Capítulo 2
Furia desmedida
Claro que quería levantarme de ahí para tomar venganza contra esa mujer del infierno, pero había algo que me lo impedía. No podía explicar si era algo físico, natural o místico, pero aunque me abocaba con todas mis fuerzas, no podía terminar de reaccionar en mi estado de estupefacción. Todo había ocurrido en cámara lenta frente a mis narices. El señor Cavill se apresuró de tal manera que se acomodó a mi lado sin que yo pudiese percatarme.
― ¿Por qué no podemos simplemente estar juntos? ―le pregunté furiosa y sin saber cómo reaccionar. Yo quería seguirle besando, quería abofetear a la rubia; quería reaccionar, pero sencillamente estaba condenada a quedarme quieta sin poder reaccionar. No soportaba mi situación.
Una lágrima intentó anunciar el inicio de un llanto que me brotaba de las entrañas. Me merecía por lo menos la oportunidad de poder llorar a libertad, pero el señor Cavill colocó su dedo en mi mejilla y cortó el avance de esa lágrima antes de que se convirtiese en llanto. Yo le miré con rabia y aturdimiento. Era una mezcla donde se combinaba un poco de todo. Él seguía apacible, sereno, mirándome con esos ojos de amor.
―Es lo que nos toca ―me dijo con esa voz suya que podía ser un trueno lo mismo que un susurro―… es la batalla que nos ha tocado librar.
Yo asentí sin entender mucho de aquello, sencillamente estaba dejando que las cosas tomasen su curso en mi corazón. Él era mi pilar y mi fuerza, mientras que él estuviese a mi lado, no había forma de que algo así me llevase a la ruina: yo estaba lista para ponerme de pie.
― ¿Por qué no puedo llorar?… ¿Por qué no puedo levantarme?
Cristian sonrió con paciencia y dulzura. Su personalidad era todo lo que yo necesitaba; era el hombre fuerte que necesitaba a mi lado para protegerme y cuidarme, pero también era ese hombre dulce y atento que sabía atender a las cuestiones de mi corazón. Cristian era mi todo, o al menos eso yo creí hasta ese entonces.
―No hay motivos para llorar Emi… sobran los motivos para luchar ―al escucharle decir esto, me pareció una contradicción, pues en sus mejillas pude ver un par de lágrimas que delataban el dolor que a él le embargaban en ese instante, pero antes de que yo pudiese decir algo más, Cristian sonrió y continuó con su explicación―: Ahora tú llevas en tu vientre a ese fruto de nuestro amor.
Al decir esto, su mano se posó sobre mi vientre con una caricia que me llegó hasta el alma. Yo quise corresponderle, pero el dolor era demasiado. Sentía que el alma se me partía en mil pedazos a cada segundo que pasaba. Solo entonces me di cuenta de que el espacio a nuestro alrededor había desaparecido. Ya ni de Rebeca se tenían noticias, todo se había desvanecido dejándome a solas con el amor de mi vida.
―Lo siento mucho Cristian… siento mucho haber sido una cobarde todo este tiempo ―le dije ahora sin poder contenerme. Yo sabía las consecuencias que habían tenido mis decisiones y omisiones. Ahora sabía que todo pudo haber sido tan distinto si tan solo yo hubiese actuado cuando debía.
―No te lamentes Emi… la vida tendrá que darnos otra oportunidad.
Cristian dijo esto y a partir de ese punto dejé de verlo. Mi visión se tornó borrosa y las figuras a mí alrededor se tornaron como una bruma espesa y densa. Era como si la vida se me hubiese trasmutado en un segundo, ahora ya no había nada de ese momento que era antes, ahora solo veía ante mí lo que eran sombras de una escena y un dolor profundo atravesándome el alma. Solo podía pensar en aquella vida que se debía aferrar en mi interior.
Ana se levantó, apenas me vio despertando de mi coma. Su sonrisa dubitativa y nerviosa me dejó saber lo feliz que le hacía el verme al fin despertando, pero también me habló de una profunda aflicción que ahogaba sus emociones más profundas, haciéndole reaccionar apenas con una fracción de la verdadera mujer que ella era.
Yo conocía el protocolo y sabía que había de ocurrir a continuación. No me cansaba del chiste, pero necesitaba cambiarlo antes de que se hiciera aburrido, por lo menos ahora no despertaría con la revelación inesperada de que mi embarazo se convertía en noticia pública.
―Hola Emi ―me saludó Ana, apenas se llegó al lado de mi cama para tomar mi mano y acercarla a su rostro para darme la oportunidad de saber que volvía a sentir y que aún podía saber lo que era la calidez de la amistad.
Yo sonreí esforzándome más de lo que esperaba para recordar cómo se hacía. Mis músculos y labios parecían llevar mucho tiempo inmovilizados en un gesto sin vida como para sufrir lo suficiente ahora que intentaba volver a sonreírle al gesto de mi amiga. Ana entendió que yo aún me encontraba embotada y sumida en mi propia inestabilidad de fuerzas, por lo que me hizo un gesto para pedirme que tomara calma y respirase.
Sin preocuparme mucho por lo que Ana me decía le hice un gesto para pedirle a ella que se calmara, yo recién acababa de despertar y era entonces cuando un montón de recuerdos inauditos y sin control estallaban en mi mente cuando intentaba ordenar los pensamientos que no daban cabida al control.
―Por favor dime Ana ―me atreví hablar con las pocas fuerzas que tenía. Ahora, a diferencia de las otras veces, no solo estaba conectada a una vía intravenosa, sino que también tenía un tubo de oxígeno conectado a mi nariz para asistirme con la respiración y un montón de cables conectados a varias partes de mi cuerpo, sobre todo en mi espalda. Entonces caí en cuenta de algo que, por no estar atenta, había pasado por alto en definitiva, por lo que de inmediato lo plantee en forma de pregunta―: ¿Por qué no siento mis piernas?
Capítulo 3
Una entre tantas
Ana se estremeció cuando escuchó mi pregunta, pero no se dejó entrever en su rostro ninguna muestra de sorpresa, definitivamente ella ya debía estar esperando algo como eso y mis palabras solo servían para confirmar lo que ya se sabía de antemano.
Quería decir algo, pero las preguntas no salían de mis labios. El aire había desaparecido de esa habitación, ya no había cómo respirar, las paredes se comenzaban a cerrar sobre mí.
Ana comenzó a llorar en un trance mudo. Su sollozo no producía ni un ruido, solo eran lágrimas que caían de un rostro vacío y sin expresión. Yo era quien ocupaba la cama del hospital, pero mi amiga parecía la muerte personificada. Sin duda alguna su corazón cargaba con una mole de pesar sin comparación. Era del todo portentoso descubrir el peso de las emociones que se descubrían en ese momento en la habitación del hospital.
―Emi yo… los doctores ―Ana guardó silencio, como si hablar le ocasionase una carga lo suficientemente difícil como para no darle la oportunidad de vivir mientras hablaba. Todo su cuerpo parecía estar sufriendo de espasmos terriblemente difíciles de soportar en esas circunstancias, por eso, a pesar de que todo el mundo se me estaba descalabrando encima, intenté mostrarme pasiva para darle tiempo de hablar sin que sintiera que yo quería apresurarle―… Creo que lo mejor es que los busque para que te lo puedan explicar.
―No Ana… por favor, no dejes que sea alguien más quien me destruya la vida ―aquella frase me brotó del alma dolida que sufría en ese momento por no poder soportar el cúmulo de miseria que comenzaba a encontrar lugar frecuente en esa alma atormentada que yo tenía―. Por favor… si debo recibir noticias difíciles, lo que más desearía es que seas tú quien tengas la oportunidad de contármelas.
Ana se crispó, como mostrándose insegura por lo que yo le acababa de decir. Comprensiblemente, ella no entendía cómo es que yo no lloraba en ese momento, pero para mí tenía todo el sentido del mundo: Después de haber sufrido lo que yo había sufrido y descubrir que aún se podía sufrir más, cuando pensaba que estaba a punto de encontrar la felicidad, solo puede ser un motivo para comenzar a ver la vida con una cara diferente. No es que me había roto ni tampoco era señal de haber perdido mi humanidad, sencillamente estaba ya curada de falsas esperanzas de felicidad y ahora era un cascarón vacío y desprovisto de alguna expectativa de futuro.
―Dime por favor lo que pasó con mi hijo… lo de mis piernas ya me lo puedo imaginar.
Ana no logró reaccionar del todo antes de responder, ella aún se encontraba concentrada en la mirada de vacío que encontraba en mí. Ella me conocía lo suficientemente bien y sabía que yo era una mujer con un corazón dado a la emotividad, por eso para ella debía resultar bastante llamativo descubrirme así.
―Él bebe, está vivo y es lo importante ―logró decir Ana después de que sus pulmones se llenaran de aire para volver a respirar con un gesto que se hacía muy llamativo por la forma en como Ana lo hacía hasta exagerar―…. Hubo dudas al principio por el sangrado que se ocasionó después del golpe, pero por suerte llegaste rápido al hospital y lograron controlar la situación a tiempo antes de que existiese algo que lamentar. Los últimos sondeos han demostrado que todo sigue su curso y con respecto al embarazo ya no hay nada que temer.
Aquello era lo único que de verdad me importaba y lo único que de verdad podía hacerme sentir que había una rendija de esperanza para mí, ahora me debía preparar para las noticias malas, aunque nada del mundo hubiese podido preparar a una simple muchacha de campo como yo para lo que había de vivir todavía después de todo lo que había sufrido ya.
―El golpe ocasionó que la lesión que habías sufrido la semana pasada durante el choque se acrecentara de manera radical, tal como la doctora lo había mencionado en los posibles riesgos ―Ana hizo silenció y trago grueso mirándome mientras tanto algún punto en el vacío detrás de mí. Sus ojos remojados por la humedad de las lágrimas se encontraban enrojecidos y rodeados por bolsas de cansancio que solo servían para acrecentar esa apariencia de extremo pensar que le hacía ver terriblemente mal―. Siento mucho tener que decírtelo Emi… pero no podrás caminar y los médicos no saben cuánto tiempo tardaras en volver a hacerlo.
El nudo de la garganta de Ana se extendió por el aire para llegar y atraparme a mí también en ese mutismo sin la capacidad de poder decir nada. De alguna manera yo ya me estaba mentalizando en algo así. El recuerdo de las palabras de la doctora me atenazaron en la consciencia, apenas me di cuenta de aquella caída que me provocó la rubia de mirada infernal, pero nunca nadie puede estar lo suficientemente preparado como para recibir una noticia así. Solo era cuestión de internalizar las implicaciones de aquella noticia, como para qué el mundo interior de cualquiera se comience a derrumbar sin tener la mínima oportunidad de hacer algo para frenar el caudal de miedos que se comenzaban a desatar al pensar en cómo iba a ser mi vida después de eso: la vida solo comenzaba a mostrarme que las crueldades solo podían comenzar. Abrí la boca en un primer momento, pero solo salió un suspiro de dolor. Ana me tuvo paciencia ahora que esperaba una contestación de mi parte. Ella sabía que para mí solo serían malas noticias de ahora en adelante, por lo que tuvo el acertado tino de esperar y no llamar a los médicos hasta que las verdades no se comenzaran a asentar en mi corazón.
La verdad de mi condición solo podía llevarme a sopesar todos los futuros posibles teniendo en cuenta esa condición a la que ahora me debía enfrentar, entonces recalé en una pregunta que de inmediato tuve que plantear:
― ¿Dónde están Cristian y David?