Capítulo 3
Días después, Sofía seguía en el hospital en Madrid.
Se recuperaba lentamente de las heridas del accidente.
Valeria la visitaba a diario, trayéndole noticias del exterior, intentando llenar los huecos de su memoria con cuidado, evitando los temas más dolorosos.
Una tarde, mientras Valeria había salido a por un café, Sofía decidió dar un pequeño paseo por el pasillo, agarrada al soporte del gotero.
Al doblar una esquina, casi choca con un hombre alto.
Él la miró con fastidio.
"¿Es que no ves por dónde vas?", dijo él con voz arrogante.
Sofía levantó la vista. Era el hombre de las fotos. Alejandro Vargas.
No sintió nada. Ni reconocimiento, ni el dolor que había visto en su diario. Solo una extraña incomodidad ante su hostilidad.
"Lo siento," murmuró ella.
Alejandro la escrutó de arriba abajo. Una mueca de desdén se dibujó en sus labios.
"¿Hasta el hospital me sigues, Sofía? ¿No te cansas nunca?"
Sofía parpadeó, confundida por la acusación.
"Yo... no te estaba siguiendo. Estoy ingresada aquí."
Él soltó una risita incrédula.
Justo en ese momento, una mujer elegante y llamativa salió de una habitación cercana.
Isabella Montoya. Sofía la reconoció por las pocas fotos que había visto en su móvil antes de borrarlas.
"Alejandro, cariño, ¿qué pasa?", preguntó Isabella con voz melosa, acercándose a él y tomando su brazo.
Toda la atención de Alejandro se volcó en ella. Su expresión se suavizó.
"Nada, mi amor. Solo un pequeño tropiezo," dijo él, acariciándole la mano.
Isabella miró a Sofía. Una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
"Oh, Sofía, ¿verdad? Alejandro me ha hablado de ti."
La forma en que lo dijo, el tono, implicaba que lo que le había contado no era precisamente bueno.
Sofía se sintió pequeña, expuesta.
"Ella es... una antigua compañera de la universidad," dijo Alejandro, presentándola de forma casual, casi despectiva. "Trabajó un tiempo en la firma."
Como si fuera una nota a pie de página en su vida.
La frialdad con la que pronunció esas palabras confirmó todo lo que Valeria le había contado y lo que ella misma había leído.
Este hombre era incapaz de sentir empatía.
Isabella se acercó un poco más a Sofía.
Su perfume era caro y abrumador.
"Pobrecita, he oído lo de tu accidente. ¿Estás bien?"
La preocupación en su voz sonaba completamente falsa. Un teatro bien montado.
Sofía solo asintió, incapaz de articular palabra.
Alejandro, mientras tanto, miraba a Isabella con adoración, ajeno a la tensión, o quizás ignorándola deliberadamente.
No le dirigió ni una mirada a Sofía, ni una palabra de cortesía por su estado.
Para él, Sofía seguía siendo invisible, una molestia.
La Sofía del pasado se habría desmoronado.
Pero la Sofía amnésica sintió una aversión instintiva, una necesidad de alejarse de esa pareja.
Se dio la vuelta sin decir nada más y caminó lentamente de regreso a su habitación.
Alejandro la siguió con la mirada.
Notó algo diferente en ella.
Normalmente, Sofía se habría quedado, habría intentado hablar con él, habría buscado su atención de alguna forma.
Hoy, simplemente se había ido.
Había una dignidad en su retirada que lo sorprendió ligeramente.
Incluso una indiferencia que nunca antes había visto en ella.
Frunció el ceño por un instante, una fugaz perplejidad.
Luego, Isabella le susurró algo al oído y él sonrió, olvidándose de Sofía al instante.
Ella no era más que un recuerdo molesto, una anécdota pasajera.
O eso creía él.