Capítulo 3
Salí del lagar tropezando, con las piernas temblando. El veneno ya corría por mis venas. Un frío helado empezó a subir desde mis pies.
"¿Qué pasa? ¿Por qué tanto escándalo?", preguntó mi padre, Javier, acercándose con lentitud, su voz distorsionada por el traje protector.
"¡El pesticida! ¡Me habéis obligado a pisar las uvas contaminadas!", grité, con la voz rota por el pánico.
Mi madre, Isabel, bajó la cámara, su rostro mostrando fastidio, no preocupación. "No exageres, Sofía. Solo ha sido un momento. Además, ya estás fuera."
"¡Pero tengo un corte en el pie!", le mostré la pequeña herida, ahora roja e inflamada.
Mateo se quitó la máscara, su expresión era de puro desprecio. "Siempre tan dramática. Valeria es mucho más delicada, por eso la hemos protegido. Tú eres más... rústica. Lo superarás."
"¿Rústica?", repetí, sintiendo cómo el aire me faltaba.
Valeria se acercó, fingiendo preocupación. "Oh, Sofía, lo siento tanto. Si lo hubiera sabido... Pero es que me sentía un poco mareada y Mateo insistió en que me quedara lejos."
"No es tu culpa, tesoro," dijo mi padre, pasando un brazo protector sobre los hombros de Valeria. Luego se volvió hacia mí. "Deberías estar agradecida. Te rescatamos, te dimos un techo y un trabajo. Un pequeño incidente no es para tanto."
"¿Un pequeño incidente? ¡Podría haberme matado!", mi voz se quebró.
"Pero no lo ha hecho," sentenció mi madre con frialdad. "Ahora, ve a limpiarte. Estás manchando el suelo y tenemos que terminar la sesión de fotos. La reputación de 'Sol de la Mancha' es lo primero."
Me quedé paralizada, mirándolos. El patriarca autoritario, la madre superficial, el hermano arrogante y la hermana adoptiva manipuladora. Eran un frente unido, y yo estaba fuera. Completamente fuera.
La traición era tan clara, tan absoluta. No fue un descuido. Fue una decisión consciente. Mi vida valía menos que una sesión de fotos. Valía menos que la comodidad de Valeria.
Un mareo intenso me hizo tambalear. El veneno estaba haciendo su efecto.
"Alguien que la lleve a la enfermería," ordenó mi padre con desgana, como si hablara de un animal herido. "Dale el antídoto. Y que no se hable más de esto."
Nadie se movió para ayudarme. Tuve que apoyarme en la pared para no caer, mientras ellos volvían a sus asuntos, dejándome sola con el veneno en mi cuerpo y el veneno de su indiferencia en mi alma.