Capítulo 3
Eran las ocho en punto y apenas llegaba a la parada de autobús que se encontraba junto a mi trabajo. Bajé corriendo y murmurando entre dientes: «¡Tengo que hacer más ejercicio!». Mientras corría podía sentir como el aire luchaba por entrar a mis pulmones.
Llegué a la recepción del edificio y caminé con paso rápido hacia el ascensor.
«¡Mierda! Fuera de servicio, ¿algo más?». Miré al techo como si hablara con Dios. Salí corriendo de nuevo y busqué la odiosa escalera. «Cuatro plantas, Diana, no son tantas, ¡ánimo!».
La primera la subí corriendo. La segunda mi lengua escapó de mi boca en un intento de conseguir oxígeno, a la vez que mi espalda se encorvaba como si tuviese joroba. La tercera me hizo mutar de persona a perro y terminé de subirla a cuatro patas. Cuando estaba por finalizar mi trayecto, la extraña mutación volvió a actuar y acabé reptando como una serpiente. Desparramada en el suelo, con las mejillas enrojecidas y sin aire.
«Tengo que comenzar a hacer deporte, mañana me pongo a ello».
Allí estaba, moribunda y rezando para que nadie me viera en aquel mísero estado; pero mis rezos no sirvieron, ya que escuché una maravillosa voz. Esa tan masculina que me hacía estremecer y pensar en el pecado capital de la lujuria.
—¿Te encuentras bien?
Frente a mí estaba Adán, me miraba con gesto extraño y me tendía una mano para ayudar a incorporarme.
—Emm yo emm, sí.
Habría que mencionar que, cuando me ponía nerviosa, no solía ser muy elocuente.
—¿Te caíste?
No era de extrañar que pensara eso. Yo siempre estaba en el suelo.
Si gracias a la caída estaba roja, al verlo, toda la sangre de mi cuerpo se instaló en mis cachetes y en otras partes que no merece la pena mencionar.
—No. ¿Por qué lo preguntas?
«Disimula y haz tu mejor actuación, que no note que estás para lanzarte al cubo de basura».
—Por el golpe de la frente, deberías mirarlo, no tiene buena pinta.
Gruñí al recordar el alien e intenté esbozar una sonrisa.
—¡Ay, sí! Gracias —balbuceé—. Discúlpame, llego tarde. —Intenté escapar tan rápido que casi tropecé con mis propios pies—. ¡¿Dios, por qué me odias tanto?!
Me disponía a llegar al despacho de Karen cuando choqué con algo duro y sentí como un líquido caliente me quemaba el pecho. Grité como una posesa, ¡maldita mi suerte! Aquello dolía.
—¡Estúpida!, ¡¿estás ciega o qué te pasa?! Me tiraste todo el café. —Frente a mí estaba Sonia junto a su amiga Alicia.
Ali me miraba con cara de asco, mientras Sonia, si las miradas mataran, estaría preparando mi entierro. Aunque, si seguía accidentándome, lo mejor sería que me hiciera amiga del Conde Drácula para que me dejara compartir su sarcófago.
—Discúlpame.
«Lo único que me falta es ponerme a llorar para terminar la humillación».
—¿Disculparte?, ¡no, niña!, ¿sabes lo que cuesta esta camisa? Más de lo que tú ganas en un mes. Ni se te ocurra pensar que te irás de rositas, vas a pagarme la lavandería.
¡Más gastos! Lo que me faltaba.
—Sí, claro; me haces llegar la factura —murmuré a la vez que me escabullía entre las dos arpías.
No hacía falta decir que no éramos amigas. Esas dos parecían estancadas en la época de la secundaria. Eran superficiales y odiosas, muy lindas eso sí, pero unas perras sin corazón que se dedicaban a hacerme la vida imposible. Un par de brujas que en vez de trabajar zorreaban con todo pantalón que vieran. ¿Ya dije que no éramos amigas?
Las llamaba Zipi y Zape. Sonia, la pelirroja natural con los ojos tan azules como los de Bruno, era el cerebro del mal de las dos arpías, aunque dudaba que, aun juntándolas en un mismo cuerpo, llegaran a obtener el CI de un orangután.
Alicia pretendía ser rubia, pero había decolorado tanto su cabello que estaba próximo al blanco. Presumía unos ojos verdes falsos como toda ella. Ambas lucían un par de protuberancias, estáticas y redondeadas que salían de sus torsos. Estaba segura de que el cirujano les hizo un dos por uno a la hora de operarlas, y no tuvo que ser muy reconocido porque no se veían muy naturales.
Siempre llevaban más escote del indicado para ir a trabajar, y sus faldas por lo cortas que eran deberían ser cinturones anchos. No era por ser mal hablada, ni criticar, a mí eso no me gustaba, pero ¡eran un par de guarras!
Llegué agotada, sudorosa y humillada al despacho de mi jefa.
—Karen, discúlpame por llegar tarde —pronuncié después de llamar a la puerta y que me indicase que pasara.
—¡Por Dios!, ¿qué te ocurrió? —Se levantó con el semblante preocupado y caminó hacia mí—. No es por dar con el dedo en la herida, pero te ves horrible.
—Lo sé, no pude tener una mañana peor.
Aguanté las lágrimas de forma estoica. Estaba tan nerviosa y agotada que mis fuerzas comenzaban a disiparse.
—Deberías mirarte el golpe de la frente.
Ahí estaba de nuevo alguien más que me recordaba el dolor que tenía en la cabeza.
—Lo sé, tuve un pequeño accidente en casa, si me permites voy al baño a limpiarme y me pongo a trabajar.
—Ve, Diana, y si necesitas algo dímelo.
Le regalé una sonrisa sincera y salí del despacho. Ella y Adán eran lo único bueno de trabajar allí.
Caminé hacia el sanitario mientras me debatía en mi siguiente paso a seguir, que no sería otra cosa que colgarme con los cordones de los zapatos para acabar de forma rápida con mi humillación.
En cuanto llegué comencé a mojarme el rostro, y a limpiarme con toallas de papel los restos de bebida de la odiosa. Aquello no servía. El bulto se expandía por la frente, tenía ojeras, el cabello pegajoso y la ropa sucia. Acababa de comenzar la mañana y ya no podía más.
Las lágrimas que tanto intenté reprimir se dieron paso sin control, pero ni llorar me dejaban.
Escuché las voces de las dos arpías y se dirigían hacia donde me encontraba. No podía dejar que me vieran así, o la vergüenza de ese día aún no habría terminado. Recogí con rapidez mis cosas y me escabullí en el interior de un baño vacío. Me senté en el inodoro y rogué por controlar mis sollozos.
La puerta exterior se abrió, y por ella entraron Zipi y Zape riéndose con tantas ganas que parecía que les faltaba el aliento, ¿quién sería la victima a la cual despellejaban?
—¿Viste a relamida Mobi Dick? —pronunció una de ellas sin dejar de reír. Era como escuchar a una hiena.
—Sí; esta mañana la peinaría una vaca lamiéndole el cabello, o quizá ella misma con su lengua —la voz de la rubia acompañó los insultos.
—Y eso no era lo mejor, ¿quién la embarazaría? La bola tenía otra bola en la frente.
—Si no fuera porque te tiró el café encima, hoy hubiera sido una buena mañana.
—No te preocupes, me vengaré de la ballena, enviaré a lavar toda mi ropa sucia y le pasaré la factura.
Si aún me quedaban dudas de quién era la víctima, ahí estaba, era yo. ¡¿Quién más podría ser?!
Me abracé a mis piernas durante largo rato y dejé que las lágrimas escaparan sin control. Intentaba que sus palabras no me dañaran, pero dolía. No tendría que ser así, después de tantos años debería estar acostumbrada; sin embargo, ¿cómo se acostumbra una persona a ser la burla de todo el mundo?