Capítulo 2
El cinismo de Owen tenía fundamentos, o al menos, eso era lo que él creía.
Sexy...
De ojos grises...
De cabello castaño salpicado de gris...
Así era Owen Walker. A sus 43 años ya ocupaba el sillón de la Dirección General de Plaza & Milne I.T. una de las empresas más grande de servicios tecnológicos del país. Un hombre exitoso en los negocios, un guerrero incansable para las ideas revolucionarias y para generar dinero. Su tío lo puso al frente de ese monstruo mercantil sin dudarlo y no se equivocó: sobre la pared de su oficina colgaban todas las tapas de revistas especializadas que lo mostraban como "el artífice de la próxima era digital".
Brillante, aguerrido, con un temperamento volátil y extremadamente ambicioso siempre daba la impresión de estar enojado. Su cara impasible y la mirada fría, como si estuviese muerto, generaban respeto y miedo entre quienes lo rodeaban. Pero detrás de esa fachada dura y plagada de éxitos, se escondía un hombre profundamente herido.
Una herida que lo marcó y derrumbó todos sus sueños. Owen no siempre había sido así. No, él se había enamorado hasta los huesos de una mujer hermosa, se había enloquecido por ella. Le había prometido el mundo entero y un futuro juntos. No quiso escuchar a nadie. Ni a sus amigos, quienes la conocían y le advirtieron, ni a su propia cabeza que disparaba alarmas sin cesar.
Se casó con ella, con Elena, cegado de amor. Y cuando le dijo que estaba esperando un hijo, Owen se convirtió en la persona más feliz y orgullosa. Soñaba despierto con cómo se vería su hijo y en las cosas que le enseñaría. La vida le estaba dando todo lo que uno puede anhelar. Luego llegó la noticia de que su hijo sería en realidad una hija; no podía caberle tanta ternura en el pecho. ¡Una niña! ¡Una niña hermosa y tierna! Una niña con dos moños y vestidos rosas que lo miraría para llamarlo: "Papá".
Pero luego del nacimiento de Eva, su hija, las cosas se fueron en picada. Su esposa no mostraba interés por la pequeña y Owen se desesperó. Los médicos le informaron que eso que Elena estaba padeciendo era depresión postparto y él hizo todo lo que le recomendaron para encontrar una solución. Los primeros meses habían sido una tortura; se veía desbordado por la situación: los llantos incontrolables de su hija llamando a su madre y la indiferencia de Elena hacia ella. Sin embargo, Owen no desistió.
Se levantaba varias veces durante la noche a atender a su bebé y dejaba que Elena durmiera; no la acosaba con cuestionamientos ni reproches, porque sabía que ella también lo estaba pasando mal. De pronto ya no era solo el Director de una empresa, un esposo y un padre; se había convertido en el único sostén de su familia, en el único apoyo. A menudo, ponía a su hija en una silla y la llevaba con él a la oficina. Muchos otros, la dejaba al cuidado de su madre mientras él trabajaba.
La vida se había complicado. Eva pasó los primeros 6 meses entre las oficinas de Plaza&Milne, entre secretarias y amigos de Owen que trabajaban con él. Su prima Lali solía aparecer de repente para llevarse a Eva por unas horas. Y él estaba agradecido con todos por el amor que le daban a su niña, el amor que no recibía de su madre.
Por las noches llegaba y la encontraba todavía en la cama, casi no le hablaba, apenas lo miraba. Y cuando le acercaba a la bebé, ella se cubría la cabeza con la sabana o se giraba.
-No me siento bien -se justificaba Elena.
Cada vez el corazón de ese padre perdía un pedazo ¿Qué iba a hacer? Seguir. Continuar sin detenerse hasta que el amor de su vida pudiese volver a ponerse de pie, hasta recuperarla y, finalmente, poder tener la familia que siempre había soñado.
Pero en ocasiones se quebraba. En ocasiones, observaba a Eva mientras dormía, luego bajaba a la cocina y se encerraba allí para largarse a llorar como un niño. El llanto que produce el dolor en el alma, el miedo y la desesperación. Se tapaba la cara con las manos y se sentaba en el piso a liberar toda la frustración. Su mente le devolvía constantemente la cara roja y llorosa de su pequeña bebé y la mirada distante de Elena.
Él era fuerte, pero no lo suficiente.
No se resignaba al destino que se presentaba delante de él, no lo haría nunca. Así que se secaba los ojos, respiraba profundo y se ponía de pie para volver a su cuarto. Se acostaba junto a una mujer que ya no lo buscaba, no lo miraba con deseo, ni siquiera lo abrazaba. Pero Owen sí lo hacía, solo para que Elena no se sintiera abandonada. Se acercaba apenas y le envolvía la cintura con su brazo. Y eso era todo, cerraba los ojos y comenzaba de nuevo con su lucha a la mañana siguiente.
Sin embargo, el destino le jugó sucio. Si no se resignaba a sus designios lo haría pedazos y es que al destino no le gusta perder. Como no daba el brazo a torcer y aceptaba la vida como era, le puso delante la prueba de que estaba equivocado, de que él no se había ganado la posibilidad de la felicidad completa. En un solo día le arrebató todo eso por lo que Owen había estado peleando incansablemente, dejándolo solo, lastimado y rabioso.
Owen Walker, el Director General de Plaza&Milne, el padre de Eva, estaba por convertirse en lo que era ahora. No lo sabía y de haberlo sabido, difícilmente podría haber cambiado algo. Hizo que su alma se congelara en el tiempo, que perdiera la confianza, que se escondiera dentro de una corteza y se alejara de la vida común y mundana. Todo lo que le quedaría sería un perpetuo sabor amargo en la boca y un corazón que apenas latiría de nuevo.
-Son todas iguales, Bob -. comenzó esa noche entre tragos -Todo lo que quieren es que te conviertas en un estúpido, les des todo el dinero y las joyas que desean y luego se largan con un tipo asqueroso.
Estaba muy ebrio y Bob, casi. Pero lo escuchaba y asentía, dándole la razón aunque no la tuviera.
-¡Te dije que era una perra! Pero ¿me escuchaste? ¡Claro que no! ¡Tú no escuchas a nadie! ¡Eres un idiota!
-No me engañarán otra vez... No lo harán.
-Al menos tienes a tu hija. Eva es tan hermosa... -le dijo su amigo con voz de soñador. Era su sobrina postiza y, por supuesto que era la niña más bella del mundo.
-¡La más hermosa! Mi niña -. la voz quebrada -No sé cómo lo haré solo con Eva, tengo miedo -. le confesó.
-¡¿Qué diablos?! ¡Vienes haciéndolo solo desde que nació! Que esa bruja esté o no, no modificará la vida de Eva... Solo la tuya... Eres idiota, pero eres el mejor padre que conozco. Lo harás genial.
Le había dado unas palmadas abiertas en la espalda, haciendo que Owen derramara su bebida sobre la mesa.
Así comenzó su cambio. El hombre tierno, soñador y enamoradizo que una vez fue, fue mutando con los años. Le ganaron la tristeza y la desconfianza, la frialdad. El cinismo de ver a todas las mujeres bajo el mismo cristal que a Elena lo terminó llevando a desarrollar un modo bastante sórdido que lo ayudaba a canalizar su enojo. Una mancha de la que nadie, a excepción de Bob, sabía.
Capítulo 3
La 'mancha' de Anna era bien visible: se llamaba Alex, tenía 28 años y ningún deseo de progresar.
Anna había conocido la lucha y el sacrificio desde temprana edad. Trabajaba incansablemente, asumiendo múltiples trabajos para poder salir adelante. Su vida no fue fácil, pero su fortaleza radicaba en su capacidad para mantenerse alegre y dedicada a pesar de las adversidades.
Amable, compasiva con una ética de trabajo inquebrantable, pero a pesar de su buen corazón, Anna había cometido el error de mantenerse en una relación con un hombre que ya no amaba.
No solo era una carga emocional, sino también económica. Alex era su carga, la mancha que no podía borrar. Lo había conocido cinco años atrás, un día, con su violín, entró a la cafetería donde Anna trabajaba. En esa época tenía un trabajo estable y solo tocaba cuando el tiempo le sobraba. Comenzó a ir todos los días a esperarla cuando su turno terminaba y la acompañaba hasta la boca del metro.
Le hablaba de teorías maravillosas sobre el universo, el karma, las vidas pasadas y cómo todo estaba interconectado. Ella se enamoró de su sonrisa soñadora y del empuje de sus palabras. Hasta que decidió renunciar a su trabajo y dedicarse por entero a la música. El problema era que su mediocridad no le permitía ver más allá de sus narices.
Anna le ofreció irse a vivir con ella mientras encontraba otro empleo. Y ya llevaba cuatro años 'sin buscarlo'. Pero una filosofía de vida que consiste en solo lanzar deseos al universo no ponía comida en la mesa ni pagaba las deudas.
Le decía que necesitaba tiempo, que estaba en un proceso de búsqueda personal. Las utopías son eso: utopías; la realidad era ahora.
-Encerrado en una oficina ocho horas al día, no tendría el tiempo necesario para explorar mi yo interno, para encontrar mis verdades, mi esencia. La vida es más que solo trabajar, Anna -solía decirle.
Y ella sentía que no podía solo correrlo de su casa a la calle, que tenía una responsabilidad con él; aunque la intimidad ya estaba muerta, aunque las noches de conversaciones y risas habían pasado, Anna no podía simplemente deshacerse de Alex como si fuese una cosa. Así que respiraba profundo y seguía.
El pequeño departamento donde vivían una vez había sido acogedor y cálido, pero ahora era un espacio oscuro que se sentía frío. Recordaba los primeros tiempos, cuando recién se había mudado sola. Con mucho esfuerzo y trabajo, ella misma había pintado, arreglado, y decorado aquel lugar al que llamaba "Mi refugio feliz".
Ya no lo era, ni un refugio, ni feliz. Se le estaba cayendo a pedazos. Siempre había una cuenta que pagar, así que su lista de reparaciones quedaba olvidada.
Eso la frustraba; con 26 años, sentía que tenía que enfrentar la vida con una mano atada. De alguna manera, quizá mágica, ella no se detenía. Sacudía la cabeza cuando la tristeza estaba por vencerla y se ponía de pie, encendía el pequeño equipo de música y escuchaba sus canciones favoritas mientras ordenaba o limpiaba su departamento. Se recargaba de una energía invisible y salía a la calle con la esperanza renovada.
A lo mejor se estaba haciendo la ciega, sorda y muda. No quería ver las dificultades, aunque le pegaran en la cara. No quería oír los consejos de su amiga porque le decían la verdad, y no quería expresar lo que pensaba, porque saldría de su interior como un grito que la desgarraría.
Anna era demasiado ingenua; creía que los demás actuaban y pensaban como ella, siempre dispuestos a ayudar, cuando en realidad ese hombre la estaba utilizando. No trabajaba, no estudiaba, no hacía más que tocar el violín; no se molestaba por nada más que por su "sueño".
¿Quién podría adivinar que su camino estaba trazado en otra dirección? Ni ella lo sabía, ni lo hubiese soñado. En ocasiones, a las personas que no se rinden les llega su recompensa, aunque a simple vista no lo parezca.
Pero un día, se dio de lleno con esas dificultades. Estaba sentada en una silla ante la pequeña mesita de la cocina y sobre ella todas las cuentas que debía pagar. Ordenadas y acomodadas ocupaban toda la superficie beige de la tabla.
Era un desastre, cada día se juntaban más y más. Con su trabajo en la cafetería, no podía pagar todo eso. La mayor parte de su salario se iba solo en la renta, ni hablar de los servicios y de sus estudios en la universidad.
Porque estudiaba; le encantaba estudiar. Quería ser profesora; ese era su pequeño sueño y luchaba a diario para conseguirlo, pero la realidad de su situación la estaba haciendo tambalear.
-Estoy cansada de pasarla tan mal, Lali -. la voz triste de Anna le partió el corazón a su amiga.
Anna se puso las manos en la cabeza y se agachó, estaba a punto de largarse a llorar. Cada día que pasaba, se sentía más derrotada.
-Lo sé, Anna -. murmuró Lali, intentando mantener la voz firme, aunque también sentía que el mundo se desmoronaba-, pero tú sola no puedes. Mira cómo estás. No quiero insistir siempre con lo mismo, amiga, pero debes dejarlo. No puedes seguir manteniéndolo -estaba a punto de llorar ella también-. Ya debería dejar atrás esa idea de querer ser artista y ponerse a trabajar.
Anna puso una sonrisa melancólica en su rostro y la miró.
-Tendré que dejar de estudiar y conseguir un empleo a tiempo completo -las lágrimas ya rodaban por sus mejillas.
La derrota llamaba a su puerta cada día, cuando ni siquiera había suficiente dinero para cubrir los gastos básicos. Lali veía cómo perdía peso con el correr de los meses y se desesperaba. Cuántas veces le había ofrecido ayuda económica, pero Anna siempre se negaba. Tenía esa idea incrustada en la cabeza de que ella sola podía. Y luego, cuando abría la alacena y se encontraba que debía comer lo mismo que la noche anterior, entre llantos de impotencia se decía a sí misma que había personas que ni eso podrían comer esa noche.
-¡No! Debes decirle que busque trabajo. Tocando el violín en el metro no conseguirá nada, y además te está arrastrando con él -Lali estaba indignada, le dolía la testarudez de su amiga y verla siempre contando los centavos.
Pero Anna quería seguir creyendo en él, no era un mal hombre, solo era frágil y sensible; tenía alma de artista y vivía para eso. Negó con la cabeza.
-¡Por Dios, qué terca eres! No sabes cuánto me duele verte así.
-Lo siento, sé que siempre te cuento las peores cosas, pero eres la única que me escucha.
Anna se estaba deteriorando rápidamente. Había sido una joven brillante, inteligente y optimista que llegó a la ciudad una primavera cargada de esperanzas y sueños. Y ahora se veía cada vez peor, cada vez más encogida. Y todo por haberse enamorado de ese cazador de ilusiones.
-No dejes la universidad, déjame hablar con mi primo. Le pediré que te dé trabajo en su empresa, estoy segura de que algo conseguirás allí -era el último recurso que se le ocurría para darle una mano.
-Tu primo no me aceptará, ya pasamos por eso. Llevé mi hoja de vida dos veces y nunca me llamaron. No lo molestes, pero gracias, igual -y fue todo, el llanto se hizo más grande.
Una angustia terrible la acosaba cada día, la misma que sienten aquellos que quieren y desean, pero no pueden. Los salarios se habían estancado y el costo de la vida había subido; apenas le alcanzaba para cubrir la renta, y luego de la segunda quincena debían vivir de lo que él sacaba tocando en el metro.
Muchas noches discutían por eso, porque Anna sentía el cuerpo exhausto y el corazón apretujado por las dificultades.
Pero su amiga, cansada de las constantes negativas, decidió tomar cartas en el asunto. Si luego Anna se enojaba pues ¡mala suerte! Lo que Lali ni sospechaba era que, no solo ayudaría a su amiga a mejorar un poco, sino que la pondría en el camino que cambiaría su vida.