Capítulo 2
Marte, 28 de febrero de 1989
Al parecer quedé dormido; mejor dicho, es lo más seguro, pensé. Era obvio al no conseguir una respuesta coherente a lo que veía mis ojos. Lejos de creer que podía ser real el hecho de estar fuera de mi casa, fuera de mi cama... Lo cierto es que debía seguir adelante y buscar la manera de resguardarme ante el caos que predominaba en el lugar.
Al fijar la vista sobre mi entorno, reconocí uno de los locales destruido; deduje, por la ubicación que era el mismo donde solía ir a comprar parte de los accesorios que utilizaba para trabajar en mi cuarto oscuro. ¿Cómo podía ser posible está situación? Hasta unos días atrás reinaba la prosperidad, el dinamismo entre las personas que transitaban los alrededores; inclusive podías percibir el estrés que imperaba en cada una de ellas. En cambio, ahora podría asegurar que los pocos seres que se veían transitar, las únicas esperanzas que aguardaban en sus corazones, era poder llegar sanos y salvos a sus hogares. La tención era tan áspera y densa que se asemejaba a una ráfaga de brisa que podría olerse, sentirse y hasta tocarse dondequiera. Consternado, decidí acercarme al local, quizás consiga a algún cristiano capaz de tomarse su tiempo en explicarme todo este desastre.
Cautelosamente caminé entre los militares y policías que provisto de armamentos militar custodiaban una manzana completa limitando los sectores allegados con trincheras y arsenales. Dispuestos a disparar cuando lo creyeran necesario, caminaban de un lado a otros exponiéndose a sí mismo como verdugos camuflados dentro de aquellos uniformes que les permitían en la selva pasar desapercibidos ante el enemigo, pero en esta selva de sementó causaba el efecto contrario y la personas, incluyéndome, nos sentíamos intimidados ante su presencia.
Un niño gritaba, galillo suelto, los encabezados de los periódicos que vendía; mejor dicho, trataba de vender: que ocurrencia intentar comercializar en un lugar poblado de mera desolación, sin embargo, el demostraba en cada grito, que además de sacrificar una parte de sus cuerdas vocales, mantenía un gran optimismo:
—¡Saqueos y barricadas en toda la ciudad! ¡El pueblo se alzan contra medidas dictadas por el gobierno! ¡Arde el país! ¡Ocho muertos y decenas de heridos graves!...
—¡Hey, niño!, ¿cuánto cuesta? —Lo detuve para preguntarle.
—¡Dos bolívares! —respondió.
—¡Esa cifra es absurda...! ¿¡Me estas mamando gallo!? —le dije arrugando instintivamente mi entrecejo— ¡Eso no alcanza ni para un chicle...! ¿¡Me ves cara de payaso!?
—¡Mas bien de bobo! ¡Oye, no me hagas perder el tiempo chamito! ¿¡Desde cuándo un niño se preocupa por los problemas de un país...!? Lo mejor es que te vayas a tu casa, ante que empiece el toque de queda.
—¿¡Toque de queda!? ¿¡Niño...!? ¿...Tus padres no te han enseñado a respetar a los mayores? —percibí el cambio en mi tono de voz. ¿¡Qué carajo estaba sucediendo!?
—¿¡Crees que si tuviera padres estaría intentando vender estos periódicos!?
Después de unos minutos de silencio, salí de mis lagunas mentales y quedé totalmente impresionado por lo último que escuché. ¿¡Niños abandonados!? ¿las personas son capaz de hacer tal barbarie? Me sentí sumamente avergonzado.
—¡Lo lamento mucho!
—¿Qué lamentas? —Un par de líneas de expresión se definieron en su frente, mientras inclinaba la cara hacia el lado derecho y me miraba como si mi comentario le fuera del todo absurdo.
—¿¡Lo de tus padres!?
—¡Ah...! ¡No te preocupes...! ¡No es cierto! —dejo escapar de su boca una estrambótica carcajada. ¡Es solo chanza; no me pares bolas!
—No me parece nada gracioso.
Adoptó la misma postura de hace unos minutos, solo que esta vez abrió la boca con la intención de decir algo:
—Figúrate que a mí sí. —Fue tan formal su respuesta, dominando de tal modo los gestos de su cara que, por un momento, creí que hablaba completamente enserio—. ¡Uf...! ¡Muchacho, tú si eres amargado! —dijo, decepcionado al no sacarme por lo menos una sonrisa, ante su actitud, según él, graciosa—. ¡Te acordaras de mí! Suelo ser más gracioso de lo que te imaginas, y cuando sea famoso lamentaras no haberte reído de mis bromas. ¡Nos vemos por el camino, niño! —Se arrejuntó los periódicos entre las axilas y sin mirarme siguió de largo gritando más fuerte, los titulares de los periódicos.
Cerré los ojos. Respiré profundamente. Deseché la actitud de aquel extraño niño, lo único que vino a mi mente fue esa palabra: ¡Niño!
Aceleré el paso hasta un automóvil destruido por las llamas, que uno de sus vidrios se salvó de la incineración total. Limpié con las manos la capa de ceniza que lo cubría y cuál fue mi sorpresa al confirmar, después de todo, que era cierto lo que me había dicho el periodiquero. Sorprendido retrocedí al ver mi reflejo. Tropecé, y no pude evitar caerme sobre una montaña de escombro. Efectivamente, lo que vi fue mi rostro de cuando tenía aproximadamente nueve años. ¿¡Podría ser realmente esto un sueño!?
Algunos negocios contaron con la suerte de no ser azotado por la desgracia, un ejemplo, aquella panadería, justo en la misma cuadra del otro local. Por desgracia, solo era cuestión de esperar algunos años para que declinara por completo: estoy seguro que en su lugar recuerdo un almacén de ropa que suele visitar Eva (mi mujer, no era capaz de negarle un vestido más a su vanidad), logrando agregar algo más a su armario el cual parecía tener vida propia con tanta mercadería femenina.
Ingresé en la panadería, evitando en lo posible que captaran mi presencia. Por lo que observé, por lo menos siete personas estaban postradas del lado de afuera del refrigerador donde se exponía y conservaba los dulces. Lo raro era ver aquellas personas, incluyendo al que parecía dueño del establecimiento, prestar toda su atención a la pequeña pantalla sostenida por un soporte tan antiguo como aquel televisor que también debía tener unos cien años de antigüedad (sin exagerar, era tan parecido al que teníamos en la viaja casa de mis padres, cuando apenas yo era un niño).
El panadero desvió su atención hacia la vitrina; al parecer no podía enfrentar ambas desagradables realidades con optimismo. Era consciente de que estaba a punto de perder una gran cantidad de dulces porque nadie estaba interesado en endulzarse por lo menos el gusto, debido a que el alma abatida por la tristeza, prefería mantener ese sabor amargo que causa los eventos desafortunados, demostrándose a sí mismo, una justificada resignación. De igual modo, su frustración paso desapercibida ante el grupo que solo prestaban atención a la información que ofrecía la presentadora de noticias.
La mujer de ojos claros, cabello castaño encrespado, cuyas ondas no le permitía caer más allá de sus hombros, tendría no más de veinte dos años de edad. A pesar de su piel morena, mostraba cierta palidez que contrastaba con su rostro fresco y tierno. Estaba lista para dar las noticias:
Un saludo a toda nuestra teleaudiencia a esta hora de la mañana. Mi nombre es Noa Rojas Avalos. Durante la siguiente media hora les estaré informando sobre la ola de disturbio que desde el día de ayer empezaron en Guarenas y se extendió hasta la capital, además de otras zonas del país, generando un caos masivo.
» La guardia y la policía nacional ha logrado controlar las manifestaciones en algunos estados del país. Sim embargo, el panorama es totalmente diferente en la ciudad capital que aun persevera los disturbios y saqueos.
“El gran viraje” o “Paquetazo”, como lo hacen llamar el grupo de políticos detractores del gobierno, es un conjunto de artículos que se dieron a conocer por el presidente hace unos días. A pesar que las recientes medidas no causaron ningún efecto inmediato, fue solo cuestión de tiempo para generar en la población venezolana, una especie de desasosiego que culminó generando un estallido social desde las horas de la mañana del día de ayer.
» Un aumento al pasaje del trasporte público, del costo de la gasolina, de una gran parte de los productos de la cesta básica, además, la privatización de empresas públicas, generó reacciones negativas entre los ciudadanos, sintiéndose en la obligación moral de bajar masivamente de los cerros de la capital, con la intención de defender sus derechos por medio de protestas en contra de cada una de las medidas arbitraria, según sus propias palabras, adoptó el gobierno. El tumulto de personas se volvió incontrolable y a pesar de los esfuerzos de los cuerpos policiales, esto no pudieron contra la turba que se ensañó contra todo tipo de establecimiento, saqueándolo en su totalidad.
» El presidente de la república, Carlos Andrés Pérez, se dirigirá a la nación en algunos minutos a través de una cadena de radio y televisión. Dará sus declaraciones con respecto a la situación crítica que se vive actualmente en una buena parte del país, ocasionando un clima de tensión en todo el territorio nacional.
» Ante la inestabilidad política y social que padecemos, los medios de comunicación internacionales, en sus diferentes formatos informativos le han dado la importancia que amerita la situación. En todo el mundo, Venezuela se ha convertido en tema de interés para los demás países, cuyos mandatarios muestran, por medio de comunicados, su profunda preocupación por el destino del país.
» Actualmente se está hablando de cifras de muertos y heridos, además, de un sinfín de irregularidades por parte de los organismos públicos encargados de velar por la seguridad de su población. Con respecto a esta situación, Víctor Hugo Sánchez, desde el lugar de los hechos, nos tiene más información...
—¡Las cosas no se resuelven con vandalismo! —con lágrimas en los ojos que dejó escapar sin sentir vergüenza por aquel dicho o refrán que argumenta que los hombres no debían llorar, vociferó el señor que estaba en la esquina de una de las vitrinas. Perdió el interés por seguir viendo el informativo.
—¿Podría prestarme el periódico por favor? —Miré al mismo señor con aquellos ojos de gato tierno. Yo también acababa de ver la misma información en aquel aparato sacado de otra época, pero en sí, no fue el contenido de aquella noticia que me causó una total inquietud. Lo que me obligó a adoptar una postura infantil ante aquel hombre, fue ver que tenía un periódico entre las manos.
Debía mostrarme lo más educado y tierno posible para que me lo prestara, esperando que no me hiciera ninguna pregunta. A esa corta edad que mostraba, seguramente funcionaría. Estaba en lo cierto... ¡Funcionó! Pensé, al ver que dirigía el periódico hacia mí. El anciano desorganizó suavemente mi peinado, de tal manera que tendría que peinarlo un par de veces con mis manos para lograr verme decente nuevamente, pero mi mayor preocupación era abrir ese periódico y poder disipar una parte de mis dudas.
—Diario “El Nacional” —leí, en letras grandes...—¡Caracas, 28 de febrero de 1989! —volví a leer en letras más pequeña negrita, en la parte superior del lado derecho de la primera página del mencionado periódico.
¿¡Que carajo estaba pasando conmigo!? Es tan real este sueño que estoy dudando que lo sea. No recuerdo haber tenido una experiencia tan cercana a este suceso histórico del país cuando tenía la edad que represento en este momento. Es más... lo poco que sé sobre este estallido social se lo debo a mi padre. Y por razones meramente educativas conozco parte de los disturbios. Ahora lo estoy viviendo, sintiendo en carne propia parte de esta crisis. No pude evitar sentirme descompensado.
—¡Este niño se está muriendo! Esta más blanco que mis dientes. —Los demás permanecían de espalda. ¡Carajo! ¡Párenme bolas! —Todos voltearon al unísono y por la extraña actitud que adopté me quedaron mirando fijamente.
—¿Por qué sudas niño? —Era la voz más sutil que había escuchado en mi vida o quizás había llegado el momento de desprenderme de esta realidad, en consecuencia, todo lo percibía de una manera distinta, muy parecida a la vez que desperté por el sonido que generó el secador de cabello de Eva. Todo lo que estaba viviendo se desvaneció de igual forma.
Sentí sobre mis mejillas unas manos cálidas que me acariciaban dulcemente. Por un momento imaginé que era Eva, pero eran muy pequeña para asegurar que eran las suyas. Supuse, entonces, que eran las de mi pequeña hija así que me vi en la necesidad de abrir mis ojos. Por fin todo vuelve a ser como siempre, pensé. Aún tenía la vista borrosa, pero poco a poco lograba visualizar claramente el rostro de Evelyn, mi hija de siete años. Estaba mirándome con la misma ternura que su madre solía hacerlo hasta hace unos pocos días.
—¡Papá, mis clases de Ballet! —Estaba molesta, pero a pesar de su estado emocional, no dejaba de acariciar mi rostro.
—¡A tu mamá le toca hoy mi reina! —respondí sin haberme recuperado del todo de la pereza que aún invadía una gran parte de mi cuerpo.
—¡Ella no está! Al parecer se le olvidó. —Abigail, no pudo o no quiso evitar demostrarme su frustración.
Esta actitud confirmaba mis sospechas: algo malo le estaba pasando a esa mujer. Definitivamente no eran ideas mías. Puedo aceptar su actitud conmigo… ¿Pero con la niña...? ¡Obviamente que no! Sobre cualquier argumento, era inaceptable que nuestra hija tuviera que padecer, en parte, su drástico cambio.
No me tomé el tiempo para entender el contenido de aquel sueño, mi prioridad era mi hija y Eva. Por ninguna razón pasaría por alto su descuido; Abigail no podía ser parte de sus frustraciones.
Dispuesto a enfrentarla, salí de la cama con la intención de conseguirla donde fuera que estuviera; lógicamente debería estar en el trabajo. Llamé por teléfono, marqué el numero de la extensión telefónica que me comunicaba directamente a su oficina, respondió su asistente, la cual me dijo que aún no había llegado. Miré el reloj fijado en una de las paredes de la sala, marcaba las ocho de la mañana en punto. Si no había llevado la niña a la escuela de dance, hace rato debió estar en la oficina, pensé. No quise alargar la conversación así que preferí colgar sin despedirme: está actitud, de mi parte estaba lejos de los buenos modales que me enseñaron en mi casa, pero estaba furioso.
Ayudé como pude a Abigail a terminar de alistarse para poder llevarla a la academia; estaba inmerso en mis pensamientos, sin embargo, no duramos más de quince minutos en todo este proceso.
Mi hija y yo llegamos al látigo sin decir una sola palabra. Una actitud sospechosa en ambos que no perdíamos oportunidad de hablar de cualquier cosa hasta llegar a la academia. Coloqué el bolso en el asiento delantero del auto: un Mazda blanco último modelo que tenía pocos días de uso. Le abrí la puerta de atrás. La manera de subirse al auto me advirtió que aguardaba en su corazón una gran tristeza. Se sentó y mientras se colocaba el cinturón de seguridad, me quedo mirando fijamente.
—¿Qué tiene mamá…? ¿Está enferma? —Abigail, preguntó.
—Nada, reina ¿Por qué la pregunta?
—Extrañé su beso de buenas noches, papá; nunca lo había olvidado.
—¡Ah! ¿Y el mío no lo extrañaste?
—¡A ti siempre se te olvida papá! —sonreí y cerré la puerta.
Durante el recorrido, me vino a la mente el rostro del anciano que me prestó el periódico en aquel último sueño… ¿Abra muerto?...
—¡No papá!
—¿¡Perdón!? —respondí alarmado creyendo que podía escuchar mis pensamientos.
—No vas por la dirección correcta, te desviaste en la anterior vía.
Solo me retrasé un par de minutos a causa de mi descuido. Ante de despedirme de Abigail, la tomé de ambas mejillas y le di un beso en la frente. La dejé acompañada de sus compañeros de clases y de la profesora de ballet, que se acercaba al grupo. Le prometí que en dos horas estaría de vuelta buscándola.
De regreso al auto me contuve de manejar por unos minutos. Con ambas manos sobre el volante y mirando de frente la calle, estaba dudando de ir a buscarla. Nunca me había costado tanto tomar la decisión de volver a casa o por el contrario cruzar hacia la izquierda en la siguiente cuadra y seguir dirección al este, donde se encontraba ubicado la cede principal del periódico. Era tan tentadora la segunda propuesta que dejé de dudar y me dejé llevar por mi intuición.
Capítulo 3
Estacioné el auto diagonal a la edificación levantada por columnas de acero y concreto, que abarcaba toda una manzana. El edificio de dieciocho pisos ubicado en la zona más comercial y de extracto social más alto de la capital, era llamado el cubo de cristal debido a su estructura y fachada acristalada. La cede principal del periódico “El Despertar” estaba en el noveno piso.
Decidido a enfrentarla, conduje el automóvil hasta uno de los parqueaderos ubicado en el sótano de la construcción. Bujías, como le decían al vigilante, me dejó seguir con plena confianza, después de un saludo fraterno desde su cabina.
Me es imposible dominar mi ansiedad. Siento un miedo comprimido en mi estómago al bajar del automóvil. ¿Por qué este mal presentimiento invade todo mi cuerpo? Pensé, mientras esperaba el ascensor.
En el periódico trabajé, hasta que decidí independizarme para darle un giro, por lo menos de ciento ochenta grados a mi profesión y no me arrepiento porque pude dedicarle más tiempo a mi familia. También debo agradecerle a ese lugar mí reencuentro con Eva después de tantos años de soportar su ausencia. Al principio, ella no logró reconocerme, pero este servidor supo distinguirla entre el grupo de pasantes, al igual que esa vez cuando éramos niños y el destino caprichoso volvía a unirnos al tocarle recibir clase en el mismo salón donde yo estaba. Era la misma mujer que tanto amé en esa época; ciertamente, nunca la pude sacar de mi corazón.
La mayoría de los empleados con más tiempo de trabajar en el semanario me recibieron con un saludo formal, los que me tenían más confianza, me daban un abrazo. Solo mi presencia pasaba desapercibida para los pasantes. Sentí un poco de nostalgia al reencontrarme con mi gente y visitar las instalaciones del periódico después de tanto tiempo. En gran parte de los cubículos asignados como oficina, para el personal más joven, por lo menos en una de sus paredes se encontraba fija, protegida por un portarretrato, una de mis fotos con su respectiva columna informativa. Aunque había dejado de trabajar de manera directa con la empresa, dicha instancia algunas veces solicitaba mis servicios para casos relevantes donde la imprudencia de un inexperto podría darle la oportunidad a la competencia de obtener la primicia informativa.
María, la señora que servía los tintos en cada oficina se acercó a saludarme. Nos abrazamos por unos segundos: adoraba a esa señora. Preguntó por la niña «estaba muy hermosa, la misma belleza de la madre», respondí. Ella era la única en servirme el café tal cual me gustaba, apenas llegaba a mi oficina. Cuando no podía ir a causa de una dolencia típica de su edad, me negaba a probar el café hecho por unas manos diferente. Nos despedimos, abrazándonos nuevamente y estampándole un beso sincero en su frente.
La puerta deslizante que separaba los empleados que tenían cargos menores con los que tenían cargos administrativos se abrió y en un acto de aparición ¡Lo vi! El tiempo se detuvo y todo lo que pudo existir a mi alrededor se borró cubriendo el espacio con un manto totalmente oscuro. Un ciclón de imágenes con su rostro se formó en mi mente: «¡Era él!», estaba seguro. A pesar del tiempo que duré mirándolo fijamente con total asombro, el sostuvo su actitud, como si no me hubiera reconocido, pero yo podía garantizar que nos distinguimos mutuamente. Igual impero sobre su fea cara una sonrisa repulsiva, antes de seguir de largo y desaparecer como la luz de un rayo al caer por la noche. Era Ignacio... Nada ni nadie me convencería de lo contrario.
Aun aturdido por el inesperado encuentro con mi pasado, llegué a la oficina de Eva. Dejó de escudriñar los papeles que tenía entre manos, alzó la vista al percatar mi presencia bajo el marco de la puerta. Ese instante de mutua observación duro poco, prefirió proseguir con lo que estaba haciendo, como si mi presencia le importara en absoluto. Tenía tantos sentimientos encontrados que chocaban entre sí y no me permitían tomar una decisión con respecto a cómo debía comportarme delante de ella: por un lado, me dolía su trato, pero por el otro, no soportaba el desinterés por la niña, esto incluso me dolía más que su rechazo, así que preferí demostrarle mi descontento:
—¿Por qué no llevaste a la niña a sus clases de ballet? Era tu turno esta semana.
—Tengo demasiado trabajo... No creo necesario tener que explicarte mis funciones como jefa de prensa para que entiendas, o te imagines lo absorbida que me encuentro de trabajo —dijo Eva regresando la vista a los papeles que revisaba.
—No solo lo imagino, estoy seguro de lo atareada que debes estar. Recuerda que yo conozco mucho de este oficio y hasta hace poco tiempo trabajamos juntos. Pero también recuerdo que sacábamos tiempo para poder cumplir con las obligaciones que generaba Abigail, y hasta el día de ayer se cumplía conforme quedamos de acuerdo. Sin embargo, tu actitud desde anoche me ha dejado un sabor amargo que aún se mantiene... ¿Qué te está pasando, Eva? Hasta donde quieres llegar demostrando una indiferencia que no merecemos. Además, yo también trabajo y tengo responsabilidades, pero igual ustedes son mi prioridad y nunca he dejado de cumplirles por ninguna razón.
—Discúlpame esta vez… ¿Podrías dejarme trabajar? En la casa hablamos —dijo, mirándolo nuevamente y tal cual, persistía su actitud, dejó de mirarlo y prosiguió con sus tareas, está vez, manipulando el computador. Golpeé el marco de la puerta y sin esperar ver su reacción, partí lejos de aquella oficina.
II
Debí hacer un gran esfuerzo para concentrarme y no echar a perder el revelado de las fotos que debía entregar. Justamente, al guardar los rollos rebelados de la cámara en una de las gavetas del escritorio recordé aquel extraño sueño. ¿El rechazo de Eva de alguna manera me estaba afectando en mi subconsciente? No tenía la fuerza ni la voluntad para seguir indagando sobre el tema, preferí darle la importancia que merecía: un simple sueño. Lo que sí era real era la presencia de aquel hombre cerca de Eva. ¿Ignacio sería el responsable del cambio de actitud de mi esposa? ¿Cómo saberlo? También recordé que debía buscar a la niña. Cerré la gaveta. Debería apresurarme para llegar a tiempo.
Faltaba veinte minutos para que la clase de Abigail terminara. Gradué el soporte del asiento hacia atrás para recostarme mientras esperaba. Con las manos entrelazadas sobre mi abdomen, la vista sobre el techo del auto, visualicé a Eva; como no hacerlo en estas condiciones cuando esa mujer siempre ha sido el principio y final de mis pensamientos. Sin embargo, no me enfoqué en su rechazo, preferí recordarla en los momentos que éramos felices al lado de la niña. Conforme me sentí, noté que mi cuerpo se dejó llevar por la misma placidez, al poco tiempo cerré los ojos.
Martes, 28 de febrero de 1989
—¡Juan Vicente Gómez nunca hubiera permitido algo como esto! —dijo sobresaltado el mismo abuelo que me entregó el periódico.
—Cuando el pueblo se molesta no hay nadie que lo controle, Don Gustavo —respondió el señor que estaba detrás de la vitrina. Tenía un aspecto pálido y triste.
—¡Y tú niño! ¿qué piensas? —dijo, dirigiéndose a mí, la señora que había llegado a auxiliarme.
—¡Marta! ¿Qué va a saber un niño de estas desgracias? —dijo el mismo adulto de semblante pálido y de rasgos físicos europeo, al parecer era el dueño de la panadería—. Déjalo que se recupere tranquilo de su desmayo. Por lo menos ha recuperado el color.
—¡Vendrán tiempos peores! —le respondí—. Para dicha de algunos de ustedes no creo que lleguen a vivirlo.
Todos los presentes que me escucharon dirigieron toda su atención hacia mí. Era claro que mi comentario los dejó absortos. Preferí captar su atención de distinta forma: le pedí al dueño de la panadería, que por favor me vendiera un dulce. Pero... ¿Con que dinero le pagaría? Así tuviera, ¿Cómo explicaría el cambio grafico de la moneda? Y si me pusiera en la tarea de explicarle en la devaluación actual en la que se encuentra dicho cono monetario, se burlarían en mi cara por contarle tan descabellada historia, pensé.
—¿Venderte...? ¡Te puedes comer los que quieras! Estamos de luto. Nadie quiere endulzarse el alma al menos, con todo lo que nos está pasando.
—¿Dónde están tus padres hijo mío? —me preguntó la misma señora.
—No tengo. Soy huérfano —le respondí.
—Pero no pareces —dijo convencida la mujer.
—Si lo dice por la ropa, la acabo de conseguir bajo unos escombros en uno de los locales ultrajados.
—¿¡Ultrajado!? ¡Este niño habla como un doctor! —respondió el abuelo.
—Puedes comer lo que quieras, pero cuídate de una subida de azúcar, mira que los niños son más sensibles a una diabetes —le escuché decir al pandero desde la vitrina, inclinado, esperando que le señalara mi elección. A pesar de su semblante pálido (más por una condición natural que por susto), su sonrisa contrastaba con su fisonomía.
—No se preocupe; estaré bien —dije, en respuesta a su sugerencia.
A esa edad ofrecerme un dulce era una experiencia única; me encantaban. Escogí el de fresa, rebosado en crema chantilly en forma de cono, decorado con una cereza en toda la punta; mi debilidad. Me comería, sin exagerar, cada uno de los seis expuestos en la vitrina. Por otra parte, no quería abusar de su confianza; debí conformarme con pedir solo uno.
Apenas la señora se acercó para entregarme el dulce, me tocó prepararme otra vez, para enfrentar la misma experiencia: Sentir como lo real o irreal de ese momento se me esfumaba inevitablemente. Está vez como la honda que se forma al caer una piedra sobre el lago y se desplaza e incrementa hasta desaparecer en la orilla. Como siempre, mi cuerpo reaccionaba de la misma forma. No tuve tiempo de aceptar el dulce, solo vi desenfocado mi brazo derecho extendido y escuché un sonido corto pero continuo diferente a los anteriores, mientras todo a mi alrededor se desvanecía.
—Este niño debe de estar muy enfermo, otra vez le dio el beriberi. —Fue la última exclamación que escuché sin poder reconocer quién lo había dicho.
—¡Papá! ¡papá! —Gritaba Abigail mientras golpeaba fuertemente el vidrio del carro.
Insistió en que la llevara un rato al parque de diversión que más le gustaba, después de salir de la academia. En cuanto mi humor, estaba en total desacuerdo con aquella petición. ¿Pero cómo negarme a sus deseos? Mi hija era tan astuta como su madre; sabia como actuar ante mis negativas: una mirada fija, vidriosa, parpados caídos, justificaba mi falta de determinación ante una escena tan tierna, obligándome a ceder a todas sus peticiones.
Las muestras de cansancio, en aquel cuerpo pequeño pero lleno de energía comenzaron a ser evidente cuando prefirió sentarse que subirse a otra atracción. La rutina de cada sábado, mostraba inicio de que estaba por terminar cuando nos dirigíamos al local donde se vendía, según los comentarios de mi hija, los mejores helados y dulces del mundo.
El dueño del recinto, acostumbrado a atender parte de su clientela se nos acercó con una total familiaridad. Se dirigió a Abigail, primeramente:
—Le tengo a mi clienta favorita, uno de los dulces más rico del mundo. ¿Quieres probarlo? Vas a ser la primera afortunada.
—¡Eso ni se pregunta, Gregorio! Y eso de ser tu catador... ¡Me encanta! No admito sobornos, seré totalmente parcial con mi apreciación gustativa.
Acostumbrados a escucharla hablar como si fuera una adulta, sonreímos mutuamente ante sus ocurrencias.
—Ya te traigo tu pedido, hermosa. A usted, señor Eduardo lo de siempre, ¿verdad?
—Asimismo. Gracias.
Gustavo no tardó en aparecer con ambas peticiones sobre una bandeja que sostenía con total destreza con el brazo izquierdo alzado sobre su cabeza.
—¡Bon appétit...! A ti, y la adulta que llevas por dentro. —Abigail sonrió pícaramente, al recibir el dulce.
El muchacho sin proponérselo, logró hacerme recordar...: el dulce destinado para mi hija, era tan parecido al que había pedido en aquel último sueño (solo lo diferenciaba una fresa de decoración en la punta), que dudé por un instante, de la veracidad de aquel momento con mi hija.
—Le apetece, señor Eduardo. Se lo recomiendo. Es una receta única. Mi abuelo la creó y en su honor he decidido hacerla parte de una de mis delicatessen para mis clientes.
—¡Grandioso! Su abuelo también era pastelero.
—¡Por supuesto! El mejor del mundo. Créame, no lo digo por el solo hecho de ser mi pariente. Déjeme contarle un poco sobre él, si me lo permite —dijo el joven mientras me entregaba mi café descafeinado frio.
—¡Umm! —expresó Abigail, interrumpiendo la conversación—. ¡Este dulce está delicioso! Por favor, siéntate y continúa, no me perdonaría desconocer la historia de esta receta.
Admití que tenía la misma curiosidad de mi hija, así que aceptó la invitación a sentarse.
—¡Con gusto, muchas gracias! Bueno les cuento que mi abuelo paterno, era francés. Un hombre aventurero, apasionado en cada cosa que hacía. Su vocación era crear las mejores recetas de dulces fríos. Apenas se graduó de chet pastelero en Francia, decidió viajar hacia otro sendero, lejos, muy lejos de su continente. Después de conocer distintas regiones decidió radicarse en este país. La verdad, me cuenta mi padre que fue por culpa de mi abuela. Ella quedo encantada con el dulce que había comprado, así que le pidió al empleado que la estaba atendiendo, después de terminar de cancelar su consumo, que deseaba conocer al responsable de que su paladar ya no sea el mismo después de probar tal exquisitez. Estaba dispuesta a casarse de inmediato con aquel hombre. ¡Mi abuela Marta era todo un caso! —Sonrió para sí mismo el muchacho.
—¿¡Marta!? —«¡Marta! ¿Qué va a saber un niño de estas desgracias?»—. Recordé, tanto la expresión como la escena.
—Sí. Marta... ¿La conoció?
—No creo, disculpa, solo quise rectificar que escuché bien su nombre. Prosigue por favor. —Deseaba descubrir si se trataba de la misma persona.
—¡Okey! La cuestión fue que mi abuela logró su propósito de conocerlo. Sin importarle los comentarios ni las burlas, le pidió que se casara con ella, delante de todos. Mi abuelo, igual de extravagante, aceptó la petición y sin pensarlo dos veces se quitó el delantal y salieron juntos cogidos de la mano.
—¡Qué historia tan hermosa, papá! — dijo la niña, sin dejar de comer.
—Yo diría más bien, increíble.
—Debo admitir que tiene un poco de razón, pero el amor verdadero carece de lógica cuando se trata de unir a dos personas.
Eso es cierto, pensé, al recordar a Eva y todo lo que vivimos, antes, durante y después de tantos años de estar juntos. Omití, por supuesto, los últimos recuerdos con ella para evitar la melancolía en mi corazón.
—Les voy a resumir la historia, porque me tardaría horas en contarse la completa. Se casaron y la fuente de inspiración, igual que la de un escritor, al conseguir su musa, la de mi abuelo fue mi abuela, Marta. Casualmente este dulce que está degustando Abigail, fue la última receta que experimentó, por así decirlo. Lastimosamente, esta receta fue elaborada y exhibida en la vitrina de la panadería de mis abuelos el mismo día que se dieron los disturbios del famoso caracazo. Nadie tuvo el placer de probarlo... Aunque recuerdan a un niño que estuvo a punto, pero se desmayó y todos se fueron auxiliarlo. Mi abuela murió y con ella, se fue una parte de la vida de mi abuelo, Agustín. Él abandonó el negocio, condenándolo a la ruina total un par de meses después de la muerte de mi abuela. Vivió en la completa amargura hasta sus últimos días y solo hasta estar seguro de su muerte, me entregó su recetario de postre. Por ser la última receta de su libro, le puse el nombre “Love Forever” En honor a ellos.
—¡Gustavo! —Se escuchó un grito a lo lejos.
—Solicitan mi presencia en algún rincón de este lugar. Espero que hayan disfrutado esta corta historia de amor. Como siempre, es un placer atenderlos. Cuídate hermosa y usted señor Eduardo, gracia por siempre preferir nuestra estancia.
Estaba anonadado. Igual que la vez pasada, nada tenía que ver mi actitud por la historia que me acababan de contar. Igual intenté disimular mi asombro agradeciéndole con palabras amenas, haberse tomado el tiempo para contarnos ese preludio familiar.
—¿Papá te pasa algo? —preguntó Abigail, mostrando en su rostro cierta preocupación, por mi último gesto de total preocupación.
—No es nada. Voy a cancelar la cuenta y nos vamos.