, no hacia mí, sino hacia la habitación de Mateo.
El resto fue una pesadilla de sangre y gritos. Mi sangre, mi hijo muerto, y la bestia sobre mí.
La última pregunta que me hice antes de morir fue: ¿cómo supo dónde estábamos?
Ahora, en esta segunda oportunidad, esa pregunta era la clave de todo.
Ya no buscaría la razón, buscaría la venganza.