Capítulo 3

A la mañana siguiente, Sofía se despertó con la voz de Alejandro resonando en su cabeza. "He vuelto por ti". Las palabras se repetían una y otra vez, y cada vez sentía un nudo en el estómago, una mezcla de rabia y una estúpida y diminuta chispa de algo más, algo que se negaba a nombrar. Se levantó de la cama de un salto, como si el movimiento pudiera sacudir los pensamientos.

"¡Ni madres!", dijo en voz alta al silencio de su pequeño departamento. "No voy a caer otra vez".

Pero el día tenía otros planes para ella.

Mientras preparaba las salsas para el puesto, su padre, Don Ricardo, entró en la cocina. Era un hombre robusto, con manos curtidas por años de trabajo en el Mercado de la Merced y una mirada que podía ser tierna o severa según la ocasión.

"M'ija", dijo con un tono serio que a Sofía no le gustó nada. "Tenemos que hablar".

"¿Qué pasa, 'apá? ¿Otra vez los de la delegación están molestando?".

"Peor", dijo él, sentándose pesadamente en una silla. "Anoche me buscó Doña Elena".

Sofía se quedó helada. Doña Elena. La abuela de Alejandro. Una matriarca de la alta sociedad, de esas que mueven los hilos desde sus mansiones en Las Lomas. Siempre había apreciado a Sofía, pero también era una mujer de tradiciones y de palabra.

"¿Y qué quería esa señora?", preguntó Sofía con recelo.

"Recordarme algo", suspiró su padre. "Recordarme el pacto que hicimos hace muchos años, cuando ustedes eran jóvenes. Un pacto de palabra entre ella y yo. Que nuestras familias se unirían a través de ustedes".

Sofía casi deja caer el tazón de salsa. "¿Estás bromeando, verdad? ¡Eso fue hace mil años! ¡Éramos unos niños! Además, su nieto se encargó de romper cualquier pacto cuando me dejó vestida y alborotada".

"Para gente como ella, la palabra es ley, Sofía. Y ahora hay problemas. Parece que la empresa de los Castillo está en una situación delicada. Hay otra familia, los Sandoval, que los están presionando. Quieren forzar una alianza, un negocio, y la pieza clave de ese trato es que Alejandro se case con la hija... con esa tal Camila".

Sofía sintió una punzada de extraña satisfacción. Así que la influencer no tenía el juego ganado. Pero la satisfacción duró poco.

"¿Y eso a mí qué?", dijo, tratando de sonar indiferente.

"Que Doña Elena no quiere a esa muchacha ni en pintura. Dice que es una arribista y que no tiene clase. Ella quiere que el pacto original se cumpla. Quiere que tú te cases con Alejandro".

Sof-ia se quedó boquiabierta, mirándolo como si le hubiera salido una segunda cabeza.

"¡Estás loco! ¡Ni muerta me caso con ese traidor! ¡Primero me aviento al metro en hora pico!".

"¡No es una opción, Sofía!", levantó la voz su padre. "Doña Elena es una mujer poderosa. Dice que si Alejandro no se casa contigo, los Sandoval van a destruir su empresa y, de paso, nos van a hacer la vida imposible a nosotros. Ya empezaron a mover sus influencias en el mercado, a meter presión con los permisos, con los proveedores...".

El mundo de Sofía se vino abajo. Su negocio. Su independencia. Todo lo que había construido con tanto esfuerzo, ahora estaba en peligro por un capricho de gente rica y poderosa. Sintió una rabia impotente.

"¡No es justo! ¡Yo no tengo la culpa de sus estúpidos negocios! ¡Que se case él con la influencer! ¡A mí que me dejen en paz!".

"¡Esa es la solución que se me ocurrió!", exclamó su padre. "Le dije a Doña Elena que lo mejor era que Alejandro se casara con Camila y se acabara el problema. Que nosotros no queríamos líos".

Sofía sintió un pequeño alivio. "Bien hecho, 'apá".

"Pero...", continuó él, y el alivio se desvaneció. "Resulta que la tal Camila ya tiene un compromiso. No oficial, pero lo tiene. Con un abogado de medio pelo, un tal Marco... ¿No lo conoces? Era amigo tuyo".

Marco. El nombre la golpeó. Marco, su amigo de la preparatoria, el que siempre la miraba con ojos de borrego a medio morir. El que desapareció de su vida después de lo de la boda. La situación se volvía cada vez más absurda.

Antes de que Sofía pudiera procesar esa nueva información, su celular sonó. Era un número desconocido. Contestó de mala gana.

"¿Bueno?".

"Sofía Vargas", dijo una voz de mujer, anciana pero firme como el acero. "Soy Elena Castillo".

Sofía se puso rígida.

"Señora", dijo a secas.

"Hija, sé que esto es repentino y poco ortodoxo, pero no hay tiempo que perder. Acabo de hablar con tu padre y he tomado una decisión. El pacto de palabra que nuestras familias hicieron se va a cumplir. Ya moví mis contactos. Mañana a primera hora, un juez civil irá a tu casa para oficializar el compromiso matrimonial entre tú y mi nieto Alejandro".

"¡¿Qué?!", gritó Sofía, incrédula. "¡Usted no puede hacer eso! ¡Yo no estoy de acuerdo!".

"No te estoy preguntando si estás de acuerdo, querida", dijo Doña Elena con una calma aterradora. "Te estoy informando. Es esto, o ver cómo todo por lo que tu padre y tú han luchado se va por el drenaje. Los Sandoval no juegan. Nos vemos mañana. Ah, y ponte algo bonito".

Y colgó.

Sofía se quedó con el teléfono en la mano, temblando de rabia. Miró a su padre, que tenía la cara pálida y una expresión de derrota.

Esa misma tarde, mientras Sofía estaba en su puesto, sintiendo que su vida era una telenovela barata, Alejandro apareció de nuevo. Esta vez, sin Camila.

"Sofía, mi abuela ya te llamó, ¿verdad?", preguntó, su cara una mezcla de arrepentimiento y resignación.

"¡Tu abuela está loca!", estalló ella. "¡Y tú también si crees que voy a seguirle el juego!".

"No tenemos opción, Sofía. Créeme, si la hubiera, la tomaría. Pero mi familia está en riesgo, y la tuya también".

"¡Este es tu problema, no el mío! ¡Arréglalo!".

"La única forma de arreglarlo es esta. Escúchame, nos casaremos en papel. Solo para detener a los Sandoval. Después, en cuanto la situación se calme, te juro que te daré el divorcio. No te volveré a molestar. Serás libre".

Sofía lo miró con desconfianza. "¿Y por qué debería creerte? Ya me juraste amor eterno una vez y mira cómo acabamos".

"Porque esta vez", dijo él, acercándose un poco más, su voz bajando a un susurro íntimo, "no pienso cometer el mismo error. No pienso perderte de nuevo".

Ella dio un paso atrás, como si su cercanía quemara. "No me has perdido porque nunca me has tenido, Alejandro. Y no voy a ser el peón en tu juego de ajedrez. Voy a buscar un abogado. Voy a pelear esto".

"Hazlo", dijo él, con una tristeza inesperada en su mirada. "Pero sabes tan bien como yo que contra mi abuela, no tenemos ninguna oportunidad".

Al día siguiente, tal como Doña Elena había prometido, un juez con cara de pocos amigos se presentó en la puerta de Sofía, con un documento oficial que sellaba su destino. Estaba oficialmente comprometida con el hombre que le había roto el corazón. Mientras firmaba con mano temblorosa, sintió una mezcla de furia, resignación y un miedo terrible a que, esta vez, el que terminara con el corazón roto no fuera solo ella.

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Traición en el Altar, Venganza en la Cocina

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