Capítulo 3

Maia estaba afuera de Villas Vista, tocando el timbre de la puerta de la finca de la familia Morgan.

Había elegido cuidadosamente ese momento, pues recordaba que las tardes en la propiedad solían ser tranquilas, ya que cada miembro de la familia estaba demasiado ocupado, buscando sus propias distracciones.

Cuando la puerta se abrió con un fuerte chirrido, Tricia Scott, la empleada doméstica de toda la vida, quedó frente a ella.

"Señorita Morgan, ¿realmente es usted? ¡No puedo creer que esté aquí!", exclamó la sirvienta, con los ojos muy abiertos al verla.

Apenas esas palabras salieron de su boca, Tricia se la tapó con una mano, lamentándose en el acto, pues sabía que ese título ahora le pertenecía a Rosanna.

Para los Morgan, Maia ya no existía. Y si Rosanna llegaba a enterarse de que le había dado su título a alguien a quien había expulsado, enfrentaría terribles consecuencias.

"Solo estoy aquí para recoger algunas de mis cosas", respondió Maia, con un tono bajo y mesurado. Acto seguido, entró como si nunca se hubiera ido. Justo como esperaba el lugar se sentía vacío, inquietantemente vacío: sin voces ni pasos.

Al verla dirigirse a la escalera, Tricia la siguió apresurada y nerviosa. "Señorita... eh, Maia, ¿qué es exactamente lo que busca? Yo puedo ayudarla".

"No te preocupes. Debería estar todavía en mi habitación. Solo me tomará un momento".

Antes de que pudiera dar otro paso, la empleada le bloqueó el camino. Evitando hacer contacto visual con ella, la mujer dijo: "Bueno, eh... sobre eso...".

Maia frunció el ceño, pues se dio cuenta de que algo no estaba bien.

"Tricia, ¿qué pasó?", preguntó finalmente, perdiendo su tono calmado.

La sirvienta hundió los hombres y cedió. Tras soltar un largo suspiro lleno de cansancio, explicó: "La señorita Morgan tiró todos sus pertenencias después de que la encarcelaron. Y su antigua habitación ya no existe. Ahora es un cuarto de almacenamiento".

La chica se quedó congelada, con los ojos abiertos de par en par mientras procesaba esas palabras.

"¿Se deshicieron de todo?", musitó, pensando en el destino que había sufrido el brazalete que le regaló Vicki.

Tricia confirmó, con un lento y arrepentido asentimiento, lo que la otra más temía.

Maia sintió que la verdad la golpeaba con fuerza, repentina y brutalmente, como un rayo. Alguien como Rosanna no habría tenido el valor de deshacerse de sus cosas, a menos que Richard y Sandra también estuvieran involucrados.

Con eso en mente y temblando de pies a cabeza, apretó los puños con fuerza. Esa pulsera había sido el último regalo que Vicki le había dado, un símbolo de amor en una familia que no le había ofrecido ni una pizca.

La ira creció dentro de ella, feroz e incontrolable. Había intentado alejarse de la familia Morgan, y dejar el pasado atrás, pero ahora, por culpa de su furia, resurgía con brutal intensidad.

"¡Sabía que volverías!", resonó a sus espaldas una voz que no había extrañado en lo absoluto.

Maia se dio la vuelta y se encontró con Jarrod, parado a poca distancia, con la misma sonrisa arrogante en su rostro.

Por otra parte, Rosanna estaba al lado de Sandra, agarrándola del brazo como si estuviera interpretando el papel de hija obediente para unas cámaras invisibles.

Al sentir la tensión en el ambiente, Tricia salió de la habitación sin decir nada.

Jarrod cerró el espacio entre ellos. Era ligeramente más alto que Maia, así que la miraba con desprecio.

"Fuiste realmente atrevida fuera de la cárcel esta mañana. ¿Qué es lo que pretendes al colarte en nuestra casa? Déjame adivinar. Como tienes antecedentes penales, descubriste que nadie te va a contratar, así que regresaste arrastrándote. Somos los únicos que todavía estamos dispuestos a darte una migaja, ¿verdad?".

Luego, alzando una ceja y con un tono lleno de sarcasmo, remató: "Te daré una idea: retráctate de todo ahora. Publica una disculpa en tus redes, dirigida a la familia Morgan, y tal vez te dejemos quedarte por lástima. ¿Qué te parece?".

A Jarrod le hervía la sangre desde la mañana. La maniobra que Maia hizo frente a la prensa había dañado el nombre de los Morgan. En ese momento, no había estallado, pero ahora no tenía intención de contenerse. Ahora que ella había entrado directamente en su casa, planeaba aplastar cualquier atisbo de desafío que mostrara.

De hecho, sentía que debía haber puesto a Maia en su lugar desde hace mucho tiempo, y como esta había regresado a casa, creía que estaba en su derecho de enderezarla. Si ella se disculpaba y mantenía su distancia de Rosanna, consideraría dejar que se quedara en la familia. A fin de cuentas, el costo de mantenerla no hacía mella en las finanzas de los Morgan. Alimentarla y ofrecerle refugio no era diferente de tirar unas cuantas monedas.

Aun así, por lo general los gorrones sabían que debían mostrarse educados. No creía que fuera demasiado pedir un poco de humildad.

Pero la chica actuaba como si el mundo le debiera algo, y era precisamente esa actitud la que hacía que le hirviera la sangre.

Cuando Maia dio un paso adelante, Jarrod alzó una ceja y se cruzó de brazos, esperando que se parara frente a él y suplicara su perdón. Pero para su sorpresa, ella pasó de largo, sin dedicarle una mirada, caminando directamente hacia Rossan. En el acto, perdió su expresión arrogante, pero luego recordó que había sido a su hermana a la que insultó públicamente y pensó que esa era su forma de hacer las paces. Sin embargo, las palabras de Maia rompieron sus suposiciones.

"Rosanna, ¿en dónde están mis pertenencias?".

La aludida se tensó en el acto. Un destello de sorpresa cruzó por sus ojos, antes de poner una expresión de inocencia y decir: "¿Qué pertenencias? No tengo idea de a qué te refieres".

Una gélida furia que cortaba apareció en los ojos de Maia, quien venía fijamente a la otra chica.

"Lo preguntaré por última vez. ¿En dónde pusiste todo lo que estaba en mi habitación?", preguntó en un tono plano y carente de emoción.

Instantáneamente, Rosanna adoptó una expresión lastimera y, con lágrimas recorriendo sus mejillas, contestó: "No lo hice con mala intención. Solo... Temí que se echaran a perder por quedarse arrumbadas tanto tiempo. Pensé que comprarías cosas nuevas a tu regreso, así que yo...".

Antes de que pudiera terminar, un fuerte golpe resonó en la habitación, cortando el aire como un trueno.

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Resurgiendo de Las Cenizas: La Heredera a Quien Intentaron Correr

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