Capítulo 2
El teléfono vibró dentro de su bolsillo, mostrando un número nuevo, imposible de rastrear.
"Soy Dalton".
Su voz sonó exactamente igual a como ella la recordaba en los días de universidad: profunda, firme y serena, como si fuera un refugio en medio del caos que amenazaba con consumirla.
"Necesito irme", susurró Alana, con voz ronca. "Esta misma noche. Necesito una nueva identidad, una vida en otro lugar donde él jamás pueda encontrarme".
"¿Dónde estás?", preguntó él con calma, sin mostrar asombro en su tono.
"Estoy en casa, en la finca Ballard".
"Quédate allí. Yo me encargo. Tendrás un nuevo pasaporte, otro nombre y la confirmación de un vuelo en menos de una hora. Las acciones que ofreces son una muestra generosa, pero mi ayuda no depende de eso".
Ella negó con firmeza, enderezando su voz. "No, esto es un acuerdo. Estoy pagando mi libertad. Lo odias, Dalton. Desmantelar su empresa desde adentro será tu recompensa".
Sabía que él era pragmático; por lo tanto, apelar a su enemistad con Austen era mucho más efectivo que recurrir a la compasión.
Del otro lado hubo una pausa breve, luego llegó su respuesta: "De acuerdo, Alana. Será una transacción. Enviaré un auto, prepárate".
La línea se cortó.
El alivio y el terror luchaban dentro de ella. Se movió con rapidez; la punzada en su mano rota le recordaba la urgencia de su realidad. Encontró sobre el escritorio de Austen un montón de documentos: contratos, propuestas de inversión y acuerdos con socios.
Al final de la pila, deslizó con cuidado los papeles del divorcio que su abogado había redactado hacía meses, un deseo que nunca imaginó tener el coraje de concretar.
De regreso en la habitación, caminaba ligera, casi flotando.
Una hora después, Austen regresó. La halló recostada en la cama, proyectando la imagen perfecta de esposa débil y sumisa.
Se apresuró a su lado, con el rostro marcado por una aparente preocupación. Tomó su mano sana y la acunó con un gesto inesperadamente tierno.
"Mi amor, lo lamento de verdad", susurró, con su voz cargada de lo que parecía auténtico arrepentimiento. "Odio hacerte esto, lo detesto".
Se inclinó sobre ella, dejando que su aliento cálido rozara su oído. "Jamás pienses en dejarme, Alana. No sé qué haría, creo que perdería la razón".
Ella recordó la ocasión en que asistió a un congreso de arquitectura en Chicago por tres días. Él había seguido cada movimiento: rastreó el avión, compró todas las habitaciones del hotel y terminó en una crisis de ansiedad cuando su teléfono permaneció apagado apenas un par de horas. Era obsesivo y posesivo.
Para él, su amor no era entrega, sino propiedad.
Alana lo observó sin revelar emoción alguna. No podía dejar que notara la rabia helada que burbujeaba bajo la superficie.
"Tengo algunos diseños nuevos que necesito mostrarte", murmuró con dulzura. "Es un proyecto de resort y los inversores están ansiosos".
Puso la carpeta sobre la cama, ocultando entre los folios el acuerdo de divorcio. "Necesito tu firma en la aprobación preliminar".
Austen, ansioso por volver a desempeñar el papel de esposo comprensivo, firmó sin leer. Confiaba plenamente en ella cuando se trataba de negocios y diseño; ese era el único terreno en el que la reconocía como su igual.
Tomó el lapicero y estampó su firma en la primera página; luego pasó hoja tras hoja sin dudar. Su rúbrica en los papeles del divorcio fue apenas un trazo rápido y descuidado.
"Cualquier cosa por ti, cariño", dijo, dejando los documentos a un lado. "Siempre apoyaré tus sueños".
Un sabor amargo y triunfal llenó a Alana. Él acababa de sellar el fin de su matrimonio, sin tener la menor idea.
Luego insistió en alimentarla él mismo, llevándole sopa y pan en una bandeja. Era un monstruo, pero su papel de esposo cariñoso era impecable.
Justo cuando le ofrecía la última cucharada, la puerta del dormitorio se abrió de golpe.
Joyce apareció, con una sonrisa venenosa en el rostro y el teléfono en la mano.
"Mira esto, Alana. Una nueva cicatriz para tu colección; especialmente la de tu mano es horrible, me pregunto si alguna vez volverás a sostener un lápiz".
En la pantalla brillaba una foto de su mano magullada e hinchada.
Ella recordaba ese castigo con nitidez. Austen le había roto dos dedos porque Joyce afirmó que le había lanzado una "mirada sucia".
"Bórralo, Joyce", dijo Alana con voz baja. "Y sal de mi habitación".
"Oblígame", respondió ella, avanzando con descaro.
Los pasos de Austen resonaron en el pasillo. Joyce desvió la vista hacia la puerta; por un instante mostró pánico, pero enseguida una idea cruel iluminó sus ojos.
Tomó un abrecartas del escritorio, se hizo un corte superficial en el brazo y retrocedió justo cuando Austen entraba.
"¡Austen!", sollozó, mientras las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. "¡Alana... me atacó! ¡Dijo que quería matarme!".
La mirada de él se movió del brazo ensangrentado al abrecartas en el suelo, junto a los pies de Alana.
Ella esperaba la explosión, la ira inmediata, la creencia hacia las mentiras de Joyce.
Pero no ocurrió.
Austen la ignoró por completo. Se lanzó junto a Alana, con las manos temblorosas buscándole heridas.
"¿Estás bien? ¿Te lastimó?", preguntó ansioso.
Luego se volvió hacia su hermana con un gesto de irritación fría. "Joyce, ¿qué haces aquí?".
"¡Intentó apuñalarme!", gritó, mostrando su brazo.
"Alana apenas puede moverse, mucho menos atacarte", replicó él con voz plana. "No digas tonterías".
Alana lo observaba incrédula. Por primera vez la estaba defendiendo.
"No la toqué, Austen", dijo ella con voz temblorosa, una mezcla de furia y emoción. "Mira las cámaras. Por una vez, revisa las grabaciones".
Todo su cuerpo temblaba. Los años de acusaciones falsas la oprimían como una avalancha.
El rostro de él se suavizó, la atrajo hacia su pecho y la abrazó con ternura. "Tranquila, mi amor. Te creo y siempre lo haré".
Le acarició el cabello con dulzura. "No necesitas demostrarme nada".
Después miró a Joyce. "Vete a casa. Alana necesita descansar".
Ella se quedó paralizada un segundo, luego salió furiosa.
Alana sintió un destello de algo peligroso: esperanza.
"¿De verdad me crees?", preguntó en voz baja.
"Por supuesto, mi amor", susurró él, besándole la frente antes de levantarse. "Voy a traerte agua, no te muevas".
Sus pasos se alejaron por el pasillo.
Alana soltó un suspiro que ni siquiera sabía que retenía. Por un instante, pensó que quizá estaba equivocada, que tal vez él podía cambiar.
Ese pensamiento se hizo añicos de inmediato.
Un brazo la sujetó por detrás, presionando un paño impregnado de químicos sobre su boca y nariz.
El mundo giró, invadido por un olor dulzón y sofocante.
Su último pensamiento consciente fue recordar sus palabras recientes: Te creo.
Otra mentira, la más despiadada de todas.
Capítulo 3
Oscuridad.
Ese fue el primer registro de Alana al regresar poco a poco a la conciencia Una negrura densa y opresiva la rodeaba, sofocándola por completo.
Intentó mover sus manos, pero estaban amarradas con fuerza detrás de su espalda. Sus tobillos también estaban inmovilizados.
Entonces una voz familiar quebró el silencio, cargada de una decepción fatigada que le erizó la piel.
"Alana, Alana. ¿Por qué tienes que hacerlo tan difícil? Te advertí que no debías lastimar a Joyce".
Era Austen.
"Te dije que confiaba en ti", continuó él, con un eco que resonaba en ese espacio reducido. "Pero los actos tienen consecuencias, y debes aprenderlo".
Ella forcejeó contra las ataduras, con un grito silencioso atrapándose en su garganta. La soga áspera desgarraba su piel, mordiendo sus muñecas.
"Ahora", ordenó la voz distante de Austen, "vamos a proceder con el castigo habitual".
Ni siquiera estaba dentro. Solo la vigilaba desde algún lugar, escuchando y controlando sin mostrarse.
De pronto, una luz cegadora inundó la estancia, y una máquina rugió al ponerse en marcha. Dos frías pinzas metálicas sujetaron con fuerza su maltrecha mano izquierda, inmovilizándola contra una mesa de acero.
"Esto es por el sufrimiento de Joyce", anunció la voz de Austen, totalmente carente de emoción.
Un taladro descendió del techo lentamente, con la punta brillando bajo el resplandor intenso. Comenzó a girar cada vez con mayor velocidad, emitiendo un zumbido agudo que desgarraba los nervios.
Se dirigía directo a su dedo índice.
Alana mordió su labio con fuerza, sintiendo el sabor metálico de la sangre llenando su boca. Haría cualquier cosa con tal de no gritar. El dolor fue indescriptible, un tormento abrasador que la consumía. Sintió el taladro raspar contra el hueso.
Lo siguiente que supo fue que despertaba en lo que parecía una habitación hospitalaria. No en un hospital público, sino en el ala médica privada de la mansión Ballard.
El aire mezclaba olor a antiséptico con un perfume de jazmines.
A través de la neblina de los sedantes escuchó voces tras la puerta. Eran Austen y un médico.
"El suero de regeneración nerviosa está listo", dijo el especialista. "Pero solo disponemos de una dosis este mes. La señora Cummings también lo requiere para la herida de su brazo".
El corazón de Alana se contrajo.
"Dáselo a Joyce", respondió Austen sin vacilar. "Aunque sea una herida menor, surgió de la agresión de Alana. Que esto le sirva de advertencia y su dolor sea su lección".
Una lección. Él había destrozado su mano, y lo justificaba como un aprendizaje. Todavía creía en Joyce. Sus promesas de confianza en el dormitorio no habían sido más que una antesala de esta tortura.
Un sollozo involuntario escapó de sus labios.
La puerta se abrió de golpe.
Austen entró apresurado; su rostro reflejaba una expresión de amor y preocupación sincera.
"Mi vida, despertaste", exhaló aliviado mientras extendía la mano hacia ella. "Me asustaste".
Pero ella se apartó de su toque.
"¿Qué ocurre?", preguntó él, frunciendo el ceño. "¿Todavía estás molesta conmigo?".
Se arrodilló a su lado, mirándola con ojos suplicantes. "Sé que estás herida, pero no puedes seguir lastimando a Joyce. Ella es inocente, vulnerable. Casi le provocas un infarto".
Alana lo observó incrédula; la absurda incoherencia de sus palabras le robaba el aire.
"Mi mano, Austen", murmuró con la voz quebrada. "Te preocupas por Joyce, ¿pero qué hay de mi mano?".
Una sombra de vergüenza cruzó su rostro. Bajó la mirada, incapaz de sostener la de ella.
"Era necesario", respondió en voz baja. "Tenías que aprender".
Entonces hizo algo que heló su sangre. Sacó un pequeño cuchillo, de esos usados para abrir cartas.
Se deslizó la hoja por la palma, provocándose un corte profundo y limpio. La sangre brotó de inmediato, goteando sobre el suelo blanco impecable.
"¿Ves?", dijo con ojos desquiciados, llenos de un dolor trastornado. "Yo también sufro, Alana. Tu dolor es el mío; perdóname, te lo suplico".
Ella recordó cuántas veces lo había hecho antes. Esa era su táctica más retorcida: autolesionarse cuando cruzaba el límite, cuando veía que la luz en los ojos de su esposa se extinguía. Era su forma de manipular, de mostrar un amor falso a través de un martirio inventado, un acto calculado para arrastrarla de nuevo hacia él.
Antes había funcionado. Ella había llorado, vendado sus heridas y aceptado su aparente arrepentimiento.
Ya no más. Ahora lo veía como lo que realmente era: una actuación. Un mecanismo de control diseñado para que cargara con la culpa de su propia violencia.
"Estoy agotada", dijo finalmente, con voz apagada y sin emociones. "Quiero dormir".
Él se mostró herido por su frialdad, aunque asintió con resignación. "Está bien, amor. Descansa, yo permaneceré aquí".
Arrastró una silla hasta la cabecera y se negó a retirarse, sin importar las súplicas de las enfermeras. Permaneció dos días vigilándola, a veces hablándole con ternura, evocando recuerdos que parecían felices.
La alimentó, la bañó, curó sus heridas con una delicadeza tan contradictoria que resultaba aterradora.
Una enfermera suspiró con nostalgia, mientras cambiaba la bolsa de suero. "El señor Ballard la adora tanto. Es el esposo perfecto".
Alana tuvo deseos de reír. Si ellas supieran la verdad.
Al tercer día, un sonido tenue de llanto llegó desde el pasillo.
Era Joyce. Estaba justo afuera, hablando con Austen.
"Austen, te amo", confesó entre lágrimas falsas. "Sé que ella es tu esposa, pero sabes bien lo que siento".
El corazón de Alana se detuvo. Se incorporó con dificultad, con el pulso disparado.
Lo vio a través de la rendija de la puerta.
Austen, ese esposo entregado que parecía adorarla, abrazaba a Joyce.
Se aseguró de que Alana siguiera "dormida", y entonces inclinó la cabeza para besarla.
No fue un gesto fraternal. Fue un beso profundo y apasionado, cargado de complicidad prohibida.
Alana sintió que el último pedazo de su corazón se convertía en polvo.
Su anillo de bodas se sentía como una marca en su dedo. Con su única mano útil, lentamente y con esfuerzo, comenzó a retirarlo. Sus dedos estaban hinchados por el suero, pero lo logró.
Sostuvo ese diamante, símbolo de un amor eterno que nunca existió, y lo dejó caer en el cubo de basura de metal que estaba a su lado.
El anillo emitió un tintineo breve y definitivo.
En ese preciso instante, Austen entró. Su mirada se posó en la ausencia del anillo en su mano, luego descendió hacia el cubo.
Y lo vio.