Capítulo 3

"Ustedes no saben quién soy" , dijo Elena, con una voz tan tranquila que sorprendió incluso a sí misma.

La mujer, a la que ahora Elena llamaría mentalmente "la bruja", frunció el ceño. Su hijo, el simple, solo parpadeó.

"¿Y quién se supone que eres, eh? ¿La hija del presidente?" , se burló la bruja.

Elena levantó la barbilla. El miedo seguía ahí, un nudo frío en su estómago, pero la certeza de su linaje era un ancla.

"Soy Elena. Nieta de Don Ramiro" .

El nombre cayó como una piedra en un pozo silencioso. Por un instante, el rostro de la bruja se contrajo en una mueca de sorpresa. El nombre de Don Ramiro era conocido por todos en ese pueblo y en los alrededores. Era sinónimo de respeto, de poder, de una rectitud que rayaba en lo temible.

Pero la sorpresa duró poco. La bruja la examinó de arriba abajo: el cabello revuelto, la ropa de ciudad sucia y rasgada, la cara manchada de lágrimas y tierra. Soltó una carcajada estridente.

"¡Ja! ¡Qué buena broma! ¿Tú? ¿Nieta de Don Ramiro? ¡No me hagas reír, escuincla mentirosa!"

Un par de vecinos que habían salido a curiosear por los gritos anteriores también soltaron risitas.

"Todo el mundo sabe que Don Ramiro y su esposa no tienen familia aquí" , continuó la bruja, recuperando su compostura y su tono de matona. "Se fueron hace años. Sus hijos y nietos están en la ciudad, son gente importante, no una mugrosa como tú que se deja vender por tres pesos" .

Elena sintió una punzada de frustración. Era verdad. Su abuelo había mantenido su linaje en el pueblo en secreto precisamente para protegerlos. Había enemigos, gente que le guardaba rencor por su poder y su justicia inflexible. Nadie sabía que sus nietos a veces venían de visita, de incógnito, cuando eran niños.

"Nos mudamos" , intentó explicar Elena, la voz temblándole un poco. "Mi padre es su hijo. Nos fuimos a la ciudad cuando yo era pequeña, pero… pero esta es su tierra. Esta casa…"

"¡Cállate!" , gritó la bruja, y esta vez su voz tenía un filo de nerviosismo. ¿Y si la chica decía la verdad? Desechó la idea de inmediato. Era imposible. "¡Seguro te lo inventaste para asustarnos! ¡Pero a mí nadie me ve la cara de estúpida!"

Para demostrar su punto, la agarró del brazo y la sacudió con violencia.

"¡Ya te dije que te comportes! ¡Vas a ser la mujer de mi Tonio y punto!"

El hombre simple, Tonio, sonrió, como si la idea de tener una esposa fuera un juguete nuevo. Se acercó y trató de tocarle la cara a Elena. Ella se apartó con asco, el corazón latiéndole con fuerza renovada por el terror.

"¡No me toques!" , gritó. "¡Si mi abuelo se entera de esto, los va a matar! ¡A todos ustedes!"

La mención de la muerte pareció divertir a la bruja.

"¡Uy, qué miedo! ¡La nieta fantasma de Don Ramiro nos va a mandar a sus ejércitos celestiales!" , se mofó, y los vecinos rieron con ella. La humillación era un fuego que le quemaba las mejillas.

Desesperada, Elena empezó a gritar con todas sus fuerzas, dirigiendo su voz no a sus captores, sino hacia la calle, hacia las otras casas, hacia el cielo.

"¡Auxilio! ¡Soy Elena, la nieta de Ramiro! ¡Me tienen secuestrada en la casa de los Martínez! ¡Auxilio!"

Su grito fue tan potente y desesperado que por un momento todos se quedaron quietos, incluso la bruja. El silencio que siguió fue tenso. Se oía el zumbido de una mosca, el ladrido lejano de un perro.

Luego, la reacción de la bruja fue instantánea y brutal.

Le soltó una bofetada que le volteó la cara y la hizo caer al suelo. El sabor a sangre llenó su boca.

"¡Te dije que te callaras, perra mentirosa!" , siseó la mujer, su rostro transformado por la furia. "¡Ahora vas a ver lo que te pasa por hacerte la importante!"

Pateó a Elena en las costillas. El aire salió de sus pulmones en un gemido ahogado. El dolor fue agudo y la dejó sin aliento. El mundo empezó a girar de nuevo, los rostros de sus torturadores se volvían borrosos.

Mientras Tonio y su madre la arrastraban de vuelta al cuartucho oscuro, Elena solo podía pensar en una cosa: su grito. Alguien tenía que haberla oído. En un pueblo tan pequeño, las noticias volaban.

Su única esperanza era que el nombre de su abuelo, aunque fuera pronunciado por una "loca mentirosa", fuera suficiente para encender una chispa de duda en alguien. Una sola persona que se atreviera a preguntarse: ¿Y si es verdad?

Pero mientras la puerta se cerraba de nuevo, sumiéndola en la oscuridad y el dolor, esa esperanza parecía tan frágil como un hilo de telaraña.

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