Capítulo 3

Víctor corría buscando a su madre, abriendo la puerta del salón en donde realizaba sus costuras.

— Madre... mira — dice el niño emocionado

Mercedes ve a su hijo muy contento, quería enseñarle algo que traía en las manos.

— ¿Qué es esto?... ¿un collar?

— Es un juguete que me enseñó a hacer mi amiga, tienes que darle vuelta al botón y luego tira de las cuerdas... así — contesta Víctor, que cuando lo hace, el botón gira con mucha velocidad y corta el aire con un pequeño silbido.

— Que lindo lo que te ha enseñado a hacer tu amiga ¿Quieres que te dé más lana y botones para que hagas más de estos? — pregunta Mercedes, contagiándose de la alegría de su pequeño.

Víctor mira a su mamá contento, ella siempre era tan buena y sabía todo lo que él quería.

— Si. Haremos muchos y el más lindo te lo regalaré a ti mamá

Mercedes saca un pequeño frasco de vidrio, lleno de distintos botones para que escoja.

— Mira, aquí hay uno muy grande, este sonará muy fuerte.

— Mamá... mi amiga me enseñó hoy uno de sus muñecos, y era muy feo, es un trapo cocido con forma de cuerpo y la cabeza era un calabacín pequeño seco que le dibujó ojos, quiero regalarle el arlequín que le gusta ¿puedo?

— Ese muñeco es tuyo, así que puedes hacer lo que quieras con él — dice sonriente Mercedes, acariciándole la cabeza a su hijo.

Al día siguiente y como siempre, estaban en el cuarto de juegos los pequeños amigos.

— Mamá dijo que puedes llevarte el arlequín

Amelia abre completamente los ojos, sonriendo a lo que más podía y abraza al muñeco.

— ¿De verdad?... gracias, ya sabía que eres un príncipe — dice Amelia radiante de felicidad y se acerca para besar su mejilla.

— ¿Por qué dices que soy un príncipe? — pregunta Víctor sin comprender.

— Porqué eres bueno, eres lindo y te vistes como los príncipes de los cuentos

Víctor mira su ropa y se dirige al espejo que estaba en aquel salón para mirarse mejor.

— Pero los príncipes tienen capa y una corona — contesta el niño, abriendo mucho sus ojos azules, mirándose en el espejo.

— Si... pero eso es cuando tienen que salir, mi padre usa una gorra cuando sale de casa, pero no la usa siempre.

Víctor le regresa la mirada a su amiga, como si hiciera un gran descubrimiento y se dirige a su baúl, donde tenía más juguetes que no ocupaba con frecuencia, saca de él una corona de metal brillante y una espada de madera.

— ¿Ves?... yo lo sabía, eres un príncipe — dice Amelia muy feliz.

— Yo no sabía que lo era, tampoco que tenía que ocupar la corona para salir

— Si, y como eres un príncipe, tienes que usar tu corona y montar a caballo, para que siempre me protejas cuando cosas malas me pasen — Amelia vuelve a darle un beso en la mejilla y abraza con más fuerza a su nuevo muñeco.

Para Víctor era lindo que su amiga lo quisiera y le demuestre afecto, ya que ahora no se sentía tan solo en esa gran mansión.

Cuando Amelia llegan a casa, le enseña rápidamente a sus hermanos el arlequín que saca de entre sus faldas. Su hermano más pequeño comienza a llorar cuando no se lo quiere entregar. Teodoro al ver el ajetreo que tienen los pequeños, levanta a su hijo menor para cargarlo en brazos.

— A ver muchacho ¿Qué pasa?

— Es que quiere mi muñeco, pero lo va a romper — dice Amelia ocultando en su espalda su nuevo muñeco.

— Préstale el muñeco, si se rompe, tu madre puede hacer otro — dice su padre para zanjar el conflicto de los hermanos.

— No... mamá no puede hacer un muñeco tan lindo como éste — Amelia enseña lo que tenía oculto tras su espalda y se lo muestra a su padre, él al verlo, su sonrisa desaparece.

Teodoro rápidamente toma el muñeco muy sorprendido y asustado.

— ¿De dónde sacaste esto?

— Me lo regaló el príncipe

— Mariana, ven aquí — Teodoro llama a su mujer que estaba calentando la cena en la cocina.

— ¿Qué pasa Teodoro? — llega apresuradamente Mariana al llamado con urgencia que le hacía su esposo, a lo que él le muestra el muñeco.

— ¿De dónde sacó esto la niña?

Mariana palidece al ver el hermoso juguete, puesto que algo como eso, costaría lo que su salario del mes.

— No lo sé. Amelia ¿Lo robaste de la casa de los patrones? — pregunta Mariana a su hija.

— ¡NO!. Ya dije que me lo dio el príncipe — responde Amelia asustada por la expresión de sus padres.

— ¿De quién estás hablando? — pregunta Teodoro a su esposa.

Amelia comienza a sollozar al ver a su padre enfadado.

— Al príncipe que me viene a buscar cuando estoy en la cocina de la casa grande — explica Amelia sollozando.

Rápidamente Teodoro busca su chaqueta y gorra para ir a la mansión de sus patrones.

— Debo devolver esto rápidamente, espero que no tengamos problemas con los patrones y piensen que somos unos ladrones — dice preocupado Teodoro.

Amelia llorar con más intensidad y se aferraba del pantalón de su padre.

— No papá, eso es mío, el príncipe me lo dio

— Basta Amelia, tomar las cosas que no son tuya y decir mentiras es algo muy feo — le regaña su madre — pensarás esta noche en lo que has hecho y no vas a cenar.

Amelia mira a su madre y se va corriendo a su cama, llorando a gritos.

Teodoro estaba asustado, cuando llega a la casa de sus patrones, pide hablar con el ama de llaves. Al explicarle lo ocurrido, le entrega el juguete y se marcha pidiendo disculpas, ya que algo como eso no volverá a ocurrir, puesto que ellos eran trabajadores honrados.

Celenia toca la puerta de la habitación de la Señora Fortunato, quien se estaba alistando para ir a dormir, ingresando en ella con el muñeco en las manos.

— Señora, disculpe que la moleste tan tarde, pero Teodoro, uno de los encargado de los campos trajo esto.

Mercedes recibe el muñeco de su hijo y lo mira sorprendida.

— Dice que su hija debió haberlo robado — continúa explicando Celenia.

— ¿Su hija? — pregunta asombrada Mercedes.

— Es una niña que se queda en las cocinas junto con su madre... probablemente, entro en la casa y robo el muñeco del joven señor.

Mercedes comprende que quizás la amiga imaginaria de su hijo, era muy real y eso le hace sonreír, mirando con ternura aquel juguete que tenía en sus manos.

— ¿Qué hago señora? — pregunta Celenia con un tono severo — a esa familia se le debe castigar por robar propiedad ajena.

— Esperemos, mañana le preguntaré a Víctor sobre el muñeco, creo que ya sé lo que pasó.

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Un Amor Tan Intenso

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