Capítulo 3

Estacioné el auto diagonal a la edificación levantada por columnas de acero y concreto, que abarcaba toda una manzana. El edificio de dieciocho pisos ubicado en la zona más comercial y de extracto social más alto de la capital, era llamado el cubo de cristal debido a su estructura y fachada acristalada. La cede principal del periódico “El Despertar” estaba en el noveno piso.

Decidido a enfrentarla, conduje el automóvil hasta uno de los parqueaderos ubicado en el sótano de la construcción. Bujías, como le decían al vigilante, me dejó seguir con plena confianza, después de un saludo fraterno desde su cabina.

Me es imposible dominar mi ansiedad. Siento un miedo comprimido en mi estómago al bajar del automóvil. ¿Por qué este mal presentimiento invade todo mi cuerpo? Pensé, mientras esperaba el ascensor.

En el periódico trabajé, hasta que decidí independizarme para darle un giro, por lo menos de ciento ochenta grados a mi profesión y no me arrepiento porque pude dedicarle más tiempo a mi familia. También debo agradecerle a ese lugar mí reencuentro con Eva después de tantos años de soportar su ausencia. Al principio, ella no logró reconocerme, pero este servidor supo distinguirla entre el grupo de pasantes, al igual que esa vez cuando éramos niños y el destino caprichoso volvía a unirnos al tocarle recibir clase en el mismo salón donde yo estaba. Era la misma mujer que tanto amé en esa época; ciertamente, nunca la pude sacar de mi corazón.

La mayoría de los empleados con más tiempo de trabajar en el semanario me recibieron con un saludo formal, los que me tenían más confianza, me daban un abrazo. Solo mi presencia pasaba desapercibida para los pasantes. Sentí un poco de nostalgia al reencontrarme con mi gente y visitar las instalaciones del periódico después de tanto tiempo. En gran parte de los cubículos asignados como oficina, para el personal más joven, por lo menos en una de sus paredes se encontraba fija, protegida por un portarretrato, una de mis fotos con su respectiva columna informativa. Aunque había dejado de trabajar de manera directa con la empresa, dicha instancia algunas veces solicitaba mis servicios para casos relevantes donde la imprudencia de un inexperto podría darle la oportunidad a la competencia de obtener la primicia informativa.

María, la señora que servía los tintos en cada oficina se acercó a saludarme. Nos abrazamos por unos segundos: adoraba a esa señora. Preguntó por la niña «estaba muy hermosa, la misma belleza de la madre», respondí. Ella era la única en servirme el café tal cual me gustaba, apenas llegaba a mi oficina. Cuando no podía ir a causa de una dolencia típica de su edad, me negaba a probar el café hecho por unas manos diferente. Nos despedimos, abrazándonos nuevamente y estampándole un beso sincero en su frente.

La puerta deslizante que separaba los empleados que tenían cargos menores con los que tenían cargos administrativos se abrió y en un acto de aparición ¡Lo vi! El tiempo se detuvo y todo lo que pudo existir a mi alrededor se borró cubriendo el espacio con un manto totalmente oscuro. Un ciclón de imágenes con su rostro se formó en mi mente: «¡Era él!», estaba seguro. A pesar del tiempo que duré mirándolo fijamente con total asombro, el sostuvo su actitud, como si no me hubiera reconocido, pero yo podía garantizar que nos distinguimos mutuamente. Igual impero sobre su fea cara una sonrisa repulsiva, antes de seguir de largo y desaparecer como la luz de un rayo al caer por la noche. Era Ignacio... Nada ni nadie me convencería de lo contrario.

Aun aturdido por el inesperado encuentro con mi pasado, llegué a la oficina de Eva. Dejó de escudriñar los papeles que tenía entre manos, alzó la vista al percatar mi presencia bajo el marco de la puerta. Ese instante de mutua observación duro poco, prefirió proseguir con lo que estaba haciendo, como si mi presencia le importara en absoluto. Tenía tantos sentimientos encontrados que chocaban entre sí y no me permitían tomar una decisión con respecto a cómo debía comportarme delante de ella: por un lado, me dolía su trato, pero por el otro, no soportaba el desinterés por la niña, esto incluso me dolía más que su rechazo, así que preferí demostrarle mi descontento:

—¿Por qué no llevaste a la niña a sus clases de ballet? Era tu turno esta semana.

—Tengo demasiado trabajo... No creo necesario tener que explicarte mis funciones como jefa de prensa para que entiendas, o te imagines lo absorbida que me encuentro de trabajo —dijo Eva regresando la vista a los papeles que revisaba.

—No solo lo imagino, estoy seguro de lo atareada que debes estar. Recuerda que yo conozco mucho de este oficio y hasta hace poco tiempo trabajamos juntos. Pero también recuerdo que sacábamos tiempo para poder cumplir con las obligaciones que generaba Abigail, y hasta el día de ayer se cumplía conforme quedamos de acuerdo. Sin embargo, tu actitud desde anoche me ha dejado un sabor amargo que aún se mantiene... ¿Qué te está pasando, Eva? Hasta donde quieres llegar demostrando una indiferencia que no merecemos. Además, yo también trabajo y tengo responsabilidades, pero igual ustedes son mi prioridad y nunca he dejado de cumplirles por ninguna razón.

—Discúlpame esta vez… ¿Podrías dejarme trabajar? En la casa hablamos —dijo, mirándolo nuevamente y tal cual, persistía su actitud, dejó de mirarlo y prosiguió con sus tareas, está vez, manipulando el computador. Golpeé el marco de la puerta y sin esperar ver su reacción, partí lejos de aquella oficina.

II

Debí hacer un gran esfuerzo para concentrarme y no echar a perder el revelado de las fotos que debía entregar. Justamente, al guardar los rollos rebelados de la cámara en una de las gavetas del escritorio recordé aquel extraño sueño. ¿El rechazo de Eva de alguna manera me estaba afectando en mi subconsciente? No tenía la fuerza ni la voluntad para seguir indagando sobre el tema, preferí darle la importancia que merecía: un simple sueño. Lo que sí era real era la presencia de aquel hombre cerca de Eva. ¿Ignacio sería el responsable del cambio de actitud de mi esposa? ¿Cómo saberlo? También recordé que debía buscar a la niña. Cerré la gaveta. Debería apresurarme para llegar a tiempo.

Faltaba veinte minutos para que la clase de Abigail terminara. Gradué el soporte del asiento hacia atrás para recostarme mientras esperaba. Con las manos entrelazadas sobre mi abdomen, la vista sobre el techo del auto, visualicé a Eva; como no hacerlo en estas condiciones cuando esa mujer siempre ha sido el principio y final de mis pensamientos. Sin embargo, no me enfoqué en su rechazo, preferí recordarla en los momentos que éramos felices al lado de la niña. Conforme me sentí, noté que mi cuerpo se dejó llevar por la misma placidez, al poco tiempo cerré los ojos.

Martes, 28 de febrero de 1989

—¡Juan Vicente Gómez nunca hubiera permitido algo como esto! —dijo sobresaltado el mismo abuelo que me entregó el periódico.

—Cuando el pueblo se molesta no hay nadie que lo controle, Don Gustavo —respondió el señor que estaba detrás de la vitrina. Tenía un aspecto pálido y triste.

—¡Y tú niño! ¿qué piensas? —dijo, dirigiéndose a mí, la señora que había llegado a auxiliarme.

—¡Marta! ¿Qué va a saber un niño de estas desgracias? —dijo el mismo adulto de semblante pálido y de rasgos físicos europeo, al parecer era el dueño de la panadería—. Déjalo que se recupere tranquilo de su desmayo. Por lo menos ha recuperado el color.

—¡Vendrán tiempos peores! —le respondí—. Para dicha de algunos de ustedes no creo que lleguen a vivirlo.

Todos los presentes que me escucharon dirigieron toda su atención hacia mí. Era claro que mi comentario los dejó absortos. Preferí captar su atención de distinta forma: le pedí al dueño de la panadería, que por favor me vendiera un dulce. Pero... ¿Con que dinero le pagaría? Así tuviera, ¿Cómo explicaría el cambio grafico de la moneda? Y si me pusiera en la tarea de explicarle en la devaluación actual en la que se encuentra dicho cono monetario, se burlarían en mi cara por contarle tan descabellada historia, pensé.

—¿Venderte...? ¡Te puedes comer los que quieras! Estamos de luto. Nadie quiere endulzarse el alma al menos, con todo lo que nos está pasando.

—¿Dónde están tus padres hijo mío? —me preguntó la misma señora.

—No tengo. Soy huérfano —le respondí.

—Pero no pareces —dijo convencida la mujer.

—Si lo dice por la ropa, la acabo de conseguir bajo unos escombros en uno de los locales ultrajados.

—¿¡Ultrajado!? ¡Este niño habla como un doctor! —respondió el abuelo.

—Puedes comer lo que quieras, pero cuídate de una subida de azúcar, mira que los niños son más sensibles a una diabetes —le escuché decir al pandero desde la vitrina, inclinado, esperando que le señalara mi elección. A pesar de su semblante pálido (más por una condición natural que por susto), su sonrisa contrastaba con su fisonomía.

—No se preocupe; estaré bien —dije, en respuesta a su sugerencia.

A esa edad ofrecerme un dulce era una experiencia única; me encantaban. Escogí el de fresa, rebosado en crema chantilly en forma de cono, decorado con una cereza en toda la punta; mi debilidad. Me comería, sin exagerar, cada uno de los seis expuestos en la vitrina. Por otra parte, no quería abusar de su confianza; debí conformarme con pedir solo uno.

Apenas la señora se acercó para entregarme el dulce, me tocó prepararme otra vez, para enfrentar la misma experiencia: Sentir como lo real o irreal de ese momento se me esfumaba inevitablemente. Está vez como la honda que se forma al caer una piedra sobre el lago y se desplaza e incrementa hasta desaparecer en la orilla. Como siempre, mi cuerpo reaccionaba de la misma forma. No tuve tiempo de aceptar el dulce, solo vi desenfocado mi brazo derecho extendido y escuché un sonido corto pero continuo diferente a los anteriores, mientras todo a mi alrededor se desvanecía.

—Este niño debe de estar muy enfermo, otra vez le dio el beriberi. —Fue la última exclamación que escuché sin poder reconocer quién lo había dicho.

—¡Papá! ¡papá! —Gritaba Abigail mientras golpeaba fuertemente el vidrio del carro.

Insistió en que la llevara un rato al parque de diversión que más le gustaba, después de salir de la academia. En cuanto mi humor, estaba en total desacuerdo con aquella petición. ¿Pero cómo negarme a sus deseos? Mi hija era tan astuta como su madre; sabia como actuar ante mis negativas: una mirada fija, vidriosa, parpados caídos, justificaba mi falta de determinación ante una escena tan tierna, obligándome a ceder a todas sus peticiones.

Las muestras de cansancio, en aquel cuerpo pequeño pero lleno de energía comenzaron a ser evidente cuando prefirió sentarse que subirse a otra atracción. La rutina de cada sábado, mostraba inicio de que estaba por terminar cuando nos dirigíamos al local donde se vendía, según los comentarios de mi hija, los mejores helados y dulces del mundo.

El dueño del recinto, acostumbrado a atender parte de su clientela se nos acercó con una total familiaridad. Se dirigió a Abigail, primeramente:

—Le tengo a mi clienta favorita, uno de los dulces más rico del mundo. ¿Quieres probarlo? Vas a ser la primera afortunada.

—¡Eso ni se pregunta, Gregorio! Y eso de ser tu catador... ¡Me encanta! No admito sobornos, seré totalmente parcial con mi apreciación gustativa.

Acostumbrados a escucharla hablar como si fuera una adulta, sonreímos mutuamente ante sus ocurrencias.

—Ya te traigo tu pedido, hermosa. A usted, señor Eduardo lo de siempre, ¿verdad?

—Asimismo. Gracias.

Gustavo no tardó en aparecer con ambas peticiones sobre una bandeja que sostenía con total destreza con el brazo izquierdo alzado sobre su cabeza.

—¡Bon appétit...! A ti, y la adulta que llevas por dentro. —Abigail sonrió pícaramente, al recibir el dulce.

El muchacho sin proponérselo, logró hacerme recordar...: el dulce destinado para mi hija, era tan parecido al que había pedido en aquel último sueño (solo lo diferenciaba una fresa de decoración en la punta), que dudé por un instante, de la veracidad de aquel momento con mi hija.

—Le apetece, señor Eduardo. Se lo recomiendo. Es una receta única. Mi abuelo la creó y en su honor he decidido hacerla parte de una de mis delicatessen para mis clientes.

—¡Grandioso! Su abuelo también era pastelero.

—¡Por supuesto! El mejor del mundo. Créame, no lo digo por el solo hecho de ser mi pariente. Déjeme contarle un poco sobre él, si me lo permite —dijo el joven mientras me entregaba mi café descafeinado frio.

—¡Umm! —expresó Abigail, interrumpiendo la conversación—. ¡Este dulce está delicioso! Por favor, siéntate y continúa, no me perdonaría desconocer la historia de esta receta.

Admití que tenía la misma curiosidad de mi hija, así que aceptó la invitación a sentarse.

—¡Con gusto, muchas gracias! Bueno les cuento que mi abuelo paterno, era francés. Un hombre aventurero, apasionado en cada cosa que hacía. Su vocación era crear las mejores recetas de dulces fríos. Apenas se graduó de chet pastelero en Francia, decidió viajar hacia otro sendero, lejos, muy lejos de su continente. Después de conocer distintas regiones decidió radicarse en este país. La verdad, me cuenta mi padre que fue por culpa de mi abuela. Ella quedo encantada con el dulce que había comprado, así que le pidió al empleado que la estaba atendiendo, después de terminar de cancelar su consumo, que deseaba conocer al responsable de que su paladar ya no sea el mismo después de probar tal exquisitez. Estaba dispuesta a casarse de inmediato con aquel hombre. ¡Mi abuela Marta era todo un caso! —Sonrió para sí mismo el muchacho.

—¿¡Marta!? —«¡Marta! ¿Qué va a saber un niño de estas desgracias?»—. Recordé, tanto la expresión como la escena.

—Sí. Marta... ¿La conoció?

—No creo, disculpa, solo quise rectificar que escuché bien su nombre. Prosigue por favor. —Deseaba descubrir si se trataba de la misma persona.

—¡Okey! La cuestión fue que mi abuela logró su propósito de conocerlo. Sin importarle los comentarios ni las burlas, le pidió que se casara con ella, delante de todos. Mi abuelo, igual de extravagante, aceptó la petición y sin pensarlo dos veces se quitó el delantal y salieron juntos cogidos de la mano.

—¡Qué historia tan hermosa, papá! — dijo la niña, sin dejar de comer.

—Yo diría más bien, increíble.

—Debo admitir que tiene un poco de razón, pero el amor verdadero carece de lógica cuando se trata de unir a dos personas.

Eso es cierto, pensé, al recordar a Eva y todo lo que vivimos, antes, durante y después de tantos años de estar juntos. Omití, por supuesto, los últimos recuerdos con ella para evitar la melancolía en mi corazón.

—Les voy a resumir la historia, porque me tardaría horas en contarse la completa. Se casaron y la fuente de inspiración, igual que la de un escritor, al conseguir su musa, la de mi abuelo fue mi abuela, Marta. Casualmente este dulce que está degustando Abigail, fue la última receta que experimentó, por así decirlo. Lastimosamente, esta receta fue elaborada y exhibida en la vitrina de la panadería de mis abuelos el mismo día que se dieron los disturbios del famoso caracazo. Nadie tuvo el placer de probarlo... Aunque recuerdan a un niño que estuvo a punto, pero se desmayó y todos se fueron auxiliarlo. Mi abuela murió y con ella, se fue una parte de la vida de mi abuelo, Agustín. Él abandonó el negocio, condenándolo a la ruina total un par de meses después de la muerte de mi abuela. Vivió en la completa amargura hasta sus últimos días y solo hasta estar seguro de su muerte, me entregó su recetario de postre. Por ser la última receta de su libro, le puse el nombre “Love Forever” En honor a ellos.

—¡Gustavo! —Se escuchó un grito a lo lejos.

—Solicitan mi presencia en algún rincón de este lugar. Espero que hayan disfrutado esta corta historia de amor. Como siempre, es un placer atenderlos. Cuídate hermosa y usted señor Eduardo, gracia por siempre preferir nuestra estancia.

Estaba anonadado. Igual que la vez pasada, nada tenía que ver mi actitud por la historia que me acababan de contar. Igual intenté disimular mi asombro agradeciéndole con palabras amenas, haberse tomado el tiempo para contarnos ese preludio familiar.

—¿Papá te pasa algo? —preguntó Abigail, mostrando en su rostro cierta preocupación, por mi último gesto de total preocupación.

—No es nada. Voy a cancelar la cuenta y nos vamos.

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sueños sobre espejos.

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