Capítulo 3

Mientras Vladimir me guiaba por los interminables y silenciosos pasillos de su castillo, los recuerdos de mi vida pasada volvían a mí en oleadas. No eran meros pensamientos, eran sensaciones viscerales.

Recordé el día en que Carla fue encarcelada. La había encontrado llorando en su habitación, con el rostro hinchado y los ojos rojos. Me contó que Vladimir era frío, distante, que la ignoraba por completo. Él la había elegido, pero la trataba como a un mueble más de su lúgubre castillo. Su orgullo no podía soportarlo.

"No me toca, Sofía. Ni siquiera me mira", sollozó. "Soy como un fantasma para él".

Impulsiva y desesperada por cualquier tipo de afecto, había buscado consuelo en los brazos de uno de los guardias de Vladimir. Fue un error estúpido, un acto de desafío infantil. Vladimir no toleraba la deslealtad. No la mató. Hizo algo peor. La encerró en las mazmorras, en una celda de plata que quemaba su piel si la tocaba, dejándola sola con su arrepentimiento y el eco de sus propios sollozos.

Fue entonces cuando me envió un mensaje, a través de un cuervo mágico que cruzó las fronteras de los territorios. Una súplica desesperada.

"Sálvame, Sofía. Eres la Reina. Puedes hacer cualquier cosa. Por favor, por nuestra amistad".

Nuestra amistad. Esa palabra me había impulsado. A pesar de que mi vida como "Reina" de Alejandro era una pesadilla, a pesar de que él me trataba como una posesión y me recordaba constantemente mi lugar, reuní a los pocos lobos que me eran leales. Organicé un rescate suicida.

El recuerdo más vívido era el del puente de piedra que conectaba la torre de la prisión con el resto del castillo de Vladimir. Habíamos logrado liberar a Carla. Corríamos, con las alarmas sonando a nuestras espaldas. Podía escuchar los pasos rápidos y silenciosos de los vampiros acercándose.

"¡Más rápido!", le grité a Carla, tirando de su mano.

Ella tropezó y cayó. Me detuve para ayudarla a levantarse, poniéndome entre ella y nuestros perseguidores. Fue entonces cuando vi a Vladimir al final del puente. No parecía enfadado. Parecía... decepcionado.

"Lo siento, Sofía", susurró Carla detrás de mí.

Sentí su mano en mi espalda. No fue un empujón violento. Fue deliberado, calculado. Me desequilibró justo cuando el primer guardia vampiro llegaba a nosotros. Caí hacia él. El shock en el rostro del vampiro fue evidente. Sus instintos se apoderaron de él. El dolor fue agudo, cegador, y luego, la oscuridad.

Mi último pensamiento no fue de odio hacia Carla. Fue de una profunda y amarga estupidez. ¿Cómo pude haber sido tan ciega? Mi lealtad no significaba nada para ella. Para Carla, yo era solo una herramienta. Una herramienta que ya no le servía.

La estupidez. Eso era lo que me había matado. La estúpida creencia en una amistad que solo existía en mi mente. La ingenua idea de que la lealtad sería correspondida en un mundo regido por el poder y la supervivencia.

"Hemos llegado".

La voz de Vladimir me sacó de mi trance. Estábamos frente a un par de puertas de madera oscura, enormes y ornamentadas. Las abrió sin esfuerzo, revelando una habitación lujosa. Una cama con dosel, una chimenea crepitante y muebles elegantes que parecían no haber sido tocados en siglos.

Me quedé parada en la entrada, sin saber qué hacer.

Vladimir se giró hacia mí. Sus ojos rojos me estudiaron de nuevo.

"¿Por qué me elegiste a mí?", preguntó directamente.

Tragué saliva. "Porque no quería ser la reina de los lobos".

Era una media verdad.

Él pareció aceptarlo. Hubo un largo silencio. El único sonido era el crepitar del fuego.

"Cásate conmigo", dijo de repente.

Parpadeé, confundida. "¿Qué?"

"Cásate conmigo", repitió, con la misma voz monótona. No era una propuesta romántica. Sonaba como una transacción comercial. "Serás mi esposa. Mi Reina. Tendrás mi protección. Nadie en este castillo, ni en ningún otro territorio, se atreverá a tocarte".

Lo miré fijamente, tratando de encontrar alguna trampa, alguna intención oculta en su rostro inexpresivo. No encontré nada. Solo una oferta directa.

En mi vida anterior, había anhelado la protección. Como la compañera humana de Alejandro, siempre fui vulnerable. Cualquier lobo resentido podía desafiarme. Cualquier enemigo podía usarme como un peón. El poder que tenía era prestado, frágil.

La oferta de Vladimir era diferente. Era un escudo. Una fortaleza.

Pensé en Carla, en su risa emocionada mientras corría hacia Alejandro. Pensé en las noches de insomnio, en el miedo constante, en la humillación. Y luego pensé en esta habitación silenciosa y segura.

Quizás no sería amor. Quiz's no habría pasión. Pero podría haber paz. Podría haber supervivencia. Y en este momento, eso era todo lo que quería.

Además, una pequeña parte de mí, una parte que no quería admitir, sentía curiosidad. Curiosidad por el vampiro que había gritado mi nombre con tanta furia en el momento de mi muerte.

"Acepto", dije, mi voz más firme de lo que me sentía.

Una vida como la Reina de los Vampiros. No podía ser peor que ser el juguete del Rey Lobo. No podía.

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Su Amor, Mi Condena Eterna

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