Capítulo 3
El cuarto de castigo era húmedo y frío, el único mobiliario era una cama de metal con un colchón delgado y una bombilla desnuda que colgaba del techo, arrojando una luz amarillenta y deprimente. Pasaba las horas mirando las manchas de humedad en la pared, cada una un mapa de mi desesperanza.
Me habían dicho que estaba aquí para "corregir mis errores" , para "aprender mi lugar" . Pero yo sabía la verdad, esto no era una corrección, era un castigo interminable, una forma de recordarme que yo no era nada, que mi vida les pertenecía. Cada crujido de la casa, cada paso en el piso de arriba, me hacía saltar. Vivía en un estado de alerta constante, esperando la próxima humillación.
Un día, la puerta se abrió y entró Miguel, seguido por un médico de su familia, el doctor Ramiro. Miguel no me miró, se dirigió directamente al médico.
"Necesito que lo hagas," dijo Miguel, su voz era dura como el acero. "El amuleto debe estar listo para el nacimiento."
El doctor Ramiro me miró con una mezcla de lástima y miedo, se aclaró la garganta.
"Miguel, esto es peligroso," dijo en voz baja. "Ya ha donado sangre, está anémica, débil. Sacarle más sangre para... para este ritual... podría matarla."
"No me importa," respondió Miguel sin dudarlo. "Es su deber, ella nos lo debe todo, si muere, muere, pero ese amuleto se hará."
El médico bajó la mirada, derrotado, sabía que no podía oponerse a Miguel, nadie podía. La desesperación se apoderó de mí, me iban a desangrar hasta morir por una superstición, por un bebé que ni siquiera era mío. Era como estar en el borde de un precipicio, a punto de caer, y nadie, absolutamente nadie, extendía una mano para salvarme.
Miguel se acercó a mí, sus ojos brillaban con una crueldad que me helaba los huesos.
"Vas a hacerlo, Sofía, y lo harás bien."
Me obligaron a sentarme en una silla, el doctor Ramiro preparó una aguja y un pequeño cuenco de madera, me temblaban las manos, mi cuerpo entero se estremecía.
"Por favor," supliqué, mirando a Miguel. "No hagas esto."
Por un instante, solo un instante, vi un destello de algo en sus ojos, ¿duda? ¿remordimiento? Se acercó y me tocó la mejilla, un gesto que en otro tiempo hubiera sido de cariño, pero que ahora se sentía como el toque de una serpiente.
"Solo haz lo que te digo y todo terminará pronto," susurró.
Pero en ese momento, la puerta se abrió de nuevo, era Isabel, su vientre prominente entraba primero.
"Miguel, cariño, ¿qué haces aquí abajo? Te estoy esperando."
La máscara de Miguel cambió instantáneamente, la duda desapareció, reemplazada por una sonrisa adoring para Isabel, se alejó de mí como si yo quemara.
"Nada, mi amor, solo arreglando un pequeño asunto," dijo, su voz ahora melosa. Se acercó a Isabel y le besó la frente.
Mientras los veía juntos, el dolor de la aguja entrando en mi vena fue casi un alivio, una distracción de la tortura emocional, la sangre comenzó a gotear en el cuenco, oscura y espesa.
Me sentí marear, el cuarto empezó a dar vueltas, mi visión se volvió borrosa, justo antes de desmayarme, vi a Miguel tomar el cuenco y dárselo a Isabel, como si fuera un trofeo.
"Mira, mi amor," dijo él. "La protección para nuestro hijo."
Luego, tropezó con mi silla y el resto de la sangre del cuenco se derramó sobre mi ropa, manchando mi blusa de un rojo oscuro y pegajoso.
"¡Torpe!" gritó Miguel, no a sí mismo, sino a mí. "¡Mira lo que me hiciste hacer!"
Me desvanecí escuchando sus insultos, caí en una oscuridad fría y profunda.
No sé cuánto tiempo pasó, desperté en el mismo cuarto, con un dolor de cabeza punzante y una debilidad extrema. A mi lado, en el suelo, había una bandeja con un poco de comida y un vaso de agua. Y algo más. Un teléfono, viejo y rayado, pero parecía funcionar.
Debieron haberlo dejado por error, con manos temblorosas, lo encendí, la pantalla se iluminó, no tenía señal, pero sí tenía Wi-Fi, la red de la casa. Mi corazón latió con fuerza, una posibilidad, una pequeña ventana al mundo exterior.
Abrí una aplicación de mensajería, busqué un nombre: Ricardo. Un viejo amigo de la universidad, alguien con quien había perdido el contacto pero que siempre había sido amable conmigo, una persona buena en un mundo que se había vuelto tan oscuro.
Encontré su perfil, su foto mostraba una sonrisa cálida y ojos amables, escribí un mensaje con dedos torpes.
"Ricardo, soy Sofía. Necesito ayuda."
Lo envié, sin saber si lo leería, sin saber si podría hacer algo, pero era una semilla de esperanza plantada en medio del desierto.
Minutos después, que parecieron una eternidad, el teléfono vibró, una respuesta.
"Sofía, ¿dónde estás? ¿Estás bien?"
Las lágrimas corrieron por mis mejillas, alguien se preocupaba, alguien en el mundo exterior sabía que yo existía.
Durante los siguientes días, me dediqué a la tarea que me habían encomendado, con cada gota de sangre que extraía, me sentía más débil, pero también más decidida, cada punzada era un recordatorio de por qué tenía que escapar.
Terminé el amuleto, una pequeña figura de madera ahora teñida de un rojo oscuro, casi negro, se sentía pesado en mi mano, cargado de mi dolor y mi sacrificio.
Cuando Miguel vino a buscarlo, se lo mostré.
"Aquí está," dije, mi voz era apenas un susurro. "Ahora cumple tu promesa, déjame ir."
Miguel tomó el amuleto, inspeccionándolo con satisfacción, pero entonces, su mirada cayó sobre el teléfono que yo había escondido torpemente debajo de la almohada. Lo arrebató antes de que pudiera reaccionar.
La pantalla se iluminó, mostrando mi conversación con Ricardo.
El rostro de Miguel se transformó, la satisfacción fue reemplazada por una furia celosa y posesiva.
"¿Quién es este?" gruñó, su voz era un trueno contenido. "¿Estabas planeando huir con él?"
Me agarró por los hombros, sacudiéndome con violencia.
"¡No te vas a ir a ninguna parte!" gritó, su rostro a centímetros del mío. "¡Tú eres mía! ¿Entiendes? ¡Mía!"
Agarró mi teléfono y lo estrelló contra la pared, rompiéndolo en mil pedazos, la pequeña ventana de esperanza se cerró de golpe.
"Si intentas algo," siseó, su aliento caliente en mi cara. "Si intentas contactar a este... Ricardo... lo encontraré, y te juro, Sofía, que lo destruiré, destruiré su vida, su familia, todo lo que ama, ¿me escuchas?"
El miedo me paralizó, no solo por mí, sino por Ricardo, no podía permitir que le hicieran daño a una persona inocente por mi culpa.
Miguel me empujó de vuelta a la cama y salió de la habitación, cerrando la puerta con un golpe seco, el sonido de la cerradura girando fue el sonido de mis cadenas volviendo a su lugar, más pesadas, más apretadas que nunca.