Capítulo 3
No daba crédito a lo que mis oídos escuchaban.
Resulta que, había una joven de unos 18 años que, según él, lo hostigaba y acosaba y que necesitaba que creyera que estábamos en pareja. Así lo dejaría de molestar, pero no me parecía. Primero, porque no me interesaba ser la tercera en discordia de ninguna pareja. Segundo, demasiados problemas tengo como para sumarme uno más.
—Estás loco y no voy a hacerlo —dije tajante y fui a buscar mi celular con él detrás de mí.
—¡Espera! —exclamó con cierta desesperación, luego prosiguió—: Haré lo que necesites. Te juro que si me ayudas me tendrás como un perro a tu lado.
—No seas idiota. No te creo ¿Cómo vas a proponer eso cuando quieres sacarme de encima?
—Porque me gustas, y ella no.
Si era sincera, me tenía sin cuidado sus palabras. Además, no creo que un hombre como él, que evidentemente no seguía las reglas, quiera ser el perro de nadie.
—Déjame pasar —exigí; sin embargo, me impidió el paso—. Te haces a un lado o no respondo de mí —advertí.
—Ariana... —insistió.
Por más que quisiera hacerle entender sobre por qué no quería participar en su juego, no le importaba en absoluto. Sólo quería deshacerse de una joven que, por lo que contó, él mismo le había generado esa obsesión al acostarse con ella.
Cada vez me convencía más que Fabián se asemejaba a Sebastián: un ser egoísta que no le importaba los sentimientos de nadie e incluso si debía pisotearlos para saciar su hambre de sexo, lo haría.
Todavía pensar en él me dolía, y sabía que debía continuar con mi vida como cuando la tenía justo antes de conocerlo, pero me dolía tanto como no pude haber imaginado nunca.
¿Cómo era posible que uno pudiera sentir tantas cosas en tan poco tiempo?
Era imposible encontrarle respuesta.
Siempre había sido una mujer fácil de ilusionarse y el sufrir por amor, en una época de mi vida, había sido muy común. Como a todos, pero era tan fácil poder continuar, porque nunca faltaba aquel "clavo, que sacaba ese otro claro" y ahora todo eso era diferente. No importa cuánto lo intentará, siempre volvía al mismo punto: a la desolación, por un amor no correspondido, y a la traición de quien sentía como una hermana del corazón.
No quería seguir estando un segundo más en su departamento y con determinación y elevando la voz, exigí que me dejara pasar.
—Te apartas o llamo a la policía —amenace el móvil en las manos.
Lo observé dudar y sin abrirme la puerta me dio la espalda. Iba a reclamarle, pero es cuando comienza a vestirse, hasta ese momento seguía desnudo.
—Está bien, pero déjame llevarte y no acepto un no como respuesta. La calle es peligrosa para una mujer.
Si era sincera, prefería ir sola. No me molestaba llamar a la agencia de revises que suelo utilizar, pero ya no quería discutir, necesitaba volver a casa y me urgía regresar.
Bajamos por el ascensor en silencio, y al llegar a la puerta de calle, se quedó paralizado y no entendí lo que sucedía hasta que dirigí mi mirada hacia delante, pero alguien se abalanzó sobre mí y caí al suelo.
—¡Zorra! ¡Zorra! —gritaba la chica mientras me rasguñaba toda la cara, el cuello y la clavícula y me zarandeaba la cabeza.
Intentaba zafarme, pedía a gritos que me la sacaran, pero aún seguía sobre mi cuerpo.
—Pero ¡¿qué haces?! ¡Suéltame! ¡Suéltame loca!
Sus uñas sobre mis mejillas habían rasgado mi piel y lo supe porque me ardía de los mil demonios.
Cuando al fin Fabián logra sacármelo de encima pude ver con claridad la situación. Esa joven era la loca obsesionad.
—¡¿Es esta zorra por la que no quieres estar conmigo?! —Lo reprendió y quizá volver a atacarme, pero se lo impidió. Aun así, me amenazó–: ¡Sí te veo cerca de mí novio, voy a matarte!
Yo no iba a permitir que ninguna desquiciada me amenace y mucho menos dejaría pasar su agresión.
Mientras él trataba de contenerla, yo tomé las llaves del departamento que estaba en el suelo y abrí la puerta.
–Ariana, no te vayas por favor.
—¿Ariana se llama la Zorra?
Los vecinos se habían acercado hasta donde estábamos y eso me llenó de más vergüenza.
No sé de dónde saqué el valor para pasar por alto la vergüenza de estar expuesta y amenacé:
—Soy abogada, y estas agresiones no van a quedar así.
Era una mentira a medias. Estaba estudiando y no iría a dejar el asunto así. Ella se puso como loca y él trataba de contenerla.
Tan pronto salí a la calle tuve la suerte y encontré un taxi vacío. Si bien era mucho riesgo tomarlo, no me importó. Si me quedaba un minuto más, la mataría.
Es la primer iba última vez que iba a su casa. No quería saber más de él y menos de esa desquiciada.
Tan pronto llegué a mi casa y observé mi rostro, grité de ira. Tenía, en la mejilla derecha, la marca de tres uñas que iban del pómulo hacia la comisura del labio.
—Estúpida, Ariana. Mira como quedé —lloriqueé y ya podía sentir el ardor en la zona.
Me dirigí hacia la cocina y tomé del botiquín de primeros auxilios todo lo necesario para desinfectar la herida.
Al finalizar observé mi rostro nuevamente y aquel parche en la mejilla me hizo llorar.
No era el dolor. Tampoco era la cicatriz que me dejaría. Era el dolor de sentirme sola y con el corazón roto.
. . .
Tan pronto la vi ingresar al salón, se ubicó en el único asiento disponible: junto a mí.
Podía reconocer en su mirada el arrepentimiento, el remordimiento por haberle dado riendas sueltas al deseo y sucumbir a la manipulación de un hombre como Sebastián, pero lo que más me dolía era el vínculo que teníamos.
Todavía, si cerraba mis ojos, podía ver las imágenes de ellos dos teniendo sexo. Podía escuchar sus gemidos y sus gritos pidiendo más.
¿Cómo podía hacer de cuentas que eso no ocurrió? Además, lo que más me dolía era saber que las intenciones de él siempre fueron el lastimarme y ella lo sabía. Ana siempre supo que él no era más que un cretino al que sólo le interesaba satisfacer sus necesidades sin importar pisar los sentimientos de los demás.
Podía sentir el peso de su mirada sobre mí y aunque no quería tenerla en cuenta, no podía obviar el hecho de que la extrañaba, pero, aun así, me enfadaba tenerla al lado.
Para mi suerte, se mantuvo en silencio la primera hora, pero como sabía, en algún momento su voz rompería el silencio.
—Ariana, ¿podemos hablar? —pidió a modo de susurró, mientras él profesor explicaba algunos temas. —Por favor, necesito que me escuches —insistió, pero la ignoré por completo unas horas más.
No quería ni respirar su aire, pero no había otra opción. Ella debía permanecer a mi lado, por lo menos 3 horas.
Trate de ignorarla. Habían pasado 2 horas y agradecía al profe que nos diera mucha tarea. Eso me servía para no poner los pies sobre la tierra. No quería perdonar y ella no se daría por vencida.
—No sé cómo pedirte perdón. No fue mi intención.
Y esas últimas palabras provocaron que el trazo de la lapicera sobre el papel se detuviera.
—¿No fue tu intención? —contra ataque con ira en cada una de las palabras—. Maldita perra traidora. Sabías que me gustaba. Conocías lo que sentía; sin embargo, eso no te detuvo para acostarte con él.
—Y estoy arrepentida —dijo con la voz quebrada y un nudo en la garganta.
—No te creo nada. No me importa lo que digas sentir porque lo que hiciste no tiene nombre.
—¿Y él? Sebastián es una basura y lo sabes. Nunca le importante y yo mucho menos. Él solo se divirtió con las dos.
Lo que decía ya lo sabía, pero no se trataba de lo que él hizo, sino de lo que ella hizo.
—Él es un maldito imbécil; sin embargo, tú eras mi mejor amiga y eras quien me debía lealtad —le reclamé entre dientes y no pudiendo controlar todo lo que sentía por la situación y por ella.
—Me equivoque —rompió en llantos, pero no me conmovió—. Ariana, por favor. Me da mucha vergüenza mirarte a los ojos. Sé que no debí traicionarte, pero no sé lo que pasó.
—¡Señorita Miller y señorita Evans, estamos en clase! ¡Pongan atención para el trabajo de investigación final!
Ninguna de las dos le hicimos caso al profesor y seguimos en un intercambio que cada vez iba subiendo de tono.
—Deja de justificarte y no me mientas en la cara —amenace a un paso de perder la cordura. Detestaba que siempre tomara el papel de víctima.
—¡Ariana y Ana, no vuelvo a interrumpir mi clase para llamarles la atención! —advirtió; sin embargo, la conversación subió de nivel.
Ana no dejaba de victimizarse, lo que hacía que mi bronca subiera en aumento y aunque exigía que cerrará la boca, no dejaba de hablar. Incluso me había dicho que apenas si la toco y eso fue el detonante.
Mantenía el video de su traición, y no por morbosidad.
Había momentos en los que deseaba perdonarla, pero miraba el filme para no olvidar lo que me había hecho, porque ¿quién me aseguraba de que no volvería a traicionarme?
—Me hablas de traición y a ti no te importó acostarte con Maxi, aun sabiendo lo que sentía por él.
Yo no entendía por qué seguía con ese asunto. No lo sabía, en verdad desconocía sus sentimientos hacia él porque nunca hubiera deseado lastimarla. No soy ella y nunca traicionaría a una amiga.
—Eres una perra descarada. Sigues con ese asunto de Maxi y te recuerdo que, si yo me enteré, fue por Mauro —le recordé enfurecida. El nivel de cinismo que tenía me sacaba de las casillas.
—¡Sí no estuvieras cegada por esa maldita obsesión, te darías cuenta de lo que sienten las personas a tu alrededor! —se puso de pie y delante de todos y el profesor, me gritó.
—¡Y si no fueras zorra hoy tendrías tu novio y a tu amiga!
El profesor nos gritaba, pero las dos estábamos furiosas que no escuchábamos a nadie.
No nos habíamos dado cuenta, pero había varios de nuestros compañeros que nos estaban filmando.
Continuamos exponiendo nuestras intimidades, hasta que dijo algo que sacó lo peor de mí.
—Me hablas de dignidad, y yo solo quise ayudar con tu operación. Si cometí un terrible error, pero te lo conté, fui sincera y a ti no te importó, porque me echaste de tu lado. La primera a la que no le importó nuestra amistad fue a ti, después de todo tu resentimiento no es tanto por la supuesta traición, sino porque te diste cuenta de que ese infeliz no te quiere y nunca lo va a hacer.
—Cierra la maldita boca —advertí, mientras intentaba controlar los impulsos de abalanzarme y golpearla.
—Me hablas de dignidad, cuando la dejas a un lado para acostarte con cualquiera. Entonces quien es la zorra en tal caso. Yo no fui la que se revolcó con un familiar, ni mucho menos con quien debía aprender.
Entonces perdí el control, y en el momento en el que él rector ingresaba al salón a llamarnos la atención, le di una fuerte bofetada en el rostro.