Capítulo 3
"No me creéis," dije, con la voz rota. "Mamá, por favor. Solo hazme caso esta vez."
Carmen me miró, viendo la pura histeria en mis ojos. Dudó. Su instinto de madre luchaba contra la lógica.
"Está bien, está bien," dijo, más para calmarme que por otra cosa. "Llamaré a tu padre. Él sabrá qué hacer."
"¡No!" grité. "¡No le llames a él!"
Pero ya era tarde. Marcó su número.
Pude oír la música de sevillanas y el bullicio de la feria al otro lado de la línea.
"Ricardo, ¿dónde estás? Sofía está muy alterada," empezó a decir mi madre.
La voz de mi padre llegó, distorsionada por el teléfono, pero llena de una ira helada que reconocí al instante.
"¿Alterada? ¡Estoy ocupado! Isabela está a punto de salir a la exhibición. ¿Qué tontería es esta ahora?"
"Dice que unos criminales vienen al cortijo, que estamos en peligro."
Hubo un silencio. Un silencio terrible, cargado de algo que no era incredulidad, sino conocimiento.
Entonces, la voz de mi padre bajó a un susurro venenoso, tan bajo que solo yo, que estaba pegada a mi madre, pude oírlo.
"Carmen, dile a esa hija tuya que se deje de tonterías. Si sigue así, esta vez me aseguraré de que nadie encuentre su tumba."
El aire se congeló.
Mi madre no entendió la amenaza. Yo sí.
No era una forma de hablar. Era una promesa.
Él también recordaba. Mi padre, el hombre que me enterró viva, había renacido conmigo.
Mi madre colgó, pálida. "Tu padre está furioso. Dice que son imaginaciones tuyas."
Antes de que pudiera responder, el sonido de un motor se detuvo bruscamente frente a la casa.
Luego, el estruendo de una puerta de madera siendo reventada a patadas.
Las risas incrédulas de Javier se cortaron de golpe. El rostro de mi madre se transformó, la incredulidad reemplazada por un terror puro y absoluto.
Me habían creído.
Demasiado tarde.