Capítulo 2
«¡No puede ser!, son las siete de la mañana, ¡llegaré tarde al trabajo!». Un golpe sonó después de que viera la hora y me diera cuenta de que el despertador jamás sonó. Tras el susto, y enredarme entre las sábanas, acabé en el suelo a la vez que tiré todo lo que encontré a mi paso.
—¡Ay, mi espalda!
Me froté hasta que el dolor cesó y se trasladó a otra parte más mullida de mi cuerpo…, las nalgas. Habría pasado unos minutos dándoles cariño si no fuera por la interrupción de Bruno.
—¿Diana, estás bien? —Se encontraba detrás de la puerta y por el tono de voz parecía preocupado.
—Sí, tranquilo, solo me caí.
«Y me rompí todos los huesos del cuerpo», pero eso no lo dije, ya sabía que era torpe, no ganaba nada con demostrarlo.
Desde la universidad compartía apartamento con él y Virginia. Eran mis dos mejores amigos, a decir verdad, los únicos.
Bruno, a sus veintinueve años, seguía conservando ese brillo juvenil que me cautivó desde que cruzamos una mirada. Fue el primer hombre por el que mi corazón, nada más verlo, se enloquecía como si corriera un maratón. Algo que agradecía mi circulación sanguínea, ya que no era muy dada al ejercicio.
¿Cómo no enamorarme del perfecto Ken? Con su cabello rubio dorado y sus intensos ojos azules. Incluso podría reconocer que era guapo. ¿A quién engaño? Siempre fue el espécimen masculino más hermoso en todo el universo. Y no solo por su físico, él fue la única persona del género masculino que no me infravaloró.
Virginia era todo lo que yo no era, un tremendo bellezón. Su cabello largo y negro junto a sus ojos oscuros, iban a juego con unas facciones perfectas. Tenía un rostro simétrico al igual que el resto de su persona. Las visitas en nuestro apartamento, de origen masculino, siempre eran por su parte.
En estos años nunca supe cuántos hombres pasaron por su habitación, cada uno de ellos, según su criterio, fueron el amor de su vida. Era capaz de enamorarse en una sola noche y perder el amor al día siguiente. A veces quisiera ser como Vicky, tal vez no en lo de enamorarme de una persona diferente cada noche, sino en lo de amar y ser correspondida.
La realidad es que ellos son mi familia. No mantengo mucho contacto con la mía ya que, a cada visita que hago, mi madre se empeña en darme de comer lechuga como si fuera conejo. Siempre se avergonzó de mí; así que, para ahorrarle el bochorno, no los visito muy seguido.
Quiero mucho a Virginia, pero con el que mejor me llevo es con Bruno.
Mentiría si no mencionara que, cuando lo conocí, me enamoré de él; aunque nunca se lo dije para no estropear nuestra bonita amistad. Por suerte, esos sentimientos se evaporaron cuando conocí a Adán.
En nuestra época universitaria Bruno y yo nos hicimos una estúpida promesa: si al cumplir treinta aún no habíamos encontrado a una persona que nos quisiera, él y yo nos casaríamos. Habría que señalar que estábamos ebrios. Bueno, él lo estaba y había terminado con su novia.
Esa noche fue como un sueño hecho realidad. No estaba feliz por su ruptura. ¡Ah, deja de mentir! Estaba pletórica. No por verlo sufrir, sino porque volvía a ser libre y, si aguantaba así hasta los treinta, le haría cumplir la palabra dada, porque si había un príncipe azul debía ser él.
Después de arrastrarme por el suelo, quejarme del dolor de cadera y de rodillas, salí de la habitación y corrí a toda prisa por el pasillo para llegar al baño. Como siempre ya estaba ocupado.
—¡Sal de una vez! Tengo prisa, debo ducharme o llegaré tarde —grité tras la puerta.
—¡Entra! No verás nada que te asuste.
Obedecí; a la vez que recordaba que mi vejiga estaba llena, así que junté las piernas y me adentré en el habitáculo con caminar de sirena seductora.
—¡Joder me lo hago encima!
En cuanto fui consciente de la imagen que me esperaba en el interior, me emocioné. Bruno estaba allí, mojado y con una toalla alrededor de la cintura. Como no podía ser de otra forma perdí la estabilidad y me resbalé con el agua que había en el suelo. Para no romperme la cara me sujeté de lo más próximo que encontré. Para mi desgracia, lo más cercano fue su toalla. Aquel odioso trapo que cubría esa maravilla de cuerpo cayó y lo dejó como Dios lo trajo al mundo. Lo siguiente que vi, además de toda su desnudez, fue el lavabo y mi frente colisionando con él. Finalicé mi recorrido de rodillas y con sus gloriosas partes masculinas frente a mis deseosos labios.
Lo que podría comenzar como una película porno de bajo presupuesto, acabó por convertirse en un capítulo de Mr. Bean en cuando vi el rostro de Bruno.
Parecía avergonzado y se debatía entre ayudarme, o cubrirse.
—Diana, ¿te encuentras bien?
Quería contestar un «sí» rotundo, pero mi mente estaba obnubilada por el trastazo en la frente y por el hombre desnudo que me sujetaba.
—¡Eh! Sí, solo fue un tonto golpe… para no variar.
En cuanto estuve de pie, con la frente roja y las mejillas incluso más, Bruno levantó la toalla y se cubrió.
—No pongas esa cara, parece que nunca hayas visto a un hombre desnudo. —Comenzó a reírse, quizá lo hacía por la situación, o de mi cara.
Lo cierto era que, sin importar el motivo de su hilaridad, yo deseaba meterme debajo de una piedra.
—¡Ya sabes que así es! —Iracunda lo empujé para que dejara el baño libre.
—Deberías ponerte algo de hielo en ese golpe, no tiene buena pinta —aconsejó a la vez que me robaba un beso en la mejilla y escapaba carcajeándose.
Tardé varios minutos en recordar el motivo de aquella situación embarazosa.
—¡Joder! Llegaré tarde al trabajo.
Ya no me daría tiempo a ducharme así que, como la mujer práctica que era, me dispuse a darme el lavado del gato. Mientras me enjabonaba la cara busqué entre los botes la crema para peinar, coloqué un poco en la mano libre y la extendí a lo largo del cabello. La dejé hacer su trabajo y me enjuagué el rostro. Cuando por fin mi visión quedó libre de restos de espuma, pude ver como un prominente bulto se esparcía rojo e hinchado por la frente. Llegaría tarde y encima tenía un alien asomándose a mi cara.
—¡No!, ¡¿por qué?! —grité al darme cuenta de que, la crema que esparcí tan bien sobre mis greñas, no era para peinar, sino la corporal que usaba Virginia.
«¿Se puede comenzar mejor la mañana?».
Mi cabeza tenía una capa grasosa, para colmo ya no había tiempo de arreglarlo y, la verdad, ¡qué más daba! Nunca se daban la vuelta para mirarme, nadie se fijaba en mí o en mi aspecto. Podría ir a trabajar vestida de vaca y no repararían en ello.
Salí corriendo, asalté el armario y me coloqué lo primero que encontré. Sofocada intenté escapar de la casa, pero choqué con Bruno que no me quitaba el ojo de encima; le agradecí su distracción con un nuevo empujón y desaparecí de su visión sin mirar atrás.
Capítulo 3
Eran las ocho en punto y apenas llegaba a la parada de autobús que se encontraba junto a mi trabajo. Bajé corriendo y murmurando entre dientes: «¡Tengo que hacer más ejercicio!». Mientras corría podía sentir como el aire luchaba por entrar a mis pulmones.
Llegué a la recepción del edificio y caminé con paso rápido hacia el ascensor.
«¡Mierda! Fuera de servicio, ¿algo más?». Miré al techo como si hablara con Dios. Salí corriendo de nuevo y busqué la odiosa escalera. «Cuatro plantas, Diana, no son tantas, ¡ánimo!».
La primera la subí corriendo. La segunda mi lengua escapó de mi boca en un intento de conseguir oxígeno, a la vez que mi espalda se encorvaba como si tuviese joroba. La tercera me hizo mutar de persona a perro y terminé de subirla a cuatro patas. Cuando estaba por finalizar mi trayecto, la extraña mutación volvió a actuar y acabé reptando como una serpiente. Desparramada en el suelo, con las mejillas enrojecidas y sin aire.
«Tengo que comenzar a hacer deporte, mañana me pongo a ello».
Allí estaba, moribunda y rezando para que nadie me viera en aquel mísero estado; pero mis rezos no sirvieron, ya que escuché una maravillosa voz. Esa tan masculina que me hacía estremecer y pensar en el pecado capital de la lujuria.
—¿Te encuentras bien?
Frente a mí estaba Adán, me miraba con gesto extraño y me tendía una mano para ayudar a incorporarme.
—Emm yo emm, sí.
Habría que mencionar que, cuando me ponía nerviosa, no solía ser muy elocuente.
—¿Te caíste?
No era de extrañar que pensara eso. Yo siempre estaba en el suelo.
Si gracias a la caída estaba roja, al verlo, toda la sangre de mi cuerpo se instaló en mis cachetes y en otras partes que no merece la pena mencionar.
—No. ¿Por qué lo preguntas?
«Disimula y haz tu mejor actuación, que no note que estás para lanzarte al cubo de basura».
—Por el golpe de la frente, deberías mirarlo, no tiene buena pinta.
Gruñí al recordar el alien e intenté esbozar una sonrisa.
—¡Ay, sí! Gracias —balbuceé—. Discúlpame, llego tarde. —Intenté escapar tan rápido que casi tropecé con mis propios pies—. ¡¿Dios, por qué me odias tanto?!
Me disponía a llegar al despacho de Karen cuando choqué con algo duro y sentí como un líquido caliente me quemaba el pecho. Grité como una posesa, ¡maldita mi suerte! Aquello dolía.
—¡Estúpida!, ¡¿estás ciega o qué te pasa?! Me tiraste todo el café. —Frente a mí estaba Sonia junto a su amiga Alicia.
Ali me miraba con cara de asco, mientras Sonia, si las miradas mataran, estaría preparando mi entierro. Aunque, si seguía accidentándome, lo mejor sería que me hiciera amiga del Conde Drácula para que me dejara compartir su sarcófago.
—Discúlpame.
«Lo único que me falta es ponerme a llorar para terminar la humillación».
—¿Disculparte?, ¡no, niña!, ¿sabes lo que cuesta esta camisa? Más de lo que tú ganas en un mes. Ni se te ocurra pensar que te irás de rositas, vas a pagarme la lavandería.
¡Más gastos! Lo que me faltaba.
—Sí, claro; me haces llegar la factura —murmuré a la vez que me escabullía entre las dos arpías.
No hacía falta decir que no éramos amigas. Esas dos parecían estancadas en la época de la secundaria. Eran superficiales y odiosas, muy lindas eso sí, pero unas perras sin corazón que se dedicaban a hacerme la vida imposible. Un par de brujas que en vez de trabajar zorreaban con todo pantalón que vieran. ¿Ya dije que no éramos amigas?
Las llamaba Zipi y Zape. Sonia, la pelirroja natural con los ojos tan azules como los de Bruno, era el cerebro del mal de las dos arpías, aunque dudaba que, aun juntándolas en un mismo cuerpo, llegaran a obtener el CI de un orangután.
Alicia pretendía ser rubia, pero había decolorado tanto su cabello que estaba próximo al blanco. Presumía unos ojos verdes falsos como toda ella. Ambas lucían un par de protuberancias, estáticas y redondeadas que salían de sus torsos. Estaba segura de que el cirujano les hizo un dos por uno a la hora de operarlas, y no tuvo que ser muy reconocido porque no se veían muy naturales.
Siempre llevaban más escote del indicado para ir a trabajar, y sus faldas por lo cortas que eran deberían ser cinturones anchos. No era por ser mal hablada, ni criticar, a mí eso no me gustaba, pero ¡eran un par de guarras!
Llegué agotada, sudorosa y humillada al despacho de mi jefa.
—Karen, discúlpame por llegar tarde —pronuncié después de llamar a la puerta y que me indicase que pasara.
—¡Por Dios!, ¿qué te ocurrió? —Se levantó con el semblante preocupado y caminó hacia mí—. No es por dar con el dedo en la herida, pero te ves horrible.
—Lo sé, no pude tener una mañana peor.
Aguanté las lágrimas de forma estoica. Estaba tan nerviosa y agotada que mis fuerzas comenzaban a disiparse.
—Deberías mirarte el golpe de la frente.
Ahí estaba de nuevo alguien más que me recordaba el dolor que tenía en la cabeza.
—Lo sé, tuve un pequeño accidente en casa, si me permites voy al baño a limpiarme y me pongo a trabajar.
—Ve, Diana, y si necesitas algo dímelo.
Le regalé una sonrisa sincera y salí del despacho. Ella y Adán eran lo único bueno de trabajar allí.
Caminé hacia el sanitario mientras me debatía en mi siguiente paso a seguir, que no sería otra cosa que colgarme con los cordones de los zapatos para acabar de forma rápida con mi humillación.
En cuanto llegué comencé a mojarme el rostro, y a limpiarme con toallas de papel los restos de bebida de la odiosa. Aquello no servía. El bulto se expandía por la frente, tenía ojeras, el cabello pegajoso y la ropa sucia. Acababa de comenzar la mañana y ya no podía más.
Las lágrimas que tanto intenté reprimir se dieron paso sin control, pero ni llorar me dejaban.
Escuché las voces de las dos arpías y se dirigían hacia donde me encontraba. No podía dejar que me vieran así, o la vergüenza de ese día aún no habría terminado. Recogí con rapidez mis cosas y me escabullí en el interior de un baño vacío. Me senté en el inodoro y rogué por controlar mis sollozos.
La puerta exterior se abrió, y por ella entraron Zipi y Zape riéndose con tantas ganas que parecía que les faltaba el aliento, ¿quién sería la victima a la cual despellejaban?
—¿Viste a relamida Mobi Dick? —pronunció una de ellas sin dejar de reír. Era como escuchar a una hiena.
—Sí; esta mañana la peinaría una vaca lamiéndole el cabello, o quizá ella misma con su lengua —la voz de la rubia acompañó los insultos.
—Y eso no era lo mejor, ¿quién la embarazaría? La bola tenía otra bola en la frente.
—Si no fuera porque te tiró el café encima, hoy hubiera sido una buena mañana.
—No te preocupes, me vengaré de la ballena, enviaré a lavar toda mi ropa sucia y le pasaré la factura.
Si aún me quedaban dudas de quién era la víctima, ahí estaba, era yo. ¡¿Quién más podría ser?!
Me abracé a mis piernas durante largo rato y dejé que las lágrimas escaparan sin control. Intentaba que sus palabras no me dañaran, pero dolía. No tendría que ser así, después de tantos años debería estar acostumbrada; sin embargo, ¿cómo se acostumbra una persona a ser la burla de todo el mundo?